Comprensión de la agresividad en niños de 5 a 8 años: un  
estudio psicopedagógico preventivo de la violencia escolar  
en Colombia  
Understanding aggression in children aged 5 to 8 years: a preventive  
psycho-pedagogical study of school violence in Colombia  
Nancy Estela Ceballos Garcés  
Universidad Mariana  
Pasto Colombia  
Mauricio Herrera López  
Universidad de Nariño  
Pasto Colombia  
Artículo recibido: 13 de marzo de 2026. Aceptado para publicación: 27 de julio de 2026.  
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.  
Resumen  
El estudio pretende generar la comprensión y reflexión crítica con respecto a la agresividad infantil, de  
tal manera que se contemple otra mirada, menos generalizada, muy cercana a las reales condiciones  
y experiencias que viven los niños y niñas en sus entornos escolares y familiares, por ello se plantea  
como objetivo: caracterizar las conductas agresivas en los niños de 5 a 8 años de la Institución  
Educativa Municipal Obonuco en San Juan de Pasto. En la metodología se privilegia el paradigma  
cualitativo, con un enfoque histórico-hermenéutico y el método etnoeducativo, el que se complementa  
con el interaccionismo simbólico. La unidad de trabajo correspondió a 85 niños y niñas de 5 a 8 años  
de edad, de preescolar a segundo grado de básica primaria del municipio de Pasto (Colombia), 5  
docentes, 4 directivos docentes y 44 padres de familia. Los resultados evidenciaron la necesidad de  
comprender la agresividad infantil no como problema o una situación que se reduce a lo moral, sino  
como una oportunidad para la autorregulación, la capacidad de poner límites y el desarrollo de la  
consciencia desde las edades tempranas, aspectos clave para prevenir la violencia. El análisis  
posibilitó la reflexión y la generación de una nueva perspectiva frente a la agresividad infantil, una  
comprensión necesaria tanto para docentes como para las familias.  
Palabras clave: agresividad infantil, violencia escolar, conductas agresivas, clima escolar,  
competencias parentales  
Abstract  
This study aims to foster understanding and critical reflection on childhood aggression, offering a less  
generalized perspective that is closer to the real conditions and experiences of children in their school  
and family environments. Therefore, the objective is to characterize aggressive behaviors in children  
aged 5 to 8 years at the Obonuco Municipal Educational Institution in San Juan de Pasto (Colombia),  
5 teachers, 4 school administrators and 44 parents.. The methodology prioritizes a qualitative  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 710.  
paradigm with a historical-hermeneutical approach and the ethno-educational method, complemented  
by symbolic interactionism. The study population consists of 85 children aged 5 to 8 years, from  
preschool to second grade of primary school, in the municipality of Pasto. The results highlight the  
need to understand childhood aggression not as a problem or a situation reducible to morality, but as  
an opportunity for self-regulation, the ability to set boundaries, and the development of conscience  
from an early age. This approach recognizes children as subjects of interaction in transformative  
processes, key aspects for preventing violence. The analysis facilitates reflection and the generation  
of a new perspective on childhood aggression, an understanding necessary for both teachers and  
families.  
Keywords: childhood aggression, school violence, aggressive behaviors, school climate,  
parenting competencies  
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Cómo citar: Ceballos Garcés, N. E., & Herrera López, M. (2026). Comprensión de la agresividad en  
niños de 5 a 8 años: un estudio psicopedagógico preventivo de la violencia escolar en Colombia.  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 7 (4), 710 725.  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 711.  
INTRODUCCIÓN  
La comprensión de la agresividad infantil ha evolucionado a través del tiempo, desde estudios que lo  
asocian con la incapacidad del niño para entender el punto de vista de los demás, denominado  
egocentrismo cognitivo (Piaget, 1954) pasando por la falta de palabras para expresar sus emociones  
y controlar sus impulsos (Vygotsky, 1995), hacia otros modelos que la explican como un  
comportamiento copiado de patrones violentos del entorno (Bandura, 1975) y como una respuesta de  
defensa natural que puede convertirse en crueldad (Fromm, 1973). Sin embargo, existen modelos  
alternos que sugieren que la agresión nace de los problemas del ambiente familiar, escolar y cultural,  
en esa interconexión con las tensiones del macrosistema en los que está inserto el niño o la niña  
(Bronfenbrenner, 1987).  
