Del pensamiento individual al grupal: Una psicoterapeuta  
psicoanalista relacional en transición  
From individual to Group Thinking: A relational Psychoanalytic  
Psychotherapist in Transition  
Mariana Carolina Angulo Cardeña  
Universidad Marista de Mérida  
Mérida México  
Artículo recibido: 18 de noviembre de 2025. Aceptado para publicación: 25 de marzo de 2026.  
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.  
Este artículo forma parte de mi tesis doctoral en elaboración, titulada Entre mareas y anclajes: el devenir de una  
analista grupal, correspondiente al Doctorado en Psicoanálisis y Análisis grupal.  
Resumen  
Este artículo muestra el desarrollo en el pensamiento y la visión clínica de una psicoterapeuta  
psicoanalítica relacional, desde su formación inicial hasta su transición al análisis grupal. A través de  
un relato personal, se describe cómo la práctica psicoterapéutica con perspectiva psicoanalítica y  
específicamente la formación académica en análisis grupal, lleva a cuestionar supuestos teóricos,  
movilizar afectos y replantear tanto la cosmovisión personal como los enfoques psicoterapéuticos  
convencionales. El escrito destaca el movimiento de una perspectiva centrada en lo individual hacia  
un enfoque colectivo, enfatizando el impacto de este cambio en la comprensión del psicoanálisis y en  
la vida misma de la autora. Busca acercar a colegas, pacientes y público general a los procesos  
reflexivos y transformadores que atraviesa una psicoterapeuta durante su formación académica,  
invitando a una mayor comprensión de este trabajo clínico y sus vicisitudes.  
Palabras clave: psicoanálisis relacional, análisis grupal, formación en análisis grupal  
Abstract  
This article presents the development in the thinking and clinical vision of a relational psychoanalytic  
psychotherapist, from her initial training to her transition into group analysis. Through a personal  
narrative, it describes how psychotherapeutic practice from a psychoanalytic perspective, and  
specifically academic training in group analysis, leads to questioning theoretical assumptions,  
mobilizing affects, and rethinking both one’s personal worldview and conventional psychotherapeutic  
approaches. The text highlights the movement from an individually centered perspective toward a  
collective approach, emphasizing the impact of this shift on the understanding of psychoanalysis and  
on the author’s own life. It seeks to bring colleagues, patients, and the general public closer to the  
reflective and transformative processes that a psychotherapist undergoes during her academic  
training, inviting a deeper understanding of this clinical work and its vicisitudes.  
Keywords: relational psychoanalysis, group analysis, training in group análisis  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 637.  
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Cómo citar: Angulo Cardeña, M. C. (2026). Del pensamiento individual al grupal: Una psicoterapeuta  
psicoanalista relacional en transición. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 638.  
INTRODUCCIÓN  
En el presente artículo, Del pensamiento individual al grupal: Una psicoterapeuta psicoanalista relacional  
en transición, se analiza el proceso de transformación teórica, clínica y subjetiva que implica pasar de  
una comprensión centrada en el individuo hacia una perspectiva grupal y contextual del sufrimiento  
humano. Se exponen las posturas de Sigmund Freud, Enrique Pichon-Rivière y S. H. Foulkes, entre otros  
autores relevantes, con el fin de contrastar la tradición psicoanalítica clásica, marcada por una fuerte  
orientación intrapsíquica, con los desarrollos del análisis grupal, que integran de manera explícita la  
dimensión vincular, histórica e ideológica.  
El problema central que se aborda es la persistente tendencia a concebir al sujeto como una entidad  
aislada, incluso dentro de enfoques contemporáneos que reconocen teóricamente la importancia del  
contexto. Se sostiene como punto de vista que esta disociación entre lo individual y lo social limita la  
comprensión clínica y empobrece la práctica psicoterapéutica. Por ello, el objetivo del texto es analizar  
críticamente dicho desplazamiento paradigmático, comparar ambas perspectivas y reflexionar sobre  
las implicaciones éticas y formativas que conlleva incorporar el pensamiento analítico grupal como  
una forma de pensar, más allá del dispositivo terapéutico.  
A través de un relato experiencial, se busca contextualizar esta transición en el marco de la formación  
doctoral y de las condiciones sociales contemporáneas, despertando el interés por reconsiderar el  
lugar que ocupa lo colectivo en la construcción de la subjetividad y en el ejercicio clínico actual.  
DESARROLLO  
Se transmite poco acerca de los procesos internos que atravesamos al formarnos en una profesión y  
al ejercer una práctica clínica enfocada en la vida emocional y afectiva. En la actualidad nos  
encontramos inmersos en un mundo que nos coloca a un clic de un sinfín de información que puede  
decir mucho y aclarar poco.  
Alumnos, personas cercanas y colegas con trayectorias formativas con tintes distintos, suelen  
manifestar curiosidad mediante preguntas orientadas  
a
la búsqueda de aproximaciones  
experienciales; los motivos que conducen a elegir la perspectiva psicoanalítica para el trabajo clínico,  
así como el interés por comprender los procesos que nos llevan a construir una práctica cada vez más  
cercana, ética y justa.  
Como profesionistas, es frecuente que cedamos la memoria al olvido parcial del recorrido que nos llevó  
a adoptar la postura que se refleja en nuestra práctica clínica. Plasmar estos inicios a través de las  
siguientes letras, busca perdurar como una fotografía que, con el paso del tiempo, nos permite mirar  
en retrospectiva de dónde venimos, qué hemos hecho y hacia dónde nos dirigimos.  
Después de varios años de ejercicio como psicoterapeuta psicoanalista relacional, y atravesada por  
una pandemia mundial que exigió transformaciones tanto en la práctica clínica como en la manera que  
habitamos el mundo como humanidad, surge la decisión de ingresar a un doctorado que me permitiera  
comprender los fenómenos grupales. Lejos de apaciguarse, las preguntas en torno mi formación se  
intensificó; se volvieron más insistentes y necesarias para procesar el contexto contemporáneo, para  
comprender los movimientos en los que nos encontramos inmersos como profesionistas dedicados  
al cuidado de la vida anímica,1 y para atender los gritos desesperados que emanan de las condiciones  
sociales actuales de las cuales queramos o no, somos inevitablemente alcanzados.  
1 Se refiere a la dinámica interna de los procesos psíquicos y abarca “todos los fenómenos psíquicos, incluyendo los  
conscientes e inconscientes, que constituyen la experiencia subjetiva y motivación del individuo” (Freud, 1915/1917)  
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¿Para qué elegir una formación en análisis grupal si no pretendo trabajar con grupos? Fue uno de los  
cuestionamientos más frecuentes que surgían cuando algún colega me preguntaba por el Doctorado  
en Psicoanálisis y Análisis grupal que cursaba en la Universidad Marista de Mérida. Estas inquietudes,  
no me resultaban ajenas, dado que también formaron parte de mis propias dudas antes de inscribirme,  
sin advertir que ya me encontraba trabajando con grupos a través de la docencia y que, de manera  
paulatina e intermitente, había participado en diversos proyectos grupales en escuelas, instituciones y  
organizaciones.  
