LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, octubre, 2024, Volumen V, Número 5 p 2187.
DOI: https://doi.org/10.56712/latam.v5i5.2770
Microrrelatos del movimiento chiapaneco 1914-1921.
Revolución mapachista
Short stories of the Chiapas movement 1914-1921. The Mapachista
Revolution
Amín Andrés Miceli Ruiz
amin.miceli@unicach.mx
Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas
Tuxtla Gtz., Chiapas, México
Artículo recibido: 20 de septiembre de 2024. Aceptado para publicación: 09 de octubre de 2024.
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.
Resumen
Este artículo tiene como objetivo analizar los microrrelatos del movimiento mapachista en Chiapas
(1914-1921) desde una perspectiva literaria, enfocándose en relatos narrados por mujeres
involucradas en la revuelta. Se examinan aspectos clave como el contenido, la estructura y el estilo de
los relatos, destacando la evolución de los personajes femeninos, quienes, tras ser raptadas y
violentadas, emergen como figuras resilientes. El estudio es cualitativo y emplea una metodología
basada en el análisis epistémico de narrativas orales y escritas, considerando las influencias de la
memoria colectiva y la tradición oral en la construcción de los relatos. Los temas más relevantes
encontrados incluyen la desigualdad social, la lucha por la tierra, la violencia de género, y la resistencia
femenina. Además, se aborda la relación entre la literatura y la historia, explorando cómo la narrativa
ficcional sirve para reflejar las experiencias de los sectores excluidos de la historiografía oficial. Los
hallazgos clave señalan que estos microrrelatos, aunque breves, encapsulan una profunda crítica
social y proporcionan una representación alternativa de la historia chiapaneca, más cercana a las
vivencias cotidianas. En conclusión, el análisis revela que la narrativa literaria, al no estar limitada por
la objetividad histórica, puede capturar la complejidad emocional y social de un período. Este artículo
aporta al campo de la literatura al destacar cómo los microrrelatos, a través de la ficcionalidad, pueden
transmitir verdades sociales y culturales profundas, enriqueciendo la comprensión de la narrativa
breve en contextos históricos marginalizados.
Palabras clave: microrrelatos mapachistas, narrativa ficcional, desigualdad social
Abstract
This article aims to analyze the micro-narratives of the Mapachista movement in Chiapas (1914-1921)
from a literary perspective, focusing on stories narrated by women involved in the revolt. Key aspects
such as the content, structure, and style of the narratives are examined, highlighting the evolution of
female characters, who, after being kidnapped and assaulted, emerge as resilient figures. The study is
qualitative and employs a methodology based on the epistemic analysis of oral and written narratives,
considering the influences of collective memory and oral tradition in the construction of the stories.
The most relevant themes found include social inequality, the struggle for land, gender violence, and
female resistance. Additionally, the relationship between literature and history is addressed, exploring
how fictional narratives serve to reflect the experiences of sectors excluded from official
historiography. Key findings indicate that these micro-narratives, though brief, encapsulate a profound
social critique and offer an alternative representation of Chiapanecan history, more closely aligned
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with everyday experiences. In conclusion, the analysis reveals that literary narrative, unrestricted by
historical objectivity, can capture the emotional and social complexity of a period. This article
contributes to the field of literature by emphasizing how micro-narratives, through fictionality, can
convey deep social and cultural truths, enriching the understanding of brief narratives in marginalized
historical contexts.
Keywords: mapachista micro-narratives, fictional narrative, social inequality
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Cómo citar: Microrrelatos del movimiento chiapaneco 1914-1921. Revolución mapachista. LATAM
Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 5 (5), 2187 2204.
https://doi.org/10.56712/latam.v5i5.2770
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, octubre, 2024, Volumen V, Número 5 p 2189.
INTRODUCCIÓN
Desde tiempos remotos, las ciencias humanísticas abordan dos disciplinas de gran trascendencia en
la conformación social y el desarrollo de todas las actividades humanas. Tan cerca una de la otra, ya
que tienen como objeto de estudio el análisis y el registro del devenir humano desde sus estructuras
más simples organizativas, hasta las más complejas civilizaciones (solo que una lo hace a partir de la
objetividad demostrativa, mientras que la otra lo sustenta a partir de la ficcionalidad de la realidad). En
el inicio de la era civilizatoria en la cual aún arribamos, a pesar de sus contradicciones e incertidumbres
del presente, la mayoría de sus registros estaban envueltos en el mito; imaginarios que permitían dar
sentido y una explicación a los sucesos. Las fronteras entre la historia y la literatura resultaban casi
imprevisibles. Las culturas primigenias hicieron de la ficción sus grandes metáforas para interpretar lo
que por muchos siglos fue cimiento de verdades “absolutas”; ahí donde las figuras literarias
alimentaban el espíritu, rompían barreras e iniciaban la errancia eterna del ser humano que, al paso de
tantos siglos, ha construido mundos para luego derribar civilizaciones y empezar de nuevo. Eso nuevo
que a la vez es añejo porque lleva en sus entrañas el registro histórico de los sucesos, dinamizados
para dar paso al pensamiento social en sus diversas fases ideológicas. Así llegan a estos tiempos la
Ilíada y la Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, el Banquete de Platón, la Ética nicomáquea de
Aristóteles, La guerra del Peloponeso, de Tucídides, La historia de Roma, de Tito Livio, la Antígona de
Sófocles… y los libros sagrados que han sido fundacionales en diversas civilizaciones, entre ellos el
conjunto de libros que integran el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia, raíz y fundamento moral
y organizativo de la cultura judeocristiana, una de las vertientes importantes de Occidente; y algunos
de estos libros también lo son del Medio Oriente, sin negar la reminiscencia de otros libros sagrados
de civilizaciones anteriores subsumidos en esta sacra obra. Sin embargo, se sabe que el crecimiento
civilizatorio trajo, para bien, las confrontaciones y rupturas ideológicas dogmáticas, lo que dio origen a
nuevas formas de construir el conocimiento y las llamadas ciencias modernas. Así, la historia, en su
búsqueda por atender los nuevos cánones cuyos principios de objetividad, univocidad, certeza y
solución de problemas concretos, según Roberto González Echevarría (2000), atrajo hacia la narrativa
histórica latinoamericana, como discursos de poder, una retórica que marca diferentes momentos:
durante la colonia, la retórica de la ley; el discurso naturalista y evolucionista (darwinismo social),
durante el siglo XIX, y a partir del segundo decenio del siglo XX, el discurso antropológico que, de algún
modo, también atrajo a la literatura costumbrista, naturalista y de temática indigenista (P: 281-288).
Cierta retórica literaria en México no ha perdido su influencia o cercanía con el discurso histórico
dominante, desde El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi [1816], obra que narra
la vida de un pícaro, vagabundo, sin oficio ni beneficio, que termina en la cárcel (retórica de la ley), hasta
las novelas llamadas “históricas de la revolución mexicana”, incluidas aquellas que enaltecen a los
héroes y tiranos, las que describen los sucesos más horrendos como Tomochic (Frías, 1893) y las que
a través del análisis ácido de algunos personajes centrales, representan el sinsentido de dicha afrenta,
como Los de abajo (Azuela, 2000), por referir algunas, entre otras de destacada importancia.
METODOLOGÍA
Cómo podemos dar cuenta, en las novelas de la revolución mexicana existe cierta apertura en su
narrativa; tiene espacios imaginarios de libertad y de crítica a lo constituido, debido a la pluma de
extraordinarios escritores que ven y sienten más allá de los sucesos oficialistas.
