LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, agosto, 2022, Volumen 3, Número 2, p. 1358.
El hecho pedagógico es un acto de creación y, por lo tanto, un acto profundo con un alto nivel de
incertidumbre (conceptualizada dentro de la lógica de la teoría del caos). No obstante, es posible
identificar una serie de rasgos que caracterizan maneras variadas de abordar la acción
pedagógica, lo cual permite distinguir diversos modelos (Castillo, et al, 2008).
Entre varios conceptos acerca de lo que es un modelo pedagógico, se tiene que, es un
instrumento de la investigación de carácter teórico creado para reproducir idealmente el proceso
de enseñanza – aprendizaje, o paradigma que sirve para entender, orientar y dirigir la educación
(Ortiz, 2005).
Cabe aclarar que los modelos pedagógicos, no constituyen una práctica individual como
cualquier otra área del conocimiento que se imparte en el aula, pero sí se establecen como el
vínculo que hace posible el desarrollo de dichas áreas, toda vez que ellos (los modelos) facilitan
la reflexión sobre la forma cómo hacer viable su enseñanza y su aprendizaje. En esos términos,
pensar el modelo pedagógico y su aplicación en el área del conocimiento que se enseña, resulta
ser un doble esfuerzo intelectivo para el docente: uno teórico-conceptual, referido a la
apropiación y transmisión de los conocimientos programáticos de la disciplina que imparte; y
otra operacional alusiva a la reflexión sobre la manera en que se enseñan los conocimientos
(Vásquez, 2012).
Para esta investigación se consideraron cuatro modelos pedagógicos: el tradicionalista, el
conductista, el desarrollista y el social; mismos que, están presentes en el quehacer educativo
con sus similitudes y diferencias en particular.
En su devenir, la pedagogía ha sido abordada desde varias teorías, como el modelo tradicional,
del cual Flórez (1994), expresa que, “El método básico de aprendizaje es el academicista,
verbalista, que dicta sus clases bajo un régimen de disciplina a unos estudiantes que son
básicamente receptores”, de esta manera, la habilidad creativa del estudiante y su capacidad de
asombro y de interpelación, no se consideran como acciones que acontecen en su experiencia
vivencial. Es común que se piense que el conocimiento es apropiado mediante asociaciones de
semejanza, contigüidad espacial y temporal, y causalidad de ideas; no se concibe el aprendizaje
social desde las motivaciones y expectativas de los estudiantes, al contrario, aborda el control
del pensamiento y de los actos como funciones reguladoras, con objetivos instruccionales que
deben reforzarse periódicamente; así mismo, el desempeño del estudiante es manejado desde
el exterior, ya que se le considera dócil y de fácil adaptación; con el manejo de la rigidez y el orden
absoluto, toda vez que la disciplina es determinante para el control de la acción docente en el
aula, promoviendo la pasividad en los estudiantes (Martínez, 2013).
Un conductista evidencia un elemento decisivo que lo caracteriza, como es la supremacía y el
poder determinante del entorno, donde los individuos no actúan de manera autónoma y racional,
sino como reactores pasivos de diversas fuerza y factores que están presente en el ambiente,
cumple una función concreta como moldear la conducta técnico productiva del individuo. Se
puede citar algunas características del modelo conductista en la educación (Viñoles, 2013).
Una aplicación del conductismo a la pedagogía lo constituyen las escuelas activistas, el
operacionalismo y la instrucción programada. El aprendizaje se define mediante el desempeño
de una persona en una actividad dada. Los objetivos de aprendizaje deben ser formulados en
términos de operaciones o sea, de conductas observables y medibles (Suarez, 1991).
Pero el proceso de enseñanza aprendizaje no se construye a partir de la cantidad de información
que se repita o se procese en el aula de la clase, desde el mundo exterior hacia el interior del
alumno, como se manifiesta en el modelo tradicional y en el conductista, sino todo lo contrario,
desde el mundo interior del estudiante. Es una nueva visión del acto educativo que empieza a
introducir el proceso desarrollador de la inteligencia en las instituciones docentes. Es el modelo
pedagógico desarrollista (González, 2006).