LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, agosto, 2025, Volumen VI, Número 4 p 1449.
DOI: https://doi.org/10.56712/latam.v6i4.4373
Cambio en los elementos del paisaje rural de Epitacio Huerta,
Michoacán, provocados por el cultivo destinado a la
exportación
Change in the elements of the Epitacio Huerta, Michoacan rural landscape
caused by the introduction of a crop for export
Juan Pablo Flores Padilla
jpflores@umich.mx
https://orcid.org/0000-0003-1892-0537
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Morelia – México
Miriam Reyes Tovar
miriam.reyes@ugto.mx
https://orcid.org/0000-0002-7721-028X
Universidad de Guanajuato
Celaya – México
Saúl Manuel Albor Guzmán
sm.albor@ugto.mx
https://orcid.org/0000-0003-4760-8577
Universidad de Guanajuato
Celaya – México
Artículo recibido: 24 de junio de 2025. Aceptado para publicación: 21 de agosto de 2025.
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.
Resumen
El objetivo del trabajo fue identificar los cambios en el paisaje rural (forma, faz, funciones y relaciones
externas, elementos, dinámica y evolución, unidades y contenido) provocados por la incorporación de
una agricultura industrial destinada a la exportación en el periodo 2015-2021. Acudiendo a
metodologías participativas, se realizaron talleres participativos, apoyándose de la técnica de diálogo
semiestructurado con actores locales. El modelo agroexportador presenta prácticas agresivas y
destructoras del paisaje. Provocando que se deteriore, no solamente en sus elementos físicos sino en
el imaginario colectivo local, que ahora solo lo piensa en función del valor de cambio. Así pues, el
paisaje tradicional rural de Epitacio Huerta ahora presenta prácticas agroindustriales que obedecen al
modelo agroexportador, transformándolo en un paisaje rural globalizado.
Palabras clave: paisaje rural, modelo agroexportador, cultivo de fresa, economía social
solidaria
Abstract
The purpose of the work was to identify the changes in the rural landscape (form, face, function and
external relation, elements, dynamics and evolution, units, and content) caused by the incorporation of
an industrial agricultural product destined for export in the period 2015-2021. Using participatory
methodologies, a participatory workshop was held, relying on the technique of semi structured
dialogue with local actors. The agro-export model presents aggressive and destructive practices of
the landscape. Causing a lot of damage, not only in its physical elements but also in the local collective
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imagination, which now only thinks about in terms of exchange value. Thus, the traditional rural
landscape of Epitacio Huerta now presents agro-industrial practices that obey the agro-export model,
transforming it into a global rural landscape.
Keywords: rural landscape, agro export model, strawberry farming, social solidarity economy
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Cómo citar: Flores Padilla, J. P., Reyes Tovar, M., & Albor Guzmán, S. M. (2025). Cambio en los
elementos del paisaje rural de Epitacio Huerta, Michoacán, provocados por el cultivo destinado a la
exportación. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 6 (4), 1449 – 1465.
https://doi.org/10.56712/latam.v6i4.4373
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INTRODUCCIÓN
El proceso de globalización ha avanzado mediante estrategias que le han permitido subsumirse a las
diferentes formas productivas, tecnológicas, sociales, culturales, políticas y territoriales precedentes
(Ferro, 2024). Sometiéndose al estadio dominante actual de acumulación de capital. Pero no
necesariamente las ha desaparecido, como es el caso de la agricultura campesina, aunque
subordinada al proceso capitalista neoliberal (Aguilar, 2018; Vega y Gordon, 2015). Tal subordinación
obedece a la dependencia tecnológica, la competencia transnacional o nacional, con mercados
internos carcomidos por el desempleo masivo y la caída de los salarios e ingresos reales (Albor y
Godínez, 2024). También la ha debilitado mediante la importación de productos de origen agrícola más
baratos y en ocasiones de mejor calidad.
En este sentido, una de las peculiaridades del modelo capitalista, en su versión neoliberal, es el
predominio de la razón económica sobre la política, es decir, bajo el neoliberalismo la lógica del
funcionamiento del mercado y la ganancia, se convierten en los factores determinantes de la
organización de la vida social (Cita libro biocultural). Nada fuera del mercado puede ser racional
(Ornelas, 2000: 46). Este proceso genera una descomposición de las formas existentes de producción
en el medio rural, en este caso provoca impactos negativos en el paisaje con la incorporación de
tecnologías que requieren fuentes de energía de origen fósil, así como de agroquímicos que dañan al
paisaje.
De este modo, resulta necesario mencionar que, aunque la economía campesina no presenta los
principios de producción (maximización de la producción, minimizar costos, la máxima eficacia
económica y la máxima ganancia), distribución y consumo de la economía capitalista. Es un modelo
que resulta frágil ante las estrategias de avance del capital neoliberal, por lo que requiere de una
alternativa que tome en cuenta la territorialización democrática de la economía, que atienda las
necesidades de las comunidades y gestione los recursos de forma sostenible; así como una alternativa
fundada en principios y valores que respete la multiplicidad de las culturas, en donde además los
recursos naturales sean vistos como la construcción de estructuras colectivas más que como recursos
sometidos a la lógica del beneficio particular del capital. Además, es necesario que las relaciones se
basen en la reciprocidad y redistribución articuladas de forma democrática en el respeto mutuo,
privilegiando el capital social por encima del capital financiero (Razeto, 2018). Al respecto, Santos
(2012), considera que es necesaria la creación de formas solidarias basadas en el trabajo colaborativo
y en la participación democrática para la toma de decisiones sobre la forma de producción,
garantizando la sostenibilidad del medioambiente a largo plazo, ya que de eso depende el modo de
vida de las comunidades campesinas.
Teniendo en cuenta a Collin (2020) quien plantea que la economía social solidaria (ESS en adelante)
implica una lógica reproductiva orientada a la satisfacción de necesidades. Lo anterior conlleva a una
disminución en la escala de producción e intensidad, reduciendo la presión en los ecosistemas para
que estos puedan recuperarse. De esta manera, Collin (2020) señala que, junto a la disminución de la
escala y la intensidad de producción, se disminuye el uso de energía externa, facilitando el proceso de
reciclaje propio de la naturaleza, minimizando el impacto negativo al paisaje y con ello se estaría
contribuyendo para acercarse al concepto de sostenibilidad o lo que la autora denomina baja entropía.