Como hecho histórico, la Revolución Mexicana tiene muchas variantes en la conformación geopolítica
del país. La literatura y la historia de las regiones no escapan de estas diferencias. Por sus
componentes ideológicos, sus alcances, planes políticos y logros, no es la misma revolución mexicana
la del norte que la del centro, y ni qué decir de la de Chiapas, que tiene grandes diferencias con las
demás entidades del sur y la península, por su falta de planes reivindicatorios de carácter social, ya que
lo fue de carácter clasista (catalogada más como una contrarrevolución: suma de terratenientes,
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capataces, rancheros, peones acasillados, jornaleros y avecindados sujetos a endeudamientos
familiares y a una línea de subalternidad social y cultural); y qué decir de sus efectos, la permanencia
de grandes desigualdades sociales y privilegios familiares, la dependencia central de una cultura
nacionalista paternal que empobrece aún más las posibilidades de su propio crecimiento, así como la
explotación de sus recursos naturales que durante años han disminuido a gran escala sus selvas y sus
recursos naturales en general. Todo esto demuestra que la historia y la ficcionalidad literaria no están
exentas de estos acontecimientos.
En lo particular, existen algunas narrativas literarias que abordan el tema de la Revolución Mexicana en
Chiapas, dignas de ser reconocidas por su estructura, el manejo de sus entramados, sus personajes y
su sintaxis; quizá un poco lejos de las temáticas sociales de la época y de sus efectos, con la respuesta
en mano de que eso no incumbe a la literatura. Es posible, pero también lo son las novelas y cuentos
extraordinarios como Los de abajo, de Mariano Azuela; Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, y El
llano en llamas, de Juan Rulfo, que tienen un sentir social y un compromiso con las verdades
históricas de México.
Ante tales ausencias y exclusiones de los sectores mal llamados vencidos, de la historiografía
chiapaneca y de la literatura, con honrosas excepciones de historiadores y narradores literarios;
presento este artículo cuyos microrrelatos literarios son presencia de la oralidad como recurso de la
memoria colectiva y social de siete mujeres partícipes de la “revolución” mexicana en Chiapas, a través
del movimiento mapachista, codificados en la novela Shalo (La Generala) (2019) UNICACH, [1993]
Núñez Editores.
Desde el inicio de estos comentarios relacionados con la micro narrativa de un tiempo determinado en
la vida de los habitantes de Chiapas (1914-1921), permítanme aclarar que no soy un historiador, mucho
menos un experto estudioso de archivos en los que, sin lugar a duda, existen registros históricos de
gran valía como fuentes de los acontecimientos que permiten indagar el pasado, entender el presente
y proyectar el futuro. Quizá desde el pensamiento y construcción de quienes vivieron o registraron los
acontecimientos; quizá desde miradas ideológicas constituidas; posiblemente desde la integralidad de
quienes han tratado de ver el acontecer histórico de Chiapas más allá del reduccionismo de los
vencedores ante los vencidos, y que como agujas en el pajar provocan destellos de luz donde los
estudiosos, analíticos críticos de la historia de Chiapas, encuentran huellas ancestrales como un todo
construido en el tiempo, razón del presente y futuro de esta sociedad sureña donde todo parece
eternizarse; presente y futuro donde no es fácil soslayar su proyección en las estructuras de poder, en
la cotidianidad de las ciudades, los pueblos y las comunidades, en eso que llamamos “identidad”, en el
registro de la memoria social y colectiva, y que desde luego también toca al arte y eso que se denomina
narrativa literaria. Pero lo comprensible para “todos”, por nuestra condición de sujetos sociales, puede
ser la importancia de la historia en la transversalidad de toda actividad humana, entre ellas la
relacionada con el conocimiento, los saberes y la creatividad artística.
Luego entonces, al referirnos a los micro relatos, tratamos de acercarnos a esas pequeñas narrativas
ficcionadas que, sin pretensión objetivista de demostrar un hecho o acontecimiento, permiten narrar
un sentir colectivo de ciertos grupos o de una sociedad determinada, ya que provienen de las
abstracciones individuales o colectivas que por generaciones trascienden a través de la oralidad o en
algunos registros ficcionalizados (Corzo, 2001) o anecdóticos, como el caso que nos ocupa (Micelli.
1995), costumbristas, leyendas, crónicas de carácter subjetivo, conformados por imaginarios verbales
(Araújo, Silvia y Picallo, 2013:2-3), sensoriales, emotivos, cuya procedencia son meras apreciaciones
de quien lo vive o lo cuenta. Para ello es importante decir que en la narrativa literaria no es su objetivo
de primer orden informar hechos, concreciones o demuestra algo; su función es comunicar
acontecimientos imaginarios desde un plano objetivo, la conformación de lenguajes estéticos, entre
otros propósitos. En algunas narrativas literarias, como en las llamadas “novelas históricas” de la
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revolución mexicana, los hechos históricos solo son referentes auxiliares (Mukarovsky, 1977:1-2) para
comunicar algo desde el plano de lo subjetivo y colectivo; y si los imaginarios que integran el relato
coinciden con acontecimiento reales y se realizan en función de su conformación estético, poético o
de ficción, pues provienen de una mirada creativa no demostrativa. La función de la narrativa literaria
es comunicar lenguajes estéticos entre otras funciones de otro plano, y si existe coincidencia en
algunos casos con referencias historiográficas, es porque la propia narrativa está tocada por la
transversalidad del pensamiento histórico de la época en que se escribe. Tiempo y espacio (Bajtín,
1989:237-409) determinados por el presente o el devenir histórico, como ya se dijo en el primer párrafo.
