Georg Simmel (1978) ya había sugerido algo de este orden al plantear que el valor no es una propiedad
intrínseca de las cosas, sino, más bien, una relación social mediada por la distancia, el deseo y el
acceso; lo que permite inferir que el precio no se limita a cuantificar valor, sino que contribuye
activamente a producirlo. Cuanto más restringido aparece el acceso (por su price tag), mayor es la
capacidad del objeto para intensificar el deseo de poseerlo y, al mismo tiempo, para reflejar la
posibilidad de acumular prestigio. Este curioso mecanismo fue identificado por Thorstein Veblen
(1899), quien describió el consumo conspicuo como una práctica mediante la cual ciertos bienes
adquieren valor precisamente por su costo elevado, mientras que Jean Baudrillard (1970) radicalizó
esta noción al sostener que, en las sociedades de consumo, los objetos circulan también como signos.
Así, lo consumido (el postre, la experiencia) no es la cosa en sí misma, sino el sistema de diferencias
que la rodea y que esta contribuye a reproducir. Es así como el precio deja de ser una cifra
aparentemente neutra para convertirse en un verdadero código de acceso.
Distinción, gusto y violencia simbólica
Es en Pierre Bourdieu (1979) donde este fenómeno encuentra una de sus formulaciones más agudas
y precisas. El gusto, lejos de constituir una preferencia (inocente), opera como una forma de
clasificación social. Y es que lo que uno consume, el consumo mismo, puede llegar a expresar
trayectorias, habitus, capitales acumulados y posiciones dentro del espacio social. Consumir un tipo
específico de postre en un sector como el mencionado no constituye una acción simple, una acción
neutral; es, más bien, una práctica inscrita en una trama de jerarquías, afinidades y reconocimientos
mutuos.
Aquel espacio donde ocurre el consumo importa en la misma magnitud que el objeto mismo en
cuestión. En sectores urbanos de altísimo capital económico y cultural, los precios elevados tienden a
naturalizarse y aceptarse como parte del paisaje de lo ordinario y, más aún, del paisaje urbano de alta
valorización simbólica. Es allí, precisamente, donde sale a flote lo que Bourdieu (1979) denominó doxa,
aquel orden de sentido que no requiere justificación, ya que aparece claro, aparece evidente. Interrogar
seriamente el precio de un bien dentro de ese circuito ya implicaría, entonces, develar una cierta
exterioridad respecto del código compartido e innato; es decir, terminaría por delatar, de algún modo,
su lugar dentro del espacio social, y esto constituye una de las formas más precisas de definición de
lo que es la violencia simbólica: tan sutil, tan hábil, que el bien expuesto en la vitrina urbana está
mostrado a todos, pero no es accesible para todos. La vitrina democratiza, entonces, la mirada sin
democratizar el acceso. En esa tensión, en esta dualidad, reside una forma de clasificación cotidiana
cuya eficacia radica, precisamente, en su apariencia de normalidad.
Este constructo adquiere una fuerza particular en contextos periféricos. En economías cuya
desigualdad es la norma, como las latinoamericanas, la exhibición de objetos aspiracionales no solo
diferencia a quienes ya poseen el capital necesario para habitarlos y poseerlos; también organiza el
deseo de quienes no lo tienen. El mercado, entonces, no refleja simplemente la desigualdad; la estetiza,
la vuelve socialmente inteligible y, en ese mismo proceso, la naturaliza y la vuelve cotidiana. Néstor
García Canclini (1995) había señalado que el consumo constituye un espacio de producción de sentido,
de aquella ciudadanía imaginada y pertenencia cultural. Consumir no es solamente adquirir o comprar;
es también inscribirse en narrativas de modernidad, legitimidad, reconocimiento y validación externa.
Consumo aspiracional y clase media en la ciudad jerarquizada
Si para las clases socioeconómicas más acomodadas este tipo de consumo sucede como una práctica
del día a día, para la clase media adquiere una dimensión de corte aspiracional que revela con mayor
precisión su función social. Entonces, la compra ocasional de bienes que son desproporcionadamente
costosos con respecto del ingreso no responde, necesariamente, a un error de cálculo o al consumo
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2026, Volumen VII, Número 2 p 1666.