La agresividad infantil aun es vista desde los contextos familiares y escolares como un problema que  
requiere ser erradicado para mantener sanos los climas y ambientes que rodean al niño, de ello dan  
cuenta estudios a nivel local y global concluyendo que los conceptos de agresividad y violencia se  
asumen como semejantes, pues los abordan indistintamente; esto devela la necesidad de seguir  
avanzando en la delimitación de estos constructos para responder mejor a los vacíos teóricos de  
conocimiento, lo cual eventualmente puede resignificar los esfuerzos en la formación ciudadana desde  
la primera infancia. Si bien, la prevención de la violencia sigue siendo necesaria, el trabajo sobre la  
conducta agresiva es un punto clave, pues se ha develado su importancia en edades tempranas del  
desarrollo, ya que en ella se asientan los procesos de ruptura relacional de mayor complejidad en  
edades más avanzadas, como el bullying en la adolescencia y la violencia de pareja en la adultez.  
Respecto a la prevención de la violencia escolar, es pertinente mencionar que "mientras Gallego Henao  
(2011) estableció los fundamentos de una intervención coparticipativa entre escuela y familia,  
investigaciones más contemporáneas como las de López Ibáñez (2022) y las directrices globales de  
organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo BID, Vegas y Alonso (2025), enfatizan que el  
éxito de estos programas radica en la transición de un modelo punitivo a uno preventivo enfocado en  
la educación emocional y en el fortalecimiento del clima escolar positivo desde la primera infancia.  
Por su parte, Carrasco Ortiz et al. (2020) sostienen que la agresividad infantil es moldeada por la familia  
y el entorno cultural, los cuales actúan como agentes de socialización que modulan el temperamento  
del menor (p. 24). Este proceso de culturización a través de las pautas de crianza determina si la  
agresión innata se encauza hacia la autorregulación o se consolida como un patrón externalizante (p.  
24).  
La formación del docente, ligado a técnicas para la modificación de las conductas agresivas se  
constituye en una buena estrategia para prevenir la violencia en los niños más pequeños, como también  
los tipos de consecuencias planteadas que el profesor puede aplicar, los roles de agresor, víctima y  
espectador y las formas de desmontar estos roles (Slaby et al., 2007). En este orden de ideas, la  
cualificación de los docentes se constituye en una estrategia fundamental para facilitar procesos de  
adaptación e integración de todo el alumnado, especialmente de los principales responsables de la  
violencia escolar (Fernández et al., 2013); en este esfuerzo se incluye el promover factores protectores  
y potencializadores del desarrollo de los niños y sus familias en el marco de la educación para la paz y  
el respeto a los derechos desde una perspectiva ético-política, jurídica-organizativa, metodológica y  
psicopedagógica (Díaz et al., 2015). Por consiguiente, “la sana convivencia y el buen vivir deben  
edificarse para que la sociedad no se desplome… se requiere comprender la otredad y aceptar la  
diferencia, así como construir bases políticas en los sujetos que le permitan de esta forma, construir  
procesos de paz” (Loaiza et al., 2025).  
Ahora bien, desde la cosmovisión de los niños (Lugo, 2013), sus concepciones, comprensiones y  
reconocimientos (Chávez, 2017), se plantean estrategias para involucrarlos en la identificación y  
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puesta en práctica de acciones para la prevención de la violencia. La fortaleza de estos esfuerzos  
radica en ubicar en el alumnado la responsabilidad de intervenir en la resolución de problemas,  
haciéndolos protagonistas de las soluciones, mediante la capacitación en escucha activa, análisis de  
conflictos, empatía, neutralidad, asertividad, negociación, toma de decisiones en equipo, entre otras  
habilidades (Avilés y Alonso, 2014).  
Así, en general, la educación emocional y desarrollo socioemocional se constituyen en foco de interés  
para varios de los programas o planes que pretenden disminuir o contrarrestar la agresividad y la  
violencia; lo cual aportaría a la conformación de entornos inclusivos, seguros, pacíficos, protectores y  
potenciadores del desarrollo de los niños.  
En la mayoría de los estudios se reconoce la importancia del trabajo conjunto entre educadores y  
padres de familia para el mejoramiento de aspectos referidos a la convivencia, clima escolar y las  
sanas relaciones interpersonales. Moya (2023), refiere que los beneficios de la educación emocional  
van más allá de la prevención del acoso escolar, ya que contribuyen a la formación de individuos  
emocionalmente inteligentes y resilientes que están mejor equipados para enfrentar los desafíos de la  
vida. Habilidades que se requiere desarrollar desde las etapas tempranas del desarrollo y demandas  
del contexto (Limachi et al., 2019). En este sentido, la conducta agresiva y antisocial en niños y niñas  
de nivel inicial se ve determinada por factores de tipo sociocultural, ambiental y cognitivo (Izquierdo  
del Águila 2020); en coherencia, se recomienda el fomento de ambientes escolares pacíficos a través  
del fortalecimiento de las competencias emocionales (Toapanta 2021). Algunas investigaciones  
reconocen la importancia de continuar en la caracterización de las diferentes formas de violencia, pues  
el hecho de que la violencia y la agresión sean consideradas como un problema y antecedente potencial  
del suicidio y de conductas antisociales es preocupación de los agentes educativos. Merece la pena  
destacar que son muy escasas las investigaciones que realicen un estudio profundo sobre la  
agresividad infantil, especialmente en contextos latinoamericanos, particularmente en contextos  
colombianos.  
