INTRODUCCIÓN
Comprender las aspiraciones de los jóvenes permite obtener una visión más clara de sus metas y proyecciones
futuras, aunque estas expectativas no siempre se concretan de acuerdo con los planes inicialmente establecidos.
Por ello, resulta fundamental identificar los objetivos que desean alcanzar y los aspectos personales, académicos
o profesionales que se ajustan a este fin. Durante la adolescencia, surgen diversas inquietudes relacionadas con
la construcción de la identidad, la toma de decisiones y la definición de proyectos de vida. En este contexto, los
jóvenes suelen orientar su atención hacia el futuro, formulando expectativas y diseñando planes que les permitan
materializar sus intereses, necesidades y aspiraciones personales. Estudios como el de Cobos et al. (2022)
señalan que las mujeres, en particular, muestran un interés temprano por alcanzar logros económicos y
académicos. Desde esta perspectiva, resulta evidente que las nuevas generaciones buscan anticiparse a lo que
les depara el futuro, comenzando a planificar a edades más tempranas. Araya (2024) señala que, a partir de los
19 años, los jóvenes pueden canalizar de manera más efectiva sus aspiraciones y metas, sin embargo, aclara que
estas experiencias no son uniformes, sino que presentan avances, retrocesos y patrones de transición diversos.
En esta línea, Bravo (2021) argumenta que la trayectoria social, familiar y educativa, así como el tipo de institución
seleccionada, ejercen una influencia considerable en la consecución de las metas personales. Estos factores
determinan la calidad de la educación, el acceso a instituciones de nivel superior y la capacidad de adaptación a
nuevos entornos.
En numerosas ocasiones, incluso, los individuos se ven obligados a reorientar sus objetivos hacia caminos
alternativos que les conduzcan a fines similares. Galindo (2020) indica que las oportunidades pueden surgir si se
realizan los esfuerzos necesarios para acceder a la educación superior. No obstante, en la práctica, estas
oportunidades no siempre son claras ni accesibles, especialmente para los jóvenes de recursos limitados. A este
escenario se suman las dificultades económicas y la competencia por un número limitado de plazas en las
universidades públicas. Castro et al. (2021) explican que la falta de información, tanto para los estudiantes como
para sus padres, puede llevar a una sobreestimación del costo de la educación superior y generar dudas sobre su
utilidad, al considerar que una educación de calidad está fuera de su alcance económico. En familias donde los
padres carecen de estudios superiores y poseen bajos ingresos, las aspiraciones tienden a limitarse al nivel
secundario, lo que a menudo resulta en que muchos jóvenes se incorporen al mercado laboral a una edad
temprana. Ibarra et al. (2024) señalan que, durante el confinamiento provocado por la pandemia de COVID-19, el
panorama emocional de los estudiantes se transformó de manera radical. Esta situación condujo a que muchos
jóvenes experimentan emociones como frustración, tristeza, estrés e impotencia, lo que afectó su salud mental y
autocuidado. Como consecuencia, se produjo una ruptura en la planificación personal de muchos egresados de
bachillerato, relegando incluso la figura de padres y tutores a un segundo plano. Esta crisis ocasionó que
numerosos jóvenes se vieran obligados a acelerar sus metas con el fin de encontrar un sustento económico
inmediato, lo que tuvo un impacto negativo en el desarrollo integral de sus proyectos de vida. Navarro y Montes
(2021) sugieren que el desarrollo de un proyecto de vida requiere una comprensión subjetiva de las condiciones
internas y externas del estudiante. También resulta fundamental tener en cuenta las posibilidades reales de
mejorar el futuro y aprovechar las circunstancias adversas como elementos que pueden fortalecer el plan trazado.
En este sentido, las estrategias más apropiadas para planificar el futuro comprenden el reconocimiento de las
posibilidades económicas y el rendimiento académico del joven, lo que les permite determinar si el acceso a la
educación superior es factible o, por el contrario, si deben optar por una inserción laboral más rápida de acuerdo
con sus capacidades individuales. Fárez et al. (2023) señalan que muchos jóvenes poseen un conocimiento
limitado sobre cómo construir un proyecto de vida, que abarque aspectos como el autoconocimiento, las ofertas
académicas disponibles y la información sobre el acceso a la educación superior. Desde su análisis, resulta
esencial enseñar, desde todos los niveles educativos, cómo se estructura un proyecto de vida, fomentando la
participación de docentes y autoridades. Esta intervención temprana podría acompañar a los estudiantes desde
la secundaria, o incluso antes, en el desarrollo de sus planes, reconociendo los cambios que puedan surgir en el
camino y ayudándolos a enfrentar las barreras que inevitablemente aparecerán. En esta misma línea, Cordero y
Solano (2022) indican que muchos estudiantes que eligen un bachillerato técnico lo hacen con el fin de
incorporarse prontamente al mercado laboral. Sin embargo, una parte considerable de ellos señala que, una vez
graduados, continúan sus estudios con un objetivo claro: obtener una formación universitaria o tecnológica. Las
metas de estos jóvenes tienden a ser más definidas, aunque también más inmediatas, al responder a una visión
más práctica de su desarrollo profesional. Esta claridad facilita la toma de decisiones y una preparación más
directa desde el bachillerato, acelerando su ingreso al campo laboral. De manera similar, Morán et al. (2022)
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 3 p 2961.