INTRODUCCIÓN
La calidad del sueño ha sido conceptualizada por diversos autores como la capacidad de dormir de
manera adecuada durante la noche, para después de un buen descanso, tener un adecuado
funcionamiento diurno. Dormir bien favorece el desempeño óptimo a lo largo del día, y por ello, es
considerado un mecanismo vital para la vida. Además, constituye un componente fundamental para
mantener una buena salud, ya que un sueño adecuado contribuye de manera significativa con una
óptima calidad de vida (Becerra et al., 2018; Corredor Gamba y Polanía Robayo, 2020; Gellis y Lichstein,
2009; Murawski et al., 2018; Trigo, J.L., 2019).
Numerosos estudios señalan que disfrutar de un sueño de calidad se refleja en un incremento notable
de la calidad de vida, pues este disminuye la posibilidad de padecer problemas cardiovasculares,
alteraciones de tipo neuroendocrinos, así como problemas cognitivos y emocionales (Escobar y
Liendo, 2012; Resnick et al., 2003; Somers, 2005).
Asimismo, el sueño ha sido reconocido como un elemento fundamental en la vida de las personas
mayores, ya que, incide claramente en su desarrollo fisiológico, cognitivo y en las relaciones
interpersonales, permitiéndoles alcanzar un equilibrio integral. Aunque su estudio presenta diversos
desafíos y continua en desarrollo, se ha demostrado ampliamente que tanto el sueño como su calidad
están relacionados íntimamente con diversos factores como la edad, sexo, estilo de vida, así como al
estado de salud física y mental (Becerra et al., 2018; Rebok y Daray, 2024).
También es importante considerar que con el envejecimiento se producen cambios fisiológicos que
afectan el sueño, incluyendo la hora de acostarse y el tiempo total de descanso, porque de ello depende
la calidad de su sueño (Martínez C. et al., 2019). Se puede decir que la calidad del sueño se alcanza
cuando la duración es apropiada, la eficacia del descanso es suficiente y existe una satisfacción
general con dicho sueño, condiciones que permiten a la persona un desempeño funcional adecuado
durante todo el día (Murawski et al., 2018).
De acuerdo con lo anterior la calidad del sueño no se limita simplemente a características fisiológicas
o sensaciones subjetivas, pues también se relaciona con situaciones de la vida diaria, el bienestar
emocional y el rendimiento de la persona (Becerra et al., 2018; Escobar Córdoba y Eslava-Schmalbach,
J., 2005). En los adultos mayores las quejas sobre una deficiente calidad del sueño son muy habituales,
sobre todo en los internos en centros geriátricos. A pesar de la baja calidad de sueño que experimenta
este grupo etario, existen pocos instrumentos que lo valoren (Trigo, 2019).
Debido a la prevalencia de los problemas que presentan las personas mayores es de suma importancia
el monitoreo de su sueño, pero es el especialista del sueño el que se encarga de evaluar al paciente y
así determinar el más adecuado tomando en cuenta diferentes variables. Algunos especialistas
sugieren una valoración geriátrica integral para un correcto abordaje en este grupo, para lo cual debe
llevarse un control de los fármacos que se le suministran, pues podrían inducir a algún tipo de insomnio
y afectar la calidad de su sueño (Ferré-Masó A. et al., 2020; Trigo, 2019; Valverde Jiménez et al., 2020).
El procedimiento más común para evaluar la calidad del sueño son los cuestionarios. Por esta razón,
en el presente estudio se utilizó la escala Pittsburg Sleep Quality Index (PSQI) en su version castellana,
dado que este cuestionario permite realizar el diagnóstico de la calidad del sueño y los trastornos
asociados en poblaciones clínicas, así como en diversos contextos de investigación. En población
geriátrica este instrumento se ha utilizado en distintos estudios tanto en la creación de la escala por
Buysse y sus colaboradores, y en la adaptación de la escala en su versión castellana (Royuela Rico y
Macías Fernández, 1997).
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 1 p 2659.