La vulnerabilidad bioética como determinante de la  
fragilidad humana: fundamentos para un modelo de cuidado  
preventivo centrado en la persona  
Bioethical vulnerability as a determinant of human frailty: foundations for  
a person-centered preventive care model  
Paola Gabriela Trujillo Salazar  
Instituto Mexicano del Seguro Social. Medicina Preventiva, Unidad de Medicina Familiar No.18  
Villa de Álvarez, Col. México  
Juan Manuel Deniz Andrede  
Instituto Mexicano del Seguro Social. Medicina Preventiva, Unidad de Medicina Familiar No.18  
Villa de Álvarez, Col. México  
Osiris del Rocio Aguilar Monroy  
Instituto Mexicano del Seguro Social. Coordinación médica, Unidad de Medicina Familiar No. 18  
Villa de Álvarez, Col. México  
Artículo recibido: 24 de febrero de 2026. Aceptado para publicación: 08 de julio de 2026.  
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.  
Resumen  
La fragilidad humana constituye un problema prioritario en los sistemas de salud debido al  
envejecimiento poblacional y al aumento de las enfermedades crónicas. Aunque los modelos  
contemporáneos han mejorado su identificación clínica, persisten limitaciones para explicar las  
dimensiones éticas y antropológicas implicadas en su desarrollo. El objetivo de este trabajo fue  
estructurar un marco conceptual de la vulnerabilidad bioética como determinante de la fragilidad  
humana y fundamentar un modelo de cuidado preventivo centrado en la persona. Se realizó una  
revisión teórico-conceptual integradora mediante la consulta de PubMed, Scopus y SciELO,  
complementada con literatura filosófica, bioética y de ciencias del cuidado. Se analizaron estudios  
sobre fragilidad, vulnerabilidad, autonomía, dignidad humana y cuidado desde una perspectiva  
ontológica, ético-asistencial y clínico-funcional. Los hallazgos mostraron que los modelos de  
fragilidad describen adecuadamente el deterioro funcional, pero explican de forma limitada los  
procesos relacionados con la vulnerabilidad, la autonomía y la participación social. A partir de esta  
integración se propuso un modelo conceptual en el que la vulnerabilidad bioética antecede a la  
disminución de autonomía, la pérdida de participación, el deterioro funcional y la fragilidad. Se  
concluye que la vulnerabilidad bioética amplía la comprensión de la fragilidad humana y proporciona  
fundamentos para diseñar estrategias preventivas orientadas a preservar la dignidad, la autonomía y  
el cuidado centrado en la persona.  
Palabras clave: fragilidad humana, vulnerabilidad bioética, autonomía relacional, dignidad  
humana  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2937.  
Abstract  
Human frailty has become a priority issue for healthcare systems due to population aging and the  
increasing prevalence of chronic diseases. Although contemporary frailty models have improved its  
clinical identification, important limitations remain in explaining the ethical and anthropological  
dimensions involved in its development. The aim of this study was to develop a conceptual framework  
of bioethical vulnerability as a determinant of human frailty and to provide a foundation for a person-  
centered preventive care model. An integrative theoretical-conceptual review was conducted using  
PubMed, Scopus, and SciELO databases, complemented by philosophical, bioethical, and caring  
science literature. Studies addressing frailty, vulnerability, autonomy, human dignity, and care were  
analyzed from ontological, ethical-care, and clinical-functional perspectives. The findings showed that  
current frailty models adequately describe functional decline but provide limited explanations  
regarding processes related to vulnerability, autonomy, and social participation. Based on this  
integration, a conceptual model was proposed in which bioethical vulnerability precedes reduced  
autonomy, loss of participation, functional decline, and frailty. The study concludes that bioethical  
vulnerability broadens the understanding of human frailty and provides a theoretical basis for  
preventive strategies aimed at preserving dignity, autonomy, and person-centered care.  
Keywords: human frailty, bioethical vulnerability, relational autonomy, human dignity  
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Cómo citar: Trujillo Salazar, P. G., Deniz Andrede, J. M., & Aguilar Monroy, O. del R. (2026). La  
vulnerabilidad bioética como determinante de la fragilidad humana: fundamentos para un modelo de  
cuidado preventivo centrado en la persona. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2938.  
INTRODUCCIÓN  
El envejecimiento poblacional constituye uno de los fenómenos demográficos más significativos del  
siglo XXI y representa un desafío creciente para los sistemas de salud a nivel mundial. El aumento  
sostenido de la esperanza de vida, junto con la mayor prevalencia de enfermedades crónicas,  
discapacidad y dependencia, ha incrementado el interés por comprender los factores que condicionan  
la pérdida de funcionalidad y autonomía en las personas mayores. En este contexto, la fragilidad  
humana ha emergido como un concepto central en la geriatría, la salud pública y las ciencias del  
cuidado, debido a su asociación con eventos adversos como hospitalización, institucionalización,  
discapacidad, disminución de la calidad de vida y mortalidad prematura (Clegg et al., 2013).  
La fragilidad ha sido conceptualizada desde diferentes perspectivas teóricas. Entre los modelos más  
influyentes destacan el fenotipo de fragilidad propuesto por Fried et al. (2001), centrado en la  
disminución de la reserva fisiológica y la vulnerabilidad frente a factores estresantes, y el modelo de  
déficit acumulado desarrollado por Rockwood y Mitnitski (2007), que interpreta la fragilidad como el  
resultado de la acumulación progresiva de alteraciones clínicas y funcionales. Posteriormente,  
Gobbens et al. (2010) ampliaron esta comprensión mediante un enfoque multidimensional que  
incorpora dimensiones físicas, psicológicas y sociales. Estos modelos han contribuido de manera  
significativa a la identificación, evaluación y prevención de la fragilidad en diversos contextos  
asistenciales.  
Sin embargo, a pesar de sus aportaciones, persisten debates respecto a la capacidad de estos  
enfoques para ofrecer una comprensión integral del fenómeno. Diversos autores han señalado que la  
fragilidad suele abordarse prioritariamente a partir de indicadores observables y medibles, lo que puede  
favorecer interpretaciones centradas en el deterioro funcional y en la enfermedad, dejando en segundo  
plano aspectos relacionados con la experiencia humana de la dependencia, la autonomía, el  
reconocimiento social y las necesidades de cuidado. Esta situación plantea la necesidad de explorar  
marcos conceptuales complementarios que permitan comprender la fragilidad más allá de sus  
manifestaciones clínicas y funcionales.  
En este escenario, la bioética aporta herramientas teóricas relevantes para analizar las condiciones  
humanas que preceden o acompañan los procesos de fragilidad. Particularmente, el concepto de  
vulnerabilidad ha adquirido una importancia creciente en la reflexión bioética contemporánea. Lejos de  
limitarse a una condición de riesgo o susceptibilidad al daño, la vulnerabilidad es entendida como una  
característica inherente a la existencia humana, vinculada a la finitud, la dependencia y la necesidad de  
relaciones de cuidado y reconocimiento (De la Torre Díaz, 2017; UNESCO, 2005). Desde esta  
perspectiva, la vulnerabilidad no constituye únicamente una consecuencia de la enfermedad o del  
envejecimiento, sino una condición fundamental que influye en la manera en que las personas  
enfrentan situaciones de deterioro, dependencia y pérdida de capacidades.  
A pesar de la relevancia que la vulnerabilidad ha adquirido dentro de la bioética, la literatura muestra  
una limitada integración entre este concepto y los modelos contemporáneos de fragilidad. La mayor  
parte de los estudios analizan ambos fenómenos de manera independiente, generando un vacío teórico  
respecto al papel que la vulnerabilidad bioética podría desempeñar como determinante de la fragilidad  
humana. Este vacío resulta particularmente evidente en aspectos relacionados con la autonomía, la  
dignidad, la participación social y las condiciones de cuidado, elementos que influyen de manera  
decisiva en la capacidad de las personas para mantener su funcionalidad y bienestar a lo largo del  
curso de vida.  
A partir de esta problemática surge la siguiente pregunta de investigación: ¿puede la vulnerabilidad  
bioética constituirse como una categoría explicativa de la fragilidad humana y fundamentar modelos  
de cuidado preventivo centrados en la persona?  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2939.  
Con el propósito de responder a esta interrogante, el presente trabajo tiene como objetivo estructurar  
un marco conceptual de la vulnerabilidad bioética como determinante de la fragilidad humana,  
integrando dimensiones ontológicas, éticas, relacionales y asistenciales para fundamentar un modelo  
de cuidado preventivo centrado en la persona. Para ello, se realiza una revisión y análisis crítico de la  
literatura relacionada con la fragilidad, la vulnerabilidad bioética, la autonomía, la dignidad humana y  
las teorías del cuidado.  