Cabe considerar por otra parte, que el capitalismo neoliberal, sumerge a las formas alternas, a una
globalización económica, con un enfoque de desarrollo económico basado en el extractivismo con la
finalidad de reproducir el capital, que en el caso de la economía campesina preindustrial creadora y
mantenedora del paisaje agrícola tradicional con los que aún se identifica al sector rural en México, ha
subsumido con prácticas agresoras y destructoras del paisaje. Dejando ver que el progreso bajo el
modelo capitalista es ciego al paisaje o no lo entiende como un organismo con vida y complejo, sino
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como un recurso que se somete a la explotación haciendo tabla rasa de todo el paisaje en función del
progreso económico (Martínez, 2008).
En este sentido, el modelo agroexportador genera una transformación productiva, desigual y de forma
excluyente, debido a que se basa en la concentración de recursos (agua y tierra) para su uso intensivo.
Aunado a lo anterior, para este modelo es necesario la cercanía de vías de comunicación (autopistas,
puertos y aeropuertos), así mismo de infraestructura para la captación de agua (presas, ríos, pozos y
bordos de agua), además de la disponibilidad de energía (luz eléctrica, gasolina, diésel, y gas). Con lo
que se privilegia los cultivos de alto valor comercial (cultivos no tradicionales), que requieren de altas
inversiones de capital ya que los procesos de producción son demandantes de insumos disponibles
en los mercados regionales, nacionales e internacionales; sin dejar de lado la gran cantidad de mano
de obra.
El producir bajo el modelo señalado fomenta el hipercrecimiento y explotación de los recursos
medioambientales, la homogeneización económica y el consumismo. En este sentido Valdes (2017),
destaca que este modelo integra a las economías locales al mercado global con un elevado grado de
independencia a la producción orientada a la explotación perjudicial desde los puntos de vista social,
cultural y ambiental.
Este cambio en la forma de producción genera los llamados paisajes fabricados (Montero y Viales,
2005), los cuales se distinguen por ser lugares considerados como desarrollados, provocados por
transformaciones asociadas a la actividad humana y que requieren de un uso intensivo de energía
principalmente de origen fósil. Estos paisajes, por ende, tienden a la degradación rápida de sus
componentes, (forma y faz, funciones, y relaciones externas, elementos, dinámica y evolución,
unidades y contenidos) pero además se mueven rápidamente de un lugar a otro, dejando a su paso
paisajes degradados o infértiles.
Desde esta perspectiva, en Epitacio Huerta es posible identificar dos tipos de paisajes uno en el cual la
relación milenaria del hombre con la naturaleza lo ha moldeado con el propósito de generar
satisfactores, pero además de conservar esta relación para las generaciones futuras; y el otro, según
Thiébaut (2011), está moldeado por intereses económicos y por actores ajenos al territorio.
Evidentemente que la interacción de ambos paisajes no se puede dar sin que uno afecte al otro puesto
que los objetivos de la acción antrópica son diferentes.
Según Martínez (2009), cuando el paisaje se transforma guiado principalmente por intereses
económicos, suele priorizarse el monocultivo intensivo y la utilización del terreno, sin considerar
elementos naturales o tradicionales como linderos, árboles cercanos, caminos rurales, riberas o
pendientes. Esto implica la modificación drástica del relieve natural, a menudo nivelando el terreno
para facilitar las prácticas agrícolas modernas. Como consecuencia, se genera una homogeneidad
visual extrema y se pierde una parte significativa de la biodiversidad local.
Por su parte, Manzini (2015) sostiene que estos paisajes, moldeados por lógicas ajenas al territorio,
terminan por desconectarse de las características propias del lugar. No reflejan ni responden a sus
condiciones físicas, sociales o culturales, resultando en entornos desarraigados que podrían replicarse
en cualquier otro sitio. Estos paisajes a juicio de Muñoz (2005) ya no tienen obligación de representar
al territorio ni de significarlo, denominándose paisajes desanclados del territorio, y van poco a poco
alejándose de la función del paisaje rural.
Desde la perspectiva de Escobar (2014), para comprender cómo los paisajes de comunidades
campesinas se descontextualizan con la introducción de cultivos promovidos por el modelo capitalista
neoliberal, es necesario analizar los fundamentos del pensamiento moderno occidental. Estos pilares
—el individuo, la economía, lo real y la ciencia— son concebidos por el autor como construcciones
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culturales que reflejan formas particulares de ser y de pensar, propias de la ontología moderna, pero
no universales ni naturales.
En tanto que, Escobar (2014) y Santos (2007) coinciden en señalar que la visión moderna del mundo,
centrada en la idea del individuo aislado y en la ciencia como única fuente legítima de conocimiento,
ha generado una ruptura con formas de vida relacionales y saberes tradicionales. Esta lógica ha
impuesto una única manera de comprender y transformar los territorios, invisibilizando otras
epistemologías y provocando una homogeneización del paisaje y del conocimiento, que responde más
a intereses externos que a las realidades locales, culturales y ecológicas.
Ahora bien, una alternativa para contener el cambio de paisaje rural campesino es la ESS, la cual según
Santos (2012) busca las formas de sociabilidad solidaria basada en el trabajo colaborativo y en las
prácticas democráticas para la toma de decisiones, garantizando la sostenibilidad del medioambiente
a largo plazo. Propone una actividad económica siguiendo un funcionamiento democrático
medioambientalmente sostenible, pero también realiza una función social ofreciendo trabajo. Así pues,
la ESS entiende la economía como un medio no como un fin, generando una esfera de principios y
valores, los cuales guían todas las actividades económicas, en suma la esencia de la economía social
solidaria es la transformación social, la racionalidad económica basada en la solidaridad, la
sostenibilidad y las relaciones de forma horizontal, las organizaciones de tipo social, que persiguen la
satisfacción de las necesidades y el desarrollo humano tanto en lo individual como en lo colectivo, y
no la maximización del beneficio económico, centrando el valor de los bienes y servicio en lo
socialmente útiles, es decir, en el valor de uso. De hecho, el capitalismo vive de este escalonamiento
regular: las zonas externas nutren a las zonas internas y sobre todo a las centrales, y si el centro
depende de los suministros de la periferia, esta depende a su vez de las necesidades del centro que le
dicta su ley (la ley del mercado).
