LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, septiembre, 2023, Volumen IV, Número 3 p 1694.

DOI: https://doi.org/10.56712/latam.v4i3.1190

Formación con el ejemplo: la reconstrucción de la
identidad cívica

Training by example: reconstruction of civic identity

Angélica María Morán Mayorga
angelicamoran67@hotmail.com

https://orcid.org/0009-0006-0964-5763
Ministerio de Educación

Ecuador

Artículo recibido: 02 de septiembre de 2023. Aceptado para publicación: 27 de septiembre de 2023.
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.


Resumen

La educación, es un sistema de relaciones intersubjetivas, donde el ser humano aprende su
noción socialmente existencial, determinando una conciencia y principios de otredad; por ello, el
continuum formativo, ha de ser una múltiple apreciación del entramado comunitario, logrando
florecer una simbiosis entre el saber, pensar y conducta escolar, la cual, implique su interacción
y dialógica constructiva, orientando actitudes dirigidas desde una vigencia axiológica de respeto
y resguardo colectivo. De esta manera, se plantea como objetivo, interpretar desde una
dimensión bibliográfica como la formación con el ejemplo en las aulas de la educación básica
de Ecuador, reconstruye la identidad cívica del escolar. Esta convergencia utópica, permite
generar una estructuración conceptual mediada por una nueva concepción paradigmática,
basada en la aprehensión de una conciencia social.

Palabras clave: formación con el ejemplo, identidad cívica, conciencia social


Abstract
Education is a system of intersubjective relationships, where the human being learns his socially
existential notion, determining a conscience and principles of otherness; For this reason, the
formative continuum must be a multiple appreciation of the community framework, managing to
flourish a symbiosis between knowledge, thinking and school behavior, which implies their
interaction and constructive dialog, guiding attitudes directed from an axiological validity of
respect and collective protection. In this way, the objective is to interpret from a bibliographic
dimension how training by example in the classrooms of basic education in Ecuador reconstructs
the civic identity of the student. This utopian convergence allows generating a conceptual
structuring mediated by a new paradigmatic conception, based on the apprehension of a social
conscience.

Keywords: training by example, civic identity, social conscience




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ISSN en línea: 2789-3855, septiembre, 2023, Volumen IV, Número 3 p 1695.





























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Como citar: Morán Mayorga, A. M. (2023). Formación con ejemplo: la reconstrucción de la
identidad cívida. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 4(3),
1694–1703. https://doi.org/10.56712/latam.v4i3.1190


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INTRODUCCIÓN

La educación no solo se trata de la transmisión de conocimientos y habilidades, sino también, de
la formación de individuos capaces de interactuar de manera adecuada con su entorno social,
asumiendo sus competencias y la de sus compañeros. En este sentido, la socialización educativa
se convierte en un sistema relacional de orden formativo que busca la construcción y
reconstrucción del sentido social, determinando la identidad cívica del estudiante.

La interacción entre los estudiantes y su entorno es fundamental para el desarrollo de habilidades
interactivas y emocionales, las cuales, les permiten desenvolverse en situaciones disruptivas,
atenderlas y transformarlas desde sus habilidades cognitivas. De esta manera, la socialización
educativa busca generar una resignificación del valor sociocultural y de los cánones sociales,
promoviendo actitudes adecuadas dentro de las políticas establecidas, como ese bioma de
ordenamiento común, constituida desde una estructuración crítica del pensamiento.

Para lograr esto, es necesario asumir los principios de la pedagogía del ejemplo, donde el cosmos
socioeducativo y la función relacional interdocentes, promueven una conciencia de mesura y
respeto común. Los educadores, deben actuar como modelos a seguir, fomentando valores
como la tolerancia, el respeto, la honestidad y la responsabilidad. Implica también, un proceso
de socialización, donde la promoción de espacios para el diálogo y la reflexión, genera un
compartir de experiencias y una simbiosis de coexistencia, emergiendo, habilidades sociales
como la empatía, la escucha activa y la comunicación efectiva.

