INTRODUCCIÓN
La violencia comunitaria constituye uno de los fenómenos sociales con mayor impacto en la salud
mental de las poblaciones jóvenes a nivel mundial. Los problemas de salud mental representan una
preocupación global significativa, dado que contribuyen en gran medida a la discapacidad y el
sufrimiento, estimándose que afectan al 30% de la población mundial al menos una vez en la vida (Steel
et al., 2014; Vos et al., 2017). Existe una creciente comprensión de que las características sociales y
físicas del entorno vital pueden contribuir a la compleja etiología multifactorial de los trastornos
mentales (Diez Roux, 2007; Lund et al., 2018; O'Brien et al., 2019; Richardson et al., 2015), siendo la
delincuencia y la violencia comunitaria identificadas como estresores clave que median el impacto del
vecindario sobre la salud mental (Lorenc et al., 2012; Galster, 2012). En este sentido, la exposición a la
violencia incrementa el riesgo de que las personas jóvenes desarrollen problemas de salud mental y
física, constituyendo para este grupo un problema de carácter epidémico con efectos debilitantes
sobre su bienestar psicológico (Foell et al., 2021; Finegood et al., 2024).
En el contexto ecuatoriano, esta problemática ha adquirido una dimensión crítica en los últimos años.
Ecuador cerró el primer semestre de 2025 con 4.619 homicidios intencionales, un incremento del 47%
respecto al mismo período de 2024, proyectando un cierre anual superior a 9.000 casos y consolidando
a 2025 como el año más violento de su historia (Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado
[OECO], 2025; Primicias, 2025). Esta escalada, impulsada por disputas territoriales del crimen
organizado vinculado al narcotráfico, genera exposición directa e indirecta a la violencia comunitaria
en la forma de extorsiones, sicariatos y enfrentamientos armados, lo que amplifica los riesgos de salud
mental en la población general y de manera particular en los jóvenes. A este panorama se suma la
preocupación de organismos internacionales como UNICEF Ecuador (2025), que ha instado a romper
el círculo de la violencia contra la niñez, reconociendo que las generaciones más jóvenes son quienes
sufren con mayor intensidad las consecuencias de estos entornos hostiles.
La exposición a la violencia comunitaria abarca una amplia gama de experiencias, que incluyen ser
testigo de actos violentos, vivir en entornos con alta criminalidad o sufrir directamente sus
consecuencias (Jillian, 2022). Ser víctima o presenciar un delito aumenta el riesgo de desarrollar
trastornos mentales, en particular la depresión y el trastorno de estrés postraumático (Fowler et al.,
2009; Lorenc et al., 2012). Estas experiencias generan efectos documentados sobre el bienestar
psicológico de quienes las padecen, siendo los jóvenes uno de los grupos más vulnerables debido a su
etapa de desarrollo cognitivo, emocional y social (Vladislav et al., 2023).
Diversas investigaciones han evidenciado que la exposición a la violencia en el entorno inmediato se
asocia significativamente con el desarrollo de sintomatología ansiosa, depresiva y de estrés
postraumático (Aquino Aguilera, 2025; Andrew et al., 2021; Lennon et al., 2024). En esta misma línea,
Shan et al. (2025) demostraron mediante análisis de redes que las experiencias adversas en la infancia,
incluyendo la exposición a la violencia, generan trayectorias divergentes de psicopatología que se
extienden desde la niñez temprana hasta la adultez media, subrayando la relevancia de intervenir
oportunamente en etapas juveniles.
La ansiedad emerge como una de las respuestas psicológicas más frecuentes y centrales ante la
exposición sostenida a entornos violentos. En la adultez temprana, la ansiedad funciona como un
síntoma iniciador que predice la aparición y amplificación de múltiples síntomas a lo largo del tiempo
en personas con experiencias adversas en la infancia (Jiang et al., 2025). En poblaciones infantiles, la
exposición a la violencia con armas de fuego se asoció con síntomas que incluyen miedo y ansiedad
reportados por los padres (Lennon et al., 2024), mientras que Ahmad et al. (2024) encontraron
correlaciones significativas entre la exposición a la violencia y los niveles de ansiedad en poblaciones
estudiantiles jóvenes.
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2026, Volumen VII, Número 2 p 769.