INTRODUCCIÓN
A pesar de que gran parte de las personas jóvenes gozan de buena salud, en el 2020 fallecieron más
de 1.5 millones de adolescentes y jóvenes adultos de entre 10 y 24 años (Organización Mundial de la
Salud [OMS], 2022a). Dentro de este grupo, las principales problemáticas en temas de salud son: las
lesiones, la exposición a la violencia, el consumo de sustancias nocivas, las relaciones sexuales sin
protección, la inactividad física y la salud mental (OMS, 2022a).
La promoción de los estilos de vida saludable constituye una prioridad fundamental en el ámbito de la
salud pública, integrando políticas educativas e iniciativas, orientadas a asegurar el bienestar integral
de la población (Castillo-Díaz et al., 2024). El estilo de vida se comprende como los hábitos
comportamentales cotidianos de cada individuo que se pueden clasificar tanto en factores de riesgo o
de seguridad con base en su naturaleza (Sánchez-Ojeda & De Luna-Bertos, 2015). Aunque numerosos
estudios han subrayado la influencia del estilo de vida en la salud mental, son escasos aquellos que
investigan la relevancia de un amplio espectro de hábitos de vida de los estudiantes universitarios. Esta
prioridad se materializa en políticas educativas y en el diseño de iniciativas orientadas a garantizar el
bienestar integral de la comunidad (Wang et al., 2025a, 2025b).
Tal como describen Sánchez-Ojeda y De Luna-Bertos (2015) algunos de los factores de riesgo más
importantes en tema de salud son el consumo de sustancias nocivas, los malos hábitos alimentarios
y la inactividad física. En cambio, los factores de seguridad o comportamientos saludables son
aquellos que incluyen conductas tales como patrones, hábitos y conocimientos para mantener,
recuperar, o mejorar el estado de salud, tales como la buena alimentación, el ejercicio físico y una
buena calidad del sueño (Sánchez-Ojeda & De Luna-Bertos, 2015). Estos hábitos pueden adquirirse a
lo largo de distintas etapas de la vida, en la etapa universitaria, esto resulta importante debido al
impacto radical en la conducta, causada por las características propias de la edad y a su adaptación al
entorno, por ejemplo: cambios de horario y de residencia (Rodríguez-Martín et al., 2019). Las conductas
de riesgo en esta etapa con frecuencia se deben a la personalidad, las emociones y al contexto social
en el que se encuentran los jóvenes (Papalia & Martorell, 2017).
Entre las conductas de riesgo que se pueden presentar en la etapa de vida universitaria se encuentran
en primer lugar la inactividad física, considerada un problema de salud pública a nivel mundial, y
constituye uno de los principales factores de riesgo de mortalidad por enfermedades crónicas no
transmisibles (OMS, 2022b). La experiencia de eventos vitales y la práctica de actividad física
mantienen una relación significativa con la vulnerabilidad psicológica y el estado de salud mental
(Wang et al., 2025b). En otros términos, un nivel escaso de actividad física conlleva un riesgo de
fallecimiento entre un 20-30% superior en comparación con los individuos que realizan suficiente
actividad física (OMS, 2022b). Globalmente, 1 de cada 4 personas adultas no satisface los niveles
mínimos de actividad física para obtener beneficios en la salud (OMS, 2022b). En México, un 58.9% de
la población de 18 años y más declaró ser inactiva físicamente y del grupo de 18 a 24 años, un 35.3%
reportó ser inactivo físicamente (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 2022).
En segundo lugar, las perturbaciones del sueño representan una de las dificultades de salud física y
mental más importantes en las sociedades occidentales, aproximadamente entre el 30-40% de la
población adulta padece de insomnio (Sierra et al., 2002). Estos problemas también se presentan entre
los jóvenes universitarios en distintos contextos; por ejemplo, un estudio realizado en Alemania reporta
que un 16% de los estudiantes requiere más de media hora para conciliar el sueño y un 7.7% cumple
con los criterios para diagnósticos de insomnio (Friedrich et al., 2018).
Los estilos de vida saludables en los jóvenes y sus consecuencias a mediano y largo plazo en la
población, son importantes a nivel internacional al considerar que la Organización de las Naciones
Unidas (ONU), en el 2015 aprobó 17 Objetivos como parte de la Agenda 2030 para el desarrollo
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, enero, 2026, Volumen VII, Número 1 p 62.