DESARROLLO
Es necesario, antes de referirnos a las anécdotas contadas por siete señoras de edad avanzada, y que
constituyen el corpus de los “Micro relatos
1
del movimiento chiapaneco 1914-1921”, resaltar que el
objetivo de esta búsqueda es referir el concepto de narrativa desde los imaginarios verbales, desde
realidades ficcionadas (Ricoeur, 2006:130), desde construcciones literarias, a través de indagaciones
más epistémicas que teóricas, no objetivas, que generan concreciones. La literatura, desde finales del
siglo XVII, por su condición de ficcionalidad solo comunica, no demuestra (si alguna vez trató de
demostrar); su función es la abstracción subjetiva que permita la interacción emotiva estética con el
otro; la comunicación, fruto de la sintaxis para el bien decir, acompañado de campos semánticos
(Guiraud, 1976:142), donde la ciencia de la lingüística multiplica las interpretaciones de la palabra a
través de muchos horizontes humanos que van desde el origen, las formas de organización social, los
campos de poder (Bourdieu, 2002:9-13)
2
y esos mundos tan diversos que llamamos cultura. Para nada
se pretende sumarnos a las llamadas guerras narrativas de Christian Laville (1999). En este caso, nos
referimos a la acción de quien escribe o hace uso de la oralidad para contar algo, quizá un hecho
presencial, un registro, un acontecimiento dado en la memoria colectiva o social de boca en boca. Para
ello, en la escritura literaria, se crea la voz del narrador (consciente de que se empieza a jugar con
imaginarios), se crean personajes, espacios, y es el personaje del narrador quien empieza a contar, a
mover la trama, a darle vida a los personajes con un poco de certeza, pero mucha imaginación. Así
pues, quien escribe tiene dos recursos: la capacidad de asombro que se obtiene del cultivo de los
sentidos y el recurso descriptivo, obtenido de la investigación creación que propicia el espacio de
ficción. En este segundo recurso, argumenta la destacada investigadora de la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNAM, Luz Aurora Pimentel (2001), que, por medio de la interacción entre el acto narrado
y la descripción (dos elementos antagónicos), válidos en cierto tipo de narrativa, más la necesidad de
contar, se logra una conjunción que permite la concurrencia de elementos objetuales verbalizados y
conceptuales propios del tema por tratar, para conseguir los alcances estéticos deseados (Pimentel,
2001:8-11); así, el receptor tiene soportes que motivan su interés en la lectura. Esta interacción entre
la narrativa y la descripción debe ser producto de la investigación para dar verosimilitud a los
personajes, a los escenarios, al tema y a la misma estructura de lo narrado, para que los entramados
no se caigan. De ningún modo se pretende generar información objetivizada, sino enriquecer los
imaginarios en un antes y un después de la construcción de los entramados, es decir, provocar la
mímesis (Aristóteles), una realidad ficcionada. Para ampliar el segundo recurso (la necesidad de
investigar para crear), se requiere mucha observación para dar vida verbalizada y mover a los
1
Hacemos referencia a los “micro relatos”, más allá de su estructura; más bien en su denominación nos interesas
resaltar su procedencia oral de la memoria comunitaria o colectiva, en ocasiones modificadas, alteradas, un
tanto transformadas al pasar de voz en voz, de una región a otra, hasta llegar al registro codificado, donde
algunos narradores lo llevan a la ficcionalidad escrita. Se insertan en la literatura dentro de un tiempo memorial.
2
“Para dar objeto a la sociología de la creación intelectual y para establecer, al mismo tiempo, sus límites, es
preciso percibir y plantear que la relación que un creador sostiene con otra obra y, por ello, la obra misma, se
encuentra afectada por el sistema de las relaciones sociales en las cuales se realiza la creación como un acto
de comunicación, o, con más precisión, por la posición del creador en la estructura del campo intelectual ( lo
cual, a su vez, es función, al menos en parte, de la obra pasada y de la acogida que ha tenido)…”
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personajes, conocimientos diversos para profundizar en lo que se quiere contar y la creación de los
entramados; por lo tanto, no es producto único de la sensibilidad, acción necesaria en los procesos
creativos. Aplicado a los microrrelatos que hoy nos ocupan, producto ciertamente de la sensibilidad, y
de la investigación creación, donde la historia oral es un referente auxiliar en el tiempo y en algunos
hechos narrados. Microrrelatos menos aludidos en su extensión, que ya de entrada está referida en su
propia definición, y más por esas “historias” que se entrelazan con algunos hechos reales, perdurables
en los comentarios, y son parte del sentir de los seres humanos que lo integran, muchas veces son sus
propias anécdotas, la manera como han conocido el mundo que los circunda, donde han participado
los abuelos, los padres, o es parte de la misma fundación de los pueblos, comunidades o
acontecimiento. En muchos casos, tienen certezas particulares, individuales o de grupo, legitimados
por ellos mismos, pero no dejan de ser opiniones subjetivas porque en mucho se relacionan con
asuntos que provienen de la sensibilidad y las apreciaciones particulares; pero de ninguna manera
dejan de tener valor por no cumplir con ciertos cánones, pues su origen es la vida misma de los seres
humanos que las aceptan y se apropian como suyas. Esos microrrelatos, en el caso de Chiapas, y es
posible que, en Latinoamérica, retroalimentan en mucho la crónica, el cuento, la novela, el ensayo, con
cierta historicidad de los acontecimientos, cotidianidades y sucesos en general. Algunos ejemplos para
Chiapas: el reparto agrario cardenista (Castellanos, 2007: 239), los “quemasantos” de las primeras
décadas del siglo próximo pasado (Micelli, 2015: 93), las migraciones tsotsiles (Morales J., 2007: 195-
394), la construcción de las presas hidroeléctricas de Chiapas (Morales H., 1994: 187), las expulsiones
religiosas de los Altos y las migraciones internas (Morales H., 1999: 239), donde la investigación y
análisis de estos acontecimientos otorga verosimilitud al abordaje de los temas y a los entramados;
donde el escritor también juega un rol de cazador de historias, investigador creativo, no para informar
sobre los hechos históricos concretos, sino para darle vida a lo narrado a través de recursos que
provienen de lo vivencial, de lo cotidiano expresado a través de la emotividad individual y colectiva
(como si) (Ricoeur, 2008). Recursos que adquieren cierto grado de credibilidad en lo narrado por
proceder del sentir de la memoria colectiva; quienes lo cuentan le dan vivencialidad, lo recuerdan en
sus propias vidas y transmiten de generación en generación.
Luego entonces, en los microrrelatos, y en general en varios géneros literarios, el concepto de
ficcionalidad no representa la ficción en sí misma, como ocurre en la literatura de ciencia ficción, sino
que se sustenta en un antes (abstracción de hecho real) y un después (como si fuera o se parece a esa
realidad), en cuyo espacio intermedio se construye la trama, expresado como realidad ficcionada,
según Paul Ricoeur, en un como si lo fuera:
Como si, por lo tanto, engloba tanto a las narraciones de ficción como a las históricas. Y dice Ricoeur,
emplear dicho término para designar la configuración del tiempo, la medición entre el antes y el
después de la narración, en otras palabras, la trama. Lo anterior, por lo tanto, nada o poco tiene que ver
con las pretensiones de verdad ausentes en las novelas (en los microrrelatos), y presentes en la
historiografía. (…) El obrar humano que ha de decirse en un relato, se puede organizar de distintas
maneras, como si hubiera sucedido de este o aquel modo (González V., 2011: 62).
La palabra ficción queda entonces disponible para designar la configuración del relato cuyo paradigma
es la construcción de la trama, sin tener en cuenta las diferencias que conciernen sólo a la pretensión
de verdad de las dos clases de narración (Ricoeur, 2006: 130).
Con la cita comentada de Vladimir González Roblero (2011), tomada de Poul Ricoeur, y confirmado ello
en el volumen primero de Tiempo y narración, se reafirma la verosimilitud del tipo de microrrelatos que
aquí se abordan; desde luego, sin la interposición de duda alguna del conocimiento de lo hasta aquí
expuesto, por sectores académicos y artísticos, sino más bien porque los microrrelatos provienen de
estas abstracciones creativas ya referidas, sin dejar de reconocer que en el caso de México y, lo más
próximo, Chiapas, un amplio sector de la población no académica, ni científica, poco identificada con
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las teorías críticas literarias, con los procesos creativos artísticos, se acercan a estos tipos de relatos
ficcionalizados o historiográficos confiriéndoles un valor de verdad como hechos históricos reales, y
no como si fuera esto o aquello; cuando la finalidad de la narrativa literaria es provocar un canal de
comunicación donde el como si lo fuera exprese ciertos campos poéticos o estéticos (Mukarovsky,
1977: 2), para recrear la vida o la inmanencia de la humanidad, siempre en un espacio de ficción por el
grado de subjetividad y sus componentes imaginarios. Sin embargo, es de reconocer que en la
literatura han persistido algunas tendencias por la búsqueda epistémica de otras explicaciones, otros
rumbos y quizá otros conocimientos; sobre todo en sociedades donde lo narrado literalmente pareciera
estar más cerca del sentir social, de la cotidianidad, creencias, desigualdades, gustos, formas de
organizarse, expresiones culturales, no tan cerca de los registros constituidos.
