LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2025, Volumen VI, Número 2 p 1784.
DOI: https://doi.org/10.56712/latam.v6i2.3730
Programas de desarrollo de conductas prosociales en la
niñez: Revisión sistemática
Programs for the Development of Prosocial Behaviors in Childhood: A
Systematic Review
Ana Mary Toirac Cabezas
anamarytc112@gmail.com
https://orcid.org/0009-0007-4876-5247
Universidad del Azuay
Cuenca – Ecuador
Ximena Chocho Orellana 1
achocho@uazuay.edu.ec
https://orcid.org/0000-0001-5453-0849
Universidad del Azuay
Cuenca – Ecuador
Artículo recibido: 22 de marzo de 2025. Aceptado para publicación: 05 de abril de 2025.
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.
Resumen
Los programas de desarrollo de conductas prosociales buscan promover estos comportamientos
desde la niñez, con el objetivo de evidenciar su impacto a futuro. Por lo cual, es crucial analizar las
características, el impacto y las variables moderadoras que inciden en la efectividad de dichos
programas. En base a lo anterior la presente investigación tuvo como objetivo principal identificar
cuáles son los programas fundamentales de desarrollo de conductas prosociales en la niñez. Se llevó
a cabo una revisión sistemática basada en el método PRISMA, abarcando artículos de acceso libre
publicados en los últimos 10 años en Latinoamérica y España. La búsqueda se realizó en las bases de
datos Scielo, Dialnet, Google Académico y Redalyc, y se examinaron cinco estudios relacionados al
tema de investigación. Entre los principales hallazgos, se observó que estos programas benefician
significativamente a los niños al reducir conductas agresivas, lo que a su vez mejora sus relaciones
interpersonales. Asimismo, se encontró que el desarrollo de conductas prosociales contribuye de
manera positiva al rendimiento académico y al bienestar general de los niños. Además, entre las
principales variables moderadoras de la efectividad de los programas destacan: el género, el nivel
socioeconómico, el contexto y la pertenencia a una religión. En conclusión, estos programas fomentan
la educación en valores y el desarrollo de habilidades socioemocionales esenciales para su vida.
Palabras clave: niñez, conducta prosocial, programas prosociales, prosocialidad
Abstract
Programs for the development of pro-social conducts seek to promote these behaviors from
childhood, with the aim of proving their impact in the future. Therefore, it is crucial to analyze the
characteristics, impact and moderating variables that influence the effectiveness of these programs.
For this reason, the main objective of this research was to identify the major programs for the
development of pro-social behaviors in children. A systematic review based on the PRISMA method
was carried out, covering open access articles published in the last 10 years in Latin America and
1 Autora de correspondencia.
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ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2025, Volumen VI, Número 2 p 1785.
Spain. The research was conducted through databases such as Scielo, Dialnet, Google Scholar and
Redalyc, reviewing five articles related to the topic of this investigation. The main findings revealed
that these programs significantly benefit children by reducing aggressive behaviors, which leads to an
improvement in their interpersonal relationships. Likewise, it was found that the development of pro-
social behaviors contributes positively to children's academic performance and general well-being. In
addition, among the main moderating variables of the effectiveness of the programs: gender,
socioeconomic level, context, and religious belief stand out. In conclusion, these programs promote
education based on values and the development of socioemotional skills that are essential for their
lives.
Keywords: childhood, pro-social behavior, pro-social programs, prosociality
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Cómo citar: Toirac Cabezas, A. M., & Chocho Orellana, X. (2025). Programas de desarrollo de
conductas prosociales en la niñez: Revisión sistemática. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias
Sociales y Humanidades 6 (2), 1784 – 1806. https://doi.org/10.56712/latam.v6i2.3730
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INTRODUCCIÓN
El estudio de conductas prosociales en niños ocupa un lugar importante en la investigación
psicológica. Los resultados que proyecta este campo sugieren que es posible influir positivamente la
manifestación de comportamientos prosociales en estas edades por la vía de intervenciones puntuales
que promuevan actos solidarios, empáticos y de ayuda a los otros (Ceballos et al., 2019).
En la actualidad existen diversos programas destinados a incrementar y desarrollar actitudes
prosociales en niños, desde edades muy tempranas hasta los 10 años. Estos programas tienen como
principal objetivo fortalecer el desarrollo personal, el razonamiento prosocial, las relaciones
interpersonales, entre otros, mediante juegos y actividades creativas (Martínez y Borda, 2020).
Estos programas han mostrado una mejoría en las conductas prosociales de los niños, evidenciando
un incremento en su razonamiento prosocial, base de todo tipo de conductas prosociales, así como
una disminución de actitudes violentas. Sin embargo, existen variables que interfieren en el éxito del
desarrollo de los programas. Dichas variables están relacionadas con la cultura, el nivel
socioeconómico, el género, el contexto donde se desenvuelve el sujeto, entre otras (Vásquez, 2017).
Es importante realizar una revisión sistemática para analizar las características, el impacto y las
variables moderadoras que inciden sobre la efectividad de los programas.
Esta investigación busca responder a las siguientes preguntas: ¿Cuáles son los principales programas
de desarrollo de conducta prosocial dirigidos a niños? y ¿Cuáles son los enfoques más efectivos en
los programas de desarrollo de conductas prosociales?
El objetivo general de esta investigación fue realizar una revisión sistemática de los programas de
desarrollo de conducta prosocial dirigidas a niños. Además, los objetivos específicos fueron: identificar
los enfoques, elementos comunes y diferencias entre los programas que han demostrado ser más
efectivos y examinar las variables que pueden influir en la efectividad de los programas como el
contexto cultural, nivel socioeconómico y duración de la intervención.
El término “prosocial” fue creado para referirse a las características opuestas de los antisociales. Es
un fenómeno complejo, basado en un sistema de creencias y sentimientos propios de las personas. La
prosocialidad describe un comportamiento en el que los individuos realizan acciones solidarias
dirigidas hacia otras personas (Auné et al., 2019).
Es importante mencionar que los comportamientos prosociales son acciones que se realizan de
manera voluntaria, con el fin de ayudar a otros, motivadas por acciones altruistas o no. Estas conductas
incluyen donar, cuidar, confortar, compartir y empatizar con los demás. Su principal objetivo es
fomentar relaciones positivas, empáticas y cooperativas (Moñivas, 2021).
Por otra parte, se han llevado a cabo estudios tales como: El desarrollo de la empatía y su relación con
la conducta prosocial y agresiva, los cuales han demostrado el papel de las emociones positivas y su
efecto sobre los pensamientos y acciones, mejorando la manera de actuar ante diferentes situaciones
debido a una potencialización de recursos personales a nivel físico, social y psicológico. Por esta razón,
la emocionalidad positiva relacionada con la empatía es el primer predictor de la conducta prosocial
(Samper, 2014).