El modelo agroexportador capitalista y neoliberal ha provocado el desmantelamiento de saberes,
prácticas y formas de organización económica que anteriormente sustentaban el modo de vida
campesino. Este cambio ha transformado profundamente la manera en que las comunidades se
relacionan con el paisaje, entendido no solo en su aspecto físico, sino también en sus funciones,
dinámicas, elementos y significados. En su lugar, emergen nuevas prácticas agrícolas vinculadas a
cultivos de exportación —como la producción de fresa— que responden a una lógica externa de
desarrollo. Esta transformación no solo modifica el uso del territorio, sino que reconfigura de raíz la
estructura social, económica y cultural de las comunidades campesinas (Segrelles, 2008).
Finalmente, el cambio de paisaje rural tradicional de Epitacio Huerta a un paisaje agroindustrial se da
por efecto de las reformas estructurales en el sector rural con enfoque neoliberal generadas por el
estado mexicano en el siglo XX, las cuales fueron aplicadas y promovidas por el Estado michoacano
en el Plan de Desarrollo Estatal 2015-2021. En este se promovieron las condiciones necesarias para el
establecimiento de empresas que implementaron el cultivo intensivo de fresa (Fragaria vesca), bajo el
modelo agroexportador.
Cabe considerar que, dichas condiciones convierten al sector rural michoacano en un lugar propicio
para la inversión de capitales privados nacionales e internacionales. Ante este panorama, el paisaje
rural se transforma en un recurso incorporado a la economía capitalista a través de la renta de la tierra,
integrándose a procesos y cadenas de la industria alimentaria global.
A este proceso Otero (2008) lo describió como el conjunto tecnológico (semillas transgénicas,
agroquímicos, riego, mecanización) siendo la base del paradigma moderno agroindustrial. Así mismo,
Robertson (2029) detalla que esta lógica agrícola está ligada a monocultivos, alta mecanización y
dependencia de agroquímicos para asegurar uniformidad en la producción.
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De esta forma, se genera una problemática específica en la cual el cambio y degradación del paisaje
son inducidos por la incorporación del cultivo de fresa bajo el modelo agroexportador, este proceso no
sólo impactó en las formas y prácticas tradicionales de producir, sino también en los conocimientos
locales, dado que se trata de un cuerpo acumulativo de creencias y experiencias enmarcadas en un
proceso adaptativo y transmitido culturalmente a través de la comunicación oral y la práctica, realizada
por los adultos y transmitida a los miembros más jóvenes de la comunidad. Al romper las formas de
transmitir el conocimiento, se alteran los componentes de la estructura económica campesina.
En relación con la problemática expuesta, el paisaje rural tradicional se desplazó y con esto, deja de
responder a las necesidades de alimentación de los campesinos para transformarse en función de los
requerimientos de la reproducción ampliada del capital. Claramente existe un problema en el esquema
de producción capitalista neoliberal. Se requiere de un cambio de paradigma, en donde la ESS
considera que es necesaria la creación de relaciones basadas en el trabajo colaborativo y en la
participación democrática para la toma de decisiones sobre la forma de producción, garantizando la
sostenibilidad del medioambiente a largo plazo, ya que de eso depende el modo de vida de las
comunidades campesinas. En función de lo anterior, la presente investigación identifica los cambios
en el paisaje rural (forma, faz, funciones y relaciones externas, elementos, dinámica y evolución,
unidades y contenido) provocados por la incorporación de una agricultura industrial destinada a la
exportación en el periodo 2015-2021.
Este escenario genera una creciente tensión entre la sociedad rural, que exige mayores oportunidades
laborales, y el Estado, que, en su intento por atender esta demanda, acepta y promueve proyectos
agrícolas financiados por capitales transnacionales. Sin embargo, dichos proyectos suelen tener
consecuencias negativas tanto para el paisaje como para el tejido social, ya que promueven una lógica
de explotación intensiva del territorio, afectando los ecosistemas locales y desplazando las prácticas
tradicionales de subsistencia.
La incorporación del cultivo de fresa bajo el modelo agroexportador ha generado profundas
transformaciones en los componentes del paisaje rural tradicional, afectando su forma, función y
dinámica socioambiental. Este proceso ha promovido el reemplazo de prácticas agrícolas locales,
diversas y sustentables por sistemas intensivos de monocultivo altamente mecanizados, dependientes
de agroquímicos y controlados por capitales transnacionales. Como consecuencia, se ha degradado
el entorno natural, disminuido la biodiversidad y alterado la estructura económica campesina, al
romperse los canales tradicionales de transmisión de conocimientos agroecológicos, que
históricamente se fundamentaban en la experiencia, la oralidad y la adaptación comunitaria. Además,
el paisaje ya no responde a las necesidades alimentarias de las comunidades rurales, sino a las
exigencias del mercado global, generando tensiones sociales, pérdida de identidad territorial y una
creciente vulnerabilidad frente a la crisis ambiental y económica.
METODOLOGÍA
El estudio es de tipo etnográfico, puesto que se trabajó con grupos de personas (Bernal, 2016).
Utilizando el estudio de caso para acceder al conocimiento local como fuente de información
(Hernández, 2014). Para generar la información se realizaron talleres participativos utilizando la
técnica del diálogo semi estructurado (Geilfus, 2002). También se realizaron entrevistas abiertas
grupales e individuales (Barrasa, 2019). La base de la información se obtuvo de dos grupos de
campesinos del municipio de Epitacio Huerta, Michoacán. Con dichos grupos se realizaron cuatro
talleres. La información se complementa con entrevistas a cuatro campesinos considerados como
claves en los dos grupos y en sus comunidades. Por otra parte, se realizó una revisión bibliográfica
para obtener información estadística.
