INTRODUCCIÓN
En la actualidad, se ha desarrollado un evidente interés por el estudio de la Salud Mental, esto a
consecuencia de la pandemia por COVID-19, según un reporte de la Organización Mundial de la
Salud (OMS), después del primer año de pandemia, en el 2022, se reportó que a escala mundial
la ansiedad y depresión abrían aumentado en un 25%, y además que el miedo, la preocupación y
el estrés ha incrementado en respuesta una diversidad de acontecimientos que ha dejado esta
condición de salud, como: muerte de familiares, pérdidas de empleo, salud, educación,
incremento de violencia, entre otras. (OMS, 2022)
El estrés se lo identifica como una reacción no específica del cuerpo ante un estímulo externo o
interno, que puede generar un malestar a nivel físico y mental. (Selye, 1973); además que, se lo
fundamenta desde varias condiciones: basada en la respuesta, enfocada en los estímulos y
centrada en la interacción. (Lazarus & Folkman, 1984). La teoría cognitiva del estrés, la cual se
orienta al proceso que la persona interactúa con el mundo y genera un perpetuo cambio
bidireccional, es decir que, el sujeto y el ambiente interactúan el uno junto al otro (Folkman, 1984),
lo cual en esta misma interacción produce reacciones que en ocasiones pueden ser
degenerativas para los individuos, pues estos estímulos causarían pensamientos y emociones
no adecuadas.
La OMS (1994) indica que el estrés, es una fuerza que influye a nivel psicológico y social que en
determinadas situaciones producen tensiones cuando se da un efecto distorsionador alterando
el equilibrio del sujeto, este punto de vista para el 2020 se definió como un estado multicausal,
pues la etiología del estrés puede ser por las exigencias de la vida cotidiana del individuo:
problemas personales, conflictos familiares, de ámbito económico, del trabajo, inseguridad, entre
otras, en función de ello, se ha establecido la necesidad urgente de transformar la salud mental
y los cuidados que implica. (OMS, 2020)
Consecuentemente a los estímulos estresores, las personas responden bajo estrategias de
afrontamiento al estrés, los autores Lazarus y Folkman (1984) definen como el esfuerzo
cognitivo, conductual y afectivo; alguna de estas respuestas busca restablecer el equilibrio o
suprimir inquietud, mediante la resolución del problema, supresión del inconveniente o
aceptando el hecho estresante, pero sin hallar una resolución. (Frydenberg & Lewis, 1993).
Existen dos tipos de afrontamiento: 1) el afrontamiento centrado en el problema, este se basa en
solucionar o realizar una acción para alterar lo que estimula el estrés; 2) la emoción, es decir,
tiene como propósito manejar la angustia emocional que está asociado estímulo estresante
(Lazarus & Folkman, 1984).
De acuerdo con Damasio (2018), las emociones sirven para la sobrevivencia de la especie
humana, mismas que han sido modificadas a medida de la evolución, y que no corresponde a
una construcción cultural, pues las emociones serían innatas y se comparte incluso con otras
especies y debido a la complejidad que caracteriza al ser humano, las emociones no tienen una
definición parametrizada, sin embargo, algunos autores han concebido como una experiencia
corporal que es transitoria, con activación a nivel fisiológico, conductual y cognitivo, lo cual
provoca una sensación de placer en el organismo (sentirse bien) o de displacer (sentirse mal).
(Brody, 1999). Así, Edward et al. (1999) indica que las emociones se explicarían a través de la
neuropsicología, existiendo dos canales: 1) pensamiento, que se trata de una trasmisión de datos
sensoriales al tálamo y zonas laterales del neocórtex, produciéndose sensaciones que se
trasforman en percepciones, pensamientos y activa recuerdos, 2) sentimiento, en esta vía se
produce la experiencia subjetiva donde los estímulos de origen afectivo. (Fernández- & Sánchez,