De igual manera, es necesario destacar la importancia del pensamiento prosocial como uno de los
pilares esenciales previos a la conducta prosocial. En otras palabras, se enfatiza en la manera en que
una persona maneja y resuelve los conflictos que surgen al tener que decidir entre satisfacer sus
propios deseos y necesidades frente a los de otras personas, especialmente en situaciones donde las
normas legales, sanciones, autoridad y otras influencias externas son irrelevantes o minimizadas
(Cerchiaro et al., 2019).
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La principal pregunta que se realizan los programas de investigación es ¿Por qué algunas personas
pueden actuar de manera prosocial y por qué otras no? Por esta razón, los estudios agregaron como
fuente motivacional de la prosocialidad al egoísmo, a la par con el altruismo.
Esto se explica debido a que las personas realizan buenas acciones esperando una reciprocidad con
fines egoístas. De la misma manera, pretenden construir una imagen de ellos mismos como personas
benevolentes y amables. Además, se ha demostrado que realizar acciones en beneficio de los demás
genera bienestar en uno mismo, sin embargo, aunque este último motivo no parezca tan egoísta, puede
ser disfrazado por la persona para disminuir sentimientos de culpa o ansiedad (Learning, 2013).
METODOLOGÍA
Dentro de los criterios de elegibilidad se incluyeron artículos publicados durante los últimos 10 años,
empíricos, en inglés y español, en países de Latinoamérica y España, de acceso libre. Los programas
de los estudios revisados incluyen únicamente a la niñez como población objetivo.
Por otro lado, se descartaron aquellos artículos que fueron publicados hace más de 10 años, que no
poseen una base empírica o científica comprobada, y que fueron publicados en países europeos aparte
de España. Los artículos que tenían como población base a adolescentes y adultos fueron rechazados.
La búsqueda fue realizada con el apoyo de motores especializados en artículos científicos de acceso
libre y motores de búsqueda como: Scielo, Dialnet, Google Académico y Redalyc.
Para obtener información más relevante, los artículos utilizados incluyeron las siguientes palabras
clave: infancia temprana, niñez, conducta prosocial, empatía, razonamiento prosocial, programas
prosociales, tendencias prosociales, prosocialidad. Asimismo, para llevar a cabo la búsqueda en inglés
se usaron las siguientes keywords: early childhood, childhood, prosocial behavior, empathy, prosocial
reasoning, prosocial programs, prosocial tendencies, prosociality. Una vez obtenidos los artículos más
relevantes, se realizó una filtración acorde a los criterios de inclusión. Este proceso se llevó a cabo
entre los meses de mayo, junio y julio del 2024.
Proceso de selección de estudios
Primordialmente se desarrolló un primer cribado, en el cual se descartaron aquellos artículos que
tomaban otras poblaciones participantes en los programas. Además, se excluyó toda la información
que no provenía de los motores de búsqueda seleccionados. Se eliminaron los documentos duplicados
y aquellos que no aportaron datos de investigación acorde a los objetivos.
Posteriormente, se analizaron los resúmenes y los resultados de los programas ejecutados para
comprobar que cumplían con los objetivos de la investigación y que estuvieran acorde al tema de
interés.
Finalmente, se filtraron los documentos leyéndolos de manera más cautelosa y crítica. Se descartaron
aquellos artículos que no cumplían con las fechas solicitadas, así como aquellos que no fueron de
acceso libre, publicados en los idiomas español e inglés.
Estrategia de extracción de datos
Se realizó una búsqueda sistematizada de artículos científicos correspondientes al tema de
investigación. A continuación, se creó un formulario de extracción de datos de Excel, el cual permitió
resumir los aspectos más importantes de los estudios fundamentales. Los principales aspectos que
contuvo esta tabla son: título, año, autores, semejanzas, diferencias, título de los programas, enfoque
y técnicas.
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Una vez que se completó el formulario, se realizó un análisis riguroso de toda la información obtenida,
para proceder a seleccionar los datos más importantes que enriquecieron este estudio.
Variables e información
Las variables más relevantes que se obtuvieron de cada estudio estuvieron relacionados a la edad,
género, contexto, religión, y principales resultados y estrategias de los programas aplicados en niños
para aumentar las tendencias prosociales.
Criterios de extracción de datos
Se utilizó un formulario de extracción de datos, para organizar de mejor manera los aspectos más
importantes de los estudios seleccionados. Los aspectos principales considerados incluyen: título,
fecha de publicación, autores, país, principales resultados, descripción de la población, metodología y
duración de los programas.
Proceso de extracción de datos
El proceso de extracción de datos se ejecutó mediante una revisión exhaustiva de la literatura. Los
artículos fueron filtrados con ayuda del programa Parsifal, el cual sirvió para descartar aquella
información que no cumpliera con los criterios de inclusión requeridos.
Para analizar los datos obtenidos en la revisión sistemática se ejecutó un pertinente análisis
descriptivo mediante un formulario de Excel, en el cual se pudieron identificar los elementos comunes
y diferencias, así como los elementos que influyen en el posible éxito de los programas de desarrollo
de conductas prosociales, esto posibilitó la integración de los descubrimientos logrados mediante la
revisión sistemática, lo cual facilitó la generación de aportes e interpretaciones más detalladas de los
resultados.
Este estudio tuvo como objetivo principal analizar los programas de desarrollo de conductas
prosociales en la niñez, a partir de esto las preguntas principales de investigación fueron: ¿Cuáles son
los principales programas de desarrollo de conducta prosocial dirigidos a niños? y ¿Cuáles son los
enfoques más efectivos en los programas de desarrollo de conductas prosociales?
Para responder a estas preguntas y objetivos consideramos 5 artículos, a continuación, se exponen los
resultados evidenciados.
Selección de resultados
Como resultado de la búsqueda sistemática se encontraron un total de 116 artículos. Sin embargo,
según los criterios de inclusión (es decir, un estudio empírico que contiene nuevos datos primarios y
publicado en un artículo revisado por pares en idioma inglés y español, publicados en países de
Latinoamérica y España), se excluyeron un total de 111 artículos, porque no cumplían con los
requerimientos previstos. Esto dejó un total de 5 estudios que cumplían con los criterios de inclusión
(Ver figura 1).
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Figura 1
Diagrama de flujo
Fuente: Tomado de Page MJ, McKenzie JE, Bossuyt PM, Boutron I, Hoffmann TC, Mulrow CD, et al. The
PRISMA 2020 statement: an updated guideline for reporting systematic reviews. BMJ 2021;372:n71.
doi: 10.1136/bmj.n71
Características de los estudios
Los estudios fueron publicados entre los años 2018 y 2024. La muestra total de los participantes
incluidos en todos los estudios varía entre 24 y 3000 personas, con un rango de edad entre 4 a 9 años.
La duración de los programas realizados varió entre 1 mes a 4 años.