Continuamos con los ejemplos anteriores donde se atrae este ejercicio de historicidad en los
microrrelatos de corte literario, ubicados al interior de algunas narrativas regionales, escritas en los
tiempos de Chiapas, donde tal parece repetirse una constante interminable de desigualdades, donde
solo cambian los temas, los escenarios y la temporalidad. Para el caso, nos referimos a una de las
narrativas más ilustrativas chiapanecas de estos microrrelatos internos en la obra literaria.
En la segunda y tercera partes de Balún Canán (1956), novela de la poeta y escritora Rosario
Castellanos, el reparto agrario, impulsado por el general Lázaro Cárdenas del Rio durante la segunda
mitad de la década de los años treinta del siglo pasado, tiene varios microrrelatos al interior; nos
referimos cuando menos a tres, en los que la escritora narra un antes, un durante y un después de las
primeras ocupaciones agrarias cardenistas, hechos que también afectaron las mensuras de Chactajal,
propiedad de los Argüello (despojos), según la autora, desde su perspectiva de clase; sin dejar de tratar
rasgos antropológicos de las culturas comunitarias y de los estratos sociales urbanos más de corte
sociológico:
Felipe
(…) En Tapachula fue donde me dieron a leer el papel que habla. Y entendí lo que dice: que nosotros
somos iguales que los blancos.
Uno se levantó con violencia.
- ¿Sobre la palabra de quién lo afirma?
-Sobre la palabra del presidente de la República-
Volvió a preguntar, vagamente atemorizado.
- ¿Qué es el presidente de la República?
Felipe contó entonces lo que había visto. Estaba en Tapachula cuando llegó Lázaro Cárdenas. Los
reunieron a todos bajo el balcón principal del Cabildo. Allí habló Cárdenas para promover que se
repartirían las tierras. Alguien preguntó con timidez:
- ¿Es Dios?
-Es hombre. Yo estuve cerca de él. (Le había dado la mano. Pero eso Felipe no lo podía decir. Era su
secreto.)
Los demás se apartaron de Felipe para buscar el regazo de la oscuridad.
-El Presidente de la República quiere que nosotros tengamos instrucción. Por eso mandó al maestro,
por eso hay que construir la escuela
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-Tata Domingo dudaba.
-El Presidente de la República quiere. ¿Tiene poder para ordenar?
Felipe declaro orgulloso:
-Tiene más poder que los Argüello y que todos los dueños de fincas juntos.
(…)- ¿Y dónde está tu Presidente?
-En México.
- ¿Qué es México?
-Un lugar.
- ¡Más Allá de Ocosingo?
-Y más allá de Tapachula.
Los cobardes se desenmascararon (Castellanos, 1956: 35).
Chactajal
…Y entonces fue cuando brotó, entre el montón de bagazo, la primera llamarada. Y entonces se supo
que toda aquella belleza inmóvil no era más que para que el fuego la devorara. (…) El fuego anunció su
presencia con el alarido de una fiera salvaje. (…) El caballo de César relinchó. Y César, pasado el primer
momento de confusión, empezó a gritar órdenes en tzeltal. […] Los indios se movieron presurosamente,
pero no para obedecer sino para huir. Atrás, esparcidas, en desorden, quedaron sus pertenencias. (…)
Hasta que el caballo de César, parado de manos, relinchando, los detuvo. Y César también con sus
palabras. Y con el fuete que descargaba sobre las mejillas de los fugitivos, ensangrentándolas.
Entonces los indios se vieron obligados a volver al trapiche que ardía.
[…] Esa noche los indios se miraron con recelo, porque cada uno podía albergar un propósito de
delación. Y comieron su comida con remordimiento. Y bebieron trago fuerte para espantar al espanto.
Y solo uno pudo pensar que se había actuado con justicia.
Los ladinos velaron toda la noche, de rencor y de miedo (Idem: 78).
Hasta ahora no nos ha sido posible conseguir una audiencia con el gobernador. Jaime y yo hemos ido
todos los as a palacio. Nos sientan a esperar en una sala estrecha y sofocante donde hay personas
venidas desde todos los puntos del Estado para arreglar sus asuntos. No nos llaman según el turno
que nos corresponde, sino según la importancia de lo que queremos tratar. Y para el criterio de los
políticos de ahora es de mucho más urgente remendar los calzones de manta de un ejidatario que
hacerle justicia a un patrón… (Ídem:91).
Estos tres microrrelatos integrantes de la estructura de la novela Balún Canán de Rosario Castellanos
no solo tienen un valor en su conformación narrativa, estética y artística literaria (realidad ficcional,
para lo que fueron escritos); son también espacios de codificación de un sentir social, de grandes
desigualdades y privilegios. En este tipo de narrativas cuyos temas y entramados se ubican en Chiapas,
su función comunicativa va más allá de los imaginarios verbalizados que lo componen; contienen cierta
memoria histórica relacionada con la cotidianidad, la lucha de clases, potestades familiares, lenguajes
culturales constituidos y conformados desde tiempos remotos y presentes en varias prácticas
desiguales. En este sentido, la narrativa literaria hace presencia en el devenir histórico de ciertos
acontecimientos, hechos y formaciones sociales; ya sea porque son parte del lenguaje oral y de la
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memoria colectiva, de donde el escritor los sustrae y los ficciona, o porque son parte de sus
observaciones y de su propio trabajo de investigación creación que realiza antes y durante la
construcción de la obra.
Así, en otras regiones del país podemos constatar en las estructuras de sus obras narrativas la
presencia de estos microrrelatos, a través de distintas y diversas maneras de pensar, actuar y sentir en
su cotidianidad y en sus acontecimientos históricos: en el Norte y Occidente, las novelas llamadas de
la Revolución Mexicana describen la cercanía y participación de sus habitantes en el movimiento
revolucionario de 1910; lo que no solo los hace partícipes, sino además actores directos de dicho
movimiento social; los espacios o escenarios literarios se nutren de las condiciones de la mayoría de
sus habitantes, peones de haciendas y obreros de la industria extractiva antes y durante la dictadura
porfirista, así como de las características de las mujeres y varones revolucionarios, resaltando sus
circunstancias particulares, circunscritas a las expresiones culturales de los revolucionarios villistas, a
la propiedad privada y otros rasgos de una modernidad incipiente. Destacan las novelas: Tomochic, de
Heriberto Frías; Los de abajo, de Mariano Azuela; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; El
Águila y la Serpiente, de Martín Luis Guzmán; Al filo del agua, de Agustín Yáñez; ¡Vámonos con Pancho
Villa!, de Rafael F. Muñoz. Todas estas narrativas, en su mayoría de amplia estructura y escritas en
diferentes tiempos, unas presenciales por la participación directa de sus autores, y otras de imaginarios
tardíos, tienen en su interior varios microrrelatos históricos que obedecen y están en la memoria
colectiva y social del Norte, Occidente y Centro del país.
