riesgo psicosocial, que justifica la implementación de estrategias de prevención y manejo del estrés
dentro de la población universitaria.
Seguidamente, en relación con el uso de anticonceptivos hormonales, los resultados del presente
estudio muestran que aproximadamente un 33 % de las participantes los utilizan, con un tiempo de uso
más frecuente entre 6 y 24 meses (53,85 %). Estos hallazgos indican que un tercio de las estudiantes
está expuesto a un factor de riesgo que, sostenida por evidencia científica, puede tener implicaciones
en la salud, esto se debe a que, a nivel fisiopatológico, la exposición a estrógenos y progestágenos
puede estimular la proliferación del tejido mamario, inhibir la apoptosis y modificar el microambiente
tumoral, facilitando la persistencia de células con potencial maligno (Mørch et al, 2017).
Sin embargo, los resultados muestran una exposición relativamente corta, considerando que estudios
epidemiológicos han señalado que el aumento del riesgo es más evidente con usos prolongados
superiores a 5–10 años. En este sentido, los hallazgos sugieren que la población estudiada presenta
una exposición moderada a este factor, y aunque no implica un riesgo elevado en el corto plazo, el
seguimiento del tiempo de uso y la educación sobre salud reproductiva resultan importantes para
prevenir posibles efectos acumulativos a largo plazo.
Con relación al aspecto de la actividad física, los resultados del presente estudio evidenciaron una alta
proporción de sedentarismo en la población evaluada; es decir, el 89,29 % de las participantes no
alcanza los 150 minutos semanales de actividad física que recomienda la Organización Mundial de la
Salud y solo el 10,71 % son los que cumple con dichos criterios. Con base a la literatura científica se
señala que el sedentarismo puede favorecer alteraciones metabólicas como la disminución de la
sensibilidad a la insulina, la hiperinsulinemia y el aumento de marcadores inflamatorios, además de
contribuir al incremento de peso y a la acumulación de grasa visceral, la cual es metabólicamente
activa y participa en la producción de estrógenos y en procesos inflamatorios (Oliva et al, 2019).
Asimismo, estudios epidemiológicos han demostrado que la actividad física ejerce un efecto protector,
observándose reducciones del riesgo de cáncer de mama entre el 20 % y el 80 % en mujeres físicamente
activas, así como una disminución aproximada del 6 % en el riesgo por cada hora adicional de ejercicio
semanal (Ratajczak-Pawłowska et al, 2025). En este contexto, la elevada prevalencia de sedentarismo
observada en esta población sugiere la presencia de un factor de riesgo modificable.
En relación con los hábitos alimentarios, los resultados del presente estudio muestran que el consumo
de frutas y verduras en la población evaluada es limitado, ya que la mayoría de las participantes reportó
consumirlas únicamente entre 3 y 4 días por semana con un 43,37 %, un 40,82 % de 1 a 2 días por
semana y el 8,67% indicó no consumirlas durante la semana, mientras que sólo 7,14 % indicó
consumirlas cinco o más días por semana. Estos hallazgos sugieren que un porcentaje importante de
las estudiantes no alcanza una frecuencia de consumo considerada óptima para este grupo de
alimentos, ya que según la Organización mundial de la Salud lo ideal es consumirla los 7 días a la
semana y 5 porciones diarias (World Health Organization, 2026)
En relación con el consumo de alimentos ultraprocesados, el 55,1% de las participantes reportó
consumirlos entre 1 y 2 días por semana, lo que se considera ocasional, mientras que el 25,2% lo hace
3-4 días o más, superando la frecuencia recomendada de limitarlos a consumos esporádicos,
evidenciando que aunque una parte mantiene un consumo moderado, existe un grupo considerable
con patrones menos saludables. Respecto a las bebidas azucaradas, el 36,22% las consume 1-2 días
por semana y el 31,63% 3-4 días por semana, indicando una frecuencia moderada en la mayoría,
mientras que el 13,27% las consume 5 o más días por semana. La evidencia científica señala que una
dieta rica en grasas saturadas, azúcares y alimentos ultraprocesados, y pobre en frutas y verduras,
puede favorecer el aumento de la adiposidad corporal y generar alteraciones metabólicas que influyen
en el riesgo de cáncer de mama (Oliva et al, 2015). En este sentido, los resultados sugieren que la
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, junio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 1558.