INTRODUCCIÓN
Durante las últimas décadas, la educación superior ha experimentado una transformación
significativa impulsada por la globalización, la digitalización y la creciente complejidad del mercado
laboral, lo que ha desplazado el énfasis exclusivo en el conocimiento técnico hacia el desarrollo
integral de competencias transversales. En este contexto, las competencias blandas también
denominadas habilidades socioemocionales o competencias transferibles se han consolidado como
un componente esencial para la formación universitaria contemporánea, debido a su relación directa
con la adaptación académica, la empleabilidad y el desempeño profesional sostenible (Succi &
Canovi, 2020).
Organismos internacionales han señalado que las habilidades interpersonales, la comunicación
efectiva, la colaboración, la adaptabilidad y la autorregulación constituyen competencias críticas para
enfrentar entornos laborales caracterizados por la incertidumbre y el cambio constante (World
Economic Forum, 2023). De manera complementaria, la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económicos (OECD, 2021) destaca que las habilidades socioemocionales influyen no solo
en resultados laborales futuros, sino también en el bienestar personal, la permanencia educativa y la
capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida.
El ingreso a la universidad representa una etapa particularmente sensible dentro de la trayectoria
educativa, ya que implica procesos simultáneos de adaptación académica, social y emocional.
Investigaciones recientes evidencian que los estudiantes con mayores niveles de competencias
blandas presentan mejores indicadores de integración institucional, autorregulación del aprendizaje y
compromiso académico (Credé & Niehorster, 2022). En contraste, déficits en habilidades
socioemocionales pueden incrementar el riesgo de deserción temprana y dificultades de ajuste
durante los primeros semestres universitarios.
A pesar del creciente reconocimiento de estas competencias, gran parte de la investigación en
educación superior continúa abordándolas desde enfoques descriptivos basados en promedios
generales, lo cual limita la comprensión de la heterogeneidad estudiantil. Estudios recientes sugieren
que las competencias blandas no se distribuyen de manera uniforme, sino que configuran perfiles
diferenciados influenciados por experiencias educativas previas, contextos socioculturales y
trayectorias personales (Cinque, 2020; Heckman & Kautz, 2021). Esta diversidad plantea la necesidad
de adoptar metodologías analíticas que permitan identificar patrones latentes dentro de las
poblaciones estudiantiles.
En este sentido, el uso de técnicas multivariadas como el análisis de conglomerados ha emergido
como una estrategia metodológica relevante para clasificar individuos según configuraciones
compartidas de habilidades y comportamientos. Investigaciones recientes en educación superior han
demostrado que la identificación de tipologías estudiantiles facilita el diseño de intervenciones
pedagógicas diferenciadas y fortalece los modelos de aprendizaje centrado en el estudiante
(González-Romá et al., 2021). No obstante, en el contexto latinoamericano aún existe escasa
evidencia empírica que explore la segmentación competencial desde el ingreso universitario.
El instrumento utilizado corresponde a un cuestionario tipo Likert diseñado para evaluar la
percepción del nivel de desarrollo de competencias blandas en estudiantes universitarios. Este tipo
de medición se fundamenta en la teoría de competencias, la cual concibe las habilidades
socioemocionales como conjuntos integrados de comportamientos observables susceptibles de
evaluación mediante autopercepción (Spencer & Spencer, 1993).
Por ello, el presente estudio tiene como objetivo identificar tipologías de estudiantes de nuevo
ingreso a partir de sus perfiles de competencias blandas mediante un análisis de conglomerados,
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 826.