DESARROLLO
Clasificación
Los programas actuales de desarrollo de tendencias prosociales destacan que las conductas
prosociales se clasifican según las formas en que los sujetos proporcionan ayuda. Estas se clasifican
en distintos tipos, como la asistencia física, el servicio físico, el acto de dar, la ayuda verbal, el consuelo
verbal, la confirmación y valorización positiva del otro, escuchar profundamente, empatía solidaridad
presencia positiva y unidad (Auné et al., 2014).
Igualmente, existen dos principales miradas sobre la concepción y clasificación de las conductas
prosociales. Primeramente, González (2009) manifiesta que se puede clasificar como una conducta
prosocial, toda acción social positiva; indica que la prosocialidad abarca una extensa gama de
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comportamientos que son realizados en beneficio de otros, dejando de lado si la acción es motivada
por un deseo desinteresado o por otros motivos.
En el mismo sentido, Auné et al. (2014) a partir de esta clasificación, expresa que se pueden distinguir
diversos tipos de conductas prosociales, que incluyen:
Conducta prosocial de ayuda directa versus conducta prosocial de ayuda indirecta: La ayuda directa
ocurre cuando el observador interviene personalmente en la situación, mientras que la ayuda indirecta
sucede al buscar la colaboración de otra persona que es quien interviene directamente.
Conducta prosocial solicitada versus conducta prosocial no solicitada: Una conducta prosocial
solicitada ocurre en respuesta a una solicitud específica, mientras que una conducta prosocial no
solicitada se realiza voluntariamente sin ninguna petición explícita.
Conducta prosocial de ayuda identificable versus conducta prosocial de ayuda no identificable: Este
criterio hace referencia a la capacidad de identificar al donante. En la conducta prosocial identificable,
es posible reconocer al benefactor; pero en la conducta prosocial no identificable, el acto de ayuda
permanece anónimo.
Conducta prosocial de ayuda en situación de emergencia versus conducta prosocial de ayuda en
situación de no emergencia: La asistencia en situaciones de emergencia sucede cuando hay una
amenaza real o un daño, mientras que la ayuda no urgente está relacionada con eventos previsibles y
habituales.
Conducta prosocial en situación de emergencia versus conducta prosocial institucionalizada: La
conducta prosocial institucionalizada se decide en un contexto pacífico, motivada intrínsecamente,
mientras que las situaciones de emergencia ocurren de repente y el factor temporal es crucial en la
decisión de ayudar.
Conducta prosocial espontánea (no planificada) versus conducta prosocial no espontánea
(planificada): Las decisiones rápidas como la ayuda simple y aislada hacia un desconocido se
considera una conducta prosocial espontánea. La conducta prosocial no espontánea implica
interacciones repetidas con un mayor costo de tiempo. Por ejemplo, el trabajo voluntario sistemático
o la contribución regular de dinero a instituciones benéficas.
Por último, Roché (2002), concibe que la realización de acciones prosociales ejerce un papel
fundamental en la formación de relaciones interpersonales positivas y enriquece la formación de
nuestra identidad.
Concepciones de la conducta prosocial desde las diferentes teorías
Neurobiología
Tejada y Espinoza (2022) realizaron un estudio para indagar sobre las causas neurobiológicas que
favorecen a la adquisición de habilidades relacionadas con las tendencias prosociales. Se concluyó
que este proceso involucra una relación compleja entre los factores genéticos, hormonales y
ambientales que influyen sobre la plasticidad cerebral, permitiendo que los niños identifiquen
conceptos, realicen interacciones sociales y comprendan la diferencia entre las acciones positivas y
negativas.
Del mismo modo, se pudo comprobar que existen neurotransmisores como la oxitocina y la serotonina
involucrados en el aumento de las conductas de empatía y prosocialidad. Esto se debe a que aumentan
la confianza y la sensación de felicidad al realizar acciones en beneficio a las demás personas (Agustín
y Noguera, 2015).
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Psicología positiva
Por su parte, Arias (2015) alude que, la prosocialidad dentro de la mirada de la psicología positiva se
puede entender como toda acción que es destinada a ayudar a otras personas, sin buscar un beneficio
a cambio. Explica que desarrollar esta capacidad, va de la mano con el nivel de empatía que tiene una
persona.
De la misma manera, Martínez (2017) concuerda con que, el principal aspecto que se debe considerar
para evaluar las conductas prosociales, es la empatía. Recalca que la empatía es la base para que una
persona sea capaz de comprender lo que sienten los demás, desde una perspectiva cognitiva y
afectiva, motivando así, las conductas de cooperación.
Psicología cognitivo conductual
Además, dentro de la mirada de la psicología cognitiva-conductual López et al. (2023) entienden que,
existe una estrecha relación entre este enfoque y la conducta prosocial; mediante técnicas como la
autorregulación y el pensamiento prosocial racional, se puede incrementar la manifestación de la
prosocialidad. Mencionan que, mediante la realización de juegos de cooperación grupal, los niños no
solo aprenden sobre la importancia de la empatía y la solidaridad, sino que son capaces de modificar
sus comportamientos.
Psicología del desarrollo y la conducta prosocial
La psicología del desarrollo estudia la manera en la que los seres humanos van evolucionando y
cambiando a lo largo de su vida, adquiriendo habilidades, según la etapa vital en la que estos se
encuentren (Madruga y Queija, 2019).
Se entiende a la niñez como la primera etapa del desarrollo humano, en la cual comienza la vida. Esta
etapa se divide en dos categorías, la infancia temprana comprende desde los 0 meses hasta los 5 años,
por otra parte, la infancia comprende desde los 6 años hasta los 11 años. Los sujetos experimentan un
crecimiento físico y cognitivo significativo, ligados a aspectos emocionales y ambientales que
establecen las bases de su salud mental y física a lo largo de su vida. Durante esta etapa los niños son
más receptivos a desarrollas conductas prosociales a comparación con las otras etapas evolutivas
(Martín et al, 2022).
De la misma forma, la adolescencia es un período vital de la evolución humana, en la cual se
experimentan cambios físicos debidos al inicio de la pubertad. En cuanto al nivel cognitivo, comienzan
a refinar el pensamiento crítico, el cual les permite forjar una identidad. A nivel emocional, se enfrentan
a diversos retos, ya que deben aprender a establecer límites con los adultos y pares. En esta etapa, los
adolescentes logran desarrollar un nivel de prosocialidad más elevado, al ser capaces de comprender
de manera más profunda las emociones de los demás. Por ende, son motivados con mayor facilidad
para ayudar a otros, sin obtener beneficios personales (Lillo, 2004).