En los estados de Morelos, Estado de México, Guerrero y Michoacán, considerados durante la primera
mitad del siglo XIX como tierra de bandoleros o tierra caliente, por los asaltos a las haciendas
azucareras, a los caminantes y diligencias, zona identificada con el surgimiento de una nueva clase
social fincada en el bandidaje, mientras se defendía la nación del intervencionismo. Estos grupos
fueron también llamados los plateados, por la forma de vestirse y ostentar las joyas que obtenían en
los asaltos a las familias pudientes de la época (cualquier similitud con el presente es pura
coincidencia), sucesos registrados desde la ficcionalidad en la novela El Zarco, de Ignacio Manuel
Altamirano ( [1909] 2019: 152), donde también se destacan los registros de secuestros y
bandolerismo; ahí donde los responsables de dar seguridad a la población se hacían los desentendidos
(Altamirano: 67-76) (con muy pocos recursos para hacerlo) y muchas veces corruptos, entre ellos
algunos amigos de los grandes liberales (Ídem: 150-154); así como los primeros brotes de una cultura
nacionalista (Robert, 2011(citado en Altamirano,2007:121-139)) y de una pequeña burguesía rural
naciente, antecedente de la dictadura porfirista. Todo narrado en realidades ficcionalizados.
Durante la Revolución de 1910 destacan los corridos (otra forma de microrrelatos), cuyo propósito era
enaltecer la personalidad de los roes y valientes. De forma sucinta, narraban los acontecimientos
relevantes de la vida de los líderes bandoleros convertidos en héroes, sucesos y tragedias. Era un
medio de información y difusión de lo acontecido o por acontecer.
3
Las micronarrativas, así como algunas novelas citadas en este trabajo, tienen el propósito de validar la
importancia de este tipo de relatos en la memoria histórica, contada muchas veces desde la oralidad,
y que en tal caso son un medio con cierto nivel de aceptación y eficacia en la memoria colectiva de los
pueblos y ciudades, en la cotidianidad de sectores poblacionales poco cercanos a los archivos
históricos y al conocimiento de las ciencias históricas, por desinterés o debido a otras condicionantes.
También lo ya expuesto tiene como propósito servir de preámbulo a los microrrelatos del movimiento
chiapaneco registrado en el periodo 1914-1921, en un esfuerzo pensado por encontrar niveles de
3
Una de las formas orales más antiguas que se remonta a los romanceros juglares europeos. Solo que en el
caso de los corridos mexicanos, tienen características muy peculiares: heroicidad, valentía, revolución, medio
de información de una cuadrilla a otra, amor y muerte.
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ISSN en línea: 2789-3855, octubre, 2024, Volumen V, Número 5 p 2196.
certeza en la realidad ficcionada en los relatos contados por siete mujeres, participantes directas en el
movimiento mapachista chiapaneco. Todas ellas, de edad avanzada (80 o más años de edad),
captadas por el autor, desde los comentarios directos cuando él apenas tenía 10 u 11 años de edad,
en sencillos cuadernillos de apuntes desordenados, lo que hace al relato más subjetivo; luego las
entrevistas realizadas a cuatro sobrevivientes cuando ese niño ya tenía 24 años, recién egresado de la
Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa del pregrado en sociología, quien fue alumno del Dr.
Enrique de la Garza Toledo, a quien si viviera no le gustaría nada saber que ese joven se convirtió en
escritor de ficcionalidad, porque no lo convencieron las verdades a medias de ciertos lugares.
Los microrrelatos que aquí se dan a conocer están integrados y ficcionalizados en la novela breve
Shalo (La Generala) (Micelli, [1993] 2019: 135), cuya segunda edición es de la UNICACH. Cualquier
semejanza es pura coincidencia, mímesis de la realidad.
Vagabunda
(…) Si la veían, invocaban a todos los santos, le lanzaban conjuros, maldiciones a diestra y siniestra
para no correr con la misma suerte. Deambulaba como un remedo de vida en el universo de las
abandonadas, ante miradas altivas de las “nobles familias” y el hazmerreír de los enfadosos mestizos,
en ese pueblo de machos cabríos dispuestos a poseer la tierra y hacerla crecer sembrando hijos por
todas partes, para luego encomendárselos a su suerte sin más compromiso que cubrir las buenas
costumbres (Ídem: 8).
Inicia la novela con este microrrelato que, de entrada, pareciera no tener importancia. Pero refiere la
vida de la protagonista para efectos literarios. India zoque que representa a las siete informantes, seis
en una y una en seis (inicio de la ficción), seis zoques (amestizadas) y una zapoteca (Hucha). Mujeres
protagonistas en el movimiento mapachista, a quienes, si aún viviera uno de sus acompañantes, de
tres generaciones atrás, no sería difícil a éste ubicar. Al final dejaremos algunas pistas para los
estudiosos de la narrativa historiográfica, con el cuidado del anonimato de cada una de ellas. Este
primer microrrelato interno en la estructura de Shalo se distingue por su oralidad como hecho
comunicativo de origen; ser la introducción de la trama y la aparición primera del personaje principal.
Las informantes son indígenas amestizadas, hablantes de sus lenguas de origen y del español; niñas
excluidas de sus contextos de origen y del entorno de las “buenas familias” (posibles razones de
emotividad); al final resalta la paternidad prolífera del padre del personaje principal, así como el
abandono propio de las regiones de la entidad, donde casi siempre hay un Pedro Páramo (Rulfo, [1955]
1982: 122) para cada hijo natural (de esto dan fe de existencia archivos en las cédulas de nacimiento
o bautismales), no sólo de herencia europea, sino también indígena en menor escala.
Pasado
Salomé continuaba con la narración de su pasado, como un libro abierto donde nada se esconde
porque su intimidad se había quedado en las calles, en los caminos, en la bola “revolucionaria”. Por
esos días llegaban a las fincas los rumores de los levantamientos armados, cuyo fin era derrotar al
presidente Carranza, quien había ordenado que en Chiapas se pusiera en práctica las nuevas reformas
nacionales en beneficios de los peones de las haciendas (fincas), de los jornaleros y de los indígenas.
Fue por eso que aquí en Chiapas se levantó una cuadrilla de vividores de por vida en nombre de
Francisco Villa, “El Centauro del Norte”; pero nada más de nombre, porque dichas cuadrillas no se
levantaron para favorecer al pueblo, a los de abajo, sino con toda la intención de apoderarse de las
tierras y de todo tipo de riquezas que pertenecían a las pocas familias terratenientes de la región; de
paso aplacar a los mozos y jornaleros, quienes se habían organizado para solicitar y defender el reparto
agrario que les llegaba de a oídas, lo mismo que las jornadas laborales, pues en las fincas no tenían ni
siquiera derecho de enfermarse con tanta pobreza y tanto sometimiento. Para ese tiempo las tierras
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del centro eran propicias de ser deslindadas, la mayoría de los latifundistas porfiristas se habían ido al
sentirse derrotados por la caída del dictador.
Era oscuro el futuro, nadie quería vivir fuera de los pequeños pueblos. En las fincas y rancherías se
estaba expuesto a todo tipo de atracos, las mujeres temían ser violadas o raptadas, los propietarios
eran despojados y los indios obligados a cometer fechoría bajo el temor y el miedo a los ladinos
(Ibídem:34-35)
Toda expresión sensorial se puede esperar de un personaje excluido. Pero también la marginación deja
huellas indelebles que se expresan de diferentes maneras y formas a través del tiempo. Expresiones
muchas de ellas no presentes en los registros, en los cánones, pero si en el sentir y actuar de los
pueblos, en la violencia, fuera de la ley y las “buenas” costumbres; en otras formas de ser, quizá en la
externalidad (Leff, 2007: 138), en lo no constituido (Zemelman, 2013: 17); en la cultura y el arte, en eso
que llamamos alteridades, mal llamado expresiones populares, vandalismo, vagancia, quizá la huella
del otro (Levinas, 2000: 116), nuestra propia huella llena de indiferencia, apurados en mantener las
complacencias orgánicas.