Otro supuesto compartido que reforzaba esta idea era considerar que el fin último de la formación se  
limitaba en la preparación para la conducción de grupos terapéuticos. Con frecuencia, se asume que  
quienes ingresan a un doctorado comparten una misma base formativa o paradigmas2disciplinares  
afines, lo que transmite la idea de que dicha formación resulta poco pertinente para otras prácticas  
que en apariencia no están directamente vinculadas. Desde esta lógica, al ser mi formación previa en  
psicoterapia psicoanalítica relacional, parecía natural pensar que este doctorado profesionalizante3  
tendría como objetivo principal la apertura de grupos terapéuticos.  
Sin embargo, comprender este supuesto como el fin último y central de la formación ha resultado ser  
un error, algo que solo pude advertir al encontrarme inmersa en el movimiento académico.  
Paradójicamente, mi interés y mi manera de concebir el trabajo en grupos terapéuticos, también se han  
transformado a lo largo del proceso formativo. He podido reconocer que parte de mi desinterés inicial  
hacia este tipo de práctica provenía, en gran medida, del desconocimiento de la propuesta de trabajo  
grupal que sustenta esta formación, lo cual ha puesto en evidencia el carácter distintivo de este  
doctorado en particular.  
De tal modo, que ha sido el tránsito de paradigma de lo individual a lo colectivo una revolución interna,  
con un impacto profundo en mi experiencia formativa. Dicho cambio comenzó a enriquecerse con la  
propuesta de formarme académicamente junto a estudiantes provenientes de diversas disciplinas,  
como la filosofía, lo que posibilitó la construcción de un pensamiento conjunto entorno a los  
fenómenos humanos. Esta convivencia interdisciplinaria fue modelándose de manera implícita en cada  
módulo, reflejando cómo, en la vida cotidiana, nos enfrentamos a realidades personales y sociales con  
saberes impedidos para ser entendidos en toda su dimensión desde un único lente, sustentado  
exclusivamente en sus propias teorías.  
Resultó especialmente significativo cuestionarse continuamente al inicio del doctorado, la relevancia  
de este planteamiento; es decir, reflexionar constantemente sobre la posibilidad de que disciplinas  
diversas puedan construir un lenguaje en común, pese a las múltiples diferencias que les son  
inherentes. Este ejercicio también se vio fortalecido, además, con la elección de asignaturas que ofrece  
el programa doctoral, lo cual significó una experiencia similar a revisitar mi trayectoria formativa desde  
la educación básica hasta la educación superior, ahora con una mirada más crítica y reflexiva. En ese  
sentido, fue favorable revisar asignaturas como: Ideología y concepción del mundo, Paradigmas  
psicoanalíticos, Método analítico interpretativo, Grupos operativos y análisis grupal, Grupo familiar y  
pareja, La perspectiva relacional, Género y violencia, Grupos de aprendizaje, Método hermenéutico,  
Teoría del vínculo, Antropología filosófica, Ciencias sociales, Grupos de reflexión, Análisis institucional  
2 Según Thomas Kuhn (1970) un paradigma es un marco conceptual o conjunto de prácticas que define una ciencia normal  
durante un período específico. Incluye teorías, leyes, métodos y aplicaciones aceptados por una comunidad científica, que  
guían la investigación y establecen que problemas son legítimos y cómo deben resolverse. Kuhn introduce este concepto en  
su obra La estructura de las revoluciones científicas (1962), donde argumenta que la ciencia avanza a través de paradigmas  
que, en momentos de crisis, son reemplazados por otros en un proceso llamado cambio paradigmático o revolución  
científica.  
3
Es un programa de posgrado que además de enfocarse en la generación de un nuevo conocimiento científico como los  
doctorados tradicionales de investigación, se orienta a la adquisición de un conocimiento nuevo en alguna área específica.  
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y comunitario, Ecología, etología y neurociencias, Historia nacional, regional y local, El inconsciente  
social, Grupos terapéuticos, entre muchas otras.  
Darle relevancia a esta postura no constituye una novedad, sin embargo, al intentar llevarla a la práctica,  
emerge la tendencia individualista que tiene fuertes raíces en su construcción. En ese sentido, Bauman  
(2000) define el individualismo desde el concepto de la modernidad líquida, caracterizada por  
relaciones sociales frágiles, efímeras, centradas en el consumo que se traslada a las relaciones  
vinculares, que se expresan con relaciones de uso y desecho: “para lo que me sirven” fomentando  
conexiones superficiales que se traducen en incertidumbre y desprotección, en la medida en que las  
instituciones como la familia y el Estado también pierden solidez y capacidad de sostén.  
Por su parte, Byung-Chul Han (2015), plantea desde su perspectiva, que nombra la sociedad del  
cansancio, que el individuo se convierte en su propio opresor persiguiendo metas de eficiencia y  
rendimiento hasta el agotamiento, alejándonos del verdadero diálogo y reconocimiento de la alteridad.  
Estas condiciones nos han llevado a confinarnos en áreas cada vez más aisladas de una realidad  
compartida, que nos revela que hay dimensiones fundamentales de la vivencia colectiva que resultan  
indispensables para la comprensión de toda su complejidad y sin embargo, se nos disuelven para el  
abordaje en la práctica clínica, particularmente dentro de la disciplina psicoanalítica.  
Personas cercanas que no pertenecen al ámbito psicoterapéutico suelen comprender con mayor  
facilidad esta propuesta; para ellas no resulta incoherente que se requiera una formación para poder  
estar frente a cualquier tipo de grupos, independientemente de si se trabaja o no terapéuticamente.  
Esto se debe a que los fenómenos grupales con los que interactuamos constantemente son  
hipercomplejos y, sin embargo, suelen ser poco reconocidos desde esa misma complejidad.  
Parte de lo que ha contribuido al sesgo4 del análisis grupal, principalmente desde la práctica  
psicoanalítica, se vincula con que el tipo de intervenciones grupales terapéuticas existentes. En  
muchos casos, estas suelen trasladar la teoría y la técnica del trabajo bipersonal5 (individual) al  
dispositivo grupal. Por otro lado, otras modalidades de trabajo con grupos tienden a centrarse  
principalmente en herramientas técnicas, como estrategias de manejo de grupo, trabajo en equipo o  
liderazgo, abordando la dinámica grupal de forma instrumental y superficial, sin considerar su  
dimensión psíquica, vincular y simbólica.  
¿Cómo se vincula entonces con el psicoanálisis? El psicoanálisis constituye una perspectiva para  
comprender al ser humano a partir de su construcción subjetiva e intrapsíquica6. Uno de sus  
fundamentos centrales es el reconocimiento de lo inconsciente, entendido como el conjunto de  
motivaciones que orientan la conducta y que se encuentran relacionadas con circunstancias y  
acontecimientos de la historia personal que no han podido ser nombrados, que han sido olvidados o  
4
Un sesgo es una desviación en el pensamiento, la percepción o el proceso de información que lleva a interpretaciones  
erróneas o distorsionadas. Suele estar influenciado por prejuicios, experiencias previas, influencias emocionales y suelen ser  
inconscientes (APA,2023)  
5 Aron (1996/2013) Dice que el psicoanálisis bipersonal es un enfoque terapéutico que enfatiza la interacción dinámica entre  
el analista y el paciente como un sistema de dos personas, donde ambos contribuyen activamente al proceso analítico. A  
diferencia del modelo clásico (unipersonal/individual), que se centra en el intrapsiquismo del paciente, este marco reconoce  
que el analista no es un observador neutral y por lo tanto la relación terapéutica es co-construida.  