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El presente trabajo considera al paisaje como dinámico. Tomando en cuenta lo expresado por Souto
(2011) quien indica que existen procesos de génesis y evolución en los que se abordan aspectos
geomorfológicos en relación con aspectos sociales, culturales, económicos y políticos. Teniendo en
cuenta a Xotlanhua (2021) para quien el análisis del paisaje implica describir y/o explicar procesos
sociales o como indicadores de cambio y permanecían. Puesto que el paisaje no sólo deja ver las
formas expresadas en la superficie terrestre, sino que también es posible identificar el orden interno
que las fundamenta. Y es precisamente a través del análisis de la materialización expresada en la
dimensión visible del paisaje que se llega al interior de la organización social en un momento
determinado. Esto permite explicar lo que en ese momento se aprecia (Xotlanhua, 2021).
En la evolución del análisis del paisaje hay que destacar a Souto (2011) ya que señala que el mayor
aporte del abordaje del paisaje desde la perspectiva participativa es que significa la experiencia,
conocimiento, valores simbólicos, entre otros de los sujetos que lo habitan apoyados por observadores
externos en un diálogo horizontal. Puesto que lo que se aprecia no necesariamente es un dato o una
realidad objetiva. en un elemento para interpretar relaciones de sujetos geográfica y socialmente
situados.
Es por ello que en el presente se propuso trabajar con metodologías participativas, ya que parten de
principios que llevan a la actuación directa de la población local en todas las etapas de la investigación.
Esto de acuerdo con Paño et al. (2019) permite al grupo de actores participantes conocerse,
proyectarse y tomar decisiones a futuro. Es así que se han integrado como herramientas para facilitar
la inclusión de todas las personas de los grupos interesados en la investigación (planeación, ejecución
y evaluación), con lo que se busca que estos sean más aceptados en las comunidades en las que se
realizará el trabajo. De acuerdo con Hernández (2014) las metodologías participativas se llevan a cabo
en situaciones donde un grupo de personas debe trabajar de forma conjunta para resolver un problema
o bien, donde se busca conocer diversas percepciones que un grupo tiene de un tema en particular. En
el caso de los campesinos que participaron en la presente investigación cumplieron con un rol de gran
relevancia ya que presentaron conocimientos circunstanciados e históricos de su región en cuanto a
agroecosistema y de las relaciones sociales.
Es así que, desde la perspectiva de la población local, se identifican los cambios en el paisaje rural, así
como el impacto en los componentes de este. Para ello se realizó el primer contacto con los
campesinos (sujetos de estudio en la presente). Se realizaron primeramente reuniones participativas
(iniciadas el 30 de julio del 2021, cuatro visitas), utilizando el diálogo de saberes propuesto por Santos,
(2019) en el cual se le da prioridad al diálogo en forma horizontal, utilizando también la observación
participante. En donde a través de conversaciones formales e informales con actores locales fueron
identificándose los cambios en el paisaje. Esta técnica resulta mucho más naturalista y consiste en
que el investigador se vincula más con las situaciones que observa e incluso, puede adquirir
responsabilidades en las actividades del grupo observado. Así mismo se realizaron talleres en los
cuales se aplicó la técnica de diálogo semiestructurado con preguntas que detonaban el diálogo y se
realizaron notas para complementar la información. De forma tal que se identificaron los cambios al
paisaje, pero además los campesinos manifestaron su preocupación por la incorporación del cultivo
de fresa y en específico por el uso tan intensivo y contaminación del agua, así como el uso de
agroquímicos y los daños que estos pudieran ocasionar en el ambiente y en la salud de las personas.
Los resultados derivados de la información obtenida, se describen a continuación en el texto a manera
de testimonios y se contrastan con la bibliografía.
DESARROLLO
El paisaje es la parte visible de la interacción entre naturaleza y los seres humanos, dicha relación está
mediada por una serie de conocimientos donde, por ejemplo, el surgimiento de la agricultura ha jugado
un importante papel, desde su aparición hace 30 mil años (Benz, 2001; Tapia, 2017). Las mujeres fueron
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las responsables de la recolección de alimentos, probablemente iniciaron con cuidados, después con
el cultivo de plantas silvestres consideradas importantes para la alimentación, la obtención de fibras,
el tratamiento de ciertos padecimientos y, posteriormente para la selección de semillas de las mejores
plantas e iniciar así la domesticación. Se tienen indicios de que entre 10 y 12 mil años atrás las mujeres
ya cultivaban plantas domesticadas. La domesticación del maíz (Zea mays) ocurrió entre 8 a 11 mil
años atrás, principalmente en México, Guatemala y Belice (Benz, 2005; Zizumbo y García, 2008;
Krapovickas, 2010).
Al respecto, Mata y Peña (2018) plantean que la agricultura es quizás uno de los procesos más
revolucionarios de la historia de la humanidad, dado que cambió la forma de alimentarnos y de vivir.
También transformó los ecosistemas y los territorios, dejando la huella del hombre sobre la naturaleza
en lo que hoy conocemos como paisaje. Sin embargo, cuando se analizan los procesos de cambio en
el sector agrícola, se advierte que con frecuencia existe una relación directa entre las formas del paisaje
creadas por el ser humano para resolver sus necesidades. Es así como los cambios realizados por el
ser humano sobre este han sido producto de los procesos de producción, es decir el paisaje se crea
por adiciones, eliminaciones o reemplazos de formas. Luego entonces, cabe destacar el papel que el
ser humano ha jugado en este proceso en diferentes momentos, cada transformación de acuerdo con
Trinca (2006), corresponde a lógicas de producción del momento de su creación, lo que Cabranes et
al. (2019), denominaron paisaje cultural.