Es importante destacar que la socialización educativa no solo beneficia a los estudiantes, sino
también a la sociedad en su conjunto. Al formar individuos capaces de interactuar de manera
adecuada con su entorno inmediato, se promueve una convivencia pacífica y armoniosa en la
comunidad, lo cual, permitirá lograr una construcción, reconstrucción y resignificación del
civismo, mediado por una formación consciente, donde lo social, permite la concreción de
sistemas socialmente constituidos, superadora de una conciencia individual, por unos principios
consensuados por la complexión redituable de lo común y colectivo.

ACTITUD DOCENTE: RESIGNIFICANDO LA PRAXIS

La tarea de ser docente es una de las más importantes y desafiantes en cualquier sociedad. La
educación es el motor del desarrollo humano y social, y los educadores son los encargados de
guiar a las nuevas generaciones en su camino hacia el conocimiento y la formación integral. Sin
embargo, no siempre es fácil llevar a cabo esta tarea de manera efectiva y significativa, siempre,
emergen situaciones coyunturales que adversan su finalidad. Es por ello que, la actitud docente
es clave para lograr una praxis educativa que tenga un impacto real en la vida de los estudiantes.

Por ello, Sifuentes (2018), manifiesta necesario establecer una alianza estratégica entre la fusión
formativa y el realismo sociocultural, estableciendo un concreción de sentido y significado,
donde el docente se sienta pleno, trascendiendo dicha motivación, hacia los entornos y cosmos
peculiares de los estudiantes, socializando el conexo pedagógico, desde una impresión de
bienestar, sutileza y empatía; todo ello, determina un continuum estratégico, dado que el
bienestar, lastra consigo, el carácter de aprecio, disfrute del aprendizaje en los niños y niñas.

De esta manera, la actitud docente no se trata solo de tener conocimientos técnicos y
pedagógicos, sino de tener una disposición consciente y reflexiva hacia la tarea educativa. Es
decir, se constituye de integrar la valoración e introspección consciente en la praxis educativa, lo
que permite valorar y reorientar la formación desde los nodos socioescolares.
Consecuentemente, desde el aula, se manifiesta una composición actitudinal que es
condicionada por las funciones personales y sociales, de acuerdo a esto, Knowlton y Hawes
(2015), describen necesario que, “el educador asuma una actitud positiva deliberada, con la cual


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canalice el aprendizaje mediante unas acciones formativas adaptadas a la realidad educativa”
(p. 54).

Es así, que se hace ineluctable que el docente, promueva el desarrollo integral de las
competencias académicas, desde un claro dominio de su ingesta profesional y emocional,
consolidado por las necesidades y derivaciones del hecho pedagógico, con la finalidad de
potencializar las habilidades escolares hacia el dominio de la calidad educativa. De esta manera,
se dota de sentido y significado al furor escolar, donde el humanismo, la inteligencia emocional
y la formación integral determinan una pedagogía de calidad y gestión del conocimiento, con
implicación rentable y exitosa.

Desde su plenitud, la actitud docente implica una serie de aspectos que deben ser considerados
para lograr una praxis educativa efectiva. En primer lugar, según Flores (2020), es importante que
el docente tenga una visión integral del ser humano, entendiendo que la educación no solo se
trata de transmitir conocimientos, sino de formar personas. En este sentido, es fundamental que
el docente tenga una formación en valores humanos, lo que le permitirá guiar a sus estudiantes
hacia una formación integral.

Otro aspecto importante es la inteligencia emocional. Los docentes deben ser capaces de
entender las emociones de sus estudiantes y manejarlas de manera efectiva. Esto alberga, tener
habilidades para la comunicación, el diálogo y la resolución de conflictos. Además, implica tener
una actitud empática hacia los escolares, entendiendo sus necesidades y preocupaciones.

