INTRODUCCIÓN
La Educación Financiera (EF) ha tenido un período de auge recientemente, en particular desde que
ocurrió la crisis financiera del 2007. La EF, o alfabetización financiera, se ha vuelto importante como
un componente fundamental para el desarrollo personal y como impulsor de la mejora económica,
incluso a nivel país. En otras palabras, la EF es indispensable para que las economías familiares
crezcan; propicie el ahorro, la inversión y la acumulación de capital necesarios para alcanzar una
calidad de vida superior. Esto ha motivado a las personas a aumentar sus conocimientos financieros
y a interesarse por realizar investigaciones sobre el asunto.
De acuerdo a Domínguez Martínez (2017, p. 19), el crecimiento de la demanda en EF puede explicarse
por varios factores subyacentes, que incluyen "la constatación del escaso nivel de alfabetización
financiera existente; las dificultades que surgen a partir de la diversidad y complejidad de los productos
financieros ofrecidos; el traspaso de ciertos riesgos financieros del sector público a las personas
individuales; y la certeza sobre los efectos positivos, tanto individuales como sociales, que pueden
estar asociados con los programas de educación financiera". Siguiendo esa línea, Xiao et al. (2014)
sostienen que el auge de la EF obedece a los conocimientos y herramientas adquiridos a través de ella
para tomar decisiones apropiadas en el ámbito financiero, así como a las estrategias implementadas
por diferentes naciones del mundo, que incluyen programas y asuntos dirigidos a aumentar el
conocimiento financiero desde la educación básica hasta la universitaria.
Entidades internacionales como el Banco Mundial (BM), la Red Internacional de Educación Financiera
(INFE) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, por sus siglas en
inglés) propusieron que los países donde están ubicadas incluyan la educación financiera en su plan
escolar, y la meta es mejorar la cultura financiera de comunidades y poblaciones como la mexicana.
Según Klapper, Lusardi y Oudheusden (2015), en naciones desarrolladas como Noruega, Dinamarca y
Suecia, el 71 % de los adultos goza de una educación financiera apropiada. Por otro lado, de los países
que forman parte de la OECD, el 39% de sus adultos llegó al umbral mínimo de cultura financiera
(≥70/100 puntos). En contraste, México alcanzó solo el 30% y puede no representar al total de su
población adulta (OECD/INFE, 2023).
No obstante, los conjuntos demográficos que tienen el mayor atraso en educación financiera son los
jóvenes y los ancianos, tanto en las naciones desarrolladas como en las emergentes (Hung et al., 2009;
Lusardi y Tufano, 2015; van Rooij et al., 2011). Lo anterior demuestra que es importante educar a los
niños y jóvenes entre 10 y 24 años de edad en temas de EF, y que esto debe hacerse desde la infancia
a través de diferentes programas (Birbili y Kontopoulou, 2015), con el fin de ayudarles a adoptar
conductas apropiadas de inversión y pago en su vida adulta (Brown et al., 2016).
En América Latina, la educación financiera y económica se ha vuelto un asunto de interés para los
bancos y las entidades educativas, quienes tienen el objetivo de promover la gestión del dinero y la EF
entre la población. Según Reyes (2002), los bancos centrales son los que poseen la capacidad de
proporcionar la infraestructura y los medios para poner en marcha esta clase de educación en la región.
Aun así, Fabris y Luburiꢀ (2016) indican que es evidente que la educación financiera de niños y jóvenes
en todo el mundo es escasa, lo cual se ve reflejado en los altos niveles de endeudamiento que tienen
las personas adultas.
Para el caso de México, los resultados de las encuestas a nivel nacional más recientes realizadas en
adultos corroboran la apreciación anterior. En estos estudios se evidencia que existen diferencias
notables en la comprensión de conceptos y en la implementación de prácticas financieras sanas según
el nivel educativo. El 56 % de registro de deudas es más común en la población con niveles más altos
de educación, pero esta cifra disminuye al 22 % entre aquellos con menor nivel educativo; la misma
relación ocurre entre quienes informan que llevan un presupuesto de gastos (Comisión Nacional
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2026, Volumen VII, Número 2 p 976.