Conceptualmente, el estudio entiende la fragilidad como una condición multidimensional caracterizada  
por la disminución de reservas y capacidades que incrementan la susceptibilidad a resultados  
adversos, mientras que la vulnerabilidad bioética se concibe como una categoría que integra la  
condición ontológica de vulnerabilidad, la autonomía relacional, la dignidad humana y las condiciones  
sociales del cuidado. Temporalmente, la revisión se centra principalmente en la literatura  
contemporánea desarrollada desde comienzos del siglo XXI hasta la actualidad, sin excluir obras  
clásicas de referencia indispensables para la fundamentación filosófica y bioética del análisis.  
Desde esta perspectiva, el trabajo propone una aproximación integradora que articula los aportes de la  
geriatría, la bioética y las ciencias del cuidado con el fin de ampliar la comprensión de la fragilidad  
humana y contribuir al desarrollo de estrategias preventivas orientadas a preservar la autonomía, la  
participación social, la dignidad y el bienestar de las personas.  
METODOLOGÍA  
Diseño del estudio  
Se realizó una revisión teórico-conceptual integradora orientada a analizar la relación entre  
vulnerabilidad bioética y fragilidad humana, así como a construir un marco explicativo que permitiera  
comprender la fragilidad desde una perspectiva interdisciplinaria. Este tipo de revisión resulta  
particularmente adecuado para la exploración de conceptos complejos que involucran dimensiones  
clínicas, filosóficas, éticas y sociales, permitiendo la integración crítica de conocimientos provenientes  
de diferentes campos disciplinares.  
Fuentes de información y estrategia de búsqueda  
La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo entre enero y marzo de 2026 mediante la consulta  
sistemática de diversas fuentes académicas nacionales e internacionales. Se revisaron las bases de  
datos PubMed, Scopus, SciELO, Redalyc y Dialnet, así como repositorios académicos de amplia  
difusión científica como Google Scholar, Academia.edu y ResearchGate. De manera complementaria,  
se consultaron catálogos bibliográficos universitarios, libros especializados  
y
documentos  
institucionales relacionados con bioética, filosofía, ciencias del cuidado, gerontología y envejecimiento  
humano.  
Se utilizaron combinaciones de palabras clave en español e inglés, entre las que destacaron: frailty,  
human frailty, vulnerability, bioethical vulnerability, bioethics, autonomy, relational autonomy, human  
dignity, care ethics, aging, older adults, fragilidad, vulnerabilidad, bioética, autonomía, dignidad humana  
y cuidado. Los términos fueron combinados mediante operadores booleanos (AND y OR) para ampliar  
o delimitar los resultados de acuerdo con los objetivos de la revisión.  
La búsqueda se concentró principalmente en publicaciones científicas correspondientes a la última  
década con el propósito de identificar el estado actual del conocimiento sobre la relación entre  
vulnerabilidad, bioética y fragilidad humana. Como resultado de este proceso se localizaron más de  
cincuenta publicaciones científicas potencialmente relevantes. Tras una evaluación crítica de  
pertinencia temática, consistencia conceptual, impacto académico y contribución al objetivo central  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2940.  
del estudio, se seleccionaron ocho artículos científicos considerados fundamentales para el análisis  
de la fragilidad humana y su relación con la vulnerabilidad.  
Dado que el propósito de esta investigación fue desarrollar una reflexión teórico-conceptual e  
interdisciplinaria más que realizar una síntesis exclusivamente empírica, se otorgó especial relevancia  
al sustento filosófico y bioético del fenómeno estudiado. Por esta razón, además de los artículos  
científicos seleccionados, se incorporaron once libros especializados considerados obras de  
referencia y textos clásicos en filosofía, antropología filosófica, bioética y ciencias del cuidado, cuyas  
contribuciones han sido determinantes para la comprensión contemporánea de conceptos como  
vulnerabilidad, dependencia, dignidad humana, responsabilidad, autonomía y cuidado.  
Asimismo, se incluyó un documento normativo internacional de especial relevancia, la Declaración  
Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO, debido a su aporte para la  
fundamentación ética de la vulnerabilidad humana y la protección de la dignidad de las personas en  
contextos de dependencia y fragilidad.  
En total, la revisión integró veinte fuentes documentales: ocho artículos científicos, once libros  
especializados y un documento normativo internacional. La selección respondió a criterios de  
relevancia conceptual, rigor académico, influencia teórica y capacidad explicativa para sustentar la  
propuesta de la vulnerabilidad bioética como fundamento interpretativo de la fragilidad humana.  
Criterios de inclusión y exclusión  
Se incluyeron artículos científicos, revisiones, libros y capítulos de libro que abordaran al menos uno  
de los siguientes temas: fragilidad humana, vulnerabilidad, vulnerabilidad bioética, autonomía, dignidad  
humana, ética del cuidado o modelos conceptuales relacionados con el envejecimiento y la  
dependencia. Asimismo, se incorporaron textos clásicos de autores ampliamente reconocidos en los  
campos de la filosofía, la bioética y las ciencias del cuidado, debido a su relevancia para la  
fundamentación conceptual del estudio.  
Los criterios de inclusión fueron los siguientes:  
Publicaciones relacionadas con fragilidad, vulnerabilidad, autonomía, dignidad humana,  
bioética o cuidado.  
Estudios teóricos, revisiones, investigaciones empíricas y documentos normativos relevantes  
para el tema.  
Publicaciones disponibles en español o inglés.  
Literatura científica publicada preferentemente durante los últimos diez años.  
Obras clásicas consideradas fundamentales para el análisis filosófico y bioético de la  
vulnerabilidad y el cuidado.  
Se excluyeron documentos duplicados, publicaciones sin acceso al texto completo, estudios cuyo  
contenido no guardara relación directa con los objetivos de la revisión y trabajos centrados  
exclusivamente en aspectos biomédicos sin vinculación conceptual con la vulnerabilidad, la autonomía  
o el cuidado.  
Análisis y síntesis de la información  
La información seleccionada fue sometida a un proceso de análisis conceptual comparativo orientado  
a identificar convergencias, divergencias y vacíos teóricos en la literatura revisada. Para ello, se  
organizaron los hallazgos en tres niveles analíticos complementarios.  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2941.  
El primer nivel correspondió al análisis ontológico de la vulnerabilidad humana, sustentado  
principalmente en los planteamientos de Martin Heidegger y otros autores que conciben la  
vulnerabilidad como una condición inherente a la existencia humana. Este nivel permitió examinar los  
fundamentos antropológicos que preceden a los procesos de fragilidad.  
El segundo nivel se centró en la dimensión ético-asistencial, incorporando aportes relacionados con  
autonomía relacional, dignidad humana y ética del cuidado. En este apartado se analizaron  
especialmente las contribuciones de Victoria Camps, Jean Watson, Martha Nussbaum, Paul Ricoeur y  
otros autores relevantes para comprender la dimensión moral y relacional de la vulnerabilidad.  
El tercer nivel correspondió al análisis clínico-funcional de la fragilidad, tomando como referencia los  
modelos desarrollados por Fried, Rockwood y Gobbens. Este análisis permitió identificar las fortalezas  
y limitaciones de las principales aproximaciones contemporáneas utilizadas para conceptualizar y  
evaluar la fragilidad.  
Finalmente, la integración de estos tres niveles de análisis permitió construir una síntesis interpretativa  
orientada a proponer la vulnerabilidad bioética como un determinante de la fragilidad humana y como  
fundamento teórico de un modelo de cuidado preventivo centrado en la persona.  
DESARROLLO  
Fundamentos filosóficos y bioéticos de la vulnerabilidad  
Vulnerabilidad ontológica del ser humano  
La vulnerabilidad suele asociarse con situaciones de enfermedad, dependencia o exclusión social. Sin  
embargo, desde una perspectiva filosófica, constituye una característica inherente a la condición  
humana y no únicamente una consecuencia de circunstancias particulares. Antes de manifestarse  
como una realidad clínica o social, la vulnerabilidad forma parte de la estructura misma de la existencia.  
Esta comprensión encuentra uno de sus principales fundamentos en la obra de Martin Heidegger  
(1889-1976), filósofo alemán y figura central de la fenomenología del siglo XX. En Ser y tiempo,  
Heidegger (2014) describe al ser humano como un ser arrojado al mundo, situado en circunstancias  
que no ha elegido y sobre las cuales nunca posee control absoluto. La conciencia de la finitud y de la  
muerte revela que la vulnerabilidad acompaña toda existencia humana.  
La dimensión relacional de esta condición fue desarrollada por Paul Ricoeur (1913-2005), filósofo  
francés y representante de la hermenéutica contemporánea. En Sí mismo como otro, Ricoeur (2006)  
sostiene que la identidad humana se configura entre capacidad y fragilidad. La vulnerabilidad no  
representa únicamente una limitación, sino también la posibilidad del reconocimiento mutuo y de la  
responsabilidad ética hacia los demás.  