Por último, se concibe a la adultez como el estado máximo de desarrollo evolutivo de un sujeto, a nivel
emocional, físico y cognitivo. Los adultos alcanzan un estado de plenitud física, al comenzar a notar
efectos del envejecimiento. A nivel cognitivo, han perfeccionado su pensamiento reflexivo y crítico, el
cual les facilita el desarrollo de habilidades como la empatía, la cooperación y la prosocialidad. A nivel
emocional, son sujetos con mayor autocontrol y pueden identificar de mejor manera sus propias
emociones y las del resto. Los adultos son considerados los seres más prosociales, debido a su acceso
a recursos y madurez emocional (Filardo, 2010).
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Prosocialidad en la niñez
El perfeccionamiento de las habilidades prosociales en niños juega un papel crucial en el desarrollo
socioemocional de los mismos. Les permite adquirir nuevas capacidades que favorezcan al
establecimiento de relaciones interpersonales saludables y positivas con sus pares y personas adultas
(Gross et al., 2017).
La prosocialidad durante la infancia puede ser influenciada por el entorno familiar, la manera en la que
suceden sus primeras experiencias sociales, las personas con las que se
comienzan a relacionar, la enseñanza de normas y valores éticos, dentro del entorno familiar y escolar.
Un aspecto imprescindible que considerar en la prosocialidad es enseñar a los niños a reconocer y
gestionar las emociones, para que sepan entenderlas y puedan responder ante las emociones y las
necesidades de los demás (Martín et al., 2015).
La prosocialidad es el resultado de una serie de procesos y respuestas emocionales interpersonales e
intrapersonales, como respuesta de interacciones en los ambientes que rodean a los niños, tanto
familiar como social. El primer contexto es el familiar, de este depende que los niños entiendan a la
prosocialidad como una tendencia positiva. Estudios realizados por Scrimgeour et al. (2016), han
demostrado que los niños desde los 12 a 14 meses se encuentran compartiendo información relevante
con los padres. Señala además que, desde los 18 meses hasta el tercer año de vida los niños aprenden
a mostrar preocupación y compasión por aquellos que, bajo su percepción, piensan que se encuentran
en alguna situación peligrosa (Scrimgeour et al., 2016).
Es necesario inculcar una educación emocional desde las primeras etapas de la infancia, para que los
niños puedan entender el papel que juega cada emoción y el valor que poseen. Las emociones tienen
una gran influencia sobre el comportamiento prosocial, las emociones positivas generan
comportamientos favorables hacia los demás (Rivera e Intriago, 2022).
La inteligencia emocional incluye la conciencia social, la regulación emocional, la empatía, las
habilidades sociales, es decir, aspectos que se relacionan con la conducta prosocial. Se ha
comprobado que los niños que desarrollan desde temprano una buena inteligencia emocional
muestran mayor número de actos de servicio, empatía y son capaces de resolver los problemas de una
manera constructiva, a lo largo de toda su vida (Escobar et al., 2024).
En el desarrollo de tendencias prosociales en los niños, un aspecto vital a considerar es el estilo de
crianza de los padres. Si los padres muestran conductas de afecto positivas, establecen normas y
límites claros, control equilibrado, y sobre todo un estilo de crianza basado en la confianza, que
fomente la cooperación, empatía y la solidaridad, permiten que exista una democracia dentro de la
casa (Batool y Lewis, 2020). Todo esto hace que los niños se sientan valorados, que perciban un
ambiente cálido dentro de su hogar, que fomente las acciones de ayuda hacia otras personas y las
entiendan como actos positivos que deben repetir (Hu y Feng, 2022).
Por otra parte, Valdés et al. (2023) en su estudio denominado cultural context and the development of
prosocial behavior in children; identificaron que la prosocialidad en la niñez no solo presenta una
relevancia en la manera en la que los niños son aceptados y establecen relaciones significativas, sino
que también presenta una correlación con otras dimensiones del desarrollo adaptativo. Por ende, se
puede utilizar como un medidor de competencias socioemocionales futuras, así como de la educación
y la evolución que tendrá el niño en su salud mental.
Por otro lado, las consecuencias negativas para los niños que no logran desarrollar comportamientos
prosociales se muestra en un empobrecimiento de sus relaciones interpersonales. Asimismo,
enfrentan dificultades en el ámbito académico y en los trabajos colaborativos, ya que no son capaces
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de reconocer y gestionar de manera correcta sus emociones. De igual manera, les cuesta entender las
emociones de las demás personas y responder a sus necesidades. Por lo tanto, se pueden reflejar
consecuencias a largo plazo, como la incapacidad de formar relaciones interpersonales significativas
y saludables (Zúñiga y Zúñiga, 2020).
La conducta prosocial fomentada en el contexto educativo
Las escuelas desempeñan un rol trascendental en el desarrollo del comportamiento prosocial. Entre
las principales técnicas que emplean, se encuentra principalmente el modelado por parte de los
educadores, quienes se muestran como ejemplos a seguir, realizando acciones solidarias y empáticas
para influir positivamente sobre sus estudiantes. Igualmente, los profesores incluyen estrategias de
enseñanza de habilidades prosociales, implementando la educación de la empatía, la resolución de
conflictos de forma pacífica, comunicación asertiva, la solidaridad y compañerismo como parte del
currículum mediante la ejecución de actividades divertidas e innovadoras (Cicardini et al., 2021).
Adicionalmente, las escuelas fomentan la participación activa de los niños en actividades que
involucran a la comunidad, brindando servicio de apoyo a otras personas, aumentando el sentido de
pertenencia, de responsabilidad social y de solidaridad. Para que estas técnicas sean más efectivas,
hay que reconocer el esfuerzo de los niños y sus logros, con el fin de que asocien sus actitudes como
algo bueno que deben repetir (Gonzáles et al., 2019).
Variables moderadoras de las conductas prosociales
Es fundamental considerar el análisis de algunas variables que tienen un impacto directo en la
efectividad de los programas para promover comportamientos prosociales en niños.
Bandura (1991) asegura que, el entorno es uno de los factores ambientales determinantes en el
comportamiento infantil, ya que diversas situaciones sociales y culturales influyen en la percepción y
respuesta a las necesidades de los demás (Auné et al, 2014; Gómez, 2019).
De igual manera, dentro de las variables ambientales que pueden afectar el comportamiento de los
niños se encuentra el contenido multimedia, como las redes sociales, las películas y series, entre otros.
Estos también representan contextos y situaciones que reflejan el modo de accionar de las personas,
por ende, los niños quedan expuestos a copiar patrones de conducta (Muñoz et al, 2010).
La religión también es considerada una variable que influye sobre la adquisición de tendencias
prosociales. Los niños pueden ser alentados a seguir roles y modelos amables y solidarios que son
socializados dentro de su religión, pueden ser deidades o personas cercanas de su contexto.
Asimismo, deciden realizar acciones amables y en beneficio de otros guiados por las normas y reglas
impartidas dentro de su comunidad religiosa, lo cual representa un impulso positivo (Marín, 2014).
