INTRODUCCIÓN
El cambio climático es un motivo de preocupación a nivel mundial que se ha ido incrementando a lo
largo de los años, evidenciado en la contaminación del aire, agua y suelos, el calentamiento global, la
deforestación y los incendios forestales. Lo anterior ha sido puesto en evidencia por diferentes
organismos internacionales e investigaciones. En este sentido a nivel internacional se advierte desde
1960 una serie de conferencias organizadas por UNESCO, seguidas de la Conferencia de Estocolmo
(1972), la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 (Palmer, 1998), la Agenda 21 de las Naciones
Unidas para la Educación para el Desarrollo Sostenible (Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la cultura 2010).
Más recientemente, Hansen, Kharecha, Sato, et al. (2025), Van de Wetering, Leijten, Spitzer & Thomaes.
(2022), así como el programa de las Naciones Unidas para el Medio ambiente (PNUMA, 2023), expertos
norteamericanos y latinoamericanos, incluyendo representantes de México, han encontrado que el
problema del cambio climático tiene graves consecuencias y es necesario realizar acciones que
involucren tanto la política como la educación para enfrentarlo en el siglo XXI. De hecho, la educación
ambiental se contempla como una estrategia clave para generar conciencia, valores
comportamientos orientados a la sostenibilidad.
y
El interés por la educación ambiental se ha ido incrementando a lo largo de los años. En los sesenta,
sus objetivos se centran en difundir y fomentar el conocimiento del público acerca de los problemas
del medio ambiente, así como incrementar la motivación y habilidades para su protección.
Posteriormente, se comenzó a apoyar la sostenibilidad ambiental por medio de la creación de
programas de protección (Kopnina, 2012; Pavlova, 2013). Estos programas se han llevado a cabo tanto
en ambientes tanto informales como formales y utilizado una variedad de estrategias para fomentar el
aprendizaje de los estudiantes (Eshach, 2007, Stern et al., 2014).
En México, el desarrollo de la educación ambiental se inicia desde los años setenta debido a la
influencia de las presiones a nivel internacional (González-Gaudiano, 2001, 2007). Entre las acciones
realizadas en este periodo se encuentra la inclusión de contenidos sobre ecología, con un enfoque
conservacionista centrado en la protección de la flora y fauna.
Entre 1990 a 2000, se incorpora formalmente la educación ambiental en los programas educativos, se
desarrollan políticas de educación con influencia de la Cumbre de Rio de 1992. La educación ambiental
vincula la protección con los aspectos económicos y sociales.
Entre 2000 a 2015, debido a la influencia de la Década de la Educación de Desarrollo Sostenible de la
UNESCO, el currículo escolar integra la educación ambiental se integra de forma transversal en el país
con la intención de promover una formación que influya en la vida de las personas (Rodríguez y García,
2009). Asimismo, comienza la creación de ONG, trabajando con comunidades e instituciones de
educación superior, se fomenta la responsabilidad y participación social.
De 2015 a la fecha, la educación ambiental se relaciona con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, se
fomenta una educación crítica y comunitaria, orientada a la toma de decisiones ambientales de forma
crítica, considerando la equidad y de los derechos humanos de los ciudadanos.
Estas ideas se vinculan con los fundamentos de la política educativa de la Nueva Escuela Mexicana
(NEM) que inicia en 2019 (Secretaría de Educación Pública, 2019). La educación ambiental se integra
en el nuevo currículo como parte del campo formativo de saberes y pensamiento crítico, donde se
enseña de forma transversal a lo largo del currículo en articulación con los ejes del modelo educativo
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, junio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 554.