La gestión del conocimiento es otro aspecto clave de la actitud docente; pues, deben ser capaces
de crear un ambiente de aprendizaje efectivo, donde los niños y niñas puedan adquirir
conocimientos de manera significativa; esto es posible, desde una función con pensamiento
disruptivo, cuya visión paradigmática, reoriente la forma de enseñar, adecuando o creando
metodologías sobre las necesidades de cada estudiante, fomentando la creatividad y el
pensamiento crítico, para hacer del sujeto en formación, un individuo consciente de sus
competencias.

En definitiva, la actitud docente es fundamental para lograr una praxis educativa efectiva y
significativa, sólo así se podrá lograr una pedagogía de calidad que forme personas íntegras y
capaces de enfrentar los desafíos del mundo global. De esta manera, según Freire (2000),
"enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o
construcción" (p. 45). Con esto, se abre un abanico de posibilidades integrales, donde el
estudiante, puede fecundar en una disposición de cambio y desarrollo social, partiendo de la
aprehensión manifestada por sus educadores, como ese mecanismo socializador de
conocimientos, lastrando la construcción de una república fundada en la conciencia epistémica.

APRENDIZAJE VICARIO: VALORANDO LA SIGNIFICACIÓN SOCIAL

La educación es un proceso complejo que involucra no solo la transmisión de conocimientos,
sino también la formación de valores y actitudes en los estudiantes. En este sentido, la figura del
docente adquiere una gran importancia, ya que su comportamiento y actitud pueden influir
significativamente en el desarrollo de los alumnos.

Por tanto, la función del trabajo docente no se reduje ni a la de simple transmisor de la
información, ni a la de facilitador del aprendizaje, por el contrario, describe Espinoza (2000) que,
antes bien, “el docente se constituye en un mediador en el encuentro del estudiante con el
conocimiento. En esta mediación el profesor orienta y guía la actividad mental constructiva de
sus escolares, a quienes proporciona ayuda pedagógica ajustada a su competencia” (p. 03).


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Este punto de partida, impregna toda la riqueza activa de la formación, donde el aula de clase y
la socialización del saber, se vuelven un sistema interconectado con la razón social, cuya
apreciación simbiótica, determina la alianza conativa del ser humano, consolidando o hasta
desarrollando habilidades cívicas, las cuales, integran su composición común, como seres
socialmente constituidos, basados en normas y relaciones sentientes, cuya vigencia crítica,
prescribe su ser, pensar, hacer y convivencia.

En este contexto, el concepto de "aprendizaje vicario" desarrollado por el psicólogo social Albert
Bandura, resulta de gran relevancia. Según Bandura (1988), dicha acepción se refiere a la
adquisición de conocimientos, habilidades y valores a través de la observación y la imitación de
modelos de conducta. Por tanto, desde la escuela, el docente debe favorecer dicho aprendizaje,
creando sistemas relacionales y comunicacionales, imbricados en los valores humanos, para
lograr, un sujeto con conciencia social, donde integre su circundante de manera cívica,
permeando los nodos convergentes dentro de la poli, como un medio de realce intersubjetivo.

Consecuentemente Bandura (ob. cit.), describe que “la imitación es uno de los medios
primigenios para adquirir o extinguir conductas, ya que, cualquier aprendizaje que sea resultado
de las experiencias directas, pueden ocurrir a través de la observación de la conducta de otras
personas” (p. 142). En atención a esto, Woolfolk (2006), expresa que mediante el aprendizaje
observacional “se aprende no solo a ejecutar una conducta, sino también lo que nos sucedería
en situaciones específicas si las llevamos a cabo. La observación, por lo tanto, podría ser un
proceso de aprendizaje bastante eficiente” (p. 317).