6
Desde la perspectiva de Freud lo intrapsíquico se refiere a los procesos y conflictos que ocurren dentro de la mente del  
individuo, hace alusión a la teoría clásica, la cual no toma en cuenta lo interpersonal, sino más bien enfatiza que el aparato  
psíquico es una estructura mental con instancias (Ello, Yo, Superyó), fuerzas inconscientes como pulsiones, deseos  
reprimidos, fantasías, sueños, mecanismos de defensa, etc, priorizando los factores intrapsíquicos más que los ambientales  
(Freud, S 1923/1979) Por el contrario autores como Stephen Mitchell, Lewis Aron y Jessica Benjamin hablan de esta  
construcción como la subjetividad, lo cual no es un fenómeno meramente intrapsiquíco, sino un proceso co-construido. Noto  
a posteriori que incluyo ambos al definir al psicoanálisis, esto me ha parecido una muestra significativa de la transición de  
mi pensamiento, por lo que decido dejarlo como lo escribí inicialmente de forma intencional.  
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que no han sido simbolizados. Esto influye fuertemente en quienes somos, mostrando en ocasiones  
contradicciones con lo que conscientemente decimos o sabemos que queremos.  
Esta descripción breve y muy sintetizada que presento por ahora sobre lo que significa el psicoanálisis,  
no incluye el enfoque relacional en el que me formé. Dicha perspectiva, integra los aspectos  
contextuales de la historia de vida de la persona y propone una práctica más activa, cercana, centrada  
en el entendimiento del vínculo del paciente con sus personas significativas. Asimismo, analiza lo que  
se despliega en el vínculo entre el paciente-psicoterapeuta a través de la transferencia-  
contratransferencia7, considerando a ambas personas con sus características particulares, al mismo  
tiempo que se toman en cuenta factores más amplios que surgen en el campo analítico8.  
El pensamiento analítico grupal comparte muchas afinidades con el psicoanálisis relacional, así como  
diferencias relevantes que permiten a cada enfoque tener alcances distintos desde sus respectivas  
perspectivas. Las similitudes con mi formación previa han hecho que me sienta cercana a estas dos  
posturas, considerando que mi práctica clínica no ha estado orientada, desde sus inicios, hacia el  
psicoanálisis clásico.9 Sin embargo, han sido precisamente las diferencias las que me han permitido  
ampliar mi manera de percibir el mundo, de tal modo que la transformación que tuve no se reduzca a  
lo cognitivo, sino que incluya lo emocional. Este proceso me ha reconectado con formas previas que  
tenía de comprender la vida, al mismo tiempo que me ha ampliado mi mirada y fortalecido mi  
capacidad crítica respecto de mi formación anterior y hacia la vida en general, con un impacto  
inevitablemente favorable en mi práctica clínica.  
Desde esta perspectiva, el doctorado se vive de manera experiencial desde la revisión teórica. ¿Cómo  
ha sido el recorrido del proceso formativo desde este posicionamiento diferente? Son múltiples los  
elementos involucrados, por lo que será difícil describirlos con la amplitud y profundidad que requieren  
para ser explicitados, sin embargo, quisiera hacer un acercamiento de lo que hasta ahora considero  
más significativo.  
Comienza con una forma distinta de aprender que, como diría Pichon-Rivière permite apropiarse del  
aprendizaje de forma activa. La dinámica más constante de la clase es recibir un estímulo en común  
que suelen ser materiales referentes a la asignatura, los cuales se leen previo a la clase con el fin de  
realizar un escrito sobre lo que se pensó y sintió acerca de lo leído. El texto se lee frente al grupo al  
inicio de la clase para fomentar la construcción de un diálogo en común, que se escucha como un coro  
que interpreta música viva por crearse al momento con un estilo, ritmo y trama que no podría repetirse  
dos veces de la misma manera, aun estando las mismas personas ante el mismo estímulo, ya que,  
7
La transferencia- contratransferencia también han tenido un desarrollo de perspectivas desde el psicoanálisis clásico al  
psicoanálisis relacional. En este caso me refiero a la postura relacional, la cual ya no se entiende como una proyección  
unilateral del paciente hacia el analista, sino un fenómeno bidireccional, por lo que las transferencias del paciente  
(sentimientos, actitudes, fantasías, mecanismos de defensa) surgen de las experiencias pasadas del paciente, pero  
modeladas por la participación del analista, por lo tanto, la contratransferencia es entendida como las respuestas  
emocionales del analista hacia lo que transfiere el paciente (conscientes e inconscientes) siendo un recurso importante para  
entender al paciente y reconoce que están influidas por la subjetividad del propio terapeuta (Aron 1996/2013)  
8 Tubert-Oklander (2005) toma la obra de los Baranger su concepto de “campo”, tomado de la psicología de la Gestalt de la  
obra de Maurice Merleau-Ponty, definiéndolo como un proceso dinámico que incluye la observación del analista, siendo a  
su vez observado por el analizado y la autoobservación correlativa, agrega que incluye el encuadre, contrato, material  
manifiesto verbal del diálogo entre ambos participantes, las fantasías inconscientes subyacentes que se interpretan, así como  
los fenómenos intrapsíquicos e interpersonales de ambos, ya que se ven atravesados por ideas, creencias, valores y prejuicios  
tanto de sus respectivos grupos de pertenencia, como de la sociedad más amplia en la que ambos se encuentran incluidos.  
9 El psicoanálisis clásico es el modelo teórico y clínico desarrollado por Sigmund Freud entre fines del siglo XIX y principios  
del XX, que se centra en el inconsciente dinámico (represiones, deseos, traumas), estructura del aparato psíquico (Ello, Yo,  
Superyó), teoría de las pulsiones (de vida y de muerte), énfasis en las etapas psicosexuales que comienzan en la infancia, el  
complejo de Edipo y aplicación de las técnicas como la asociación libre, interpretación de sueños y análisis de la transferencia  
de forma unidireccional y centrado en lo intrapsiquíco (conflictos internos).  
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parte de la idea dinámica en donde nos encontramos en constante movimiento e interacción desde lo  
interno y externo, pero también hacia lo vertical y horizontal10.  
Pichon-Rivière propone visualizarlo como una espiral que gira en torno a un punto, permitiendo alejarse  
y regresar progresivamente, aunque enfatiza que en este ir y venir la onda que se expande es cada vez  
mayor, por lo cual, aunque regrese, nunca está en el mismo lugar. Por ello, en la práctica clínica se  
considera pertinente que el paciente pueda hablar del mismo tema una y otra vez, ya que, realmente  
nunca es el mismo tema. En ese mismo sentido, es similar a la experiencia de ver una película en  
repetidas ocasiones, ya que, a pesar de que la trama no se modifica, nosotros no somos los mismos  
al estar en contacto con los otros desde lo que hacemos y aprendemos en el día a día; lo cual permite  
ver la misma película e interpretarla diferente. Esto reafirma la amplia interacción que surge del  
movimiento y resalta una de las bases del análisis grupal; la concepción de que somos seres sociales  
desde el inicio de la existencia, inmersos en un tiempo histórico, cultural, ecológico y político que  
dibujan un contexto particular e impactan de forma inevitable en quienes somos.  