Finalmente, es preciso reconocer que la investigación de la conducta agresiva o agresividad en la  
escuela, en grados y etapas del desarrollo temprano, requiere mayor atención y procesos de  
investigación; puesto que la mayoría se focalizan en la adolescencia y en procesos más complejos  
como la intencionalidad en la edad adulta. Si bien es un proceso que ha marcado importantes rutas de  
investigación, el trabajo sobre la conducta agresiva en la infancia sigue siendo necesario, pues en ella  
se sitúan los procesos de ruptura relacional y violencia en general. Ligado a estos procesos, la familia  
se constituye en agente fundamental para la comprensión de este fenómeno, sobre todo en esa  
relación estrecha con la escuela que busca formar a las nuevas generaciones, Gomez-Navas (2025) lo  
plantea en términos de interdependencia entre la familia y la escuela: lo que pasa en la familia tiene  
efectos en la vida escolar y lo que pasa en la escuela afecta a la familia en sus representaciones  
educativas y expectativas sociales.  
Desde este marco de antecedente y reflexión, se analizó en profundidad y amplitud las implicaciones  
contextuales de la agresividad infantil, y así, delimitar las claves para un mejor manejo y prevención de  
la violencia; en ese sentido, este estudio tuvo como objetivo comprender las conductas agresivas en  
los niños de 5 a 8 años de una Institución Educativa Municipal en la ciudad de Pasto (Colombia), desde  
las experiencias, vivencias y significados de los diferentes actores escolares (docentes, directivos  
docentes, estudiantes y familias).  
METODOLOGÍA  
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Tipo de estudio  
El presente estudio se ampara en el paradigma cualitativo, pues “busca las nociones, las ideas  
compartidas que dan sentido al comportamiento social” (Bonilla y Rodríguez, 2013, p. 424). Se  
pretende, por tanto, profundizar en el fenómeno de la agresividad infantil y no necesariamente  
generalizar sus comprensiones. De manera particular, este estudio asume una mirada desde el  
enfoque histórico-hermenéutico, pues es precisamente en la descripción de la característica y la  
cualidad que el fenómeno de interés cobra sentido, toma valor y genera comprensión, en este caso “La  
comprensión histórico-hermenéutica ha respondido a la necesidad trascendente de hacer prevalecer  
la comprensión humana sobre la objetivación natural… una necesidad social de comprender con  
lecturas críticas o develadoras lo interno, lo oculto, confuso o denegado por la razón instrumental”  
(Bautista, 2021, p. 47).  
El método fue etnográfico con énfasis en lo educativo, complementado con el interaccionismo  
simbólico. Se llevó a cabo un trabajo de campo que implicó la observación e interacción con la  
población para llegar a la intimidad de las aulas, y poder develar los sentidos y comprensiones que los  
niños y formadores construyen a través de los significados culturales que se evidencian en el lenguaje  
y su interacción.  
Población  
La población correspondió a la comunidad académica de la Institución Educativa Municipal Obonuco,  
perteneciente al municipio de Pasto (Departamento de Nariño, Colombia). La unidad de análisis  
correspondió a 85 niños y niñas (55% niñas y 45% niños) con edades entre 5 a 8 años, todos  
escolarizados desde preescolar hasta segundo grado de básica primaria. Los estudiantes que  
participaron en este estudio se agruparon así: grado transición (5 a 6 años) 25 niños; grado primero (6  
a 7 años) 30 niños; grado segundo (7 a 8 años) 30 niños. La participación de docentes fue de 5  
personas (100% mujeres); 4 directivos docentes: rector, coordinador, líder Programa Todos a Aprender  
(PTA) y gestora de inclusión (50% hombres y 50% mujeres) En total participaron 44 padres de familia  
(89% mujeres y 11% hombres)  
Técnicas e instrumentos de investigación.  
Las técnicas de recolección fueron la observación directa, la observación participante, análisis  
documental, entrevista, grupo focal y taller investigativo. Como instrumentos se recurrió al diario de  
campo, fotografías y grabaciones, la guía de observación, de entrevista, grupo focal del taller, el  
cuaderno de notas también fue aprovechado para registrar información de manera rápida, directa y  
fiel. Cada uno de los instrumentos para la recolección de la información fue validado previamente por  
dos jueces expertos.  