Por su parte, es posible que lo expresado en el microrrelato por el personaje central sea prueba
fehaciente del rechazo a la Ley promulgada el 6 de enero de 1915
4
por el presidente Venustiano
Carranza; rechazo que, posiblemente, afianzó privilegios y ha profundizado grandes desigualdades.
Mal tiempo
(…) Llegué con el mal tiempo, para nada me tocó servir las opulentas cenas que se daban a los
funcionarios del gobierno, quienes hacían la travesía de la estación del ferrocarril llamada Jalisco a
Tuxtla Gutiérrez, a través del camino real, y pasaban a descansar exactamente en el casco de la
propiedad de los Sánchez. La opulencia había desaparecido, a la casa grande la miseria había llegado,
nada se podía hacer para remediar la situación, sólo se esperaba el deslinde de las tierras para los
jornaleros, peones e indígenas, quienes se lo repartirían en parcelas ejidales. Ya todo estaba perdido.
El amigo del patrón se encontraba al otro lado del mar, y él estaba muerto en vida. Por las noches
cerrábamos con doble pasador las puertas. Al interior de la casa grande nos reuníamos a rezar el
rosario y pedíamos al santo patrono de las Penas que nos cuidara de ser visitadas por la cuadrilla de
los mapaches. Ahí estábamos en vela, reza y reza, hasta que un tras de otra quedábamos dormidas,
reclinadas en los muebles o ya de plano tiradas al piso. Los peones, por su lado, vigilaban las esquinas
del casco con escopeta en mano dispuestos a tronarles la vida a quien se acercara a la puerta principal
(…) la realidad que imperaba en la región centro del estado de Chiapas obligaba a propietarios de las
fincas y a los peones a ingeniarse la manera de salvar los bienes, proteger a las mujeres de ser raptadas
o violadas (Ibídem: 35-36).
Salomé se refiere a la entonces finca Sabino Pérez, a cinco kilómetros de distancia al sur poniente de
la cabecera municipal de Ocozocoautla, cuyo propietario durante la revuelta mapachista era el español
Guillermo Sánchez, integrada por un latifundio de más de seis mil hectáreas, que actualmente ocupan
el polígono dos y tres del ejido Ocozocoautla,
5
más una superficie propiedad de la empresa Avimarca
4
CNDH, Secretaría Ejecutiva, Venustiano Carranza, Ley del 6 de enero de 1915, www.cndh.org.mx
5
Carpeta Básica que contiene: Resolución Presidencial del Ejido Ocozocoautla, firmado por el Presidente de la
República Gral. Manuel Ávila Camacho, 2 de marzo de 1942; Acta de posesión y deslinde, y original del Decreto
Presidencial donde se otorga la propiedad de los terrenos baldíos contiguos al templo de San Juan Bautista
(1945), a los ejidatarios, donde construyeron su casa ejidal, despojada posteriormente en el año de 1991 por el
entonces gobernador del estado Patrocinio González Garrido (contradictoriamente, nieto de Tomas Garrido
Canabal) y entregada a los fanáticos religiosos encabezados por el cura Roberto Díaz D., Reynol Pimentel Medina
(Delegado de la SEDESOL en Chiapas) y el entonces comisariado ejidal Ricardo Avendaño, entre otros. Ahí se
construyó un edificio (1998) que simulaba fachadas antiguas de un supuesto antiguo convento.
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que aún conserva el casco de la finca, la traza del camino real que unía a México con Centroamérica; y
hasta los años sesenta del pasado siglo, se encontraban vestigios de un teletrófono y de algunos
dispositivos que recibían señales telegráficas mediante líneas electroalámbricas; mediante los cuales
anunciaban los agentes del gobierno su llegada a estas tierras sureñas. Años después de la medición
de las mensuras agrarias, la finca fue propiedad del primer presidente nacional del PRI, secretario
federal de salud y exgobernador del estado de Chiapas, Rafael Pascacio Gamboa, quien empezó a
desarrollar la ganadería extensiva en el centro del estado.
6
Entierros
Por las mañanas se levantaban los mosaicos, se perforaban las paredes para esconder en ellas los
pocos centenarios y objetos de valor; de nuevo se dejaba el piso y las paredes como si no ocultaran
nada. También en las pequeñas chozas se construían trojes embarradas de tierra fina, donde los pocos
mozos que aún quedaban escondían a sus mujeres y a sus hijas. A estos pobres indios poco les servía
hacer escondites para sus mujeres, si cada a llegaban las noticias de cómo los mapaches se llevaban
a las hembras colgadas de las monturas a grito de tórtolas desesperadas (Micelli, 2015: 37-38).
En los municipios del centro de Chiapas abundan los microrrelatos orales de cómo se resguardaba a
las jóvenes y bellas mujeres para no ser raptadas por los mapaches. Ocultaban a unas en las trojes
construidas para guardar las mazorcas de maíz y evitar que sus granos se picaran por el gorgojo
durante el o; a otras las ocultaban en los tapancos de las casas, a otras en los hornos para cocer
calabazas o fabricar cal y a las no prevenidas las metían a los pozos. En otros casos, los padres se
apuraban a buscarles marido entre los viudos o solterones con dinero para que estos pagaran las
cuotas exigidas. Luego, en los años sesenta o setenta del siglo XX, entre las parejas de edad avanzada
era notoria la diferencia de edades entre el hombre y la mujer, además de otros aspectos. Puede
parecer más fantasioso que la propia literatura, pero lo cierto es que, por algún tiempo, ya en años más
recientes, de muchos habitantes de los pueblos cercanos se dice que amasaron fortuna como producto
de la “suerte”, al derribar muros de casas abandonadas, levantar pisos, remover sus tierras de cultivos,
restaurar iglesias, construir fosas y aljibes. De ser cierto, el miedo y las prisas dejaron sus beneficios.
Causa
(…) Por las mañanas los llanos y maizales eran infiernos terrenales con sus llamas tan altas sin dar
tiempo a los pájaros y a las mariposas a buscar otro refugio. Así se iba la vida de los mapaches, sin
ideales más que la ambición a flor de piel. Se levantaron porque y nada más, otros dicen que se
armaron por eso de que la tierra es enemiga y amante del hombre (Ídem: 38).
Es posible que Shalo, en este microrrelato, trate de justificar a sus compañeros mapaches. Estos
comentarios corresponden a las entrevistas realizadas en 1983. Ella o ellas ya también gozaban de
los beneficios obtenidos de lo que llamaban “revolución mapachista”; por lo tanto, sus intereses ya no
eran tan ajenos. Desde luego que tal opinión resultaría por demás ingenua, si quien escribe no las
hubiera conocido: tan audaces e inteligentes, a veces mentirosillas para ocultar sus vicios y
complicidades que les trajo el tiempo. Desde luego que los mapaches sí sabían por qué se levantaron
en armas en contra de los carranclanes; cabe la posibilidad de que varios de los participantes en este
movimiento, sobre todo los líderes, se habían acogido al Decreto del 30 de diciembre de 1902, expedido
6
Entrevista realizada a Felipe López López, en agosto de 1983. Él fue uno de los últimos caporales de la finca
Sabino Pérez, siendo propietario del latifundio el español Guillermo Sánchez. Destaca su comentario: “No acepté
integrarme al núcleo básico de ejidatarios de Ocozocoautla, por la estima que le tenía a mi patrón, a pesar de
que me otorgaban las tierras colindantes con la cabecera municipal. Después compré el traspaso de una parcela
donde se construyó el actual libramiento de la ciudad de Ocozocoautla. Ahora me lamento de creer en la bondad
de mi patrón”.