Para comprender la composición musical que se iba formando en cada clase entre nosotros, resultaba  
necesario explicitar los diversos encuadres11 subyacentes en los que nos encontramos, es decir, hacer  
consciente el campo que enmarca al contexto más amplio y está presente tanto en el setting  
psicoanalítico como en las formaciones académicas a través de las instituciones que pertenecemos y  
las ideologías subyacentes en ellas y en sí en el país y el mundo. Estos elementos forman parte de  
nuestra manera de percibir la realidad en la que vivimos.  
Para favorecer esta toma de consciencia, fue central en mi proceso de transformación que los  
profesores fomentan continuamente el análisis filosófico, entendiéndolo como un ejercicio orientado  
a visibilizar las ideologías y procesos desde los cuales suelo aproximarse al conocimiento y a la forma  
de elaborar mis interpretaciones.  
Este ejercitar la filosofía desde la práctica y no desde la teoría, es decir, no solo estudiar el pensamiento  
de Aristóteles, Gadamer, Ricoeur, entre otros, sino en cada módulo dialogar de forma filosófica desde  
su definición etimológica del griego philo= amor, shopía= sabiduría; “amor a la sabiduría”. Esta  
concepción coincide con la visión de Platón, el cual enfatiza que la filosofía no significa la posesión de  
la sabiduría, sino que se vincula a la mayéutica, entendida como un proceso contemplativo orientado  
a “dar a luz” a las ideas a través del diálogo (Platón 1981/1985).  
Esto implica reconocer el lugar, tiempo y espacio desde el que se conoce y habla, analizando a su vez  
los múltiples conceptos que continuamente damos por hecho como el de la interpretación12 misma.  
10 Enrique Pichon-Rivière propone una teoría integradora que articula lo psíquico (interno) con lo social-cultural (externo), y  
lo grupal que surge en el “aquí y ahora” (horizontal) y se entrelaza con lo histórico e individual que muestra cómo se inserta  
en lo grupal (vertical) lo propone como dimensiones dialécticas que se influyen mutuamente (Pichon-Riviére,1969)  
11 Pichon-Riviére (1971) define los diversos encuadres (o marcos de referencia) en los que los individuos estamos inmersos  
como estructuras que organizan nuestra experiencia y conducta dentro de los diversos contextos a los que pertenecemos.  
Estos encuadres incluyen lo interno, lo grupal, lo institucional, lo social-histórico-cultural.  
12 La interpretación desde el inicio del psicoanálisis ha sido esencial para la práctica clínica, los autores clásicos consideraban  
que las interpretaciones debían ser cautelosas, por lo que tendrían que revelar un significado latente, hacerse en el momento  
oportuno para el paciente evitando imponer las ideas propias del analista y considerando las defensas del paciente, esta idea  
se ha ido transformando por autores que debaten dicha postura. Coincido con aquellos que proponen que la interpretación  
es una propuesta que se le hace al paciente, por lo que se convierte en un acto relacional que se construye en la mutualidad  
volviéndose un proceso creativo que surge en el momento mismo. Otros autores como Tubert-Oklander extienden el  
concepto más allá de la práctica clínica, sosteniendo que la interpretación es una lectura de la realidad, por lo que todos nos  
encontramos interpretando al otro en lo cotidiano a partir de lo que percibimos. En palabras de Tubert-Oklander (2009) toda  
interpretación es una aproximación parcial al conocimiento de la realidad psicológica presentada, por lo tanto, existiría más  
de una interpretación posible de una misma materia. Expresando que sería imposible tener una interpretación única tanto  
para el paciente como de la vida en general. Este es un breve ejemplo de como un concepto que solemos tener introyectado,  
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En este marco, surge en la formación doctoral la introducción de la hermenéutica como la disciplina  
que estudia la teoría y la práctica de la interpretación de los textos (Tubert-Oklander, 2009). Por lo tanto,  
interpretar los textos es también interpretar el contexto e interpretar el contexto, permite llevarlo a los  
textos como decía Dellarossa al documentar sus experiencias iniciales del trabajo grupal.  
Esto me facilitó la aproximación a los múltiples autores desde el reconocimiento de quienes fueron y  
los contextos en los que surgieron, estableciendo así un diálogo con cada autor para conocerlo como  
un viaje en el tiempo hacia su contexto histórico, político, social, económico y ecológico. Tomando  
relevancia imaginar incluso detalles como la ropa que portaba en su época, como era su oficina, el  
escritorio e incluso la tinta con la que escribía sus ideas. Estos elementos permiten dar una mirada  
más justa a la voz de cada autor y entablar un diálogo vivo que como diría Gadamer facilita un cruce  
de horizontes que nos sitúa en nuestros tiempos, sin borrar la historicidad como si nos encontráramos  
re actualizando los conceptos y aplicabilidad en tu tiempo sin memoria.  
Entonces, no se trata únicamente de conocer a quien escribe, sino también de comprender la  
intencionalidad del autor y, con ello, las formas que concebía el mundo. Introducir las ideologías y  
creencias implícitas desde las cuales percibimos el mundo es uno de los conceptos centrales que el  
pensamiento analítico grupal integra en su cambio de perspectiva y que también ha transformado la  
mía.  
Esto se debe a que, dentro del psicoanálisis, desde la tradición científica positivista13 de la que surge  
Freud, se ha buscado identificar universalidades en el desarrollo y el comportamiento humano, a la vez  
que se ha construido una comprensión del individuo como una entidad aislada.14 En este marco, se  
sostiene que, independientemente del contexto cultural e histórico, el individuo se desarrolla o no  
principalmente por lo que ocurre en la relación con los padres.  
La influencia que los cuidadores tienen en la construcción de una persona, es algo que no es debatible,  
sin embargo, esta perspectiva tiende a restar importancia a los aspectos contextuales que rodean al  
individuo, e incluso aquellos que atraviesan a los propios padres. De ahí la célebre frase “infancia es  
destino”, que desde los inicios comenzó a ser cuestionada con autores como Adler, Fromm, Erikson,  
Ferenczi, Balint, Winnicott, muchos otros y en alguna medida desde Freud mismo.  
A pesar de todos estos desarrollos, se ha mantenido una disociación entre la teoría y la práctica, lo  
cognitivo y lo emocional, lo individual y lo social, con posturas dicotómicas15 que persisten incluso  
dentro del psicoanálisis relacional.  
Es decir, en la actualidad se reconoce teóricamente la importancia de considerar el contexto, sin  
embargo, dicho reconocimiento no suele introyectarse desde lo emocional. Esto se refleja también en  
una práctica clínica que continúa operando de forma aislada. De este modo, la idea Freudiana de  
es pertinente explicitar desde su desarrollo y multiplicidad conceptual para contrastarlo de forma consciente con el uso que  
le damos y ampliar el pensamiento previo.  
