Cuando la relación no cubre las necesidades ni las expectativas individuales, puede convertirse en una
fuente de molestia y frustración, generando afectaciones emocionales. A pesar de ello, muchas
personas permanecen en una relación por diversas razones, tales como el amor, el temor a la soledad,
la costumbre, la dependencia económica, las creencias religiosas, la preservación de la estructura
familiar, la presión social o familiar, o el miedo a afrontar en solitario las dificultades de la vida. Estos
factores pueden propiciar la justificación de la permanencia en vínculos conflictivos y deteriorados, en
los que no solo no se satisfacen las necesidades personales, sino que incluso se toleran situaciones
negativas, como la violencia, con el fin de conservar la relación (Estrada & Pérez, 2023; Urbano et al.,
2021).
El periodo denominado adultez emergente —que abarca aproximadamente de los 18 a los 29 años—
se caracteriza por ser una etapa de notable inestabilidad y rasgos particulares (Arnett et al., 2007;
2014). Entre sus características centrales se encuentra la consolidación de relaciones románticas
socialmente valoradas, en las cuales se adquieren y ponen en práctica diversas formas de afrontar los
conflictos, incluyendo, en algunos casos, la violencia (Sebastian et al., 2010).
Las estadísticas indican que la situación conyugal influye en el nivel de violencia que pueden
experimentar las mujeres mexicanas. Los datos muestran que el 5.7% de las mujeres casadas o en
unión reportan violencia; sin embargo, esta cifra aumenta al 16.6% en mujeres divorciadas y alcanza el
25.8% en mujeres solteras. Además, en los distintos periodos analizados (2006, 2011, 2016 y 2021) se
mantiene una prevalencia cercana al 33.3% de violencia.
El estudio de la violencia en parejas jóvenes resulta especialmente relevante debido a su alta
prevalencia, la cual tiende a incrementarse durante la adolescencia y alcanza un punto máximo entre
los 20 y 25 años (O'Leary y Slep, 2011). Asimismo, en la adultez emergente se configuran patrones de
interacción en relaciones afectivas duraderas que probablemente se mantendrán en etapas
posteriores de la vida (Wekerle y Wolfe, 1999).
De acuerdo con Johnson (2011), pueden identificarse dos modalidades predominantes de violencia en
la pareja: el terrorismo íntimo y la violencia situacional. La primera corresponde a una forma de
violencia caracterizada por el control coercitivo, ejercida principalmente por hombres en relaciones
heterosexuales y vinculada a factores de género y estereotipos. En contraste, la violencia situacional
puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres y surge en el contexto de conflictos
específicos, asociada a las dinámicas interpersonales y a las habilidades individuales para la
resolución de problemas (Love et al., 2020).
Uno de los principales factores de riesgo para la violencia situacional es la manera en que se gestionan
los conflictos (Love et al., 2020). El conflicto constituye un fenómeno inherente e inevitable en las
relaciones humanas, que aparece cuando dos o más personas perciben incompatibilidad en sus metas,
intereses o valores, y consideran al otro como un impedimento para alcanzar sus objetivos personales
(Montes et al., 2014). Por ello, toda relación implica la posibilidad de desacuerdos, especialmente en
vínculos cercanos como el de pareja, donde la proximidad y la frecuencia de interacción incrementa
dicha probabilidad (Echeburúa y Corral, 1998; Flores et al., 2005; Linares, 2006). En este contexto, el
conflicto de pareja puede entenderse como la existencia de desacuerdos u obstáculos percibidos por
sus miembros, que emergen ante intereses contrapuestos o malentendidos y que pueden derivar en
discusiones, insatisfacción o frustración (Hurtado et al., 2004; Isaza, 2011; López et al., 2013).
No obstante, la diferencia entre una pareja funcional y una disfuncional no radica en la presencia de
discrepancias, sino en la manera en que estas se afrontan y resuelven (Flores et al., 2004). La evidencia
científica señala que el estilo de manejo de conflictos puede actuar como un factor de riesgo o, por el
contrario, como un elemento protector frente a la violencia en hombres y mujeres (Moral de la Rubia y
Ramos, 2016).
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, mayo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 2252.