Procesamiento de la información  
La información recogida a través de las entrevistas semiestructuradas a directivos, los grupos focales  
a docentes y estudiantes, las observaciones descritas en diario de campo y el registro del taller con  
padres de familia, fue transcrito, vaciado y organizado en matrices de información para extraer datos  
inductivos. Se desarrolló un proceso de codificación abierta, se fragmentaron los datos en unidades  
pequeñas tales como palabras, frases o párrafos significativos con sentido, asignando códigos  
iniciales para hacerles seguimiento en el texto. Se continuó con una codificación axial donde se  
reagruparon estos códigos con el fin de formar categorías que abarque más información coherente,  
que fueran más amplias y con ello, establecer puntos de encuentro, relaciones y conexiones. A  
continuación, se buscó patrones o relaciones que puedan explicar el fenómeno principal. Se tejió una  
estructura de sentido que permitiera apreciar el orden en las ideas, sus relaciones e implicaciones para  
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configurar una red conceptual coherente que responda a las preguntas orientadoras y al objetivo del  
estudio. Finalmente, a partir de la triangulación, se elaboraron mapas conceptuales que llevan a  
comprender e interpretar el fenómeno de la agresividad infantil, centrado en las características de las  
conductas agresivas en los niños y niñas y sus manifestaciones. Este proceso permitió aprovechar la  
codificación selectiva, que dio lugar a la construcción teórica.  
Consideraciones éticas  
La investigación se basó en el respeto por la persona, en atención y coherencia con la Resolución 8430  
de 1993, por la cual se establecen las normas científicas, técnicas y administrativas para la  
investigación. En su Título II. De la investigación en seres humanos, que en su Artículo indica:  
En toda investigación en la que el ser humano sea sujeto de estudio, deberá prevalecer el criterio del  
respeto a su dignidad y la protección de sus derechos y su bienestar”, en atención al artículo C. “Se  
realizará sólo cuando el conocimiento que se pretende producir no pueda obtenerse por otro medio  
idóneo. (p. 2)  
En este sentido, tanto los procedimientos como las técnicas de recolección de la información no  
representaron riesgo o desventaja para los participantes. Se aplicaron los debidos consentimientos y  
asentimientos informados, garantizando la confidencialidad de los datos y voluntariedad en la  
participación. La investigación contó con el aval ético emanado por la Facultad de Educación,  
Programa de Doctorado en Pedagogía de la Universidad Mariana, Pasto, Colombia. Artículo 15,  
Resolución N° 8430 de 1993.  
RESULTADOS  
Desde los discursos, prácticas, percepciones, vivencias y experiencias de los docentes y estudiantes,  
se evidenció en los niños un tipo de agresividad preponderante que es la física, manifestada en golpes,  
empujones, mordiscos y lesiones corporales que generalmente se hacen evidentes en reacciones de  
manera impulsiva y que causan intimidación, miedo, alejamiento, reforzando el abuso de poder y  
generando en algunas ocasiones dependencia. Se identificó también agresividad gestual que se  
caracteriza por miradas, expresiones de ojos o boca; agresividad verbal que pone de manifiesto  
groserías e insultos que predispone discriminación, se reconoce además agresividad emocional que  
describe irritabilidad, enojo, rabia y miedo que llegan al punto de la hostilidad. Se reveló un tipo de  
agresividad directa e indirecta; directa, cuando la confrontación es cara a cara, siendo esta la más  
recurrente entre los niños, e indirecta cuando el ataque es disfrazado o a espaldas, causando  
igualmente daño al otro. Los agentes formadores evidencian en sus relatos y discursos, condiciones  
causales generadoras de agresividad en los niños, como la frustración por necesidades o deseos no  
satisfechos, además las influencias familiares y escolares representadas en modelos de interacción y  
disciplina. (ver Figura 1).  
Figura 1  
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Conductas agresivas infantiles  
Fuente: elaboración propia en base a la investigación.  
Desde el pensar, sentir, estar y actuar de los niños y niñas, surgen unas categorías emergentes  
(producto de la codificación axial) manifiestas en expresiones que dejan ver el autorreconocimiento de  
la agresividad, revelada en la toma de conciencia del agresor y del agredido, elección de cómo actuar,  
aunque la consecuencia es poco explorada; la defensa del agredido expuesta en la reacción agresiva  
para “hacer justicia”. Alternativamente, también muestran la protección mediante límites y distancias.  