Por su parte, Alasdair MacIntyre (1929-), filósofo moral escocés, cuestiona en Animales racionales y  
dependientes la idea de una autonomía absoluta. Según MacIntyre (2001), la dependencia constituye  
una característica permanente de la vida humana y expresa la interdependencia que sostiene el  
desarrollo personal y social.  
Esta perspectiva es ampliada por Juan Masiá Clavel (1941-), filósofo y bioeticista español, quien en  
Animal vulnerable propone comprender al ser humano desde su fragilidad constitutiva. Para Masiá  
Clavel (2015), la misma apertura que expone al sufrimiento posibilita también la empatía y el cuidado.  
Martha Nussbaum (1947-), filósofa estadounidense y creadora del enfoque de las capacidades, añade  
que la vulnerabilidad compartida exige condiciones sociales que permitan el desarrollo humano y una  
vida digna (Nussbaum, 2012). En el ámbito bioético, De la Torre Díaz (2017) destaca que reconocer  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2942.  
esta condición constituye el fundamento de una ética orientada al cuidado. Esta visión fue incorporada  
por la UNESCO (2005) en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, consolidando  
la vulnerabilidad como una categoría central para comprender la dignidad humana y la necesidad de  
protección ética.  
Crítica al reduccionismo técnico  
La comprensión de la vulnerabilidad como una dimensión constitutiva de la existencia humana exige  
cuestionar aquellas perspectivas que reducen la complejidad de la persona a criterios exclusivamente  
técnicos o funcionales. Esta crítica no implica rechazar el valor de la ciencia o de la tecnología en el  
ámbito sanitario, sino reconocer que el conocimiento técnico, aunque indispensable, resulta  
insuficiente para comprender plenamente la experiencia humana.  
Uno de los principales referentes de esta reflexión es Martin Heidegger (1889-1976), filósofo alemán y  
figura central de la fenomenología del siglo XX. En Conferencias y artículos, Heidegger (1994) sostiene  
que el problema fundamental de la técnica moderna no radica únicamente en los instrumentos que  
produce, sino en la forma de comprender la realidad que promueve. Bajo esta lógica, el mundo tiende  
a percibirse como un conjunto de recursos disponibles para ser utilizados, controlados y optimizados.  
Cuando esta racionalidad se aplica al ser humano, existe el riesgo de reducir a la persona a funciones,  
capacidades o indicadores susceptibles de medición.  
En el ámbito sanitario, esta tendencia puede manifestarse cuando la enfermedad es concebida  
exclusivamente como una alteración biológica y la atención se orienta únicamente a su corrección  
técnica. Aunque este enfoque ha favorecido importantes avances diagnósticos y terapéuticos, también  
puede propiciar la objetivación del paciente, cuya experiencia subjetiva, sufrimiento y búsqueda de  
sentido quedan relegados a un segundo plano.  
Esta preocupación fue desarrollada por Hans Jonas (1903-1993), filósofo germano-judío reconocido  
por su ética de la responsabilidad. En El principio de responsabilidad, Jonas (1995) advierte que el  
creciente poder tecnológico exige una reflexión ética proporcional a su alcance. La capacidad de  
intervenir sobre la vida humana no constituye, por sí misma, una justificación moral; toda acción  
técnica debe evaluarse también a partir de sus consecuencias para la dignidad humana.  
Desde la bioética, Juan Masiá Clavel (1941-), filósofo y bioeticista español, distingue entre gestionar  
procesos biológicos y cuidar personas. Según Masiá Clavel (2006), el cuidado exige reconocer la  
singularidad de cada individuo y responder éticamente a su situación concreta. En esta misma línea,  
De la Torre Díaz (2017) advierte que la dignidad humana no depende de la autonomía, la productividad  
o la funcionalidad, sino que permanece incluso en contextos de fragilidad.  
Esta perspectiva fue incorporada por la UNESCO (2005) en la Declaración Universal sobre Bioética y  
Derechos Humanos. Desde este marco, la crítica al reduccionismo técnico constituye una invitación a  
reconocer que el progreso científico sólo adquiere pleno sentido cuando permanece al servicio de la  
persona, su dignidad y su vulnerabilidad.  
Autonomía relacional y dignidad  
La reflexión sobre la vulnerabilidad humana obliga a revisar el concepto de autonomía, uno de los  
principios centrales de la bioética contemporánea. Aunque su relevancia ha sido fundamental para  
superar prácticas paternalistas y promover la participación de las personas en las decisiones  
relacionadas con su salud, una comprensión exclusivamente individualista de la autonomía puede  
resultar insuficiente para explicar la complejidad de la experiencia humana. La autonomía no se  
desarrolla en aislamiento, sino en un contexto de relaciones, dependencias y responsabilidades  
compartidas.  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2943.  
Esta perspectiva fue desarrollada por Paul Ricoeur (1913-2005), filósofo francés y destacado  
representante de la hermenéutica contemporánea. En Sí mismo como otro, Ricoeur (2006) sostiene  
que la persona se configura en la tensión permanente entre capacidad y fragilidad. El ser humano  
posee la capacidad de actuar y decidir, pero también está expuesto a múltiples circunstancias que  
limitan su control sobre la propia existencia. Desde esta visión, autonomía y vulnerabilidad no son  
conceptos opuestos, sino dimensiones complementarias de una misma condición humana.  
Una reflexión semejante se encuentra en la obra de Alasdair MacIntyre (1929-), filósofo moral escocés  
reconocido por sus aportaciones a la ética de las virtudes. En Animales racionales y dependientes,  
MacIntyre (2001) afirma que la dependencia constituye una característica permanente de la vida  
humana. Incluso durante las etapas de mayor independencia, las personas dependen de vínculos  
familiares, instituciones y comunidades que sostienen su desarrollo. La autonomía, por tanto, sólo  
puede comprenderse adecuadamente dentro de un marco de interdependencia.  
La dimensión social de esta propuesta es ampliada por Martha Nussbaum (1947-), filósofa  
estadounidense y principal exponente del enfoque de las capacidades. Según Nussbaum (2012), la  
dignidad humana requiere condiciones concretas que permitan a las personas desarrollar sus  
potencialidades y participar activamente en la vida social. No basta con reconocer formalmente la  
libertad individual; también es necesario garantizar las oportunidades que hacen posible su ejercicio  
efectivo.  
En esta misma línea, Victoria Camps (1941-), filósofa española especializada en ética y filosofía  
política, sostiene que toda persona necesita cuidados a lo largo de su vida. En Tiempo de cuidados,  
Camps (2021) cuestiona la exaltación de la autosuficiencia y propone comprender la autonomía desde  
la interdependencia humana.  
Finalmente, De la Torre Díaz (2017) señala que la dignidad no depende de la productividad ni de la  
capacidad funcional, sino de la condición misma de ser humano. Esta visión coincide con la  
Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO (2005), que reconoce  
simultáneamente la importancia de respetar la autonomía y proteger a quienes se encuentran en  
situaciones de vulnerabilidad. Desde esta perspectiva, la autonomía relacional constituye una  
expresión de la dignidad humana y un fundamento esencial para una bioética centrada en la persona.  
El cuidado humano integral: respuesta ética a la vulnerabilidad  
La vulnerabilidad constituye una condición inherente a la existencia humana y plantea la necesidad de  
una respuesta ética capaz de acompañar a las personas a lo largo de todas las etapas de la vida. Desde  
esta perspectiva, el cuidado emerge como una categoría fundamental de la bioética, ya que permite  
traducir el reconocimiento de la fragilidad humana en acciones orientadas al bienestar, la protección y  
el acompañamiento de las personas. Cuidar no implica únicamente atender necesidades físicas o  
resolver problemas concretos, sino reconocer el valor intrínseco de cada ser humano y responder a su  
situación particular con respeto y responsabilidad.  
Una de las principales aportaciones a esta comprensión proviene de Jean Watson (1940-), enfermera  
teórica estadounidense y referente de la enfermería humanista contemporánea. A través de la teoría  
del cuidado transpersonal, Watson propone una visión de la atención sanitaria centrada en la relación  
humana y no exclusivamente en los procedimientos técnicos (Watson, 2008). Para la autora, el cuidado  
auténtico requiere presencia, escucha y sensibilidad hacia la experiencia de quien enfrenta situaciones  
de enfermedad o sufrimiento. En consecuencia, la atención integral debe considerar no sólo las  
dimensiones biológicas, sino también los aspectos emocionales, sociales y espirituales de la persona.  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2944.  
Esta visión se complementa con los planteamientos de Joan Tronto (1952-), filósofa y politóloga  
estadounidense reconocida por sus contribuciones a la ética del cuidado. Tronto (2013) sostiene que  
el cuidado constituye una práctica esencial para la vida colectiva y no una responsabilidad limitada al  
ámbito privado. Su propuesta amplía la comprensión de la vulnerabilidad al señalar que las condiciones  
sociales, económicas y culturales influyen en la manera en que las personas experimentan la fragilidad  
y acceden a recursos de apoyo. De este modo, el cuidado adquiere una dimensión ética, social y  
política.  
