regionales al anticipar mejoras en los resultados de aprendizaje y en la formación de ciudadanos más
resilientes y comprometidos. En consecuencia, el desarrollo de habilidades emocionales se posiciona
como un elemento central en las estrategias educativas destinadas a aumentar la competitividad
regional y promover el crecimiento y la prosperidad a largo plazo (Aguilar & Quiñones, 2022).
La noción de inteligencia emocional incluye, entre sus componentes, el análisis de las emociones, que
han sido estudiadas, con diversos grados de estructura, en disciplinas como la psicología, la
psicobiología y las neurociencias del comportamiento desde finales del siglo XIX y principios del siglo
XX. También incorpora el concepto de inteligencia, que fue ampliamente examinado por psicólogos a
lo largo del siglo XX, cuando se intensificaron los esfuerzos por analizar y medir esta capacidad. Fue
durante este período que investigadores como Mayer y Salovey (1993), psicólogos de la Universidad
de New Hampshire, acuñaron el término "inteligencia emocional", integrando las capacidades
intrapersonales e interpersonales bajo esta categoría.
A través de este enfoque, el objetivo era caracterizar un conjunto de habilidades emocionales
consideradas fundamentales para lograr el éxito personal y social, incluyendo la empatía, la expresión
y comprensión emocional, la autorregulación, la autonomía, la adaptabilidad, la simpatía, la resolución
de conflictos interpersonales, la perseverancia, así como la cordialidad, la amabilidad y el respeto.
Estas competencias se integran en el modelo tetradimensional formulado por Mayer y Salovey (1997),
que incluye: (1) la capacidad de percibir, evaluar y expresar emociones; (2) la capacidad de facilitar el
pensamiento a través de los estados emocionales; (3) la comprensión y análisis de las emociones a
través del conocimiento emocional; y (4) la regulación emocional orientada tanto al desarrollo afectivo
como cognitivo. Este constructo se basa en contribuciones anteriores, como la noción de inteligencia
instintiva propuesta por Binet y Simon (1908), la inteligencia social avanzada por Thorndike (1920) y la
teoría de las inteligencias múltiples de Gardner (1993), que conceptualiza la inteligencia como "el
potencial biopsicológico para procesar información que puede ser activado en un contexto cultural
para resolver problemas" (p. 301). En una línea complementaria, Mayer y Cobb (2000) describen la
inteligencia emocional como la capacidad de gestionar la información emocional, abarcando procesos
como la percepción, asimilación, comprensión y regulación de las emociones (p. 273).
Según Mayer et al. (2000, p. 109), la inteligencia emocional es la capacidad de procesar la información
emocional de manera precisa y eficiente, incluyendo la capacidad de percibir, asimilar, comprender y
regular las emociones. Inteligencia emocional se refiere a la capacidad de identificar, comprender y
gestionar tanto las propias emociones como las de los demás. Este concepto, popularizado por Daniel
Goleman en su obra de 1995, abarca varias habilidades esenciales que permiten a los individuos
interactuar eficazmente en diversas situaciones sociales y personales. Las características más
relevantes de la inteligencia emocional se detallan a continuación.
Desde una perspectiva teórica, la inteligencia emocional se ha explicado a través de varios modelos.
Uno de los más influyentes es el modelo de habilidades propuesto por Mayer y Salovey (1997), que
concibe la inteligencia emocional como un conjunto de habilidades cognitivas y emocionales
organizadas jerárquicamente. Estas habilidades incluyen la percepción, asimilación, comprensión y
regulación de las emociones, tanto las propias como las de los demás. Este modelo ha servido como
base teórica para numerosos estudios empíricos y para el diseño de programas de educación
emocional en entornos escolares, debido a su énfasis en el desarrollo de habilidades que pueden ser
enseñadas y fortalecidas en contextos educativos.
Además, se han desarrollado los llamados modelos mixtos o de rasgos, que integran la inteligencia
emocional con los rasgos de personalidad y las competencias sociales. Entre estos, destaca el modelo
propuesto por Bar-On (1997), que postula la existencia de un cociente emocional complementario al
cociente intelectual, así como el modelo de Goleman (1995), que enfatiza componentes
motivacionales y sociales como la empatía, las habilidades interpersonales, el liderazgo y la
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, junio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 960.