Los paisajes rurales, transformados históricamente por la actividad agrícola, representan una herencia
cultural y ambiental que evidencia la interacción constante entre las comunidades humanas y su
entorno natural. Estos paisajes están conformados por diversos componentes esenciales, como la
ocupación y tenencia de la tierra, las infraestructuras rurales, las técnicas de cultivo, los tipos de
producción agrícola, así como factores abióticos (clima, relieve) y bióticos (flora, fauna), además de
aspectos sociales y culturales como la historia, el patrimonio y la organización comunitaria. Sin
embargo, bajo el modelo capitalista neoliberal, estos paisajes han sido sometidos a una lógica de
mercado que promueve la sobreexplotación de los recursos, la homogeneización de las culturas, la
subordinación del conocimiento tradicional y la degradación tanto ambiental como social (Hernández,
2009; Gonzáles y Ramos, 2017). En este contexto, la economía campesina persiste como una forma
de producción subordinada a dicha lógica dominante. Como señala Bartra (2006), antes del
surgimiento del capitalismo, la economía campesina consideraba ciertos elementos del paisaje —
como el agua, el suelo o el clima— como bienes comunes, ajenos a la lógica económica. No obstante,
con la expansión del modelo neoliberal, estos elementos fueron enajenados, privatizados y
mercantilizados en función de las exigencias del mercado global, alterando profundamente la relación
entre las comunidades rurales y su entorno.
En este sentido, Picornell et al. (2015) plantean que el paisaje no puede ser tomado como una porción
del territorio que presenta aspectos funcionales para desarrollar actividades relacionadas o
dinamizadas por el modelo económico capitalista. Dado que se corre el riesgo de concebirlo
únicamente como materia prima o factor de producción de una actividad económica. Un claro ejemplo
de lo anterior es la producción de fresa, en donde evidentemente es el mercado quien dicta las reglas
del juego, es decir, establece qué se debe producir, cómo se debe producir y la forma en la que se debe
distribuir el producto (Bartra, 1976, Valdes, 2017).
Es importante señalar que la mundialización de la producción se lleva a cabo no sólo en términos
económicos, sino también como parte de procesos políticos, culturales y sociales (León, 2018). Sin
embargo, la globalización se da desde una lógica de mercado, es decir, que opera mediante la
producción industrial con apoyo de la tecnología, el consumo diferenciado y segmentado de los bienes.
Desde la perspectiva del autor referido, es importante identificar las dimensiones económicas,
técnicas, políticas e ideológicas y culturales, que componen el proceso de la globalización.
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En la dimensión económica, se indica que la globalización tiene la característica de liberar el tráfico de
mercancías, capitales y servicios. Así mismo, promueve la intermediación de la producción y el
predominio de las grandes empresas por lo general multinacionales. En este sentido, cabe destacar
que el capital se ha mundializado mucho más rápido y fácil que la fuerza de trabajo. La cual sigue
vinculada a los países de origen y en caso de migración las personas lo hacen muchas veces en
condiciones de alto riesgo para sus vidas.
En la dimensión técnica, la globalización significa la propagación de tecnologías, especialmente con la
transferencia de tecnologías de información que permiten unir en tiempo real desde cualquier parte del
mundo, con acceso a internet. Por otra parte, la mano de obra calificada para el uso de la tecnología
requiere de educación superior, así como de capacitación adecuada. Luego entonces, la tecnología de
punta y los nuevos procesos productivos aseguran una mayor racionalización del uso de capital y por
tanto mayores garantías de rentabilidad, una de las finalidades de la globalización.
En la dimensión política, se inicia al final de la guerra fría, ya que antes el mundo se dividía en dos
bloques antagónicos. Triunfando el bloque democrático sobre el socialista, con lo cual se generaron
las condiciones para que el capital internacional circule por encima de las fronteras tradicionales con
el fin de aprovechar las mejores condiciones (materias primas más baratas, mano de obra más barata,
mayores facilidades de transporte y distribución, etc.) todo bajo el marco de una combinación de redes
de empresas de cobertura mundial. En la dimensión ideológica y cultural, la globalización puede
entenderse como la universalización de determinados valores, por ejemplo, el reconocimiento de los
principios democráticos y de los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, también puede
verse como la implantación generalizada de un modelo de sociedad de consumo de estilo capitalista,
en el que imperan las leyes de mercado (oferta y demanda). Lo que trae consigo la concentración de
empresas cada vez más grandes y poderosas, como es el caso de las empresas multinacionales (León,
2018).
Este escenario propició que la lógica capitalista se inmiscuya en las relaciones sociales de producción
propias de la economía campesina, a través del aumento de la productividad por medio del uso de
agroquímicos. Es por esto que el desarrollo de una sociedad de mercado ha representado en general,
el determinante más significativo de los cambios estructurales de las comunidades campesinas del
medio rural.
El cambio estructural en México aceleró el proceso de inserción en la globalización con el Tratado de
Libre Comercio de América del Norte (TLCAN en adelante). En este orden de cosas Rello (2005), señalo
que México se incorporó al TLCAN con más de la tercera parte de predios con una extensión de dos
hectáreas y estaban a cargo de familias que tenían empleos fuera de sus unidades de producción como
actividad principal. Y el cultivo de maíz principalmente era destinado al autoconsumo. Los predios de
más de cinco hectáreas representaban el 59% de las unidades de producción agrícola y solo tenían el
5.4% de la tierra cultivable en el país. En el otro extremo 84, 853 propietarios con más de 100 hectáreas
2.1% del total, concentraban el 68% de la tierra.
Ahora bien, una vez que México firmó el TLCAN (1992), las exportaciones de frutas y hortalizas
mexicanas comienzan a cobrar importancia, debido a las ventajas que ofrecen el mercado de Estados
Unidos y Canadá. En este contexto, de exportarse el 60% de la producción de dichos productos antes
del TLCAN, pasó al 86% en 2004, lo que refleja la especialización del modelo agroexportador. En el
2015, Rello lleva a cabo un estudio, en el que concluye que las importaciones norteamericanas de
productos mexicanos se incrementaron en los siguientes porcentajes: calabacitas 95%, 89% de pepino,
72% de los tomates, 90% de los limones y 75% de las papayas. Posteriormente, el tomate cobró
importancia como uno de los productos que se consideran como de los ejemplos más exitosos del
modelo agroexportador. Estos cambios son producto del uso de tecnología y técnicas agronómicas de
vanguardia, que impactan de manera importante en el volumen de empleo y, en general, en los ingresos
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del sector rural; proceso que transforma el uso del suelo en regiones enteras, convocando a ejércitos
de jornaleros temporales y permanentes, la mayoría en condiciones de explotación.