Además, los estudios han revelado que las mujeres muestran niveles de prosocialidad más altos que
los hombres, debido a que estos suelen involucrarse más en situaciones violentas como peleas, robos,
insultos, etc. Otra causa está ligada a sus experiencias en la crianza, factores biológicos y normas
sociales. Históricamente se les ha asignado a las mujeres un rol de cuidado, ayuda al otro y protección
a las personas de su entorno (Torres y Pérez, 2017).
El nivel socioeconómico juega un papel crucial. Las personas con más recursos tienen mayores
oportunidades de ayudar a los demás y acceso privilegiado a la educación, lo que les permite cultivar
cualidades de bondad y compasión (Auné et al, 2014; Gómez, 2019).
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Programas de desarrollo de conductas prosociales en la infancia
En la actualidad, se ha comprobado que los programas que fomentan el desarrollo de
comportamientos prosociales en niños han tenido mucho éxito. Han contribuido de forma importante
a mejorar el bienestar emocional de los niños, ayudando a disminuir comportamientos agresivos,
fortaleciendo la conciencia personal, fomentando la empatía y brindándoles herramientas necesarias
para fortificar sus relaciones interpersonales tanto con sus compañeros como con su familia (Cuenca
y Mendoza, 2017).
La técnica más utilizada por los programas para desarrollar las habilidades prosociales en los niños es
el juego. Utilizan actividades recreativas que ponen énfasis en el entretenimiento y la interacción, sin
competir, lo que permite a los participantes disfrutar del juego sin preocuparse por ganar o perder,
fomentando el trabajo colaborativo, la resolución de problemas, la empatía, entre otros (Richaud, 2017).
Los programas actuales, también incluyen un espacio de educación emocional para los niños. Realizan
actividades como role playing, ruleta de emociones, lecturas reflexivas, ejercicios de resolución de
problemas, entre otros, con el objetivo de guiarlos para que puedan reconocer sus propias emociones,
estar conscientes de las mismas y vivirlas de manera sana. Se les facilita herramientas de
autorregulación y ejercicios que promueven la empatía y el reconocimiento de las emociones de las
demás personas (Benavides, 2021).
En este sentido, diversos autores están de acuerdo en que la efectividad demostrada por la ejecución
de estos programas varía entre el 50% y el 80%. También demostraron que los niños participantes
experimentan un notable crecimiento personal y académico, que se evidencia en mejoras en su
rendimiento escolar, relaciones con sus compañeros, aumento de la tolerancia y reducción de
comportamientos violentos (Lemos et al., 2015; Palomino et al., 2018; Parra, 2012; Vásquez, 2017).
Además, otros investigadores también desarrollaron programas destinados a desarrollar conductas
prosociales en los niños, con el objetivo de disminuir las conductas agresivas, aumentar la empatía, el
razonamiento prosocial, el trabajo colaborativo y mejorar el rendimiento académico. Los resultados de
dichos programas demostraron que es posible incrementar el desarrollo de tendencias prosociales.
Erradicaron sus comportamientos agresivos y aprendieron habilidades de resolución de conflictos que
les permitieron integrarse mejor a los grupos.
Mejoraron la visión que tienen sobre sí mismos y esto favoreció su proceso de aprendizaje,
motivándolos a ser creadores activos de su conocimiento (Garaigordobil y Maganto, 2011; Gómez,
2019, Martínez et al., 2020).
Mediante un estudio llevado a cabo en España con el objetivo de fomentar conductas prosociales en
niños, se encontró que el 17.35 % de la población pudo desarrollar tales comportamientos,
observándose una mejora simultánea en su rendimiento académico. Además, se evidenció que los
estudiantes mostraban una autoimagen positiva, incrementaron su habilidad para trabajar en equipo y
resolver problemas, lo cual contribuyó a su desempeño académico (Inglés et al., 2009).
Un programa destacado llevado a cabo en México, tuvo como principal objetivo establecer una relación
entre el desarrollo de las tendencias prosociales en niños de guardería y la variable relacionada con el
contexto. La principal teoría de este estudio planteaba que mientras mayor pertenencia muestre un
niño a su entorno, podrá desarrollar de mejor manera habilidades de empatía, solidaridad y ayuda
desinteresada al prójimo (Benavides, 2021).
En la misma línea, Benavides (2021) se basó en estrategias de aumento de tendencias prosociales,
motivando a los niños a que desarrollen habilidades de cooperación, ayuda, reciprocidad y empatía.
Una de las técnicas utilizadas fue el refuerzo positivo, lo cual mostró que no era factible, ya que los
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niños disminuían sus conductas prosociales cuando se les entregaba un refuerzo por ello. Por otro
lado, cuando las conductas estaban ligadas a la motivación intrínseca de los niños, los resultados
fueron favorables. Entre los principales resultados se mostró que el 77% de los niños participantes
lograron aumentar sus conductas prosociales. Se evidenció que el verdadero éxito de las estrategias
utilizadas se debió a que se validó la motivación intrínseca que es el verdadero motor que promueve
las acciones de contribución hacia las demás personas.
Asimismo, Hoyo y Ruíz (2023) desarrollaron un programa que pretendía aumentar conductas
prosociales y a la misma vez trazar estrategias que mejoren el rendimiento académico de los
estudiantes, disminuyendo los niveles de desmotivación. Las estrategias implementadas se basan en
juegos de participación activa que incrementa la responsabilidad social, el trabajo colaborativo y la
interacción sana entre pares. Tomaron en cuenta variables sociodemográficas como el género y la
religión de los participantes. Dentro de los resultados se concluyó que existe una relación significativa
entre el género y el desarrollo de habilidades prosociales, ya que las niñas lograron alcanzar mejores
resultados. Por otro lado, no existe una relación significativa entre las diversas religiones y el desarrollo
de estas tendencias. Sin embargo, cabe recalcar que, los niños pertenecientes a alguna religión
pudieron desarrollar de manera más sencilla habilidades relacionadas con las conductas prosociales.
En otro aspecto, López et al (2021) desarrollaron un programa con niños deportistas, utilizando
actividades que incrementaron su razonamiento prosocial y sus valores asociados a la tolerancia, la
compasión, el trabajo colaborativo, para mejorar sus relaciones interpersonales como grupo, su
competitividad y eficacia. Pudieron comprobar que las actividades físicas y recreativas facilitan la
transmisión de valores y enseñanzas claves para el desarrollo de seres honestos e integrales. El
programa ejecutó actividades para mejorar la convivencia social armónica, la compasión y sobre todo
pretendía aumentar el razonamiento prosocial mediante la construcción de escenarios que brindan
experiencias enriquecedoras para los participantes.
Por otro lado, Albalá y Guerra (2020) llevaron a cabo un programa para incrementar el sentido de
justicia social y el comportamiento prosocial con niños pertenecientes a quinto y sexto grado.