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por Porfirio Díaz, que derogó la Ley sobre Ocupación y Enajenación de terrenos baldíos, y que dejaba
sin efecto a las compañías deslindadoras; a tiempo autorizó la celebración de convenios con
particulares, otorgándoles grandes extensiones de tierra destinada a la explotación de diversos
recursos existentes en el territorio nacional (Montes de Oca, 1990: 160-171). Por su parte, la Ley del 6
de enero de 1915 promulgada por Venustiano Carranza no sólo promovía el reparto agrario, sino que
también abolía las tiendas de raya y establecía las jornadas laborales de ocho horas, razón por demás
para saber que sus privilegios estaban en riesgo. Sin embargo, según las informantes, la mayoría de
los participantes en la revuelta eran capataces, peones, peones acasillados, mestizos sin tierras e
indígenas zoques o chiapanecos… desclasados. Posiblemente ellos no estaban bien informados.
Carranclanes
Pero la revuelta no sólo era de los mapaches, según la narrativa que hacía Salomé a su acompañante
Juan Pistolas; también existían los mozos y jornaleros, quienes organizaron por su lado su propio
movimiento para apoyar al presidente Carranza, porque los mapaches, poco a poco se apoderaban de
las tierras que en un pasado muy cercano pertenecían en pleno dominio a terratenientes, y que, durante
el gobierno de Carranza, los mapaches se rehusaban a aceptar que los indios (como éstos llamaban a
los mestizos e indios de la región) gozarán de los mismos derechos que todo supuesto criollo. No
respetan acuerdos, ni leyes, todo era cerrazón. Los indígenas, por su parte, según ellos, eran los únicos
legítimos propietarios de las tierras del centro, así les llegaban los rumores de la capital. Fue por eso
que se armaron con palos, machetes y una que otra escopeta para defender lo que les pertenecía. Y
todos alborotados porque también querían su “revolución”, querían sangrar su rabia, su hambre. Así se
inició en 1914 la refleja de los queman ranchos, bandidos a carta cabal y de los asustadizos indios
carranclanes, quienes ingenuamente trataban de defenderse a palmo y filo de machete, mientras los
mayores y demás mandos superiores venidos del centro y norte del país, se carranceaban todo lo que
había a su paso (Ibidem: 38-39).
El personaje central narra con imparcialidad los abusos de ambos bandos “revolucionarios”. Entre sus
líderes no había buenos ni malos; también los mandos carrancistas, venidos del centro y norte del país,
le entraban al saqueo y todo tipo de abusos. Quizá por ello, en siete años, llegaron a celebrar acuerdos
de paz; más allá del supuesto cañonazo de cincuenta mil pesos obregonista. Mientras, la mayoría de
los indios y mestizos aprendieron muy bien sus mañas, para engañar a sus propios compañeros.
Desoladas
…de que si esto y que si aquello, todo era chismorreo, lo cierto es que a los tres días con tres horas de
que Antelmo expulsa los demonios del cuerpo de Salomé y anunciara el significado trágico, la finca de
Sabino Pérez amaneció totalmente destruida, sin ningún rastro de vida; y a ella, se la llevaron los
mapaches en ancas de mula reparadora (Ibídem: 44).
Esta forma poética de anunciar el rapto de Shalo es sólo eso, detrás está el dolor de tantas mujeres,
de tantas abuelas que enfrentaron la violencia, el bandolerismo de mapaches y carranclanes; quienes,
a diferencia de Manuela, una de las protagonistas principales de la novela El Zarco, de Ignacio Manuel
Altamirano (2019: 9-17 y 37-56), quien huye con la sabrosura provocada por la aventura de irse con el
líder de los plateados a gozar, según ella, de las joyas y demás riquezas, que con anticipación recibía
del Zarco. Luego le tocó conocer la triste realidad del bandolerismo. A las mapachas, mote con el cual
se les llamaba tiempo después, para distinguirlas a sus espaldas de la “buena moral familiar”, de frente
para halagarlas y conseguir sus favores, porque eran “progresistas” y gobiernistas, astutas y
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dominadoras, dejaron de ser ellas desde sus primeros años de juventud, casi niñas. Sin preguntarles,
sin halagarlas, sin conocer la hermosura de su juventud, fueron llevadas para complacer los deseos
instintivos, atender a hombres desconocidos, convertirse en mujeres de paso, mujeres de tropa,
mujeres de intercambio hasta por un fósforo, por un poco de tabaco para el rollo de hoja de maíz en la
fumata de las tardes y noches. Mujeres sin nombre y sin destino. Las mapachas hicieron de su
desgracia asidero de astucia, de su feminidad su único valor para meterse donde no fueron llamadas,
sino forzadas. Se hicieron féminas de su propia historia, tiempo, circunstancia y destino, hasta
convertirse en mujeres de dominio, de poder a su modo, el modo natural que tiene toda mujer para
dominar al macho. Juzgarlas es no conocer su circunstancia y su tragedia.
Miseria
A Salomé no le fue difícil aceptar su nueva vida; total, si nunca había tenido una familia, una casa, un
perro que le ladrara. Andar en la bola para ella era mejor que caminar sola por los caminos de nadie.
Ya le gustaban los buenos vestidos rescatados de los provenzales roperos, (…) También le tocaban en
el reparto sus joyas y sus monedas en oro. Como quien dice, “ya estiraba la mano poco a poquito”
(Ibídem: 45).
Las sociedades se construyen de diversas maneras. Hay sociedades cuya formación es muy compleja,
donde no caben las comparaciones entre aquellas y éstas. Hay sociedades cuyo proceso de formación
se finca en un mosaico clásico de culturas humanísticas, y otras surgen de sus necesidades más
elementales; otras quizá de las influencias externas, de la imitación y de las ambiciones humanas más
terribles. Estudiar a Chiapas desde su conformación social presente, solo, posiblemente, se entienda
desde su conformación de origen, más allá de utopías orgánicas que, sin lugar a duda, son una parte
de la historia local. El origen de sus movimientos sociales nos permite entender nuestras grandezas y
miserias presentes. Salomé venía de la externalidad de su tiempo, como muchos de los participantes
de la bola. La heredad que les quedaba, ahí donde las mujeres y los varones se armaron de lo único
que tenían en su universo de lucha: el valor y arrojo por ser diferentes, para fincar un nuevo mundo.
Contradictoria realidad, eso es lo que somos. Nos toca analizar el origen para tratar de corregir el
rumbo. La negación de los mitos del poder que nos envuelven, de los vicios sociales que fecundan
alacranes, de la corrupción, de las grandes desigualdades, del engaño de las supuestas verdades, del
racismo que limita el encuentro y de tantas voces que atan las conciencias. Porque también somos
sus propios constructores o acaso sus propios legitimadores, desde lo que fueron, desde lo que somos
y lo que seremos.