Se hace evidente la experiencia de una sensación incómoda de invasión del espacio personal que se  
refleja en molestarse ante la persecución o cercanía excesiva de otros niños o niñas. Las conductas  
agresivas son percibidas por los niños en juegos donde se pone a prueba la fuerza y el dominio. Hay  
elección de la respuesta entre la agresión, el distanciamiento y la reflexión. Este último hallazgo, se  
constituye en un insumo y una fuente muy valiosa para la construcción de teoría argumentada que se  
expondrá más adelante. (ver Figura 2).  
Figura 2  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 716.  
Conductas agresivas desde la percepción de los niños y niñas  
Fuente: elaboración propia en base a la investigación.  
Frente al reconocimiento de las competencias parentales asociadas a las conductas agresivas  
infantiles, surge valiosa información en los hallazgos, generada por aquellas percepciones vivencias,  
discursos y actuaciones que ponen de relieve, los contextos y con ello la situación social y cultural que  
permea a los padres, madres y cuidadores de los niños, quienes proyectan sus creencias, valores y  
condicionantes a sus hijos en fenómenos como la agresividad infantil.  
Con respecto a las competencias parentales fortalecidas, los padres que evidencian mayores  
habilidades para proteger, educar, orientar y cuidar a sus hijos, antes de reaccionar, indagan por el  
contexto en el que se produce la conducta agresiva o la situación problema. Un hallazgo interesante  
que algunos de los padres identifican en sí mismos es que frente a las conductas agresivas de sus  
hijos, no hacen drama, mantienen la calma y solucionan conjuntamente con ellos este tipo de  
situaciones. Por otra parte, donde las competencias parentales son inconsistentes, se evidencia  
descuido general por sus hijos, a los padres no les interesa indagar sobre el contexto donde ocurre la  
situación agresiva, y frente a ello, se evidencia una reacción emocional, que genera un desequilibrio  
entre el poder y el miedo. Se evidencia el predominio del castigo físico y en ocasiones severo, pues  
frente a la agresividad se responde con violencia para corregir. Se reconoce que el uso desmedido de  
las redes sociales ha afectado el encuentro con los hijos. La negligencia y la sobreprotección aparecen  
evidenciando relaciones parentales deficitarias. (ver Figura 3).  
Figura 3  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 717.  
Competencias parentales y conductas agresivas infantiles  
Fuente: elaboración propia en base a la investigación.  
Los niños han normalizado la violencia al interior del hogar, aspecto que los lleva a naturalizar la  
agresión y la falta de control emocional como formas permitidas y válidas para resolver situaciones  
problemáticas. Sobresale un modelo del “aguante”, es decir, aceptar todo en silencio, especialmente  
recibido como modelo por parte de la madre. Los niños/niñas se encuentran expuestos a la  
normalización del consumo de licor, sustancias psicoactivas, así como a la delincuencia y la  
pertenencia a pandillas.  
En las interacciones entre los niños, el afecto y los límites dinamizan sus relaciones con respecto a la  
agresividad. Los factores protectores puestos en escena en las dinámicas pedagógicas se hacen  
evidentes en las actividades lúdicas que dan lugar a las interrelaciones y expresiones entre iguales y  
con los adultos.  
El estudio reveló ambientes condicionados por intervenciones docentes que frente a la agresión,  
recurren a los llamados de atención y sanciones que generan un clima tenso y de desconfianza. Por  
otra parte, los abrazos y disculpas son enseñadas para solucionar situaciones agresivas, algunas veces  
de forma inducida. (ver Figura 4).  
Figura 4  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 718.  
Clima escolar y condiciones asociadas a la agresividad infantil  
Fuente: elaboración propia en base a la investigación.  
DISCUSIÓN  
El presente estudio tuvo como objetivo comprender las conductas agresivas en los niños de 5 a 8 años  
de una Institución Educativa Municipal en la ciudad de Pasto (Colombia), desde las experiencias,  
vivencias y significados de los diferentes actores escolares (docentes, directivos docentes, estudiantes  
y familias). Al respecto, se reconoce que, desde la construcción de sentido, los docentes perciben la  
agresividad infantil como expresión de maltrato, especialmente físico, sin embargo, los profesores  
reconocen que en ocasiones los niños no lo hacen con intención de daño o maldad, pero notan que  
esa agresividad se expresa en mayor medida mientras están jugando. Los docentes no logran  
identificar el porqué de esta conducta, expresan: “no sé si lo hace con ganas de lastimar al otro, o más  
bien con las ganas de manifestar sus frustraciones”. consideran importante, tener en cuenta el actuar  
de los niños y hacerles sentir las consecuencias de sus manifestaciones violentas a los demás, - “ya  
no sé, qué más hacer”, manifiestan los docentes con preocupación”.  