En una línea semejante, Victoria Camps (1941-), filósofa española especializada en ética y filosofía  
política, afirma que ninguna sociedad puede sostenerse sin una red permanente de cuidados. En  
Tiempo de cuidados, Camps (2021) cuestiona la exaltación de la autosuficiencia y destaca la  
importancia de reconocer la interdependencia humana como fundamento de la convivencia.  
Asimismo, Juan Masiá Clavel (1941-), filósofo, teólogo y bioeticista español, advierte que la atención  
sanitaria no debe reducirse a la gestión de procesos biológicos, sino orientarse al encuentro con la  
persona en toda su complejidad (Masiá Clavel, 2006). Desde esta perspectiva, el cuidado representa la  
respuesta ética coherente ante la vulnerabilidad humana, al reconocer que la dignidad permanece  
intacta incluso en contextos de enfermedad o fragilidad. Así, el cuidado humano integral se configura  
como un fundamento esencial de una bioética centrada en la persona y en la promoción de su bienestar  
integral.  
Modelos conceptuales de fragilidad  
Fenotipo de fragilidad  
La fragilidad es uno de los conceptos más relevantes en la geriatría contemporánea para comprender  
los riesgos asociados al envejecimiento. Aunque durante años fue considerada una consecuencia  
inevitable de la edad avanzada o una condición equivalente a la discapacidad y la dependencia, la  
investigación científica ha permitido reconocerla como un síndrome clínico diferenciado. Una de las  
contribuciones más influyentes en este ámbito corresponde a Linda P. Fried, médica geriatra y  
epidemióloga estadounidense reconocida por sus investigaciones sobre envejecimiento saludable y  
prevención de la discapacidad. Junto con sus colaboradores, desarrolló el denominado fenotipo de  
fragilidad, considerado uno de los modelos más utilizados para la identificación y evaluación de esta  
condición (Fried et al., 2001).  
La propuesta de Fried surgió de la necesidad de distinguir la fragilidad de otros procesos relacionados  
con el envejecimiento. Según este modelo, la fragilidad constituye un síndrome biológico caracterizado  
por la disminución progresiva de las reservas fisiológicas y por una menor capacidad del organismo  
para mantener la homeostasis frente a situaciones de estrés. Como consecuencia, las personas  
frágiles presentan un mayor riesgo de sufrir caídas, hospitalizaciones, discapacidad,  
institucionalización y mortalidad prematura (Fried et al., 2001).  
Desde esta perspectiva, la fragilidad es entendida como un estado de vulnerabilidad biológica asociado  
al deterioro acumulativo de múltiples sistemas fisiológicos. Los cambios relacionados con la fuerza  
muscular, el metabolismo energético, la función inmunológica y la regulación hormonal reducen  
progresivamente la capacidad de recuperación del organismo, limitando su resiliencia frente a eventos  
adversos (Clegg et al., 2013).  
Para identificar este síndrome, Fried y colaboradores propusieron cinco criterios clínicos: pérdida  
involuntaria de peso, debilidad muscular evaluada mediante la fuerza de prensión manual, agotamiento  
persistente, lentitud de la marcha y bajo nivel de actividad física habitual (Fried et al., 2001). La  
presencia de tres o más criterios indica fragilidad; uno o dos corresponden a prefragilidad, mientras  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2945.  
que la ausencia de criterios define una condición de robustez. Esta clasificación permitió identificar  
estados intermedios susceptibles de intervención, favoreciendo estrategias preventivas dirigidas a  
retrasar el deterioro funcional (Morley et al., 2013).  
Diversos estudios han demostrado la capacidad predictiva de este modelo respecto a resultados  
adversos en salud, lo que explica su amplia utilización clínica y epidemiológica (Clegg et al., 2013). Sin  
embargo, una de sus principales limitaciones es su énfasis en los componentes físicos de la fragilidad.  
Factores psicológicos, cognitivos y sociales, como la soledad, el aislamiento o la falta de apoyo,  
quedan fuera de sus criterios diagnósticos (Gobbens et al., 2010). Desde una perspectiva bioética, esta  
limitación resulta relevante, pues el modelo describe adecuadamente las manifestaciones biológicas  
de la fragilidad, pero ofrece una comprensión limitada de los factores humanos y contextuales que  
participan en su desarrollo.  
Índice de déficit acumulado  
El Índice de Déficit Acumulado constituye uno de los modelos más influyentes para el estudio de la  
fragilidad en la geriatría contemporánea. Fue desarrollado por Kenneth Rockwood, médico geriatra  
canadiense y profesor de la Universidad de Dalhousie, junto con Arnold Mitnitski, físico y  
biomatemático reconocido por la aplicación de modelos cuantitativos al envejecimiento humano.  
Ambos autores propusieron una alternativa al modelo fenotípico de Fried al considerar que la fragilidad  
no puede reducirse a un conjunto limitado de criterios clínicos, sino que refleja la acumulación  
progresiva de múltiples déficits a lo largo de la vida (Rockwood & Mitnitski, 2007).  
A diferencia del enfoque fenotípico, centrado en manifestaciones físicas específicas, este modelo  
entiende la fragilidad como una condición continua que resulta del incremento gradual de problemas  
de salud. Los déficits considerados pueden incluir enfermedades crónicas, síntomas, limitaciones  
funcionales, alteraciones cognitivas, problemas psicológicos y condiciones sociales adversas. Desde  
esta perspectiva, la fragilidad representa el grado global de deterioro acumulado de una persona y no  
la presencia o ausencia de un síndrome determinado (Mitnitski et al., 2001).  
El índice se calcula mediante la proporción de déficits presentes respecto al total de variables  
evaluadas. Por ejemplo, si una persona presenta 10 déficits de un total de 40 considerados, obtiene un  
índice de 0.25. Esta metodología permite representar la fragilidad como una variable continua y facilita  
la comparación entre individuos y poblaciones. Además, ha demostrado una elevada capacidad  
predictiva para identificar riesgos de hospitalización, discapacidad, institucionalización y mortalidad  
(Rockwood & Mitnitski, 2007).  
Una de las principales fortalezas del modelo es su flexibilidad metodológica. Los déficits utilizados  
pueden variar según el contexto clínico o de investigación, siempre que cumplan criterios de validez y  
relevancia. Esta característica ha favorecido su amplia aplicación en estudios epidemiológicos y su  
consolidación como una de las herramientas más robustas para la evaluación de la fragilidad (Clegg  
et al., 2013).  
No obstante, el modelo presenta algunas limitaciones. Su énfasis cuantitativo puede conducir a una  
comprensión predominantemente técnica de la fragilidad, donde la experiencia personal queda  
reducida a una suma de variables medibles. Aunque incorpora dimensiones físicas, cognitivas y  
sociales, estas son tratadas principalmente como indicadores numéricos. Desde una perspectiva  
bioética, ello dificulta comprender el significado que la fragilidad adquiere en la vida concreta de las  
personas, particularmente en relación con la autonomía, la dignidad y las relaciones de cuidado.  
En consecuencia, el Índice de Déficit Acumulado representa un avance significativo para la medición y  
predicción de resultados clínicos, pero también evidencia la necesidad de modelos más integradores  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2946.  
que incorporen explícitamente las dimensiones humanas y contextuales de la fragilidad, como ocurrirá  
posteriormente en la propuesta multidimensional de Gobbens.  
Modelo multidimensional de fragilidad  
La evolución de los estudios sobre fragilidad ha puesto de manifiesto la necesidad de superar las  
aproximaciones centradas exclusivamente en los aspectos físicos o cuantitativos del envejecimiento.  
En este contexto, Robbert J. J. Gobbens, investigador neerlandés especializado en gerontología y  
enfermería, desarrolló un modelo multidimensional que amplía la comprensión tradicional de la  
fragilidad. Su propuesta, asociada al desarrollo del Tilburg Frailty Indicator, concibe la fragilidad como  
un fenómeno complejo que involucra dimensiones físicas, psicológicas y sociales interrelacionadas  
(Gobbens et al., 2010).  
A diferencia de los modelos previos, Gobbens parte de la premisa de que la fragilidad no puede  
explicarse únicamente por enfermedades, deterioros funcionales o acumulación de déficits. El autor  
sostiene que el bienestar de las personas mayores depende de la interacción entre diversos factores  
que afectan simultáneamente su capacidad de adaptación y funcionamiento. En consecuencia,  
propone una estructura integrada compuesta por tres dimensiones fundamentales: física, psicológica  
y social (Gobbens et al., 2010).  