Desde esta perspectiva, se precisa el aprendizaje social, mediado por cuatro elementos
fundamentales: atención, retención, interpretación conductual y motivación. La primera, afianza
la fase técnica, donde el sujeto observa una conducta, la segunda, determina la manera en cómo
esta información, pasa hacer un elemento consciente dentro del sistema cognitivo,
seguidamente, en la tercera, se logra una interpretación e imitación de la acción, pero esta, es
complementada con la cuarta, pues, se requiere una valoración consciente e inmediata para
lograr o imitar dicha conducta.

En otras palabras, los estudiantes aprenden no sólo a través de la instrucción directa del docente,
sino también a través de su comportamiento y actitudes. Por lo tanto, es imprescindible que el
docente sea consciente de su papel como modelo de conducta para sus alumnos; una actitud
consciente, resulta esencial para facilitar conocimientos y construir voluntades sociales.

Esto implica que el docente debe ser consciente de su papel como modelo de conducta y actuar
en consecuencia. Su comportamiento debe ser coherente con los valores y actitudes que desea
transmitir a sus alumnos. Además, debe ser consciente de la importancia de su racionalización
axiopragmática. Esto significa que su comportamiento debe estar guiado por una reflexión
introspectiva sobre los valores y principios que desea fecundar a sus alumnos. De esta manera,
su comportamiento se convierte en una herramienta efectiva para la formación de valores y
actitudes en los estudiantes.

En definitiva, el papel del docente como modelo de conducta resulta fundamental para el
desarrollo integral de los estudiantes. A través del aprendizaje vicario, los estudiantes pueden
adquirir no solo conocimientos y habilidades, sino también valores y actitudes que les permitan
desenvolverse de manera efectiva en la sociedad. Por cuanto, "los modelos son poderosos
porque proporcionan una forma eficaz de aprender nuevos comportamientos, actitudes y
valores" (Papert, 2005, p. 48).



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EL CIVISMO DENTRO DE LA EDUCACIÓN

El civismo dentro de la educación es un tema fundamental en la formación de los individuos que
conforman nuestra sociedad. La construcción social en la gestión del aula de clase es una
herramienta clave para el desarrollo de cánones de comportamiento que permitan una
convivencia armoniosa y respetuosa entre los miembros de una comunidad educativa; esta es
una simbiosis entre lo social y educativo y, cómo se socializa la acción social dentro del nodo
relacional.

Por cuanto, la educación es una extensión social, donde se forjan y fortalecen los valores para
vivir en comunión como seres humanos, valorando la vida y estableciendo alianzas de
coexistencia imbricada en las garantías humanas. Se busca mediante la formación, socializar lo
cívico y de integrarlo en lo social, atendiendo las dinámicas que supeditar su realidad, que de
acuerdo con Roger (2010), asume que lo humano en la persona emerge de su relación con el
entorno, siendo esta, la matriz de formación del sujeto, puesto que en ella se integran las normas,
valores que orientan las acciones comunes y subjetivas, aceptadas dentro de un contexto
peculiar, esto a razón que, dentro del sistema social, existen esquemas generales y estructurales
que fecundan en la vida colectiva, los cuales, deben afianzar los cánones como principios
relacionales de orden común.

Es importante destacar que el civismo no es algo que se aprende únicamente en la escuela, sino
que debe ser desarrollado desde el hogar como una política familiar. Los valores de respeto,
tolerancia, solidaridad y responsabilidad deben ser inculcados desde temprana edad para que
los niños y jóvenes puedan comprender su importancia y aplicarlos en su vida cotidiana. De esta
manera, se asume a la familia como el principal componente o agente social que forma las
actitudes de las personas, por lo tanto, debe fungir como un medio de liberación consciente, en
la que la niña y niño se forme en valores, así como en civismo, con el propósito de crear un
sistema cívico. Al respecto Max (2011), describe que “en el grupo familiar, el comportamiento de
cada sujeto está conectado de un modo dinámico con el de los otros miembros de la familia y al
equilibrio del conjunto” (p. 01).