Sin embargo, Bauman (2020) afirma que cuando se aumenta la producción de cultivos no tradicionales,
la importación de alimentos y materias primas se incrementa casi en la misma velocidad que los
cultivos que no eran parte de la dieta base. Lo que permite identificar, por un lado que el modelo de
sustitución de importaciones dejaba de ser prioritario incorporándose el modelo agroexportador con
cultivos no tradicionales, pero de alto valor en el mercado global; por el otro, que el cultivo de maíz se
comportara de una forma poco previsible, aprovechando las técnicas agronómicas vanguardistas que
permitieron el incremento del rendimiento en las zonas de riego, mientras que en las zonas de temporal
la producción se ha mantenido casi igual desde 1970 (Rello, 2005).
Cabe señalar que este modelo agroexportador no necesariamente se aplicó de la misma manera en
los estados o regiones de México. En el caso de Michoacán, los cambios en función de este modelo
se dieron por inercia, es decir, no hubo una planificación que permitiera dimensionar los efectos y las
problemáticas que hoy en día se encuentran presentes (Solari, 2005). Por lo tanto, los paisajes rurales
cambiaron con la sustitución de cultivos considerados como tradicionales por cultivos considerados
de alto valor económico en el mercado global.
En este orden de ideas, el sistema político/económico capitalista neoliberal al imponer sus principios
(democracia, mercado, individualismo, orden y racionalidad) en el sector rural bajo la materialización
del modelo agroexportador, ha generado un imaginario en donde se pierde la ralacionalidad de la
naturaleza y la sociedad (campesina en este caso), es decir bajo el léxico impositivo del individuo, la
racionalidad, la eficiencia, la propiedad privada y por supuesto el mercado. Desde el punto de vista de
Madrid (2020) este sistema rompe con las conexiones con el mundo más allá de nuestro ser,
provocando que sean cada vez menos claras y que terminan por perderse, desencadenando una
transición hacia relaciones duales. En donde la heterogeneidad del paisaje es destruida para dar paso
a la monotonía de los monocultivos.
En el caso del Estado de Michoacán, la aplicación del modelo referido en el sector rural permitía una
producción sostenible con momentos leves de decrecimiento, hasta que la administración del 2015-
2021 concibió producir para exportar como el medio y la condición que tenía como objetivo el
desarrollo económico del sector rural y del Estado. Para que esto se diera, se brindaron las condiciones
para que la iniciativa privada encontrara atractiva la inversión en el mencionado sector. Por ello, el
Estado ofreció ciertos privilegios (condonación parcial o total de impuestos, subsidios en combustible,
electricidad, entre otros) a las empresas y agentes inversores, teniendo como criterio para evaluar la
eficiencia de estos actores la competitividad en la producción, la generación de empleos y la derrama
económica.
Además de dichos privilegios a las empresas, el Estado michoacano promovió y privilegió la inversión
del extranjero, aprovechando las modificaciones al artículo 27 Constitucional, las cuales concedieron
libertades a las empresas para administrar el usufructo de recursos del territorio bajo criterios
diferentes al interés social. Este marco jurídico, impulsó el modelo agroexportador, el cual ha generado
impactos negativos en los componentes del paisaje, por ejemplo, en el suelo, en donde los
monocultivos altamente especializados.
Para el caso del municipio de Epitacio Huerta, el modelo agroexportador ha generado que la renta de
la tierra por parte de los campesinos a empresas nacionales e internacionales de producción intensiva
del cultivo de fresa haya favorecido la relación de tipo mercantil capitalista entre campesinos y
empresas vinculadas al mercado agroalimentario global. Este nuevo giro, no solo ha incorporado la
tierra al mercado capitalista, sino que ha llevado a esta región al mercado global.
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ISSN en línea: 2789-3855, agosto, 2025, Volumen VI, Número 4 p 1459.
Por otro lado, la tierra queda inserta en el sistema económico capitalista neoliberal basado en un
modelo agroexportador, orientado a la producción eficiente para alcanzar el objetivo mayor, la
maximización en la generación y acumulación de capital. Lo cual, genera daños ecológicos, culturales
y sociales, ya que degrada y agota los elementos del paisaje y además transgrede la cultura, las
prácticas y los conocimientos tradicionales, puesto que el capitalismo tiende a la homogeneización de
las formas de producir, distribuir y consumir.
Dentro de este marco, la sociedad campesina queda inmersa en una dinámica en la cual al rentar la
tierra ya no produce satisfactores, como es el caso de alimentos, lo que trae consigo la dependencia
alimentaria del mercado local y/o global. Esto es el determinante más significativo de los cambios
estructurales en las comunidades rurales como lo expresan Pérez y Villafuerte (2021).
Hasta aquí, es posible identificar dos problemáticas importantes en la estrategia referida, por un lado,
la relacionada con las tierras, las cuales generan ganancias muy lucrativas, no obstante, soló aquellas
que presentan suelos fértiles y disponibilidad de agua, en este caso representan un recurso más en el
modelo en el capitalista. Esto es el origen de una valorización extraordinaria por parte de los capitales
agrícolas que ejercen en monopolio el control de la tierra de calidad superior. Por el otro, la mano de
obra que se contrata, en lo general, no requiere de un alto grado de especialización, lo que genera bajos
salarios y condiciones laborales fuera del marco de la ley.