La dimensión física incluye elementos como la disminución de la fuerza muscular, la fatiga, la pérdida  
de movilidad y la presencia de enfermedades crónicas. La dimensión psicológica incorpora variables  
relacionadas con el estado emocional y cognitivo, tales como depresión, ansiedad, deterioro cognitivo  
y percepción subjetiva de salud. Por su parte, la dimensión social considera aspectos como la red de  
apoyo, la participación comunitaria, las relaciones interpersonales y la experiencia de soledad. La  
interacción entre estas tres esferas determina el grado de fragilidad de una persona y permite una  
evaluación más integral del proceso de envejecimiento (Gobbens et al., 2010).  
Una de las principales fortalezas de este modelo es su capacidad para aproximarse a la experiencia  
real de las personas mayores. Al integrar factores biológicos, psicológicos y sociales, ofrece una visión  
más cercana a la complejidad de la vida humana y facilita el diseño de intervenciones centradas en la  
persona. Asimismo, permite reconocer que la fragilidad afecta no sólo la funcionalidad física, sino  
también la autonomía, el bienestar emocional y la participación social.  
No obstante, el modelo presenta algunas limitaciones. Aunque incorpora dimensiones psicológicas y  
sociales, su enfoque continúa siendo principalmente descriptivo y evaluativo. Desde una perspectiva  
bioética, ofrece escasos elementos para comprender el significado ético y existencial de la  
vulnerabilidad humana. Autores como MacIntyre, Masiá Clavel y De la Torre Díaz han destacado que la  
fragilidad remite también a la dependencia, la interdependencia y la dignidad inherentes a la condición  
humana, aspectos que trascienden la medición clínica.  
En consecuencia, el modelo multidimensional de Gobbens representa un avance decisivo en la  
comprensión integral de la fragilidad, al ampliar el análisis más allá de lo biológico. Sin embargo, su  
integración con enfoques bioéticos permite profundizar en el significado humano de la fragilidad y  
comprenderla como una expresión de la vulnerabilidad que caracteriza la existencia humana.  
Limitación común de los modelos contemporáneos de fragilidad  
Los principales modelos contemporáneos de fragilidad han contribuido significativamente a la  
comprensión del envejecimiento al facilitar su identificación clínica, evaluación y aplicación en la  
práctica asistencial. Sin embargo, pese a sus diferencias conceptuales y metodológicas, el fenotipo de  
fragilidad de Fried, el índice de déficit acumulado de Rockwood y el modelo multidimensional de  
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Gobbens comparten una limitación fundamental: ofrecen una explicación insuficiente de las  
dimensiones éticas, relacionales y ontológicas que subyacen a la fragilidad humana.  
El modelo fenotípico desarrollado por Linda P. Fried (Fried et al., 2001) proporciona criterios clínicos  
claros para identificar la fragilidad a partir de manifestaciones físicas observables. Aunque esta  
aproximación ha demostrado gran utilidad para la detección temprana y la prevención de eventos  
adversos, concentra su atención principalmente en el deterioro biológico, dejando en segundo plano  
los factores subjetivos y contextuales que influyen en la experiencia de la fragilidad.  
Por su parte, Kenneth Rockwood y Arnold Mitnitski (Rockwood & Mitnitski, 2007) ampliaron la  
comprensión del fenómeno mediante el Índice de Déficit Acumulado, que incorpora múltiples  
dimensiones de salud y permite medir la fragilidad de forma continua. No obstante, al traducir la  
complejidad del envejecimiento a un valor cuantitativo, este enfoque puede diluir la singularidad de la  
experiencia humana y limitar la comprensión del significado personal de las pérdidas y dependencias  
asociadas al deterioro.  
El modelo multidimensional de Robbert J. J. Gobbens (Gobbens et al., 2010) representa un avance  
importante al integrar dimensiones físicas, psicológicas y sociales. Sin embargo, aunque ofrece una  
visión más amplia del fenómeno, mantiene una orientación predominantemente descriptiva que no  
profundiza en la dimensión ética de la vulnerabilidad ni en su carácter constitutivo de la condición  
humana.  
En conjunto, estos modelos comparten una orientación centrada en la descripción, medición y  
clasificación de la fragilidad. Esta perspectiva ha favorecido importantes avances clínicos y  
epidemiológicos, pero también ha contribuido a una comprensión parcial del fenómeno, donde la  
fragilidad aparece principalmente como un problema de salud y no como una expresión de la  
vulnerabilidad inherente a la existencia humana.  
Desde la bioética, autores como Paul Ricoeur, Alasdair MacIntyre, Juan Masiá Clavel, Joan Tronto y  
Victoria Camps han destacado que la dependencia, la interdependencia y el cuidado constituyen  
dimensiones esenciales de la vida humana. Del mismo modo, la UNESCO (2005) reconoce la  
vulnerabilidad y la dignidad como principios fundamentales para la reflexión ética. Estas perspectivas  
sugieren que la fragilidad debe interpretarse no sólo como un estado clínico, sino también como una  
manifestación de la vulnerabilidad constitutiva del ser humano.  
En consecuencia, la principal limitación de los modelos contemporáneos no reside en su capacidad  
metodológica, sino en su alcance explicativo. Esta situación justifica la incorporación de la  
vulnerabilidad bioética como una categoría complementaria capaz de integrar las dimensiones  
clínicas, humanas y éticas de la fragilidad, proporcionando una comprensión más profunda y centrada  
en la persona.  
Vulnerabilidad bioética como determinante de la fragilidad  
Los modelos contemporáneos de fragilidad han contribuido significativamente a la identificación de  
factores de riesgo, manifestaciones clínicas y trayectorias de deterioro funcional en las personas  
mayores. No obstante, la mayoría de estos enfoques se han concentrado en describir las  
consecuencias observables de la fragilidad más que en explicar los fundamentos humanos que la  
originan. En este contexto, la presente investigación propone la “vulnerabilidad bioética” como una  
categoría integradora capaz de ofrecer una comprensión más profunda del fenómeno. Desde esta  
perspectiva, la fragilidad no constituye únicamente un síndrome clínico asociado al envejecimiento ni  
una acumulación progresiva de déficits, sino la expresión visible del deterioro de dimensiones  
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esenciales que sostienen la vida humana y hacen posible el desarrollo de una existencia digna,  
autónoma y socialmente vinculada.  
La vulnerabilidad bioética integra, en primer lugar, la condición ontológica del ser humano. La  
vulnerabilidad no debe entenderse exclusivamente como una situación de riesgo derivada de la  
enfermedad, la discapacidad o la vejez, sino como una característica inherente a toda existencia  
humana. El ser humano es finito, dependiente y susceptible de sufrir daño a lo largo de todo su ciclo  
vital. Esta condición no constituye una anomalía, sino una dimensión constitutiva de la experiencia  
humana que se manifiesta de formas diversas según las circunstancias personales y sociales  
(MacIntyre, 2001). Desde esta perspectiva, la fragilidad puede interpretarse como una expresión  
particular de la vulnerabilidad cuando disminuyen progresivamente las capacidades que permiten a la  
persona afrontar las demandas físicas, emocionales y sociales de su entorno.  
En segundo lugar, la vulnerabilidad bioética incorpora la autonomía relacional como una dimensión  
fundamental para comprender el desarrollo de la fragilidad. Tradicionalmente, la autonomía ha sido  
entendida como la capacidad individual para tomar decisiones de manera independiente; sin embargo,  
las perspectivas contemporáneas reconocen que dicha capacidad se construye y se sostiene mediante  
relaciones humanas significativas. La autodeterminación no surge en aislamiento, sino que depende  
de vínculos familiares, comunitarios e institucionales que proporcionan apoyo, reconocimiento y  
oportunidades para ejercer la libertad personal (Ricoeur, 2006). Cuando estas redes se debilitan o  
desaparecen, la capacidad de participar activamente en la propia vida disminuye, favoreciendo  
procesos de dependencia que incrementan la vulnerabilidad y facilitan la aparición de la fragilidad.  
La dignidad humana constituye el tercer elemento articulador de esta propuesta. Desde la bioética, la  
dignidad representa el valor intrínseco de toda persona y constituye el fundamento moral de los  
derechos humanos. La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos reconoce que la  
protección de la vulnerabilidad humana es una exigencia derivada del respeto a la dignidad de cada  
individuo (UNESCO, 2005). En consecuencia, la fragilidad no puede ser interpretada únicamente como  
una pérdida de capacidades funcionales, sino también como una situación que puede comprometer el  
reconocimiento social, la participación comunitaria y el ejercicio efectivo de los derechos  
fundamentales. Cuando una persona experimenta limitaciones que reducen su capacidad de influir en  
su entorno o de mantener proyectos significativos de vida, la fragilidad adquiere una dimensión ética  
que trasciende la esfera clínica.  