13 La ciencia positivista surge en el siglo XIX como un movimiento científico donde solo importan los hechos observables y  
verificables. Mismo periodo en el que Freud desarrollo su teoría, aunque también estuvo influenciado por el romanticismo  
de la época que prestaba atención a procesos como la intuición, su formación médica e ímpetu por hacer valer su teoría lo  
limitaron a basar continuamente sus sustentos teóricos en referencias médicas y métodos que buscaban ser  
comprobables, sin embargo, está contradicción ideológica de la que tuvo influencia muestra inicios del psicoanálisis  
relacional en algunos de sus escritos cómo recordar, repetir y relaborar (1914) y Psicología de las masas y análisis del yo  
(1921) entre otros (Tubert-Oklander, apuntes del doctorado, 2022)  
14 Cuando Freud habla del “individuo aislado”, se refiere a que su teoría prioriza el estudio de la psique desde una  
perspectiva intrapsíquica, es decir, centrada en los conflictos internos (pulsiones, defensas inconscientes, etc) como  
estructura mental, sin considerar plenamente al contexto o lo social.  
15 Se refiere a categorías, clasificaciones o divisiones que presentan dos opciones mutuamente excluyentes, por lo que  
suelen ser reduccionistas (RAE, 2024).  
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centrarse en el trabajo del mundo interno, aun frente a las circunstancias contextuales, sigue vigente y  
en parte es “conveniente” ante las condiciones desfavorables de nuestro país en las que con frecuencia  
predomina un sentimiento de desesperanza. En ese sentido hemos olvidado que no basta con ser  
conscientes de dichas circunstancias, sino, que existen elementos inconscientes que en muchas  
ocasiones se nos escapan en nuestra formación tradicional.  
Por lo tanto, en mi formación previa en psicoanálisis relacional, puede considerar la dimensión vincular  
que se desplegaba en la transferencia-contratransferencia con mis pacientes, de modo que las  
sensaciones, sentimientos, pensamientos y fantasías que surgían eran pensadas en la intersección  
entre la historia del paciente y mi propia historia. Aun así, había ciertos pacientes con los que sentía  
que esta lectura no era suficiente.  
Ahora reconozco que solía dejar fuera aspectos contextuales fundamentales. Por ejemplo, lo que se  
despierta en un paciente de orígenes predominantemente mayas, criado en una zona rural, al ser  
atendido por una mujer mestiza que creció en la ciudad; lo que significa para un paciente hombre, con  
ideologías machistas, ser atendido por una mujer; o el hecho de que un paciente en condiciones  
socioeconómicas bajas, tenga que trasladarse en transporte público una o varias horas para acudir a  
un consultorio ubicado en el norte de la ciudad de Mérida (siendo una zona socialmente privilegiada)  
replicando de manera constante su malestar ante las limitaciones que implica no contar con transporte  
privado, entre otras situaciones. Reconocer estos elementos ha requerido aproximarse de forma más  
crítica a la historia, a las ideologías de género, así como a las políticas y economía del país, a las  
posturas religiosas y a otros temas contextuales, siempre contrastándolos con mi propia construcción  
personal.  
No es que no lo advirtiera por completo, sino que el propio psicoanálisis ha quedado, en muchos  
sentidos, aislado a partir de la jerga psicoanalítica16, por medio de un lenguaje que excluye conceptos  
como el de ideología que mencioné anteriormente. En este contexto, no solo resulta comprensible que  
que mi percepción estuviese centrada en los lenguajes psicoanalíticos, sino que, además, quedaban  
fuera los aspectos inconscientes de la historia de algunos pacientes, precisamente atravesados  
ideologías y creencias arraigadas que solemos obviar.  
En ese sentido, Tubert-Oklander y Hernández-Tubert (1993) señalan que “la ideología es un conjunto  
de valores y creencias sostenidos por un individuo (o comunidad de individuos), que rige sus actos y  
su experiencia de la realidad, sin que el sujeto sea totalmente consciente de ello. Esto último es muy  
importante: la ideología es, en su mayor parte, inconsciente. Dicha característica la torna susceptible  
de ser estudiada psicoanalíticamente” (p.1).  
Fui vivenciando que todos tenemos una forma particular de percibir el mundo, a partir de lo que Freud  
denominó en alemán Weltanschauung, traducido inicialmente al español como cosmovisión; lo que  
Pichon-Rivière conceptualizó como esquema conceptual, referencial operativo (ECRO); y lo que  
Hernández de Tubert denomina concepción del mundo. Al respecto, Hernández- Hernández (2010)  
sostiene que “la concepción del mundo es una estructura a la vez colectiva y personal. Si bien es válido  
plantear que cada ser humano tiene su propia concepción del mundo, esta concepción personal se  
inserta siempre en el contexto de una concepción colectiva, propia de la sociedad, la cultura y del  
momento histórico en el cual ha nacido y se ha formado el individuo” (p.6).  
16 La jerga psicoanalítica se refiere al conjunto de términos, conceptos y expresiones especializados utilizados en el  
psicoanálisis para describir procesos psíquicos, teorías y técnicas terapéuticas propias de esta disciplina. Incluye palabras  
como inconsciente, transferencia, represión, entre otras, que tienen significados precisos dentro de marco psicoanalítico  
(Laplanche, J. & Pontalis, J. -B., 1996/2004)  
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ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 645.  
Esto implica que el pensamiento analítico grupal resulta pertinente también en la psicoterapia  
bipersonal, en tanto permite ampliar la espiral propuesta por Pichon-Rivière mencionada anteriormente,  
incorporando la importancia de observar las formas de concebir el mundo tanto del psicoterapeuta  
como del paciente, así como aquello que se produce entre ambos.  
Lo anterior constituye, a su vez, una oportunidad para desmitificar la idea de que atender a una persona  
con creencias distintas o simplemente proveniente de otro país, representa un obstáculo para el  
proceso psicoterapéutico. Por el contrario, dichas diferencias al hacerse evidentes, pueden ser  
pensadas, y elaboradas. En ese sentido, cuando existen formas similares de concebir el mundo, el  
trabajo clínico requiere un lente más fino, que implica, en primer lugar, el reconocimiento de la propia  
concepción personal para poder explicitar los fenómenos compartidos que suelen pasar  
desapercibidos.  
Desde esta perspectiva, el análisis grupal, como ya señalaba Pichon-Rivière es, ante todo, una forma  
de pensar. Esto refuerza la idea de que no se trata de trasladar sin más las teorías psicoanalíticas al  
trabajo grupal, sino comprender los fenómenos grupales desde otro lugar, sin perder el conocimiento  
previo. La Gestalt, a través de su concepto de figura-fondo,17 permite comprender este movimiento  
perceptivo, en el que se reconfigura aquello que usualmente queda relegado al fondo en la psicoterapia  
bipersonal.  
Concebir el análisis grupal como una forma de pensar no remite a un estilo dogmático o absolutista,  
sino a una actitud crítica frente a nuestras propias ideologías, creencias, valores, prejuicios, en vínculo  
con los procesos históricos y políticos que han influido en su configuración. De este modo, se busca  
religar múltiples elementos y dimensiones que inciden en quienes somos. Este movimiento favorece  
un contacto más cercano y sensible con en el mundo que habitamos, más allá de nuestro consultorio,  
nuestra disciplina e incluso nuestra ciudad o país.  