Frente a la expresión “los niños no lo hacen de maldad”, “les sale sin querer”, se puede apreciar  
entonces que para los docentes no está claro el asunto: ¿no hay consciencia? ¿o voluntad? ¿o  
intención? ¿o surge como impulso? Al respecto, los psicoanalistas, sitúan lo que Freud denominó  
agresión y destrucción no eróticas, ubicándolo dentro de las tendencias que se satisfacen más allá del  
principio de placer, es decir, que satisfacen las aspiraciones de las pulsiones de muerte (Rodríguez,  
2025).  
Aunque los profesores reconocen en los niños, cierto grado de intencionalidad de causar daño, dejan  
clara evidencia de no diferenciar la agresividad y la violencia, pues para algunos es lo mismo; esto lo  
argumentan considerando que son menores de edad, en donde la agresividad como la violencia se dan  
en el contexto, en la casa, en la escuela, o en la calle. Por otra parte, ciertos docentes afirman que la  
violencia implica ir en contra de la dignidad, contra la fama, contra lo que somos como seres humanos,  
contra nuestro ser. En esta línea Fromm (como se citó en Moreno, 1998), apoyado en los aportes de la  
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ISSN en línea: 2789-3855, julio, 2026, Volumen VII, Número 4 p 719.  
neurofisiología, la antropología y psicología entre otras, propone dos tipos de agresividad en el ser  
humano: La agresividad benigna y la agresividad maligna, la primera como una agresividad defensiva  
frente a las amenazas vitales, y la agresividad maligna por su parte ya implica la crueldad y la  
destructividad, (párr. 3).  
Por otra parte, aparatos como los dispositivos celulares donde hay juegos de violencia, están  
posibilitando su normalización, así entonces a los niños, no sólo les gusta la violencia, sino que lo  
asumen como normal o divertido, “si no es violento, es aburrido”. Dejando ver también que los actos  
de agresividad se presentan cuando los niños tienen mucho tiempo libre. Desde esta mirada, es preciso  
considerar la teoría del aprendizaje social, donde los niños pueden aprender comportamientos  
agresivos a través de la observación y la imitación de modelos agresivos (Bandura, 1925). Por lo regular  
también es aprendida del medio, el niño, repite ciertos patrones comportamentales, por el  
modelamiento en el que está, más no por la conciencia de que se genera violencia.  
Para algunos directivos, la agresividad no denota violencia porque no tiene el componente de la  
intencionalidad. La violencia está más asociada a comportamientos de personas más maduras, a  
sabiendas de que se genera daño, aseguran además que la agresividad infantil tiene que ver con un  
comportamiento muy específico por parte de los niños, en la manera cómo intentan resolver  
situaciones y una serie de conflictos que a ellos no les gustan, por tanto, una situación con la cual los  
niños no están de acuerdo o les molesta, tienden a reaccionar. Se requiere entender que, en un primer  
momento del desarrollo evolutivo, el niño quiere ser el centro de todo, por lo tanto, un ataque a ese  
egocentrismo, o cualquier situación que considere como embestida a eso, él va a reaccionar. Piaget  
(1954), afirma que los niños pequeños tienen dificultades para entender el punto de vista de los demás,  
lo que puede llevar a comportamientos agresivos.  
Papalia y Olds, citados por Fernández et al., (2013), establecen que la agresividad se subdivide en  
agresividad con violencia, haciendo referencia a la conducta ejercida con el fin de generar algún tipo  
de daño en las demás personas y la agresividad instrumental que se ejerce con otra finalidad diferente  
a la de herir a los demás. Los infantes muestran el segundo tipo de agresividad, pues están aún  
conociendo el funcionamiento de reglas y normas, pero es tarea de docentes y padres evitar que en un  
futuro realicen actos violentos.  
Para los docentes estas conductas se constituyen en actos que lesionan y que las observan en sus  
estudiantes desde muy temprana edad (5 a 8 años), lo afirman en términos de “sacar esa rabia, esa  
fuerza”. Los docentes destacan la intención del niño al reaccionar, por ejemplo, lanzar directamente el  
puño, sin embargo, afirman también que se agreden sin un motivo, sin causa, sin que haya algo que lo  
justifique. En esta disertación no se escucha voces que vinculen la conducta agresiva de los niños con  
sus procesos internos o que se reflexione sobre ello, por ejemplo, sobre las motivaciones, razones o  
procesos que movilizan esta conducta. Se afirma que el niño agrede sin que haya una causa que lo  
justifique, en apariencia tal vez no la hay, pero no se pregunta o averigua por qué.  
La agresividad gestual se evidencia en las expresiones que los niños realizan con los ojos, los  
movimientos del rostro, sacando la lengua o haciendo caras; los docentes expresan que para los niños  
cualquier acto como estos es agresividad, se comprende por tanto que son gestos que tienen que ver  
con el contexto cultural en señal de burla, intimidación o provocación.  