Un cuarto componente corresponde a las condiciones sociales del cuidado. Ningún ser humano  
desarrolla plenamente sus capacidades sin el apoyo de otros. Las relaciones de cuidado constituyen  
una necesidad permanente a lo largo de la vida y adquieren una relevancia particular en contextos de  
enfermedad, dependencia o envejecimiento. La ética del cuidado ha puesto de manifiesto que la  
calidad de los vínculos, la disponibilidad de recursos y la existencia de redes de apoyo condicionan de  
manera decisiva el bienestar humano (Tronto, 2013). La ausencia de cuidados adecuados, la exclusión  
social, la pobreza o la insuficiencia de servicios de apoyo incrementan la vulnerabilidad y favorecen  
procesos de deterioro que pueden traducirse en estados de fragilidad cada vez más complejos.  
A partir de esta integración teórica, se propone que la fragilidad emerge cuando estas cuatro  
dimensiones fundamentales condición ontológica, autonomía relacional, dignidad humana y  
condiciones sociales del cuidadoexperimentan un deterioro progresivo o dejan de ser  
adecuadamente sostenidas. La consecuencia de este proceso es una disminución gradual de la  
capacidad de la persona para adaptarse a los desafíos de la vida cotidiana, mantener su participación  
social y preservar sus reservas funcionales. De este modo, la pérdida de autonomía, la reducción de la  
participación comunitaria, el debilitamiento de las redes de apoyo y el deterioro físico pueden  
comprenderse como manifestaciones interrelacionadas de una vulnerabilidad que se ha intensificado.  
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Esta interpretación permite superar las limitaciones de los modelos centrados exclusivamente en  
variables biomédicas, al reconocer que la fragilidad es el resultado de una interacción compleja entre  
factores biológicos, psicológicos, sociales y éticos. Mientras los modelos clínicos describen con  
precisión las manifestaciones del fenómeno, la vulnerabilidad bioética ofrece una explicación más  
amplia sobre sus causas profundas y su significado humano. En consecuencia, la fragilidad puede  
entenderse como la expresión observable de una vulnerabilidad que afecta simultáneamente la  
capacidad de autodeterminación, el reconocimiento de la dignidad y el acceso a relaciones de cuidado  
significativas. Esta comprensión proporciona una base teórica sólida para el desarrollo de modelos  
preventivos centrados en la persona, orientados no solo a preservar la funcionalidad física, sino  
también a fortalecer las condiciones humanas que hacen posible una vida plena y digna.  
Integración con el modelo de las 5P  
La propuesta de comprender la fragilidad humana a partir de la vulnerabilidad bioética encuentra una  
vía de aplicación práctica en el modelo de las 5P, un enfoque contemporáneo orientado a transformar  
los sistemas de atención sanitaria mediante una visión más integral, preventiva y centrada en la  
persona. Este modelo, conformado por las dimensiones de Personas, Prevención, Participación,  
Predicción y Personalización, ha adquirido relevancia en el contexto de la medicina contemporánea al  
promover una atención que trasciende el abordaje reactivo de la enfermedad y favorece la anticipación  
de riesgos, la toma de decisiones compartida y el reconocimiento de las características particulares  
de cada individuo (Flores, Glusman, Brogaard, Price y Hood, 2013). Sin embargo, su potencial  
transformador se amplía significativamente cuando la vulnerabilidad bioética se incorpora como un  
eje transversal capaz de orientar éticamente cada una de sus dimensiones.  
En primer lugar, el componente Personas adquiere una profundidad particular desde la perspectiva de  
la vulnerabilidad bioética. La persona deja de ser considerada únicamente como portadora de riesgos,  
diagnósticos o características biológicas para ser reconocida como un sujeto moral singular, dotado  
de dignidad, historia, valores y proyectos de vida. Esta comprensión se encuentra en consonancia con  
la propuesta filosófica de Paul Ricoeur, quien destacó que la identidad humana se construye mediante  
la articulación entre autonomía y reconocimiento mutuo (Ricoeur, 2006). Asimismo, la filósofa  
estadounidense Martha C. Nussbaum, reconocida por su enfoque de las capacidades humanas y la  
justicia social, sostiene que el bienestar debe evaluarse en función de las oportunidades reales que  
poseen las personas para desarrollar una vida que consideren valiosa (Nussbaum, 2012). Desde esta  
perspectiva, la atención sanitaria no puede limitarse a la corrección de déficits funcionales, sino que  
debe orientarse al fortalecimiento de las capacidades que permiten a cada individuo desplegar  
plenamente su existencia.  
La segunda dimensión, Prevención, también adquiere un significado más amplio cuando se analiza  
desde la vulnerabilidad bioética. Tradicionalmente, las estrategias preventivas se han centrado en la  
identificación de factores de riesgo biológicos y en la reducción de la probabilidad de enfermedad. No  
obstante, si la fragilidad es entendida como la expresión de un deterioro progresivo de dimensiones  
ontológicas, relacionales y sociales, la prevención debe orientarse igualmente a proteger los recursos  
humanos que sostienen la autonomía, la participación y el bienestar. En este sentido, prevenir no  
implica únicamente evitar el deterioro físico, sino también fortalecer redes de apoyo, reducir  
condiciones de exclusión y promover entornos que favorezcan el ejercicio de la dignidad humana (De  
la Torre Díaz, 2017). La prevención adquiere así una dimensión ética orientada a anticipar situaciones  
de vulnerabilidad antes de que estas se traduzcan en estados de fragilidad avanzada.  
La tercera dimensión, Participación, se relaciona estrechamente con el concepto de autonomía  
relacional desarrollado en el ámbito de la bioética contemporánea. La participación reconoce que las  
personas no son receptoras pasivas de intervenciones sanitarias, sino actores fundamentales en la  
toma de decisiones que afectan sus vidas. Desde esta perspectiva, el ejercicio de la autonomía  
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depende de condiciones sociales, afectivas y culturales que posibilitan la deliberación y la elección  
informada. La participación efectiva exige escuchar las preferencias, valores y expectativas de cada  
persona, especialmente en contextos de envejecimiento, dependencia o enfermedad crónica. Como  
señala MacIntyre (2001), la dependencia no elimina la agencia moral del individuo, sino que pone de  
manifiesto la necesidad de relaciones de apoyo que permitan sostenerla. Por ello, la participación  
constituye una estrategia esencial para preservar la dignidad y evitar formas de paternalismo que  
puedan incrementar la vulnerabilidad.  
La dimensión de Predicción representa uno de los elementos más innovadores del modelo de las 5P.  
Los avances en inteligencia artificial, análisis de datos masivos, biomarcadores y medicina de precisión  
han ampliado significativamente la capacidad para identificar riesgos futuros y anticipar trayectorias  
de deterioro. Uno de los principales impulsores de esta visión fue el médico y biólogo estadounidense  
Leroy Hood, pionero de la denominada medicina P4, quien propuso integrar tecnologías avanzadas  
para hacer la atención más predictiva y preventiva (Flores et al., 2013). Sin embargo, la incorporación  
de estas herramientas plantea importantes desafíos éticos relacionados con la privacidad, la equidad,  
la autonomía y el posible uso discriminatorio de la información. Desde la vulnerabilidad bioética, la  
predicción no puede convertirse en un mecanismo de clasificación o exclusión, sino en una  
herramienta orientada a fortalecer las capacidades de las personas y a reducir situaciones de riesgo.  
La utilidad de la tecnología debe evaluarse siempre a partir de su contribución al bienestar humano y  
no únicamente por su eficacia técnica.  
Finalmente, la Personalización constituye el espacio donde convergen las demás dimensiones del  
modelo. Personalizar la atención implica reconocer que cada persona experimenta la salud, la  
enfermedad y la fragilidad de manera única. Las decisiones clínicas deben considerar no solo  
indicadores biomédicos, sino también preferencias, creencias, contexto familiar, trayectoria vital y  
objetivos personales. Esta visión coincide con los principios de la medicina centrada en la persona y  
con los planteamientos de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, que enfatiza  
la necesidad de respetar la individualidad y la dignidad de cada ser humano (UNESCO, 2005). La  
personalización, por tanto, no consiste únicamente en adaptar tratamientos a características  
biológicas específicas, sino en construir respuestas coherentes con los valores y proyectos de vida de  
quienes reciben atención.  
La integración de la vulnerabilidad bioética con el modelo de las 5P permite articular una comprensión  
más completa de la fragilidad humana. Cada dimensión del modelo adquiere un fundamento ético que  
orienta su aplicación hacia la protección de la dignidad, el fortalecimiento de la autonomía y la  
promoción del cuidado. En este marco, la tecnología, los biomarcadores y las herramientas predictivas  
encuentran su legitimidad únicamente cuando se ponen al servicio de la persona. La innovación carece  
de valor moral por sí misma; su justificación depende de su capacidad para contribuir al bienestar  
humano y para responder de manera responsable a las múltiples formas de vulnerabilidad que  
acompañan la existencia. De esta manera, el modelo de las 5P se convierte no solo en una estrategia  
de atención sanitaria avanzada, sino en una propuesta integral que sitúa a la persona y su dignidad en  
el centro de toda acción preventiva y asistencial.  