En este sentido, la escuela en integración con la familia, tiene un papel fundamental en la
orientación y valoración del respeto hacia los principios comunes de resguardo, interacción,
cultura, sociedad e historia. La institución y el hogar, deben ser un espacio en el que se fomente
la convivencia pacífica y el diálogo constructivo entre los estudiantes, docentes y padres.

Es necesario que exista una simbiosis entre la escuela y su repositorio cultural para crear un
sujeto consciente de su realidad, comprendiendo y hasta transformándola como sujeto de
derecho. Esto constituye que los estudiantes deben ser capaces de reconocer su entorno social,
cultural e histórico para poder comprender su papel en la sociedad y contribuir al desarrollo de
la misma.

En efecto, el civismo dentro de la educación no se limita únicamente a la adquisición de
conocimientos teóricos, sino que implica el desarrollo de habilidades sociales, emocionales y
éticas. Los estudiantes deben ser capaces de reconocer y valorar la diversidad cultural y étnica,
así como de respetar los derechos humanos y las normas sociales establecidas, perspectiva que
alterna un sistema interconectado que, de acuerdo con Gandhi (2000), "la educación no es la
preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma" (p. 10).

Apreciación que invita a reorientar la dinámica educativa y familiar, lucubrando una formación en
convivencia, con la proyección de instaurar un ambiente armónico desde el hogar y la escuela,
consolidando así, una sociedad basada en la convivencia. De esta manera, la educación se
focaliza desde la formación de principios, con el propósito de instituir una sociedad de relación


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entre seres humanos, prevaleciendo la sana convivencia. Estableciendo así, una ruptura de
acciones distópicas, generando sobre esta, un espacio de convivencia cívica.

FORMACIÓN CON EL EJEMPLO: UNA PROFESIÓN SIN FRONTERAS

La docencia es una de las profesiones más importantes y nobles de todas. Los docentes son los
encargados de formar a las futuras generaciones, de transmitir conocimientos y valores que
serán imprescindibles para el desarrollo de una sociedad más justa y equitativa. Sin embargo,
ser docente no es una tarea fácil, requiere de una gran vocación, dedicación y compromiso con
la educación y el bienestar de los estudiantes.

De esta manera, Quiñonez (2018), concibe que la formación docente debe fecundar un
aprendizaje integral, el cual permita generar un equilibrio articulado entre el contexto familiar del
escolar y la escuela, es así, que se hace imprescindible que el maestro desarrolle estrategias
didácticas que promuevan la participación consciente entre todos los actores del hecho
educativo, con la finalidad de extrapolar en la niña y niño, unos patrones valorativos que inciden
en su conducta social.

En este sentido, la formación con el ejemplo se convierte en una herramienta fundamental para
el ejercicio de la docencia. Esta modalidad implica que el docente no solo enseña desde el aula,
sino que también, se convierte en un modelo a seguir por los estudiantes, tanto dentro como
fuera del entorno escolar. Es decir, la docencia deja de ser una profesión y converge en un ethos
de vida. Por cuanto, Díaz (2020), asume la modelación o modificabilidad cognitiva, como una
forma integral, con la cual, el docente puede formar desde el ejemplo, creando situaciones de
aprendizaje, para así, preparar para la vida al niño y niña; se requiere de capacidades éticas y
moralmente conducidas, donde la esencia docente, sea una estampa cotidiana y común de
axiología.

La formación con el ejemplo implica una modélica estructural, donde las actitudes consolidan o
transgreden las identidades cognitivas de los estudiantes. El docente se convierte en un
organismo que enseña y forma desde su imagen, estampa y plenitud. Por tanto, es importante
que sean conscientes de su papel como modelos a seguir y se esfuercen por ser coherentes
entre lo que dicen y lo que hacen.