Destacaron la importancia que juega el sistema educativo dentro del desarrollo de las tendencias
prosociales. Es por ello que dentro de su programa generaron una nueva propuesta curricular que
enseña y refuerza la enseñanza de los valores y normas, que promueve la solidaridad, el respeto, el
compañerismo, los cuales son elementos fundamentales para que los niños se motiven a brindar
ayuda.
Del mismo modo, Albalá y Guerra (202) realizaron actividades que incrementan el desarrollo de
habilidades sociales, como deportes en equipo, debates dentro de los salones de clase, trabajos
autónomos colaborativos que fomentan la cooperación, la comunicación asertiva, la resolución de
problemas, mejorando las relaciones interpersonales de los estudiantes. Los resultados de este
programa evidenciaron mejoras significativas en el comportamiento de los estudiantes, las cuales se
pudieron reflejar en una mejora en su rendimiento académico, sus relaciones interpersonales y su
comportamiento general. Es imprescindible mencionar, que se pudo comprobar que los niños
desarrollan comportamientos prosociales cuando se sienten en un ambiente seguro, de confianza y
estimulante.
Por su parte, Luna et al. (2020) llevaron a cabo una propuesta para incrementar la conducta prosocial
en niños con trastorno del espectro autista, debido a que consideraron que es un aspecto fundamental
en las etapas del desarrollo, ya que la prosocialidad ayuda a que se integren de mejor manera a la
sociedad y beneficia a su salud mental.
La técnica más efectiva en estos programas ha resultado ser el modelado mediante videos, así como
la terapia con animales, ya que los niños aprenden a ser cuidadosos, respetuosos, a valorar la vida de
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los demás seres vivos, así como sus necesidades. También, se ha usado la arteterapia, sobre todo la
danza y la pintura, para favorecer las interacciones sociales, la comunicación asertiva y el trabajo en
equipo. Este proyecto mostró resultados positivos, evidenciando que los niños aumentaron de manera
considerable sus conductas prosociales. Esto favoreció de manera simultánea su integración a la
sociedad, mejorando sus relaciones interpersonales y la manera en la que se comunicaban. Además,
se reflejó un impacto notable sobre la autoestima de los niños, haciéndolos más seguros de sí mismos
y del espacio en el que se encontraban (Luna et al., 2020).
A su vez, Roche y Escotorín (2020) realizaron un programa cuyo principal objetivo consistía en
aumentar las conductas prosociales mediante la educación emocional. Desarrollaron actividades
educativas que mejoran aspectos esenciales como la metacognición prosocial, la empatía, para lograr
que los niños incrementen tanto la cantidad como la calidad de sus acciones prosociales. Incluyeron
la educación socioemocional y prosocial en el currículum de algunas instituciones educativas,
fomentarán la creación de comunidades escolares inclusivas, la participación positiva, solidaria y
empática. Utilizaron la técnica reconocida como Kernels Prosociales, la cual consiste en generar
efectos observables en el comportamiento de otras personas, efectivo para promover la prosocialidad.
Entre los resultados más destacados del programa aplicado por Roche y Escotorín (2020) se pudo
revelar un gran éxito, ya que los participantes pudieron potenciar sus comportamientos prosociales y
su inteligencia emocional a la par, lo cual favoreció su desarrollo integral como seres humanos.
Mejoraron algunas habilidades sociales importantes relacionadas con la generación de la empatía, la
metacognición prosocial y su visión sobre las acciones que uno realiza en beneficio de los demás. A
nivel global los niños mejoraron su bienestar emocional y su salud mental.
Para concluir, se puede destacar la necesidad de conocer sobre los programas de desarrollo de
conductas prosociales en la niñez. Dado que brindan herramientas para que los niños logren
incrementar aspectos importantes en su desarrollo integral, como la empatía, la solidaridad, la
cooperación hacia otras personas, la comunicación asertiva entre otras habilidades necesarias
(Medina et al., 2020). Otro beneficio importante a resaltar, es que, al aplicar técnicas efectivas como el
modelado, la participación activa en la sociedad, entre otras, se logra disminuir la agresividad desde
tempranas edades (Becerra y García, 2023).
De igual manera, identificar las variables moderadoras como: género, contexto socioeconómico y
religión que influyen sobre la prosocialidad y saber adaptarlas a nuestro contexto, es clave para
potencializar los resultados positivos de los programas (Luengo, 2017). Cabe recalcar, que los niños
que muestran comportamientos prosociales, mejoran de manera significativa su rendimiento
académico, su bienestar general y su salud mental (Olivar y Soza, 2021).
RESULTADOS
Resultados individuales de los estudios
En esta sección se presentan los resultados individuales de los estudios incluidos en la revisión
sistemática sobre los programas de desarrollo de conductas prosociales en la niñez. Cada estudio ha
sido analizado en función a su diseño, características de la muestra y los resultados obtenidos.
Mediante la presentación de los resultados se pretende demostrar los efectos positivos de los
programas de prosocialidad sobre el desarrollo prosocial de los niños. El análisis de los
descubrimientos realizados permite brindar una visión más amplia y precisa sobre la efectividad y
necesidad de la realización de los programas de conductas prosociales para niños.
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Tabla 1
Resultados individuales de los estudios
Título Año Autores Semejanzas Diferencias Título de los programas Enfoque Técnicas
Actitudes prosociales en
una muestra de niños
de 7 a 10 años de una
institución educativa
oficial.
2017 Martha Liliana
Palomino Leiva
Ilda Marcela
Arroyave
Grisales
Oscar Fernando
Londoño
Grajales
Juego cooperativo.
Desarrollo de habilidades
sociales.
Desarrollo de empatía.
Desarrollo de la
capacidad para trabajar
en equipo.
Grupo seleccionado solo de
7 a 10 años.
Dinámicas grupales.
Actitudes prosociales en una
muestra de niños
de 7 a 10 años de una institución
educativa
oficial
Enfoque de
aprendizaje
emocional y
social.
Técnica de los
caramelos.
Técnica de las fotos.
Trabajo colaborativo.
Conductas proactivas y
prosociales en niños de
preescolar
de la Institución
Educativa Madrigal San
Francisco de Asís -
Policarpa, Nariño
2022 Belalcázar
Benavides
Nancy Andrea
Segura
Landázuri
Claudia Johana
Valenzuela
Cabrera Leidy
Elizabeth
Aumento de la empatía.
Trabajo colaborativo.
Desarrollo
socioemocional.
Enfoque en la
comunicación asertiva y el
desarrollo de habilidades
sociales.
Conductas proactivas y
prosociales en niños de
preescolar
de la Institución Educativa
Madrigal San Francisco de Asís -
Policarpa, Nariño
Enfoque
cognitivo
conductual
Trabajo en grupo.
Observaciones
directas.
Grupos focales.
Entrevistas.
Estudio de las conductas
prosociales en niños de
San Juan de Pasto
2017 Érika Alexandra
Vásquez
Arteaga
Aumento de la empatía y
la cooperación.