Modelo conceptual propuesto  
A partir del análisis realizado en los capítulos precedentes, se propone un modelo conceptual que sitúa  
a la vulnerabilidad bioética como el elemento determinante en la génesis y evolución de la fragilidad  
humana. Esta propuesta surge de la necesidad de superar las limitaciones de los modelos  
tradicionales, que han explicado la fragilidad principalmente desde variables fisiológicas, funcionales  
o epidemiológicas, sin incorporar de manera suficiente las dimensiones éticas, relacionales y sociales  
que intervienen en su desarrollo. En consecuencia, se plantea una comprensión integradora en la que  
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la fragilidad constituye el resultado de un proceso dinámico que se inicia en la vulnerabilidad bioética  
y se manifiesta progresivamente en distintos ámbitos de la vida humana.  
El modelo propuesto puede representarse mediante la siguiente secuencia conceptual:  
Figura 1  
Modelo conceptual de la fragilidad humana basada en la vulnerabilidad bioética  
Fuente: elaboración propia.  
Esta secuencia no debe interpretarse como una cadena causal rígida ni como un proceso lineal  
invariable. Por el contrario, describe una dinámica compleja en la que múltiples factores interactúan de  
manera simultánea y acumulativa. Su principal aportación consiste en identificar que la fragilidad no  
aparece de forma espontánea ni exclusivamente como consecuencia del envejecimiento biológico,  
sino como la expresión observable de transformaciones previas que afectan dimensiones  
fundamentales de la existencia humana.  
El punto de partida del modelo es la vulnerabilidad bioética, entendida como una condición inherente  
al ser humano que se expresa a través de la finitud, la dependencia, la susceptibilidad al daño y la  
necesidad permanente de relaciones de apoyo. Esta concepción se aleja de las interpretaciones que  
reducen la vulnerabilidad a grupos específicos o circunstancias excepcionales, para asumirla como  
una característica universal de la condición humana (De la Torre Díaz, 2017; UNESCO, 2005). No  
obstante, aunque toda persona es vulnerable, la intensidad y las formas de dicha vulnerabilidad varían  
según las circunstancias biológicas, psicológicas, económicas, culturales y sociales que configuran  
cada trayectoria de vida.  
Cuando las condiciones que sostienen el bienestar humano comienzan a deteriorarse, la primera  
manifestación relevante suele observarse en la autonomía. Desde una perspectiva bioética, la  
autonomía no se limita a la capacidad individual de tomar decisiones, sino que comprende la  
posibilidad real de dirigir la propia vida de acuerdo con valores, preferencias y proyectos personales.  
Como señala Ricoeur (2006), la autonomía humana siempre se encuentra vinculada a relaciones de  
reconocimiento y reciprocidad. En consecuencia, situaciones como el aislamiento social, la  
dependencia económica, la enfermedad crónica o la insuficiencia de apoyos pueden restringir  
progresivamente la capacidad de autodeterminación de la persona. La disminución de autonomía  
constituye así una de las primeras expresiones concretas de la vulnerabilidad intensificada.  
La reducción de la autonomía suele acompañarse de una pérdida gradual de participación en los  
espacios familiares, comunitarios y sociales. La participación representa mucho más que la presencia  
física en actividades colectivas; implica la posibilidad de influir en decisiones, mantener vínculos  
significativos y ejercer un papel activo dentro de la comunidad. Nussbaum (2012) sostiene que la  
capacidad de participar en la vida social constituye una dimensión esencial del florecimiento humano.  
Cuando esta capacidad disminuye, la persona experimenta una reducción de oportunidades para  
desarrollar sus potencialidades, fortalecer sus relaciones y conservar su sentido de pertenencia. La  
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pérdida de participación, por tanto, no solo refleja una consecuencia de la vulnerabilidad, sino que  
también contribuye a profundizarla.  
A medida que estas limitaciones se acumulan, emerge el deterioro funcional. En este punto, los efectos  
de la vulnerabilidad dejan de expresarse exclusivamente en el ámbito social o relacional y comienzan  
a manifestarse de manera más evidente en las actividades de la vida cotidiana. La disminución de la  
capacidad para movilizarse, realizar tareas habituales, mantener independencia o adaptarse a  
situaciones adversas refleja una reducción progresiva de las reservas físicas, psicológicas y sociales  
disponibles para enfrentar los desafíos del entorno. Este deterioro funcional coincide con muchos de  
los indicadores descritos por los modelos clínicos de fragilidad, aunque en la presente propuesta se  
interpreta como una etapa intermedia dentro de un proceso más amplio.  
La fragilidad aparece cuando la acumulación de estas pérdidas alcanza un nivel que compromete  
significativamente la capacidad de adaptación de la persona. En este sentido, la fragilidad no  
constituye el inicio del problema, sino la manifestación clínica y social de un proceso previo de  
vulnerabilización. Esta interpretación permite comprender por qué personas con condiciones  
biomédicas similares pueden presentar trayectorias de fragilidad diferentes dependiendo de la calidad  
de sus relaciones, de sus recursos personales y de las condiciones de cuidado disponibles en su  
entorno. La fragilidad deja así de ser concebida exclusivamente como un estado fisiológico para  
convertirse en un fenómeno multidimensional en el que convergen factores biológicos, psicológicos,  
sociales y éticos.  
La última fase del modelo corresponde a la intervención preventiva. A diferencia de los enfoques  
tradicionales, que suelen intervenir cuando la fragilidad ya se encuentra establecida, la propuesta aquí  
desarrollada plantea la posibilidad de actuar en cualquiera de las etapas previas del proceso. Esto  
implica fortalecer la autonomía, promover la participación social, proteger la dignidad humana,  
consolidar redes de apoyo y reducir condiciones de vulnerabilidad antes de que aparezcan deterioros  
funcionales significativos. La prevención deja entonces de centrarse exclusivamente en la enfermedad  
para orientarse hacia la preservación de las capacidades humanas que permiten una vida autónoma y  
significativa.  
En conjunto, este modelo redefine la fragilidad como un proceso bioético-clínico integrador. Su  
principal innovación consiste en vincular los conocimientos provenientes de la geriatría, la salud  
pública y la bioética dentro de un marco explicativo común. Mientras los modelos clínicos aportan  
herramientas para identificar y medir la fragilidad, la vulnerabilidad bioética proporciona una  
comprensión más profunda de sus determinantes y de sus implicaciones morales. De esta manera, la  
fragilidad puede entenderse no solo como un fenómeno asociado al deterioro funcional, sino como el  
resultado de una progresiva afectación de aquellas condiciones que hacen posible el ejercicio de la  
autonomía, la participación social, la dignidad y el cuidado. Esta perspectiva ofrece una base  
conceptual sólida para el diseño de estrategias preventivas centradas en la persona y orientadas a  
promover un envejecimiento más saludable, inclusivo y humanizado.  
DISCUSIÓN  
La presente revisión tuvo como propósito analizar si la vulnerabilidad bioética puede constituirse en un  
marco explicativo capaz de ampliar la comprensión contemporánea de la fragilidad humana. Los  
hallazgos identificados permiten responder afirmativamente a esta cuestión, al evidenciar que los  
principales modelos de fragilidad desarrollados en las últimas décadas describen con precisión sus  
manifestaciones clínicas, funcionales y psicosociales, pero presentan limitaciones para explicar los  
fundamentos antropológicos y éticos que subyacen a dichos procesos. En este sentido, la  
vulnerabilidad bioética emerge como una categoría conceptual capaz de integrar dimensiones que  
habitualmente aparecen fragmentadas en la literatura científica.  
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La revisión mostró que los modelos de Fried, Rockwood y Gobbens representan etapas  
complementarias en la evolución conceptual de la fragilidad. El modelo fenotípico de Fried enfatiza el  
deterioro fisiológico y la disminución de la reserva biológica; el índice de déficit acumulado de  
Rockwood amplía el análisis hacia la acumulación progresiva de alteraciones; y la propuesta  
multidimensional de Gobbens incorpora factores psicológicos y sociales. Sin embargo, ninguno de  
estos enfoques aborda de manera explícita la vulnerabilidad como condición constitutiva de la  
existencia humana ni analiza suficientemente las implicaciones éticas derivadas de la dependencia, la  
pérdida de autonomía o la necesidad de cuidado. Esta observación sugiere que la fragilidad puede ser  
interpretada no sólo como un estado clínico, sino como la manifestación visible de procesos más  
profundos relacionados con la condición vulnerable del ser humano.  