Además, la formación con el ejemplo implica que la docencia no se limita al aula o a la escuela.
Los docentes deben seguir formándose fuera del entorno escolar, ya sea a través de la lectura,
la investigación o la participación en actividades culturales y sociales. De esta manera, podrán
transmitir a los estudiantes valores como la curiosidad, la creatividad y el compromiso con el
aprendizaje continuo; logrando un sistema dialógico y reconstructivo de la episteme conductual,
donde se socializa y gestiona el conocimiento.

En este principio, la comunicación como un medio de expresión interactiva, puede ser empleada
como un recurso potencial para construir perspectivas, animar voluntades, motivar y nutrir
pensamientos, en el sentido concreto, las expresiones pueden desencadenar conductas cuerdas
o adversas a lo esperado, es por ello que Jiménez (2010), determina la comunicación en el
contexto de sociedad, como aquella que genera medios que permiten mantener las normas,
patrones y sistema moral, evitando desproporcionar el sentido de humanidad.

Se logra, una simbiosis estructural, la cual, permite generar una formación desde el ejemplo,
medida por una construcción dialógica, cuya comunicación emerja y se fundamente del nicho
social. Aquí, la formación con el ejemplo también implica la eliminación de fronteras demarcadas
para guiar los pasos del cambio social. Los docentes deben ser conscientes de que su existencia
determina una simbiosis sistémica que orienta el desarrollo de la personalidad y el cosmos de
una ciudadanía basada en el consenso, interacción y valores integrados.


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En este sentido, es importante que los docentes se esfuercen por fomentar la participación activa
de los estudiantes en la vida social y cultural de su entorno. Deben promover el diálogo y la
interacción entre pares, así como fomentar valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad.
De esta manera, se debe desarrollar una pedagogía que permita la participación, integración y la
toma de decisiones, es así, que para lograr un aprendizaje óptimo “el docente recurre a una
didáctica participativa, donde el protagonista sea el escolar con toda su realidad socioeducativa”
(Pérez, 2011; p. 34). Sobre esta concepción, la formación se orienta bajo una interacción
simbólica, donde la acción escolar es precisada por la participación consciente, donde el docente
asume su realidad e interviene en esta mediante un dinamismo práctico y concebido en valores.

IDENTIDAD CÍVICA: UNA CONSTRUCCIÓN DESDE EL AULA

La formación de la identidad cívica es un proceso secular en la educación de los niños y jóvenes.
Es a través de la interacción entre la familia, la escuela y la comunidad que se construye un sólido
entramado de valores y principios que sustentan esta identidad. Esta triada estructuralmente
hologogía, contribuye a la formación de una conciencia social basada en los cánones
comunitarios, convirtiendo a la escuela en un espacio de mediación donde el escolar se convierte
en un sujeto socialmente constituido.

Para Bolívar (2006), “la familia es el primer agente socializador en la vida de un niño” (p. 53).
Desde temprana edad, los padres transmiten valores, normas y actitudes que moldean su
identidad. Es en el seno familiar donde se inculca el respeto por los demás, la responsabilidad
cívica y el compromiso con la comunidad; su referente de civismo, fecunda en su núcleo de
desarrollo y su influencia perdura a lo largo de la vida.

Sin embargo, la escuela juega un papel crucial en la formación de la identidad cívica. Es en este
espacio donde, según Yirz (2020) se logra una mediación entre el niño y su extensión actitudinal,
recreando situaciones y oportunidades de interacción con otros niños; aprender sobre la
diversidad cultural y desarrollar habilidades sociales. De esta manera, la institución educativa se
convierte en un lugar donde se promueven valores como la tolerancia, la solidaridad y el respeto
mutuo. Además, a través de actividades extracurriculares como proyectos comunitarios o
debates sobre temas de actualidad, se fomenta el compromiso cívico y se fortalece la conciencia
social.

La comunidad también desempeña un rol fundamental en la construcción de la identidad cívica.
Es a través de la interacción con el entorno inmediato que el niño adquiere una comprensión más
amplia de su papel como ciudadano. Participar en actividades comunitarias, como limpiezas de
parques o campañas de reciclaje, permite al niño experimentar directamente los beneficios de
ser un miembro activo de la sociedad. Además, el contacto con diferentes realidades sociales y
culturales enriquece su visión del mundo y promueve una actitud más inclusiva y empática.