Menciono de manera reiterada a Pichon-Riviére y, más adelante, a Foulkes, por tratarse de dos  
psicoanalistas pioneros en el análisis grupal en Argentina (1937) y Gran Bretaña (1940),  
respectivamente. Sus aportes quedaron, en gran medida, sepultados por movimientos políticos y  
sociales que, desde la modernidad y prolongándose en la postmodernidad, han privilegiado la  
centralidad de los fenómenos individuales por encima de los grupales.  
Para ambos autores, desde una perspectiva pedagógica, el pensamiento analítico grupal se orienta  
principalmente a la formación subjetiva de los alumnos, más que a la mera adquisición de  
conocimientos teóricos, como ocurre con frecuencia en los modelos académicos tradicionales. Esta  
diferencia permite comprender parte de la crisis actual del ámbito académico, en el que es posible  
encontrar profesionistas con altos niveles de conocimiento teóricos, pero con serias carencias éticas  
en el ejercicio de su disciplina, en ocasiones como efecto de ideologías contemporáneas asumidas  
como benéficas sin analizarlas de forma crítica ampliamente.  
En este sentido, el doctorado exige la participación en un proceso psicoterapéutico, ya sea bipersonal  
o grupal, al tiempo que promueve de manera constante el desarrollo de una mirada crítica que busque  
un punto medio frente a las circunstancias que se viven. Este posicionamiento se vincula con lo que  
Beuchot denomina como pensamiento analógico, el cual, no se orienta ni a un pensamiento univoco,  
17 El principio de figura-fondo es un concepto de la psicología de la Gestalt que describe cómo la percepción humana organiza  
los estímulos visuales o experiencias en elementos dominantes (figura) y un contexto que lo sostiene (fondo) El elemento  
que sobresale llamando la atención suele ser la figura y el contexto menos diferenciado el fondo (Koffka, K, 1935) Algunos  
autores han tomado la metáfora del teatro para explicar este fenómeno, donde los personajes se vuelven la figura y lo que  
rodea la obra de teatro suele ser el fondo.  
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basado en verdades únicas, ni a uno equivoco, donde todas las verdades tendrían el mismo valor, sino  
al esfuerzo continuo de encontrar un equilibrio proporcional y justo.  
Para ello, resulta igualmente fundamental el reconocimiento del lugar desde el que se enuncia. Beuchot  
lo describe como nuestras referencias; todo aquello que proviene de nuestra experiencia y el  
conocimiento, desde la educación formal hasta los libros que elegimos, las películas que vemos, los  
viajes que realizamos, entre otros elementos.  
Comprender este entramado me ha permitido también reconocer la pertinencia de un dilema  
ligeramente discutido por varios psicoanalistas; que este camino de sensibilización tenga como efecto  
secundario una transformación subjetiva que nos conduzca a formas de vínculo más empáticas,  
sugiriendo que favorece el devenir de una mejor persona, tanto para sí como para los otros. La  
experiencia formativa en este doctorado me ha hecho sentir mejor persona, en tanto mi manera de  
percibir la realidad me sitúa de forma más consciente en el mundo que habitamos, permitiéndome  
recomerme y reconocer cada vez más a los otros, sin descalificarlos o rechazarlos. Desde esta  
perspectiva, para mí, ser buena persona implica poder mirar al otro desde su idiosincrasia18  
reconociéndonos en aquello que compartimos como especie y que nos humaniza.  
Esto es pertinente en todas las disciplinas, sin embargo, en aquellas profesiones cuya finalidad, directa  
o indirectamente, es favorecer el bienestar de las personas, la exigencia ética para transitar este  
camino es aún mayor.  
No pretendo que este énfasis en la ética, se confundida con el mito de la neutralidad y objetividad  
psicoanalítica, que sigue promoviendo la idea errónea, de que es posible no implicar nada de nosotros  
mismos en proceso psicoterapéutico o de análisis grupal. Por el contrario, en el curso de mi propia  
transformación comprendí que la ética, como el conocimiento en general, no se adquiera únicamente  
a través de la consciencia ni mediante imposiciones que terminan por rigidizar la disciplina.  
La ética se construye, más bien, al sentir el mundo interno que nos habita y que está en constante  
movimiento a partir del encuentro con el otro. En ese sentido, hace evidente lo que Hernández-Tubert,  
(2017 en Juan Tubert-Oklander y Reyna Hernández-Tubert, 2014) enfatiza; el individuo y sociedad  
forman una unidad indisoluble, un solo campo y proceso dinámico, porque todos llevamos la sociedad  
dentro, y la sociedad lleva la impronta de sus múltiples individuos. Así la ética se introyecta diferente  
cuando se siente al otro como propio.  
Transitar hacia el paradigma grupal desde esta forma de aproximarme al conocimiento y al otro  
posibilitó un profundo trabajo interior que enriqueció mi práctica clínica bipersonal. Transformó mi  
manera de concebir el trabajo con grupos terapéuticos, me acercó los grupos de aprendizaje desde  
esta perspectiva y me permitió incorporar los grupos de reflexión como una herramienta para atender  
necesidades institucionales y comunitarias. Todo ello se fue cristalizando en lecturas de la realidad  
más crítica y multidimensionales.  
Esta fue una de las principales motivaciones para iniciar este viaje, que ha resultado mucho más  
sorpresivo y grato de lo que imaginaba, aunque también intenso. Percibía la necesidad de salir del  
espacio relativamente cómodo del consultorio que, si bien funge como un lugar sanador, continúa  
operando bajo la lógica que alimenta la fantasía del individuo aislado del mundo. Esa inquietud me  
llevó, desde hace varios años, a involucrarme en proyectos grupales. Sin embargo, advertía un vacío en  
mi formación que me dificultaba comprender lo grupal sin caer en posturas tradicionales.  
18 Proviene del griego idios=propio, synkrasis= temperamento. Se refiere a los rasgos distintivos de un individuo,  
grupo o cultura que se caracterizan de manera única por sus costumbres, comportamientos o reacciones  
particulares (RAE, 2024)  
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Po un lado, no quería situarme en la posición de muchas consultorías que se presentan como expertas  
que llegan a las instituciones a indicarles “como hacer las cosas”, imponiendo así la propia ideología  
como si se tratara de verdades unívocas. Por otro, tampoco resultaba adecuado adoptar una postura  
igualmente equivoca en la que se escucha a todos sin que ello conduzca a transformaciones  
significativas. Además, no era viable ni para múltiples instituciones, ni para mí, atender a todos los  
colaboradores desde la psicoterapia psicoanalítica bipersonal. Tampoco era suficiente ofrecer  
únicamente información útil o realizar actividades que promovieran cierta toma de consciencia sin  
posibilitar cambios reales en vida laboral y personal de quienes participan.  