Desde el punto de vista teórico, uno de los principales aportes de esta revisión consiste en proponer  
una articulación entre la literatura sobre fragilidad y los desarrollos contemporáneos de la bioética. La  
incorporación de autores como Heidegger, Ricoeur, MacIntyre, Nussbaum, Camps, Watson y Masiá  
Clavel permitió identificar elementos convergentes que rara vez son analizados conjuntamente en los  
estudios sobre fragilidad. Mientras la geriatría y la salud pública han centrado su atención en la  
medición del riesgo y el deterioro funcional, la bioética ha profundizado en conceptos como  
vulnerabilidad, dignidad, autonomía relacional y cuidado. La integración de estas perspectivas  
posibilita una comprensión más amplia de la fragilidad, entendiéndose como un fenómeno en el que  
interactúan dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y morales.  
La propuesta conceptual desarrollada en esta revisión plantea que la vulnerabilidad bioética constituye  
un determinante de la fragilidad mediante una secuencia progresiva que involucra disminución de  
autonomía, pérdida de participación social y deterioro funcional. Esta interpretación aporta una lectura  
alternativa a los modelos tradicionales, ya que desplaza el foco desde la fragilidad establecida hacia  
los procesos previos que favorecen su aparición. De esta manera, la vulnerabilidad deja de ser  
considerada únicamente una característica asociada a determinados grupos poblacionales para  
convertirse en una categoría explicativa que permite comprender las trayectorias de fragilización a lo  
largo de la vida.  
Las implicaciones prácticas de estos hallazgos son igualmente relevantes. En el ámbito asistencial, la  
incorporación de la vulnerabilidad bioética puede favorecer modelos de atención más centrados en la  
persona y menos orientados exclusivamente a indicadores biomédicos. La identificación temprana de  
factores relacionados con el aislamiento social, la pérdida de autonomía decisional, la insuficiencia de  
redes de apoyo o las condiciones de exclusión podría contribuir al diseño de estrategias preventivas  
más efectivas. Asimismo, la integración con el modelo de las 5P ofrece una base conceptual para  
promover intervenciones que combinen prevención clínica, participación activa de las personas,  
personalización de los cuidados y uso éticamente responsable de tecnologías predictivas.  
En el ámbito de la investigación, los resultados sugieren la necesidad de desarrollar estudios empíricos  
que permitan evaluar la relación entre vulnerabilidad bioética y fragilidad. La mayor parte de la literatura  
disponible analiza ambos conceptos de manera independiente, lo que dificulta establecer asociaciones  
causales o modelos explicativos integrados. La construcción de instrumentos capaces de  
operacionalizar dimensiones como autonomía relacional, dignidad percibida, participación social o  
calidad del cuidado podría contribuir a fortalecer el sustento empírico de las propuestas teóricas aquí  
planteadas.  
La revisión también permitió identificar limitaciones importantes en la literatura analizada. En primer  
lugar, existe un predominio de investigaciones centradas en indicadores biomédicos y funcionales,  
mientras que las dimensiones éticas, existenciales  
y
relacionales reciben una atención  
considerablemente menor. En segundo lugar, la producción científica sobre fragilidad y la literatura  
bioética han evolucionado en gran medida de forma paralela, con escasos intentos de integración  
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conceptual. Esta fragmentación dificulta la construcción de modelos comprehensivos que permitan  
comprender la complejidad del fenómeno. Finalmente, la heterogeneidad conceptual presente en los  
estudios sobre vulnerabilidad representa un desafío adicional, ya que el término es utilizado con  
significados diversos según el contexto disciplinario, lo que limita la comparación de resultados y la  
consolidación de marcos teóricos compartidos.  
A pesar de estas limitaciones, la evidencia revisada permite sostener que la vulnerabilidad bioética  
ofrece un marco conceptual prometedor para ampliar la comprensión de la fragilidad humana. Lejos  
de reemplazar los aportes de los modelos clínicos existentes, esta perspectiva los complementa al  
incorporar dimensiones fundamentales para comprender la experiencia humana del deterioro, la  
dependencia y el cuidado. En consecuencia, la fragilidad puede entenderse como un fenómeno  
bioético-clínico complejo, cuya prevención y abordaje requieren intervenciones que reconozcan  
simultáneamente la dimensión biológica de la persona y su condición de sujeto vulnerable, autónomo  
y digno.  
CONCLUSIONES  
La presente revisión permitió analizar la relación entre vulnerabilidad bioética y fragilidad humana  
desde una perspectiva integradora que articula aportes provenientes de la bioética, la filosofía, las  
ciencias del cuidado y los modelos contemporáneos de fragilidad. Los hallazgos evidencian que, si  
bien los enfoques desarrollados por Fried, Rockwood y Gobbens han contribuido significativamente a  
la identificación, medición y comprensión clínica de la fragilidad, persiste una limitada incorporación  
de las dimensiones éticas, relacionales y antropológicas que intervienen en su génesis y evolución.  
A partir del análisis de la literatura revisada, se identificó que la vulnerabilidad bioética constituye una  
categoría conceptual con potencial para ampliar la comprensión tradicional de la fragilidad. La  
integración de elementos como la condición ontológica de vulnerabilidad, la autonomía relacional, la  
dignidad humana y las condiciones sociales del cuidado permitió construir un marco interpretativo  
capaz de explicar la fragilidad más allá de sus manifestaciones fisiológicas o funcionales. Desde esta  
perspectiva, la fragilidad puede comprenderse como la expresión observable de procesos progresivos  
que afectan la capacidad de las personas para mantener su autonomía, participar activamente en la  
vida social y conservar los recursos necesarios para afrontar las demandas de su entorno.  
Uno de los principales aportes de esta revisión consiste en la formulación de un modelo conceptual  
que vincula la vulnerabilidad bioética con la aparición de la fragilidad mediante una secuencia dinámica  
que incluye disminución de autonomía, pérdida de participación, deterioro funcional y fragilidad. Este  
modelo permite reinterpretar la fragilidad como un proceso bioético-clínico integrador, en el que  
convergen factores biológicos, psicológicos, sociales y éticos. De esta manera, se amplía el  
conocimiento existente al ofrecer una explicación que complementa los modelos clínicos tradicionales  
sin sustituirlos, incorporando dimensiones que han recibido menor atención en la literatura  
especializada.  
Asimismo, la integración de la vulnerabilidad bioética con el modelo de las 5P aporta una perspectiva  
innovadora para el diseño de estrategias de atención centradas en la persona. La consideración de las  
personas como sujetos morales singulares, la orientación preventiva hacia los determinantes  
tempranos de la fragilidad, el fortalecimiento de la participación mediante la autonomía relacional, el  
uso éticamente responsable de tecnologías predictivas y la personalización de la atención conforme a  
valores y proyectos de vida constituyen elementos que pueden enriquecer las prácticas asistenciales  
contemporáneas. En este marco, la tecnología y los biomarcadores adquieren valor no por sí mismos,  
sino por su capacidad para contribuir a la protección de la dignidad humana y al bienestar integral de  
las personas.  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2955.  
No obstante, la revisión también permitió identificar importantes vacíos en la literatura. La mayoría de  
las investigaciones disponibles continúan privilegiando aproximaciones biomédicas y funcionales,  
mientras que los aspectos éticos, existenciales y relacionales permanecen insuficientemente  
explorados. Del mismo modo, se observó una escasa articulación entre los estudios sobre fragilidad y  
los desarrollos teóricos de la bioética, lo que limita la construcción de modelos explicativos  
verdaderamente integrales. Estas limitaciones evidencian la necesidad de fortalecer el diálogo  
interdisciplinario entre la geriatría, la salud pública, la enfermería, la filosofía y la bioética.  
En relación con futuras líneas de investigación, resulta pertinente desarrollar estudios empíricos que  
permitan evaluar la relación entre vulnerabilidad bioética y fragilidad en diferentes contextos  
poblacionales. Asimismo, sería relevante diseñar y validar instrumentos que incorporen dimensiones  
como autonomía relacional, participación social, percepción de dignidad y calidad del cuidado, con el  
fin de complementar las herramientas clínicas actualmente utilizadas para la evaluación de la  
fragilidad. De igual manera, se requieren investigaciones longitudinales que permitan analizar cómo  
los cambios en estas dimensiones influyen en las trayectorias de fragilización a lo largo del curso de  
vida.  
Finalmente, los hallazgos de esta revisión sugieren que la fragilidad humana no debe ser entendida  
exclusivamente como una condición clínica asociada al envejecimiento o a la acumulación de déficits,  
sino como un fenómeno complejo que refleja la interacción entre vulnerabilidad, autonomía,  
participación, cuidado y dignidad. Reconocer esta complejidad permite orientar las políticas públicas,  
los modelos asistenciales y las estrategias preventivas hacia una comprensión más humana e integral  
de las necesidades de las personas. En consecuencia, la vulnerabilidad bioética se presenta como un  
marco conceptual pertinente para fundamentar intervenciones dirigidas no solo a prolongar la  
funcionalidad, sino también a promover condiciones que favorezcan una vida digna, participativa y  
plenamente humana.  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2956.  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2957.  
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