LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, agosto, 2022, Volumen 3, Número 2, p. 733.
En una crítica al boom, del que siempre huyó, Roa Bastos en 1985 decía que el boom impidió el
surgimiento de nuevos narradores (Bastos en Handelsman, 1987, p. 169). Así, el movimiento
invisibilizó sobre todo novelas de artistas de varios países de Latinoamérica, entre ellos el
Ecuador, en los que las propuestas artísticas existían en el marco de las transformaciones
sociales, ese choque de fuerzas socioculturales disímiles que ocurrían en América Latina en los
años sesenta y que, en Ecuador, increpaban al compromiso de los artistas a las luchas sociales
de la época.
El mayor exponente de este ideal, en el campo artístico, lo constituyeron los Tzántzicos —de
tzantza o cabeza reducida, una práctica del pueblo indígena Shuar para conservar como trofeo
de guerra las cabezas reducidas de sus enemigos—. El movimiento ícono de la época, afincado
en la poesía, fue fundado en 1962, en Quito, bajo el lema del parricidio cultural: “los jóvenes
intelectuales de la generación actual hemos asumido una actitud (...) parricida. Heredamos una
cultura que reconocemos inauténtica, no podemos menos que volvernos contra nuestro pasado
para negar su validez. Volvernos contra nuestro pasado significa asesinar a nuestros
predecesores y asesinarlos sin piedad” (Tinajero, 1967, pp. 164-165).
Los Tzántzicos, integrado por Ulises Estrella, Alfonso Murriagui, Euler Granda, Rafael Larrea, Raúl
Arias, Humberto Vinueza, entre otros, arremetían contra las élites cultas que encerraban las
expresiones artísticas a pequeños espacios de las grandes ciudades del país y limitaban su
influencia a la pura expresión estética, el arte por el arte. Los Tzántzicos, dice Arcos Cabrera
(2006, p. 193), el grupo de poetas que lideró aquel momento, no sólo recurrió a la poesía, sino a
una forma de expresión pública distinta, espontánea, provocadora, retadora de la “buena
conciencia” de la cultura oficial, para lograr aquello los integrantes del movimiento llevaron el
arte a los espacios públicos, ahí donde estaba el pueblo, para a través de recitales, puestas en
escenas, happenings, de cierto modo, democratizar el acceso a la cultura, sus poemas, incluso,
eran impresos de manera rudimentaria, además, destaca la publicación por parte de este
movimiento de la revista Pucuna.
En definitiva, no es que no hubo escritores o producción literaria en Ecuador en los años sesenta,
sino que, fue la poesía y, de momentos, el teatro —y no la novela— los que se convirtieron en los
medios de producción y experimentación artística de la época. Esto acompañado con que los
narradores de la época —entre algunos de ellos: Miguel Donoso Pareja, Nelson Estupiñán Bass,
Jorge Enrique Adoum, Fernando Tinajero, Alejandro Carrión, César Dávila Andrade— no lograron
hacerse con el espíritu de la experimentación con el género de la novela que se hacía en otras
latitudes: “en la década de los sesenta, no hubo esa gran experimentación que otros escritores
de la región hicieron sobre la novela contemporánea” (Chávez, 2016), ni contaron, parece
completar Álvaro Alemán (2016), con esa maquinaria publicitaria, de ciertas editoriales, que
tuvieron los escritores del boom.
En este contexto artístico, Ecuador no puso un nombre en la palestra de escritores del boom
latinoamericano en los años sesenta. Pero tal vez no se necesitaba, porque, dice Leonardo
Valencia (2016), ya había suficiente con el resto de escritores de América Latina y con lo que
estaba ocurriendo con la novela a nivel mundial, además, ya teníamos a un escritor en el boom,
Marcelo Chiriboga, un estupendo motivo de ficción.
Chiriboga se convierte así en parte de la historia de la literatura ecuatoriana, bien para hacer
memoria de que ningún escritor del país suramericano estuvo vinculado al boom o para mostrar
que la literatura tiene la capacidad incluso de poner en el mapa literario a toda una nación a través
de un escritor, aunque éste sea ficticio, ya que al final de cuentas, la literatura tiene la capacidad
de “hacer” historia (Bertens, 2001, p. 177).