Trabajo colaborativo.
Contexto específico de
Colombia.
Considera el estado de
vulnerabilidad de los niños
Estudio de las conductas
prosociales en niños de San Juan
de Pasto
Enfoque de
aprendizaje
emocional y
social.
Role-playing
Juegos grupales.
Dibujos grupales.
Narración de cuentos.
Adaptado a un entorno
educativo.
niños participantes
Fomenta la prosocialidad,
sin motivar necesariamente
el altruismo.
Sesiones grupales.
Conductas prosociales
en niños y niñas de
escuelas primarias.
2018 José María
Duarte Cruz.
Desarrollo de empatía.
Participación activa.
Trabajo colaborativo.
Prevención de violencia.
Contexto adaptado a
México.
Intervención para promover
competencias prosociales en
niños y niñas de escuelas
primarias de Sonora y Chiapas.
Enfoque de
aprendizaje
emocional y
social.
Talleres semanales.
Trabajo grupal.
Role-playing.
Proyectos con la
comunidad.
Evaluación de un
programa piloto para
desarrollar conductas
prosociales en niños
2020 Jennifer
Herrera y Bertha
Musi
Juego cooperativo.
Educación en valores.
Desarrollo de habilidades
socioemocionales.
Pretende incentivar la
creatividad de los niños.
Adaptado al contexto
mexicano.
Programa “Juego” Enfoque de
aprendizaje
emocional y
social.
Juegos cooperativos.
Role-playing.
Narraciones.
Actividades de
comunicación asertiva.
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Resultados de la síntesis
Los 116 estudios encontrados contenían tres temas principales: (i) Disminución de conductas
agresivas, (ii) mejora del rendimiento académico y (iii) aumento de las habilidades socioemocionales.
En los siguientes apartados se presentan los resultados de estos tres temas. Enfoques de los
programas de desarrollo de conductas prosociales
Los resultados principales destacan que los programas utilizan tres enfoques principales, entre los
cuales se encuentra un programa basado en el enfoque cognitivo-conductual y cuatro basados en un
enfoque de aprendizaje social y el aprendizaje emocional. Estos permiten que los participantes
aprendan a reconocer sus propias emociones y la de los demás. Asimismo, se fomenta el aprendizaje
y trabajo colaborativo, la empatía y las habilidades de resolución de problemas. A su vez, los niños
aprenden a regular sus propias emociones, lo que contribuye a la disminución de conductas agresivas.
Elementos comunes y diferencias entre los programas
Los programas analizados demostraron tener varios elementos en común. Principalmente se destaca
la utilización de técnicas similares como el trabajo en equipo, el role-playing, los juegos dinámicos con
participación activa de los niños, la narración de cuentos y el modelado.
Además, la mayoría de programas realiza sesiones grupales, lo que contribuye al desarrollo de
habilidades socioemocionales de los participantes.
En este sentido, la implementación de estas técnicas ha asegurado la efectividad de los programas,
permitiendo que los niños incrementen sus comportamientos prosociales, mostrándose más
empáticos, colaborativos y asertivos. A medida que los niños desarrollan una mayor prosocialidad,
también mejoran su rendimiento académico. Esto se debe a la relación saludable que crea con sus
pares, mejorando el ambiente escolar, favoreciendo el proceso de aprendizaje.
Por otra parte, una de las principales diferencias entre los programas es la selección de los grupos, ya
que las actividades se ajustan en dependencia de los rangos de edad de los niños. En los grupos de
los más pequeños, por ejemplo, se reduce el nivel de dificultad de las tareas. Es necesario señalar que,
las técnicas empleadas se adaptan al contexto geográfico y cultural en el que se implementan los
programas para garantizar su comprensión y efectividad.
Variables moderadoras de la efectividad de los programas prosociales
Considerando la investigación realizada, se identificaron las variables moderadoras calves, que
influyen directamente sobre la efectividad de los programas. En primer lugar, el contexto juega un papel
fundamental, ya que los programas realizados en España, mostraron resultados más altos que aquellos
implementados en países latinoamericanos. En segundo lugar, se observó que las niñas tienden a
desarrollar conductas prosociales con mayor facilidad que los niños, esto se debe a factores sociales
y de crianza. En tercer lugar, se demostró que las personas que practican alguna religión, desarrollan
mejores cualidades como la empatía y trabajo en equipo, debido a sus valores comunitarios y de
solidaridad, promovidos por sus creencias.
Otra variable moderadora fundamental en la efectividad de los programas, es el nivel socioeconómico
de los participantes. Los resultados muestran que aquellos niños provenientes de familias de recursos
medios y altos tienen mayores posibilidades de participar en estos programas. Asimismo, se evidenció
que el nivel socioeconómico integra una combinación de factores que incluyen en la capacidad de
desarrollar conductas prosociales. Entre estos factores destacan los valores inculcados por la familia,
el contexto de crianza y el acceso a una educación de calidad.
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Para concluir, los principales hallazgos de esta investigación destacan los beneficios del desarrollo de
conductas prosociales en la niñez. Se ha evidenciado que los niños disminuyen comportamientos
agresivos y mejoran notablemente sus relaciones interpersonales con los compañeros, lo que también
contribuye en su rendimiento académico. Asimismo, el desarrollo de habilidades como la empatía, la
responsabilidad social, la resolución de problemas de manera efectiva, entre otras, impulsa el
desarrollo integral de los niños.
DISCUSIÓN
En este apartado se exponen y analizan los resultados obtenidos en esta revisión sistemática de la
literatura, los cuales permitieron cumplir con los objetivos planteados inicialmente. Los
descubrimientos de la investigación están vinculados con los conceptos previamente definidos.
Se cumplió el objetivo principal de la investigación que consistía en analizar los programas de
desarrollo de conductas prosociales en la niñez, en los países de Latinoamérica y España. La revisión
se llevó a cabo con 5 estudios recuperados de las bases de datos establecidas.
El primer objetivo específico fue identificar los enfoques, elementos comunes y diferencias entre los
programas que han demostrado ser más efectivos. Se pudo observar que la técnica más utilizada por
los programas es el juego, lo cual garantiza la efectividad del desarrollo de conductas prosociales en
la niñez.
Dentro de los principales resultados, se pudo analizar que un elemento en común entre los programas
es la realización de ejercicios grupales, lo que favorece que los niños desarrollen habilidades
socioemocionales y de comunicación asertiva. Según Ruiz (2020) la capacidad de ayudar a otras
personas está relacionado directamente con la habilidad de expresar y comprender emociones. Por
ende, desarrollar habilidades socioemocionales, permite que los niños sean más prosociales,
empáticos, asertivos y solidarios. De la misma manera, Ortiz (2020) asegura que las habilidades
socioemocionales son el cimiento para que los niños puedan desenvolverse como personas
prosociales y creen interacciones interpersonales saludables y duraderas.