Pérdida
(…) denigrada hasta el fondo de su humanidad, permanecía entre los soldados mapachistas. Tan
desolada estaba que hasta se había olvidado del pasado, de su origen y del futuro incierto. Había
aprendido todas las mañas y leperadas de la “revolución”, hasta creía en lo “bueno” que era matar
indios, que éstos no servían para nada, que era más fiel un perro que uno de ellos. Se creía
“revolucionaria” de verdad. Estaba convencida de que la revolución era matar carranclanes, quemar
rancherías y fincas; matar y robar para ser los nuevos ricos. Estaba perdida. Se había transformado
con tanto trago y tanta pólvora. Hasta se había olvidado que en sus venas corría sangre zoque, pobre
mestiza renegada… (…) Se olvidó que tan sólo era una cualquiera del borlote (Ídem:51).
Ahí donde el poder también se ejercía en la revuelta. Donde las personas trastocadas por sus intereses
y servicios a la causa cobraban soberbia ante las otras/os, se sentían empoderadas; palabra absurda
de la mediocridad ante la falta de talento, de sentirse humanos. Ya no era la misma, de nuevo era la
primera del general y eso la hacía superior a complacencia y servilismo de las otras/os. Ahí donde
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crece la soberbia y se levantan los pies de la tierra. Se olvida erróneamente el origen, los ideales de
nobleza. Ahí donde se pierde lo terrenal y se crean los cortesanos, los semidioses que todo lo ajustan
al culto de su personalidad, para mirar de arriba hacia abajo a los otros, a sus otros.
La Generala
La quietud de la tarde la mantenía con los ojos abiertos, observaba las plantas silvestres, olía la
frescura de los robles, escuchaba el correr de los arroyos y…, repentinamente, vio cómo un grupo de
carranclanes salieron de la nada y sin más contratiempo trataban de llevarse al general, quien roncaba
la profunda cruda de dos litros de aguardiente. No había guardias en pie, todos estaban dormidos o
perdidos en otras cosas. Salomé, astuta y rápida, corrió hacia las armas en vuelo de pájaro y de un solo
respiro, descargó su rabia sobre los carranclanes. Los hombres se desplomaron a los pies del general
(los otros huyeron como ratas). Éste, todo asustado y medio sordo por los carabinazos, vio cómo
Salomé los remataba sin piedad con la furia de la hembra que defiende a su macho. […] Santo remedio
y santa reconciliación. De nuevo volvió a ocupar el primer lugar de las mujeres en la tropa. A partir de
ahí empezaron a llamarla “La Generala” (Ídem:52).
Ante tal acontecimiento, nadie volvió a faltarle el respeto, todas/os se ponían firmes ante ella. Las
mujeres se olvidaron de sus bajezas cometidas y el rencor se convirtió en halagos y todo tipo de
lambisconerías. Después de los sucesos del cerro Mactumatzá, la plaza de Tuxtla estaba ganada, y
ella, Salomé, hizo de su vida lo que le vino en ganas. Le(s) escurría el poder por todas partes.
En una carta timbrada con fecha 21 de noviembre de 1921 llegó el día esperado para el general.
Provenía de la presidencia de la república. En ésta lo nombraban general de división de los ejércitos
revolucionarios del sur. Firmado ni más ni menos que por el caudillo de la revolución mexicana General
Álvaro Obregón, quien le otorgaba el mencionado grado militar por mantener el orden y la revolución
en los valles centrales de Chiapas. Desde ese día todo cambió, dejamos de andar de aquí para allá
como judíos errantes dizque conquistando plazas. Vinieron condecoraciones tras condecoraciones.
(…) “El Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, General Álvaro Obregón, reconoce su
valentía y su coraje, patriótico motivo que ha permitido la gloriosa revolución en el estado de Chiapas
y estados circunvecinos en contra de cualquier interés antiprogresista (…) por este motivo, tengo el alto
honor de nombrar a usted, General de División de las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Sur.
Esperamos su puntual asistencia en la capital del país, donde recibirá la salutación del Supremo
Colegio Militar en grados adquiridos por la lucha revolucionaria, Ciudad de México 2 de septiembre de
1921” (Ídem: 54-55).
CONCLUSIÓN
Como se ha dicho en los primeros párrafos, el microrrelato literario no pretende, de ningún modo,
alcanzar niveles de objetividad; su interés creativo es alcanzar niveles de comunicación para los
receptores que gustan de la apreciación del tiempo a través de una serie de hechos, mitos y leyendas
subjetivas; por su procedencia individual o comunitaria que trasciende a la memoria colectiva, y en
algunos casos a la conciencia social. Su forma primigenia radica en el lenguaje oral, donde se mueve
como un medio informativo, un suceso que deja huellas a su paso. Sufre alteraciones en su forma y
contenido tantas veces sea necesario en el imaginario de quien lo cuenta, pero siempre lo sustantivo
se mantiene; es por esto que un microrrelato oral puede cambiar su espacio literario, aumentar o
disminuir sus personajes, cambiarles nombre, pero conserva la sustancia de lo contado. Al paso del
tiempo se codifican, y, entonces, pierden su capacidad de recreación permanente y adquieren formas
y contenidos lexicográficos y estéticos que le da la sintaxis en la lengua escrita. Es ahí donde adquiere
mayor fuerza ficcional, para lograr la poética de lo que se quiere contar. Ahí se convierte en una obra
literaria subjetiva, cuya función es recrear el lenguaje, informar algo que gusta a ciertos lectores, hasta
provocar el gozo significante. Entonces, el microrrelato literario es siempre un tipo de ficción, y no
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pretende, como la historiografía, el registro de certeza. Si en la literatura existen grados de certidumbre,
éstos habrá que estudiarlos a través de otras disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas,
porque sus abstracciones son subjetivas, emotivas, formas individuales de percibir los diversos
contextos; cuando mucho, ciertas apreciaciones colectivas. Esto no le resta mérito a los microrrelatos
literarios, ya que pueden ser punto de arranque de otros tipos de investigaciones. Como tampoco,
considero, se debe negar el papel que juega la literatura contemporánea desde su subjetividad, por la
que el registro de sus imaginarios permite acercarnos a ciertos sucesos que por su naturaleza verbal
no pueden objetivarse; como también permite aproximarnos a aquellos hechos que la historia
constituida no registra, pero que se perciben en la memoria de los pueblos como llagas dolientes. Es
el caso de Chiapas, donde la ciencia de la historia (desde mi particular punto de vista como narrador
de imaginarios) tiene mucho que leer entrelíneas de la narrativa literaria para encontrar, quizá, vetas en
la literatura oral, en los microrrelatos ficcionados que aparecen ya codificados en algunas novelas,
cuentos, leyendas, fábulas, relatos de orden antropológico, sociológico, psicológico, religioso,
etcétera… Sería pertinente realizar estudios con metodologías participativas, entrevistas cualitativas,
hurgar a mayor profundidad archivos eclesiásticos y familiares en antiguas parroquias y municipios de
la región, para encontrar eso que podría en un futuro ser fuente determinante de la historia de Chiapas
y de las sociedades que presenten similares características. Lo que se pretende es conocer la historia
de los mal llamados vencidos: mestizos desclasados e indígenas, desde el interior de su propio devenir
comunitario, en parajes y barriadas, porque es posible que ahí esté la otra parte complementaria en la
lucha por hacer de Chiapas una sociedad más justa, incluyente y participativa.
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