Los grupos de reflexión, desde el análisis grupal, favorecen el trabajo institucional al proporciona la  
reflexión conjunta sobre las ideologías inconscientes, tanto personales como compartidas, que  
movilizan afectos. Se diferencian de los grupos terapéuticos en que, en lugar de profundizar en dichos  
afectos, parten de ellos para orientarse hacia procesos analíticos y reflexivos que permiten una  
elaboración colectiva.  
En coherencia con esta perspectiva, el doctorado realiza una vez al semestre una actividad  
denominada “La experiencia vivencial”, con una duración aproximada de trece horas distribuidas en  
dos días. En ella nos reunimos con los coordinadores para encarar lo aprendido en un encuentro  
distinto. Más allá de mi participación paralela en terapia grupal y del esfuerzo continuo por integrar los  
aprendizajes a mi formación, estas experiencias resultaron profundamente movilizadoras para pensar,  
percibir y sentir los efectos de la convivencia grupal.  
En ese espacio se hacen evidentes las angustias compartidas, como si existiera una mente común;  
emergen formas similares y divergentes de percibir una misma circunstancia y de sostener nuestras  
creencias; se despliegan los roles entre los integrantes y fenómenos transferenciales hacia los  
coordinadores en tanto figuras de autoridad; surgen acuerdos y desacuerdos, que configuran la trama  
vincular. Todo ello refleja nuestras modalidades habituales de respuesta, en congruencia con el  
contexto que habitamos, las instituciones a las que pertenecemos, las raíces familiares que nos  
constituyen y las estrategias que desarrollamos para vincularnos con el mundo o para huir de él.  
En ese entramado convergen la subjetividad y las dimensiones universales como lo político y lo  
histórico que nos atraviesa colectivamente. A esto los Dres. Tubert lo denominan fenómenos  
transpersonales19. Se trata de fenómenos diversos, amplios y complejos que, para ir más allá de una  
comprensión meramente intelectual, requieren ser vividos y experimentados en la trama misma del  
grupo.  
Pensar lo grupal ha sido controversial desde los inicios de la psicología hasta la actualidad, dejando al  
descubierto el temor que suscita reconocer que estamos inevitablemente vinculados a otros que, en  
apariencia, nos resultan ajenos. Asumir esta interdependencia implica también tolerar la incertidumbre  
que emerge en el encuentro, especialmente si aceptamos que Aquello que se genera en la convivencia  
es producto de todos.  
Frente a ello, el individualismo ofrece cierta “tranquilidad”, sostenida en la fantasía de un control  
omnipotente20 sobre las múltiples circunstancias que, paradójicamente, han conducido en numerosas  
19 Tubert-Oklander (2014) define los fenómenos transpersonales como procesos psíquicos que trascienden al individuo,  
emergiendo la interacción dialéctica entre lo intrapsíquico y lo intersubjetivo. Estos fenómenos incluyen experiencias  
donde los límites entre el “yo” y el “otro” se difuminan, generando una matriz compartida de significado. “Lo transpersonal  
no es ni interno ni externo, sino un espacio intermedio donde se co-construye la experiencia” (Tubert-Oklander, 2014,  
p.112).  
20 El control omnipotente es un mecanismo de defensa descrito en psicoanálisis (especialmente por Melanie Klein y  
Wilfred Bion) en el que el individuo niega su vulnerabilidad y dependencia, actuando bajo la fantasía inconsciente de que  
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ocasiones a graves formas de contaminación, destrucción y guerra. Sin embargo, momentos históricos  
como la pandemia de COVID 201921 nos confrontan con la realidad de nuestra vulnerabilidad  
compartida, esa que con frecuencia nos empeñamos en negar.  
Reconocer la dimensión grupal no supone anular la voluntad subjetiva; por el contrario, implica dejar  
de desconocer los vínculos que nos constituyen como especie. Supone también abrirnos a fenómenos  
que resultan difíciles comprender desde los métodos de investigación tradicionales, considerados  
“válidos y confiables” por su carácter medible, pero que suelen omitir al observador o al grupo de  
observadores que construyen los paradigmas científicos y, con ello, las limitaciones de su aplicabilidad,  
especialmente en disciplinas vinculadas con los procesos emocionales.  
Resulta comprensible, entonces, que aquello más enigmático como lo fue durante décadas el estudio  
del universo y como lo es hoy la exploración de la vida emocional y vincular, sea fuente de grandes  
polémicas atravesadas por la desconfianza. En parte, ello se debe a la dificultad para transmitir o  
explicitar estas experiencias con los parámetros tradicionales del conocimiento. En ese punto emerge  
otro aspecto frecuentemente relegado en la comprensión de la realidad; el lenguaje metafórico22.  
La metáfora permite acceder a la experiencia de manera más profunda que las descripciones  
concretas; por ello, aferrarse exclusivamente al sentido factico y práctico para abordar los fenómenos  
emocionales resulta tan absurdo como pretender que un mismo zapato se ajuste a todos los pies.  
Desde esta perspectiva, y con el fin de visualizar la vasta complejidad colectivo, Foulkes (1964, en  
Tubert-Oklander, 2010) alude a la interconexión entre individuos mediante el concepto de matriz  
relacional. Utiliza el término “matriz” en analogía con los procesos de gestación, crecimiento, crianza,  
y lo vincula también con la imagen de las redes neuronales; lo individual puede pensarse como los  
nódulos, mientras que lo grupal se asemeja a la red de dendritas que genera interconexiones y posibilita  
el funcionamiento del sistema en su conjunto.  
Tubert-Oklander (2010), inspirado en Foulkes, describe la relación grupal como una red de múltiples  
vínculos en la que los individuos funcionan como puntos nodales contenidos y configurados por una  
matriz fundacional23 que posibilita el desarrollo de lo inconsciente. Desde esta perspectiva, el sujeto  
comprenderse asilado, sino siempre inscrito en una trama relacional que lo antecede y constituye.  
En ese sentido, la desesperación es entendida como una experiencia dolorosa y perturbadora que  
emerge cuando se produce una fractura severa en las relaciones que conforman dicha matriz. Si  
consideramos las múltiples circunstancias de nuestro contexto actual desde lo micro hasta lo macro,  
es posible pensar que muchas de ellas han dejado huellas como heridas vinculares compartidas de  
manera inconsciente.  
Esta idea se aproxima a lo que autores como Earl Hopper (2003) han denominado inconsciente social,  
entendido como una dimensión psíquica compartida que emerge en grupos y sociedades, donde  
puede dominar completamente su entorno, sus relaciones e incluso sus emociones, evitando así la ansiedad que genera la  
falta de control real (Klein,1946)  
21 El COVID-19 (Coronavirus Disease 2019) es una enfermedad infecciosa de las vías respiratorias identificado por primera  
vez en China en diciembre del 2019, declarándose pandemia mundial en marzo del 2020  
22 Las metáforas son puentes entre lo individual y colectivo, facilitando la comprensión de experiencias subjetivas y  
fenómenos transpersonales, lo cual ayuda a organizar la experiencia y elaborarla en conjunto tanto en lo bipersonal como  
en lo grupal (Tubert-Oklander,2014)  
23 Para Tubert-Oklander y Hernández de Tubert (2004) la matriz fundacional es el entramado psíquico, emocional y social  
donde se constituye la subjetividad. Esta matriz no es estática, sino un proceso dinámico que surge desde las primeras  
interacciones significativas (vínculos parentales, cuidadores) y se extiende a redes sociales más amplias (grupos,  
instituciones) En grupos, la matriz fundacional se manifiesta a través de roles implícitos, lealtades invisibles y repeticiones  
de conflictos de la infancia.  
