no pertenecen a estos espacios y deben aceptar roles secundarios, lo que se refleja en la baja
representación femenina en puestos de liderazgo científico (Muñoz, 2019).
Diversos estudios han señalado que las mujeres ingresan a las organizaciones en niveles jerárquicos
bajos y enfrentan mayores obstáculos para ascender, en algunos casos incluso por parte de otras
mujeres, debido a percepciones erróneas sobre los roles y capacidades que supuestamente deberían
desempeñar (Daldrup & Link, 2017). Hackett y Betz (1981) plantearon que las diferencias en la
conducta vocacional entre hombres y mujeres derivan de la socialización, que limita las oportunidades
femeninas para realizar ciertas actividades y reduce su autoeficacia en áreas consideradas
masculinas.
Autoeficacia y desarrollo profesional
La autoeficacia, definida como la creencia de una persona en su capacidad para organizar y ejecutar
las acciones necesarias para lograr un objetivo (Bandura, 1995; Lent & Brown, 2006), es un factor
determinante en la elección y permanencia en carreras STEM. Sin embargo, diversas investigaciones
han encontrado que las mujeres presentan niveles más bajos de autoeficacia en matemáticas,
autoconfianza académica y habilidades técnicas en comparación con los hombres, lo que repercute
en sus expectativas de éxito y compromiso profesional (Rodríguez, Peña & Inda, 2012).
La menor autoeficacia, junto con la carga desproporcionada de tareas domésticas y de cuidado, incide
directamente en la trayectoria profesional. Iversen, Rosenbluth y Skorge (2020) señalan que la desigual
distribución de responsabilidades domésticas y de cuidado genera la percepción de que las mujeres
son menos productivas o disponibles, lo cual influye negativamente en su evaluación laboral. Esta
combinación de factores perpetúa la brecha de género, limita el acceso a cargos de liderazgo y
condiciona las posibilidades de desarrollo profesional.
Brechas persistentes y desafíos globales
Las mujeres continúan subrepresentadas en las disciplinas STEM, una situación que no solo constituye
un problema de justicia social, sino que limita el potencial innovador de las sociedades (CONAPO, 2019;
European Commission, 2021). Estas áreas concentran gran parte de los empleos del futuro y son
consideradas motor de la innovación y el bienestar social, especialmente en regiones con mayor
disparidad socioeconómica (UNESCO, 2017).
El Global Gender Gap Report (World Economic Forum, 2021) advierte que, al ritmo actual, cerrar la
brecha de género global tomará 135,6 años y 145,5 años en el ámbito político. La pandemia de COVID-
19 exacerbó esta situación, afectando de manera desproporcionada a las mujeres en el mercado
laboral, la educación y el acceso a recursos.
En el ámbito científico universitario, estas brechas se manifiestan en desigual acceso a recursos de
investigación, menor reconocimiento académico, menor participación en redes científicas y un sesgo
persistente en la evaluación de méritos y logros (UNESCO, 2017; European Commission, 2021).
Responsabilidad institucional y cambio cultural
Superar estas barreras requiere no sólo de cambios en las políticas públicas, sino también de
transformaciones profundas en las instituciones educativas y científicas. El enfoque de género,
entendido como una estrategia para identificar, cuestionar y eliminar desigualdades y estereotipos,
debe integrarse en todas las políticas universitarias y de investigación (ONU Mujeres, 2015).
Fomentar la autonomía económica, física y de decisión en las mujeres científicas implica generar
entornos libres de violencia y discriminación, garantizar igualdad de acceso a recursos y
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 501.