Dentro de este orden de ideas, los cambios ocasionados por el cultivo agroindustrial de fresa en la
configuración del territorio y del paisaje en Epitacio Huerta, no han sido visualizados como un
problema. Un ejemplo de lo anterior es el caso de la protección del paisaje, en el municipio, se limita
solo a espacios considerados como atractivos turísticos, dejando el resto a manos de este modelo
agroexportador, lo que ha generado serios problemas de degradación. En este contexto se tienen
contempladas estrategias para atraer nuevos inversionistas con el propósito de generar empleos en
las localidades del municipio y evitar la migración de la población a otros Estados. Se pretende
despertar el interés de inversionistas para generar alternativas de innovación económica en la parte
agropecuaria. Es bajo este escenario que las inversiones por parte de actores externos al municipio
bajo el modelo agroexportador, en la producción de fresa, fueron aceptadas y promovidas además de
que se les bridaron las condiciones que el Estado promovió en el periodo 2015-2021.
Queda de manifiesto que las reformas a las leyes o modificaciones a las mismas (Ley de Aguas
Nacionales 1992, reformada en 2004, la reforma al artículo 27 constitucional en 1992) los cuales se
dieron en la incorporación de México al neoliberalismo, se abren sectores donde anteriormente el
capital y menos el extranjero tenían cabida en los recursos considerados como patrimonio nacional.
Ahora bien, para cumplir con las exigencias del mercado global el cultivo de fresa bajo el modelo
agroexportador requiere de infraestructura e insumos de origen fósil altamente contaminantes
(plásticos, agroquímicos, entre otros) y degradantes del paisaje en sus elementos (tierra, agua, aire y
cultura y sociedad), convirtiéndolos en parte de un proceso de reproducción ampliada del capital, sin
importar el cómo, a este proceso se le conoce como neoextractivismo y que los políticos denominan
desarrollo. De esta forma, se analizarán las consecuencias de la incorporación del cultivo de fresa bajo
el modelo agroexportador en los componentes del paisaje (forma y faz, funciones y relaciones
externas, elementos, dinámica y evolución
RESULTADOS
El análisis territorial, ambiental y sociocultural de la microrregión “presa” del municipio de Epitacio
Huerta permitió identificar transformaciones profundas que afectan de manera integral la
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configuración del paisaje rural tradicional. A continuación, se presentan los resultados clave
organizados conforme a los elementos del paisaje contemplados en el objetivo:
Cambio en la forma y faz del paisaje rural. El paisaje agrícola tradicional, caracterizado por la
fragmentación parcelaria, los linderos naturales, las cercas vivas y una estructura espacial diversa
asociada a cultivos como el maíz, ha sido sustituido por una nueva morfología territorial. Este cambio
se manifiesta en la geometrización de parcelas, el alineamiento mecánico del terreno, la nivelación
para fertirrigación y la instalación sistemática de microtúneles y acolchados plásticos. La faz del
paisaje, es decir, su apariencia visible, ha cambiado drásticamente: los colores, texturas y formas se
uniforman en torno a una lógica productiva industrial, eliminando la heterogeneidad propia del paisaje
tradicional.
Transformación de funciones y relaciones externas. Las funciones del paisaje pasaron de ser
predominantemente alimentarias y de autoconsumo a estar orientadas al mercado global mediante el
cultivo intensivo de fresa. La producción, antes ligada a la economía campesina y a relaciones de
intercambio comunitario, se redefine bajo una lógica de acumulación, eficiencia y exportación. Las
relaciones externas del paisaje también se transforman: se vincula ahora con empresas
transnacionales, cadenas logísticas de exportación, infraestructura para empaque, transporte
refrigerado y normativas de sanidad internacional, desplazando las antiguas redes locales y regionales
de comercialización.
Alteración de los elementos constitutivos del paisaje. Los elementos naturales del paisaje (suelo,
agua, flora y fauna) han sufrido deterioros evidentes. Se ha registrado una pérdida sustancial de
biodiversidad, incluyendo especies de fauna silvestre como el venado, zorro, armadillo, cacomixtle,
entre otros, así como especies de flora comestible utilizadas tradicionalmente por la población local.
El uso intensivo de agroquímicos (fertilizantes, pesticidas, herbicidas) y la mala gestión de residuos
plásticos han generado contaminación del suelo, agua y aire, alterando la funcionalidad ecológica del
paisaje.
Cambio en la dinámica y evolución del paisaje. La dinámica de transformación del paisaje se aceleró
notoriamente entre 2015 y 2021, periodo en el que el cultivo de fresa en el estado de Michoacán pasó
de ocupar 4,900 hectáreas a más de 12,000. Esta expansión responde a una lógica de crecimiento
basada en el cambio tecnológico y nuevas prácticas agronómicas, que han desplazado las formas
tradicionales de producción. La evolución del paisaje deja de responder a los ciclos agrícolas locales,
a la rotación de cultivos y al conocimiento ancestral del entorno, para ajustarse a temporadas
comerciales globales y exigencias del mercado internacional.
Reconfiguración de unidades del paisaje rural. La unidad campesina tradicional, articulada en torno al
ejido o pequeña propiedad familiar, ha sido sustituida por unidades productivas arrendadas, altamente
tecnificadas y controladas por actores externos al territorio, como empresas agroexportadoras. Estas
unidades responden a parámetros normativos internacionales de sanidad e inocuidad, y están
orientadas exclusivamente a la rentabilidad, lo que ha fragmentado el uso del suelo y debilitado el
control local sobre el territorio.
Modificación del contenido simbólico y cultural del paisaje. El contenido del paisaje, entendido como
el conjunto de significados, valores y relaciones simbólicas construidas por la comunidad en torno a
su entorno, ha sufrido una transformación profunda. La incorporación del modelo agroindustrial ha
provocado el desplazamiento del conocimiento tradicional campesino, afectando prácticas como la
recolección, la caza, la rotación de cultivos y la producción diversificada. Se ha debilitado la transmisión
intergeneracional de saberes, se ha desarticulado el tejido comunitario y ha surgido una fragmentación
social asociada a conflictos entre quienes defienden la identidad local y quienes priorizan la renta de
tierras para el cultivo de exportación.
