INTRODUCCIÓN
El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales retos demográficos y de salud pública
del siglo XXI. De acuerdo con estimaciones recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS,
2025), en 2023 existían más de 1.100 millones de personas de 60 años o más, cifra que se proyecta se
duplique hacia 2050. Este fenómeno no solo plantea desafíos en términos de sostenibilidad de los
sistemas sanitarios y de protección social, sino que también exige un abordaje integral del bienestar
en la tercera edad. Garantizar mayor longevidad resulta insuficiente si no se acompaña de condiciones
que promuevan una adecuada calidad de vida, lo cual implica atender de manera prioritaria la salud
mental en este grupo poblacional. Entre los trastornos más frecuentes se encuentra la depresión, cuya
prevalencia oscila entre 25 % y 30 % en contextos clínicos y comunitarios, y que se asocia con
discapacidad, deterioro funcional, institucionalización temprana y mayor riesgo de mortalidad (Lo et
al., 2022; Estupiñán Sáenz et al., 2025; Aziz & Steffens, 2023).
La depresión en personas adultas mayores presenta características clínicas particulares que dificultan
su identificación temprana. A diferencia de etapas más tempranas del ciclo vital, en la tercera edad
predominan las quejas somáticas inespecíficas, la fatiga persistente, el enlentecimiento psicomotor y
las alteraciones cognitivas, manifestaciones que suelen confundirse con cambios propios del
envejecimiento o con comorbilidades físicas (Rodriguez-Vargas et al., 2022; Zambrano Huaylinos,
2025). Esta presentación atípica contribuye al subdiagnóstico y a la subestimación del problema,
retrasando el acceso a intervenciones oportunas y favoreciendo la cronicidad del trastorno.
El origen de la depresión geriátrica es multifactorial y responde a la interacción dinámica de factores
biológicos, psicológicos y sociales. En el plano biológico, la presencia de enfermedades crónicas no
transmisibles, el dolor persistente, la polipatología y la polifarmacia incrementan significativamente el
riesgo de síntomas depresivos, al limitar la autonomía y generar una carga adicional sobre la vida
cotidiana (Aziz & Steffens, 2023). A ello se suman los cambios neurobiológicos propios del
envejecimiento, como la disfunción del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal y la disminución de
neurotransmisores implicados en la regulación del estado de ánimo, lo que aumenta la vulnerabilidad
emocional (Sharan & Vellapandian, 2024).
Desde la perspectiva psicológica, la jubilación, la pérdida de roles productivos, el duelo por la muerte
de la pareja o amistades cercanas y la percepción de inutilidad o dependencia constituyen factores de
riesgo relevantes (Zheng et al., 2024). La baja autoestima, el temor a la institucionalización y el uso de
estrategias de afrontamiento ineficaces intensifican la sintomatología depresiva, configurando un
escenario en el que la depresión no solo refleja un trastorno afectivo, sino también una respuesta a la
acumulación de pérdidas y transiciones vitales (Noriega-Duche & Ortiz-Paredes, 2021). En este sentido,
el envejecimiento implica un proceso de adaptación continua, cuya calidad depende en gran medida
de los recursos psicológicos disponibles.
En el ámbito social, el aislamiento y la soledad se consolidan como predictores consistentes de
depresión en la tercera edad. La reducción de redes de apoyo, la precariedad económica, la escasa
participación comunitaria y las barreras de acceso a servicios de salud actúan como estresores
significativos que deterioran el bienestar emocional (Sánchez-Pérez et al., 2022). Además, en
contextos donde persiste el estigma hacia la salud mental, la depresión suele interpretarse
erróneamente como un fenómeno “normal” del envejecimiento, lo que retrasa el inicio del tratamiento
y agrava el pronóstico (Mejía, 2021). Estudios recientes en América Latina han reportado prevalencias
cercanas al 27 %, con incremento progresivo entre los 70 y 90 años, evidenciando la magnitud del
problema en la región (Panama & Guanoluiza, 2024).
No obstante, no todas las personas adultas mayores desarrollan depresión frente a condiciones
similares, lo que sugiere la existencia de factores protectores y recursos de afrontamiento que modulan
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 1 p 2579.