En este mismo sentido, otra de las características en común aplicada por los programas, fue la
utilización de juegos que fomentaban la participación activa y la creatividad de los niños. Se comprobó
que la mejor manera para que los niños se involucraran en los ejercicios, era incluyendo las lecciones
en actividades como role-playing, narraciones y modelados. Del mismo modo, López et al. (2021)
manifiestan que, los juegos facilitan el aprendizaje de manera informal para los niños, permitiendo que
adquieran conocimientos sin sentirse estresados o abrumados por no comprender los contenidos. Así
mismo, Díaz et al. (2022) aseguran que el juego propicia un ambiente controlado en el que los niños
aprenden específicamente las conductas prosociales que se pretenden desarrollar.
Por otro lado, la principal diferencia encontrada en la realización de los programas radica en la
agrupación de la población. Según Ocampo et al. (2024) explican que, los programas dividen a los
grupos en dependencia de la edad para asegurarse de que estén en el mismo nivel psicológico y social.
Esto ha favorecido a que las actividades realizadas se adapten a las edades de los grupos,
disminuyendo así su complejidad. Igualmente, Lozano et al. (2020) comentan que dividir a los grupos
según las diversas edades favorece a los resultados finales de la intervención, ya que se brinda una
atención personalizada a las necesidades de los niños.
El segundo objetivo específico se basa en examinar las variables que pueden influir en la efectividad
de los programas como el contexto cultural, nivel socioeconómico y duración de la intervención. Dentro
de los resultados principales se encontró que la duración de los programas afecta de manera
significativa los resultados, ya que se ha observado que mientras más extenso sea un proyecto,
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mayores son las capacidades que desarrollan los niños. Según Clemente et al. (2023) aseguran que, la
duración de los programas permite que se asimilen de mejor manera los conocimientos y que puedan
ser puestos en práctica de manera efectiva. En el mismo sentido, López (2021) describe que los
programas cuya duración oscila entre 3 a 9 meses permite la consolidación de conductas prosociales
y la internalización de valores asociados como la empatía.
Además, se analizaron las variables moderadoras, que influyeron de manera directa en el éxito de los
programas realizados. Dentro de estas, se evidenció la influencia del contexto para desarrollar
conductas prosociales. En este sentido, se verificó que los niños criados en entornos estimulantes,
donde se promovía la importancia de la prosocialidad, replicaron sin dificultades estas acciones. De
acuerdo con Bandura (1991) durante los primeros años de vida los niños son altamente receptivos a
las conductas que observan a su alrededor y tienden a imitarlas. Como señala Richaud (2014) el
entorno familiar es el primer espacio en el que los niños comprenden el concepto de prosocialidad y
comienzan a imitar acciones solidarias de la familia.
Así mismo, se destacó la influencia del género en la capacidad de desarrollar conductas prosociales.
Los resultados más relevantes confirmaron que las niñas tienden a ser más prosociales que los niños.
Como sostienen Auné et al. (2014) esto se atribuye a los estereotipos sociales y culturales. Asimismo,
Gómez (2017) argumenta que los estilos de crianza y los roles asignados a las niñas desde temprana
edad, fomenta el desarrollo de conductas prosociales.
De manera similar, se comprobó la influencia del nivel socioeconómico, lo que reveló que los niños con
acceso a recursos medios y altos tienen más posibilidades de participar en estos programas. Según lo
indicado por Rivera et al. (2022) los niños provenientes de familias con recursos económicos
adecuados disfrutan una educación de calidad y entornos estimulantes que favorecen la adquisición
de comportamientos prosociales. En este sentido, Barrero et al. (2023) describen que el acceso a
recursos facilita la posibilidad de ayudar a otras personas.
Para concluir, la última variable identificada es la pertenencia a una religión y las creencias con las que
los niños son educados. Se ha evidenciado que la religión promueve el desarrollo de valores y
conductas solidarias como una de sus principales enseñanzas y principios éticos. Bajo este enfoque,
Martínez et al. (2023) resaltan que las comunidades religiosas promueven el concepto de solidaridad
con el prójimo y la comunidad como un reflejo de amor y respeto. A su vez, Gonzáles et al. (2023)
sostienen que la religión y la prosocialidad son elementos interrelacionados, ya que ambas impulsan
valores como la empatía, la responsabilidad social, entre otros, con el objetivo de convertir a los niños
en individuos benevolentes.
Los programas de desarrollo de conductas prosociales en la niñez tienen varias implicaciones
prácticas significativas, a nivel social e individual. Dentro del ámbito educativo estos programas
favorecen a la convivencia pacífica, mejorando las relaciones interpersonales de los estudiantes,
facilitando el aprendizaje colaborativo. A nivel social, se promueven valores como la empatía, la
cooperación y respeto, que impulsan a los niños a ser sujetos más prosociales desde temprana edad,
disminuyendo comportamientos agresivos.
CONCLUSIONES
La investigación permitió identificar los beneficios de implementar programas de desarrollo de
conductas prosociales en la niñez, en países de Latinoamérica y España. En primer lugar, es importante
destacar el impacto positivo de estos programas en la mejora de las relaciones interpersonales de los
niños, lo que a su vez ha contribuido significativamente en su rendimiento académico.
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En segundo lugar, cabe resaltar el impacto de estos programas en la reducción de conductas agresivas.
A medida que los niños desarrollan comportamientos prosociales, sus niveles de agresividad
disminuyen significativamente, tanto en su relación con sus pares como con los adultos, lo que facilita
una mejor integración en la comunidad.
En tercer lugar, es relevante señalar que los enfoques más efectivos en estos programas fueron
aquellos basados en la educación socioemocional y la psicología cognitivo conductual. Los resultados
mostraron que las conductas aprendidas se mantuvieron de manera permanente, ya que los niños
continuaron aplicándose incluso después de finalizados los programas.
Ahora bien, uno de los principales elementos en común entre los programas es el uso de juegos como
técnica principal, ya que a través de esto los niños adquieren conocimientos sin temor al fracaso ni
sentirse presionados. Además, se realizan actividades grupales que promueven el desarrollo de
habilidades sociales y la comunicación asertiva. Entre las diferencias más destacadas, se encuentra la
distribución de los grupos por edades, lo que permite ajustar el nivel de dificultad de las actividades de
acuerdo a las capacidades de los participantes.
Por otro lado, entre las variables que determinaron el nivel de efectividad de los programas aplicados,
sobresale el género, ya que las niñas mostraron niveles más altos de prosocialidad en comparación
con los niños, lo que puede atribuirse a estereotipos sociales y
estilos de crianza. Asimismo, se observó que los niños de un nivel socioeconómico alto tienen mayores
posibilidades de desarrollar comportamientos prosociales. Además, es relevante mencionar que
aquellos que poseen creencias religiosas tienden a ser más prosociales que los demás, gracias a los
valores inculcados por sus religiones.
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