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permanecen conflictos, traumas y dinámicas relacionales no han sido elaborados colectivamente. A  
diferencia del inconsciente freudiano, centrado en la visa intrapsíquica individual, o del inconsciente  
jungiano vinculado a arquetipos universales, Hopper sitúa el inconsciente social en experiencias  
históricas y contextos sociopolíticos específicos, tales como guerras, migraciones o genocidios.  
El análisis grupal explora la relación entre la subjetividad de sus integrantes y los contextos más  
amplios en los que inscribe su existencia. Lo hace a través de la interpretación y la discusión colectiva  
de la realidad social y la dimensión política, así como de los conflictos personales e interpersonales  
(Tubert-Oklander,2010). En ese sentido, el grupo se convierte en un espacio privilegiado para hacer  
visible la trama que articula lo intrapsíquico con lo social.  
Ello permite pensar en ideologías, creencias, y heridas sociales que se han transmitido como herencias  
transgeneracionales a través del inconsciente social. Estas huellas se encarnan mitos familiares,  
secretos y lealtades invisibles que, aunque muchas veces no so nombren explícitamente, continúan  
operando y configurando nuestras formas de vincularnos en la actualidad.  
El psicoanálisis también se da cuenta, desde sus orígenes, de la transmisión de una herencia ideológica  
transgeneracional. Freud, sostenía una postura filosófica cercana a lo que se ha denominado la “la  
hermenéutica de la sospecha”; un principio que invitaba a dudar de todo y todos para develar una  
verdad oculta. Esta actitud se refleja tanto en la construcción de su teoría como en su práctica clínica,  
así como en los lineamientos que estableció para delimitar el psicoanálisis y resguardar su coherencia  
interna, evitando que se expandiera más allá de su propio marco conceptual.  
En contraste, autores como Ferenczi, y Rousseau desde las corrientes filosóficas afines a lo que se ha  
llamado la “hermenéutica de la confianza” proponen una aproximación distinta; en lugar de partir de la  
sospecha, se sitúan en la disposición a creer en la verdad del otro, a acoger su experiencia y a  
reconstruir la esperanza. Esta postura también ha permeado la creación de desarrollos teóricos y  
practicas clínicas distintas.  
Para algunos, esta orientación puede parecer idealista o ingenua. Sin embargo, parte de mi propio  
proceso de transformación me ha llevado a experimentar una profunda indignación frente a las  
múltiples situaciones dolorosas del mundo y, al mismo tiempo, a reconocer que una diferencia crucial  
radica en la actitud que adoptamos ante la vida; si nos posicionamos desde la esperanza o la  
desesperación. Siguiendo la analogía de Foulkes y los aportes de Tubert-Oklaneder, la desesperación  
tiende a producir fracturas en la trama colectiva, mientras que la esperanza fortalece la interconexión  
que sostiene y posibilita lo vital.  
Estoy consciente de que me aún me queda un amplio camino por recorrer para responder a las  
necesidades actuales que compartimos como humanidad. Sin embargo, transitar hacia el paradigma  
grupal me ha permitido, como profesionista, otorgar relevancia a fenómenos que con frecuencia pasan  
desapercibidos o se consideran irrelevantes en la comprensión de las heridas que suelen asumirse  
como exclusivamente personales. Al mismo tiempo, este desplazamiento me ha invitado a mirarme de  
manera constante desde los fenómenos compartidos, a permitirme conmover y doler ante las  
experiencias humanas lamentables, y a intentar atravesarlas de forma más activa, buscando generar  
movimientos que nos desplacen del lugar de meros espectadores.  
Este escrito surge del intento por tender puentes entre dimensiones que a menudo se presentan  
disociadas en la comprensión de nosotros mismos. Por ello, al dirigirme a un público amplio, opte por  
incluir notas al pie de página para definir conceptos que, dentro de nuestra disciplina, no requerirían  
mayor explicación. Mi deseo es que la vida emocional y colectiva se vuelva un lenguaje cada vez más  
accesible y compartido.  
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Aprender directamente de quienes han recorrido un largo trayecto teórico y experiencial en el  
psicoanálisis y el análisis grupal; con los coordinadores del doctorado, Juan Tubert-Oklander y Reyna  
Hernández-de Tubert me ha brindado la posibilidad de tener un dialogo directo de sus contribuciones  
y pensamiento. Agradezco su generosidad y su ímpetu de guiarme en la construcción de un  
pensamiento propio, alentándome siempre a ir más allá de sus propias ideas.  
Extiendo también mi gratitud a los autores que nos preceden en esta vasta disciplina y a mis  
compañeros del doctorado, cuyas voces, compartidas durante tres años cada sábado de 9:00 a.m. a  
8:00 p.m., hicieron posible este cambio de paradigma. Sin su presencia, compromiso, y reflexión  
constante frente a las urgencias críticas de nuestro contexto, esta transformación, aún en proceso y  
las elaboraciones que la acompañan no habrían sido posibles.  
CONCLUSIÓN  
A lo largo de este artículo analicé las diferencias y continuidades entre el psicoanálisis relacional y el  
análisis grupal, destacando cómo el tránsito de un paradigma centrado en lo individual hacia uno que  
integra la dimensión colectiva transformó mi comprensión teórica y mi vivencia emocional del ejercicio  
clínico. Retomé los aportes de Sigmund Freud, Enrique Pichon-Rivière y S. H. Foulkes para mostrar que,  
aunque el psicoanálisis reconoció desde sus inicios la importancia del vínculo, el desarrollo del  
pensamiento grupal amplió mi mirada al incluir de manera más explícita la ideología, el contexto  
histórico y el inconsciente social como dimensiones constitutivas de la subjetividad.  
Sostuve que el análisis grupal no es únicamente una técnica para coordinar grupos terapéuticos, sino  
una forma de pensar que me ha exigido revisar críticamente mis propias creencias, valores e  
ideologías. Esta transformación no ha sido solo cognitiva; ha implicado un movimiento ético y  
emocional que ha repercutido directamente en mi práctica clínica bipersonal, en mi acercamiento al  
trabajo institucional y en mi manera de situarme frente a las problemáticas contemporáneas.  
Hoy comprendo con mayor claridad que individuo y sociedad forman una unidad dinámica e  
indisoluble, y que asumir esta perspectiva complejiza, pero también enriquece, la lectura del  
sufrimiento humano. Este proceso no concluye con un grado académico; permanece abierto, en  
movimiento. Me queda la pregunta: ¿Que deseo compartir con quienes lean este trabajo? sobre cómo  
cambiaría nuestra formación y nuestra práctica si desde el inicio integráramos de manera viva y  
experiencial la dimensión grupal. Para mí, este desplazamiento no ha sido solo un cambio teórico, sino  
una transformación en la manera de habitar el mundo y de ejercer con mayor responsabilidad ética la  
profesión que elegí.  
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A
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47(3),  
329346.  
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