Al caracterizar la conducta agresiva de los niños, los docentes describen la evidencia exterior, el acto  
propiamente dicho, dejando de lado los procesos internos que le dan sentido a esa conducta, se  
describe lo emocional, pero desde lo observable.  
La culpa aparece con frecuencia en los relatos y manifestaciones de los niños, ya sea sentida por ellos  
o por ese otro que ha causado una agresión. En este sentido, los niños justifican que los maltraten  
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cuando para ellos no se hace con culpa. Asimismo, si se pide perdón ya se puede olvidar la agresión.  
Los dibujos de los niños revelan maltrato físico, sin embargo, están advertidos por sus padres para  
decir que no los maltratan.  
La rabia es otra emoción que emerge en las manifestaciones de los niños cuando expresan sus  
comprensiones sobre la agresividad: “Si siente rabia y reacciona con golpes”, este acto se considera  
agresivo. Los niños reconocen la exclusión, y discriminación por condición física como agresividad,  
“es cuando alguien dice: “esa niña es tan gorda, no quiero que esté, quiero que se muera, no quiero que  
estudie en esta escuela”. Conviene reflexionar sobre la actitud hostil y cruel de los niños en algunas de  
sus actuaciones frente a los demás, mismas que han sentido de los otros hacia ellos. Los infantes  
relacionan la agresividad en los adultos con el estar fuera de control, por ejemplo, por licor, lo expresan  
así: “la agresividad es cuando una señora se emborracha y después le dice hola a la amiga que no tomó  
y después como que le pega un puño” “empiezan a pelear o se dan cachetadas o de pronto sacan un  
cuchillo y la matan” eso es la agresividad”. Los niños opinan según lo que observan en su contexto: “vi  
a unos señores peliándose, yo dije mami vámonos porque yo me sentía asustada”, “más arribita se  
saben dar machete”.  
Los niños actúan en consecuencia, direccionados y condicionados por la información que hasta el  
momento han incorporado, extraída de su contexto, cultura, vivencia familiar y con las herramientas  
cognitivas y socioafectivas que están a su alcance, Bronfenbrenner (1979), considera que, el niño es  
influido por aquellos microsistemas y microcontextos en los que interactúa configurando su desarrollo.  
El niño, generalmente entra a responder a un “deber ser” más que a un “quiero ser”; es considerado  
como un sujeto incompleto, reduciéndolo a un ser que debe madurar y mientras lo hace, debe ser  
moldeado desde las concepciones, vivencias y principios que se cree son los adecuados, pero que en  
esa noble intención se atenta contra la subjetividad y construcción autónoma del sentir y pensar de  
ese niño; dicho de otra forma, se intenta prevenir la violencia, pero en el mismo acto que busca este  
propósito, se está sembrando semillas de violencia, al principio invisibles, y luego evidentes en  
violencias de género, de pareja, laborales y comunitarias, y lo peor, en violencias contra sí mismo.  
El autorreconocimiento de la agresividad surge como una subcategoría emergente que indica el  
proceso de los niños hacia la toma de conciencia, expresiones como: “yo me comporto un poco  
agresiva con mis compañeros, una vez le pegué una cachetada a un amigo, y una vez le pegué otra  
cachetada”, “yo siempre he sido agresiva”, “así con todos los de mi salón”. Sin embargo, este  
autorreconocimiento no garantiza que el niño o la niña de lugar a la autotransformación porque las  
conductas agresivas vuelven a presentarse.  
La observación permanente en el contexto escolar y de aula permite apreciar que algunos padres de  
familia evitan evidenciar las prácticas utilizadas para corregir a los niños, por miedo a que organismos  
de protección al menor como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (I.C.B.F) o la Policía de  
Infancia y Adolescencia investiguen y quizás puedan “quitarles a sus hijos”, por ello, repiten discursos  
relacionados con adecuadas prácticas de crianza. Se evidencia una brecha entre el discurso parental  
y las prácticas reales de crianza. Aunque muchos padres reproducen narrativas promovidas por la  
institución educativa, estas no logran traducirse de manera consistente en la vida cotidiana.  