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Emergencia de conflictos socioambientales. La coexistencia de dos racionalidades productivas (la
tradicional y la agroexportadora) ha generado tensiones internas en la comunidad. La imposición de
un modelo productivo excluyente ha provocado rupturas en las relaciones de reciprocidad y solidaridad,
generando desconfianza, competencia y desarticulación del tejido social. La transformación del
paisaje no ha sido un proceso consensuado ni equilibrado: los beneficios económicos se concentran
en pocos actores, mientras que los costos ambientales, culturales y sociales recaen sobre la
colectividad local.
En conjunto, los resultados permiten afirmar que el paisaje rural de la microrregión presa ha dejado de
ser una construcción territorial basada en la interacción equilibrada entre sociedad y naturaleza, para
convertirse en un espacio racionalizado, funcional y estandarizado al servicio del capital
agroexportador. Esta transformación compromete no solo la sustentabilidad ecológica del territorio,
sino también la reproducción cultural y simbólica del modo de vida campesino, alterando de raíz la
identidad del paisaje.
DISCUSIÓN
La transformación del paisaje rural en la microrregión presa del municipio de Epitacio Huerta entre los
años 2015 y 2021 evidencia una serie de modificaciones profundas en su estructura espacial,
funciones productivas, contenido ecológico y sociocultural, resultado directo de la incorporación de un
modelo de agricultura industrial agroexportador. Este proceso, inscrito dentro de la lógica del
capitalismo global, ha operado a partir de una reorganización territorial que ha alterado no sólola forma
física del paisaje, sino también su contenido simbólico, relacional y funcional (Morales, 2008).
En cuanto a la forma, el paisaje pasó de un mosaico agrícola diversificado con parcelas tradicionales
de maíz y trigo, delimitadas por cercas vivas o piedra, a una configuración geométricamente
estandarizada y homogénea propia del monocultivo intensivo de fresa. La faz del paisaje, entendida
como su apariencia visual, sufrió una transformación sustancial: las variaciones cromáticas naturales,
ligadas a las estaciones y a la vegetación nativa, fueron sustituidas por la uniformidad visual de los
plásticos utilizados en los acolchados, microtúneles y estructuras para el empaque, lo que ha generado
una contaminación visual significativa (Zenner y Peña, 2013).
En el plano funcional, el paisaje rural dejó de responder prioritariamente a las necesidades de
reproducción de la economía campesina —que incluía autoconsumo, venta de excedentes y
preservación de saberes locales— para reconfigurarse en un paisaje orientado a la maximización de la
producción agroindustrial para la exportación, subordinado a requerimientos de sanidad, inocuidad y
eficiencia (Zamora y Salazar, 2018). Las relaciones externas del territorio se internacionalizan: los
vínculos antes establecidos con mercados locales y regionales ahora se subordinan a cadenas de valor
globales con destino en Estados Unidos, Canadá, Japón, entre otros (SIAP, 2020), lo que implica una
pérdida de autonomía territorial y productiva.
En términos de elementos y contenido, la transformación del paisaje no ha sido únicamente física, sino
también ecológica y cultural. La incorporación masiva de agroquímicos, plásticos y tecnologías
intensivas ha alterado el equilibrio natural del suelo, afectando su microbiota, reduciendo su fertilidad
y provocando la desaparición o desplazamiento de especies nativas de flora y fauna como zorrillos,
venados, coyotes, y armadillos (Zenner y Peña, 2013). Esta pérdida no solo implica una merma en
biodiversidad, sino también un quiebre en las relaciones simbólicas y prácticas que los campesinos
mantenían con su entorno, pues el conocimiento sobre especies comestibles, cazables y medicinales
se ve desplazado por prácticas técnico-productivas impuestas por empresas extranjeras (Mora, 2008).
La dinámica y evolución del paisaje durante el periodo de estudio se caracteriza por una acelerada
transición de un paisaje agrario tradicional a uno agroindustrial. Este cambio no es gradual ni
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consensuado, sino que se impone a través de una estructura de poder económico y político que
favorece la renta de tierras y el ingreso de empresas con capitales foráneos. En este proceso, se
producen fracturas en las dinámicas comunitarias: se debilitan las relaciones de reciprocidad propias
de la comunidad campesina, se fragmenta la identidad colectiva y se introducen actores externos
(supervisores, jornaleros, inspectores) con una lógica meramente económica, lo que genera una
creciente cultura de desconfianza y competencia (Manzini, 2015; Díez, 2016).
En cuanto a las unidades del paisaje, el territorio antes conformado por parcelas multifuncionales,
espacios comunales, corredores biológicos y zonas de aprovechamiento silvestre, se transforma en
unidades de producción homogéneas, aisladas unas de otras, en las que la eficiencia y la rentabilidad
dictan el uso del espacio. La construcción de infraestructuras como empacadoras, pozos
mecanizados, silos, y cocinas fijas para el personal agrícola, dan cuenta de esta especialización
funcional, al mismo tiempo que erosionan las prácticas y relaciones tradicionales que daban sustento
al paisaje como totalidad vivida.
Como señalan Morales (2008) y Maderuelo (2009), el paisaje no puede entenderse únicamente como
un conjunto de elementos físicos, sino como una entidad simbólica cargada de significados, fruto de
la interacción histórica entre el ser humano y la naturaleza. En este sentido, la pérdida del paisaje
agrario tradicional implica también una pérdida de identidad, de sentido de pertenencia y de formas
genuinas de vida. Las transformaciones inducidas por el modelo agroexportador han sustituido los
valores comunitarios por relaciones de mercado, banalizando el paisaje y sus contenidos culturales.
CONCLUSIÓN
En conclusión, los cambios identificados en el paisaje rural de la microrregión presa de Epitacio Huerta
entre 2015 y 2021 reflejan una profunda reestructuración territorial, ecológica, productiva y cultural
impulsada por la incorporación del modelo agroexportador de fresa. Este proceso, aunque
económicamente rentable, ha tenido efectos adversos sobre la biodiversidad, el conocimiento
tradicional, las formas de vida campesina y el tejido social comunitario. En consecuencia, el paisaje
deja de ser un reflejo de la identidad local para convertirse en un espacio funcional al capital,
configurado desde fuera y al servicio del mercado global.
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