En este sentido, es imprescindible que el docente asuma un nuevo rol, el cual esté dirigido en
mediar entre el escolar y su aprendizaje, por lo que debe ser “un facilitador y promotor de
conocimientos teóricos, prácticos e instrumentalizados, donde el conocimiento no se convierta
en una estructura tácita, sino activa, que se implique en las realidades del estudiante” (Torres,
2001; p. 13). Para así, lograr una identidad cívica, no limitada al ámbito local. En un mundo cada
vez más globalizado, es importante que los niños desarrollen una conciencia ciudadana que
trascienda las fronteras.

La identidad cívica debe ser capaz de integrar las realidades inmediatas con una perspectiva
global, reconociendo la interdependencia entre los diferentes países y promoviendo valores
como la justicia social y la sostenibilidad ambiental. Lo que presupone, que las conductas o el
civismo se obtiene de formas diferentes, por una profunda reflexión intrapersonal o por una


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sugestión movida por agentes externos. Esta última, puede activar conductas guiadas por la
persona o medio, con el fin de obtener provecho de las acciones ajenas. Es el caso de los
políticos, cuyo discurso se funda en convencer a sus adeptos en seguir sus orientaciones,
muchas veces con un lenguaje cargado de demagogias, para crear falsas expectativas. Es lo que
ocurre en todo acto formativo dialogizador, se erige con un determinado fin.

CONCLUSIÓN

La formación con el ejemplo en las aulas de la educación básica de Ecuador, juega un papel
fundamental en la reconstrucción de la identidad cívica del escolar. A través de una dimensión
bibliográfica, podemos interpretar cómo esta formación docente trasciende la noción de
profesión y se convierte en un estilo de vida. La docencia va más allá de transmitir conocimientos,
se trata de socializar la gestión del aprendizaje y la generación de conocimientos tanto dentro
como fuera del aula.

Es en este sentido que la idoneidad académica del docente cobra importancia, ya que su
capacidad para ser un ejemplo a seguir por parte de sus escolares, es determinante en la
construcción de un civismo sólido; Cuando un educador se convierte en un modelo a seguir, sus
estudiantes encuentran en él, un referente de valores, actitudes y comportamientos. El ejemplo,
se convierte en una guía para los niños y niñas, quienes buscan emular las cualidades y virtudes
que observan en su maestro.

Es importante destacar que la formación con el ejemplo no se limita únicamente a la enseñanza
de contenidos académicos. El docente debe ser capaz de transmitir valores éticos y morales,
fomentando el respeto, la solidaridad, responsabilidad y tolerancia. De esta manera, se
contribuye a la formación integral de los estudiantes, preparándose para ser ciudadanos
comprometidos con su sociedad.

La virtud del ejemplo, también implica que el docente esté dispuesto a aprender y crecer
constantemente. Un buen maestro no solo se preocupa por su desarrollo profesional, sino que
también busca ser una persona íntegra y ejemplar en todos los aspectos de su vida. Esto
determina, estar al día con las últimas tendencias educativas, participar en actividades
extracurriculares y mantener una actitud abierta al aprendizaje continuo.

De esta manera, se trasciende el modismo formativo tradicional, donde el contenido
programático se supedita sobre el valor humano, desde esta perspectiva paradigmática, lo social
y la virtud actitudinal, revisten de sentido y significado el aprendizaje, haciéndolo un rizoma de
significados, donde la condición vicaria, constituye el relieve e integralidad de un conocimiento
hologógico; aquí, la idoneidad profesional, personal, humana y social del docente, socializa y
fecunda aprendizajes sistémicos en el universo sociocomunitario, trascendental del aula y sus
restricciones.


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