Tal vez las conductas agresivas, físicas, verbales, gestuales o emocionales sean las que toman  
protagonismo en la vida social de los niños, son observables, por tanto, aquello que desde lo externo  
se observa, resulta muy fácil describir y con ello, tal vez juzgar. Esta mirada que deliberadamente toma  
decisiones y se queda en un plano superficial del desarrollo humano, no avanza desde la pedagogía,  
opera bajo elementos netamente de control, por impresiones, no por saberes. Su indagación por lo  
interno, por aquello que vincula la conducta agresiva con un sujeto en evolución, en proceso, es  
justamente lo que marca la diferencia entre quienes desde un saber pedagógico y disciplinar lo abordan  
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y quienes desde meras impresiones lo señalan y controlan, asumiendo la conducta agresiva como un  
mal comportamiento o con expresiones más actuales que indican “dificultades en la convivencia”.  
Los discursos de los docentes, padres de familia, e inclusive de los niños con respecto a la agresividad,  
quedan con frecuencia reducidos a un plano binario: lo bueno y lo malo; lo que está bien y lo que está  
mal. El estudio revela que los niños requieren un tipo de pedagogía que los reconozca como sujetos de  
pensamiento, de lenguaje y emoción, que los vincule y contemple con su historia familiar y cultural.  
Resulta preciso mencionar por qué los docentes en su gran mayoría expresaron utilizar los cuentos y  
las historias para llevar al niño a la reflexión sobre sus conductas agresivas, estrategias que, para ellos,  
resultan muy acertadas en tanto el niño reorganiza su consciencia en relación con los otros, en el plano  
social y luego en el individual, esto tiene implicaciones con su desarrollo cultural. Para Bruner (1986),  
“el modo narrativo de pensamiento se ocupa de las intenciones y acciones humanas y de las vicisitudes  
y consecuencias que se derivan de ellas. Su función es construir el mundo del significado”, en este  
sentido es posible comprender que la narrativa es una forma de pensamiento que posibilita que los  
niños organicen su experiencia, atribuirle sentido y construir identidad. Desde estas comprensiones la  
agresividad se constituye en una narrativa corporal de miedo y frustración, además, permite leer el  
deseo de pertenencia y aceptación.  
CONCLUSIÓN  
En torno a estas consideraciones, se evidencia una comprensión fragmentada de la agresividad infantil  
en los contextos escolar y familiar, donde frecuentemente se confunde con la violencia. Mientras esta  
última implica conductas estructuradas propias de sujetos con mayor madurez, la agresividad infantil  
opera como una forma de interacción en un proceso de aprendizaje social y también a una reacción  
defensiva natural y transitoria, ligada a la ausencia de procesos de autorregulación consciente. Sin  
embargo, los docentes (quienes manifiestan no sentirse suficientemente preparados) y las familias,  
tienden a centrarse casi exclusivamente en las manifestaciones negativas físicas y observables del  
fenómeno. Esta visión externa relega las dimensiones cognitivas, socioemocionales y el sentido  
subjetivo de la conducta infantil, ignorando procesos internos como la metacognición.  
Desde la perspectiva de los niños (de 5 a 8 años), emergen dinámicas propias: utilizan la culpa y el  
perdón para justificar o anular el acto agresivo. Al mismo tiempo, el clima escolar ejerce una influencia  
determinante; el predominio de lógicas disciplinarias binarias ("bueno/malo") y la falta de  
reconocimiento docente generan frustración y limitan el abordaje formativo. Pese a estas barreras, los  
infantes demuestran capacidades emergentes para resolver conflictos mediante el lenguaje, la  
empatía y estrategias de autoprotección frente a las tensiones. Esto evidencia la urgencia de  
abandonar enfoques meramente punitivos para construir propuestas pedagógicas secuenciales que  
acompañen el tránsito de la heterorregulación hacia la autorregulación. Así, el rol docente debe  
evolucionar de la simple resolución de conflictos hacia la mediación de la autonomía.  
En prospectiva, es necesario resignificar la agresividad infantil: más que un problema, constituye una  
oportunidad valiosa para potenciar el desarrollo integral. Finalmente, aunque la inclusión de todos los  
actores educativos permitió un contraste profundo de perspectivas, la reducida participación de los  
padres de familia se reconoce como la principal limitación metodológica del estudio.  
Se considera, por tanto, que las líneas de investigación prospectivas a partir de los resultados y el  
análisis de la información que se ha presentado en el presente estudio, posibiliten la ampliación y el  
esclarecimiento del concepto de agresividad infantil, generando reflexiones críticas y posturas diversas  
frente a su tratamiento en la infancia, más que como un problema, se considere como una oportunidad  
valiosa que potencialice el desarrollo integral del niño y la niña.  
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Como alcances importantes de la investigación, es preciso mencionar que se consideró a todos los  
actores representantes de la comunidad educativa, lo que permite obtener un nivel importante de  
comprensión desde varias miradas y lograr así contrastarlas. Como limitación se tiene que el número  
de padres de familia participantes, puede resultar reducido, teniendo en cuenta su diversidad en  
general.  
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