Bastet los posicionó como figuras sagradas vinculadas al hogar, la fertilidad y la protección. Esta
veneración se reflejaba en prácticas como la momificación y el duelo ritual tras su muerte, lo que
evidencia un vínculo que integraba lo práctico con lo espiritual (Girola, 2019; González, 2025).
En Mesopotamia, los perros también adquieren un significado simbólico complejo. Asociados a la
diosa Gula, eran considerados agentes de sanación debido a la creencia en las propiedades curativas
de su saliva. No obstante, esta misma especie era reconocida como portadora de enfermedades como
la rabia, lo que reforzaba su carácter dual como sanador y peligroso (Alonso, 2024).
En la antigua Grecia, el perro fue comprendido desde diversas perspectivas. Por un lado, se le asociaba
con la transgresión de normas morales, representándolo como un ser impulsivo cuya conducta justifica
su uso como calificativo negativo hacia las personas (Andrade, 2011). En contraste, también se le
reconocía como símbolo de protección, al aparecer en relatos donde actúa como guardián frente a
amenazas tanto reales como sobrenaturales, lo que le otorga un sentido que trasciende lo cotidiano,
consolidando su imagen como compañero fiel, capaz de establecer vínculos afectivos profundos y
persistentes con los seres humanos, destacando su lealtad a lo largo del tiempo, esto queda más que
bien representado en la Odisea de Homero, en la venganza de Ítaca, con Argos, el perro de Ulises
(Girola, 2019).
En las culturas mesoamericanas, particularmente en la cosmovisión maya, los animales desempeñan
un papel central en la interpretación del mundo. El perro, por ejemplo, fue concebido como un guía
espiritual que acompañaba a las almas en su tránsito hacia el inframundo, lo que explica su presencia
en rituales funerarios. Asimismo, especies como el jaguar, el coyote y el tlacuache fueron dotadas de
significados específicos relacionados con la fuerza, la astucia, la fertilidad y la transgresión,
integrándose en narrativas que explicaban el orden cósmico y social (Hernández, 2026).
De igual forma, en la tradición judeocristiana, los animales ocupan un lugar relevante en los relatos
fundacionales. En el Génesis, su creación se presenta como parte esencial del orden divino,
estableciendo una relación de dominio humano sobre ellos, pero también de coexistencia. Sin
embargo, ciertos animales adquirieron connotaciones simbólicas particulares, como la serpiente,
asociada con la transgresión y el conocimiento, o el pelícano, utilizado como metáfora del sacrificio en
el arte cristiano (Echeverri, 2025).
Filosofía y construcción de la diferenciación animal
El desarrollo del pensamiento filosófico occidental introdujo una nueva forma de comprender la
relación entre humanos y animales, caracterizada por la construcción de una frontera conceptual entre
ambos. Desde la antigüedad, autores como Alcmeón de Crotona señalaron que la capacidad de pensar
constituía el rasgo distintivo del ser humano, estableciendo una separación entre percepción sensorial
y pensamiento racional (Cuesta, 2024).
Esta diferenciación fue reforzada por pensadores posteriores, quienes consolidaron una visión
antropocéntrica que situaba al ser humano en la cúspide de una jerarquía natural. En la Edad Media,
esta perspectiva se articuló con postulados teológicos que negaban a los animales la posesión del
alma, limitando su valor a su utilidad para los humanos (Echeverri, 2025).
Como parte de la filosofía moderna, René Descartes radicalizó esta postura al proponer una visión
mecanicista de los animales, considerándolos autómatas carentes de mente. Según esta concepción,
sus comportamientos podían explicarse exclusivamente a partir de procesos fisiológicos, sin
necesidad de atribuirles conciencia o intencionalidad (García, 2020). Esta idea tuvo profundas
implicaciones éticas, ya que legitimó prácticas que ignoraban el sufrimiento animal.
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, mayo, 2026, Volumen VII, Número 2 p 2886.