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La vida en nuestro planeta requiere adaptarse a las condiciones cambiantes del medio para poder
sobrevivir. Naturalmente este proceso de adaptación-evolución ha ocurrido desde que apareció
la vida en nuestro planeta. La vida se sustenta en las relaciones que hay entre los seres vivos y
su ambiente, generando un intercambio continuo de materia y energía. Por ello, ningún ser puede
vivir aislado del ambiente que lo rodea. La luz solar, la temperatura, el agua, el aire y el suelo
constituyen los ecosistemas (Marcano, 2016). Los seres vivos estamos, entonces, sujetos al
cambio de los ecosistemas por lo que la vida dependerá de la capacidad de los seres vivos para
soportar los cambios. Esta interesante teoría ha sido estudiada por muchos científicos desde
hace muchos años y constituye el punto de partida para explicar lo que sucede a las especies
que se ven sometidas a una presión evolutiva. A lo largo de la historia dos teorías, han explicado
la evolución; cómo los organismos adquieren características nuevas o adaptan las constitutivas
para sobrevivir y mantenerse en un ambiente determinado. La teoría de adaptación de Lamarck
expuesta en 1809, indica que la evolución está dada por cambios fenotípicos y genotípicos a lo
largo del tiempo, generados por variaciones ambientales, que le permiten al organismo adaptarse
al medio modificado; y transmitir los cambios. La teoría de selección natural de Darwin
proporciona una gran importancia a los cambios al azar, que proporcionan características de
ventaja a ciertos organismos. Sobreviven los que ante una presión x presentan la característica
que les permite adaptarse (aptos) y son seleccionados sobre aquellos que carecen de la
característica (Celis-Bustos, 2017). Darwin habló de la lucha por la existencia y luego de la
selección natural. De esta forma Darwin comenzó la argumentación de su teoría con estatutos
que se parecen mucho a leyes y utilizó el mecanismo de cambio evolutivo y la selección natural,
para explicar muchos fenómenos como la distribución geográfica, la geología, la clasificación, la
anatomía comparada y la embriología entre otros. No obstante, Darwin pensó siempre que su
teoría de la evolución estaba incompleta ya que le faltaba elaborar una teoría de la herencia para
explicar los hechos de la nueva variación y la transmisión de una generación a la siguiente.
Darwin descubrió el mecanismo del cambio evolutivo en otoño del 1838 llegando a la conclusión
de la selección era el principio del cambio en la resistencia de las especies a los cambios en su
medio ambiente (Darwin, 2004., Casadejesus, 2013., Darwin 2013 a, b., Lozano, 2016).
A lo largo de la historia de las ciencias biológicas, los temas del origen de la vida y la evolución
han sido muy importante en la vida de muchos científicos, quienes han postulado diferentes
teorías relacionadas a los aspectos de las diferentes etapas de la vida y su cambio a través de
las diferentes eras. Así se establecieron teorías como la de la endosimbiosis, la cual es un bello
ejemplo de una idea para explicar la aparición de los diferentes organismos. El primero fue un
organismo aparentemente simple, llamado procarionte, carente de organelos, el cual se unió con
algunas pequeñas bacterias autótrofas dando lugar a los primeros seres fotosintéticos. Al pasar
el tiempo o al mismo, no se sabe a ciencia cierta, otras bacterias no fotosintéticas se unieron
para formar los organismos aerobios. A partir de ellos, sea como sea que se hayan formado, se
originaron una gran diversidad de seres vivos hasta llegar al humano. Los humanos comenzaron
a cambiar los ecosistemas al darse cuenta de que podían utilizar los recursos que la naturaleza
poseía. Este hecho generó el inicio del fenómeno de la contaminación en sus diversas versiones.
En este trabajo abordaremos la contaminación asociada a los metales pesados.
No todos los metales de la naturaleza son tóxicos ya que en la actualidad se sabe que los
elementos químico asociados con la vida en la Tierra son carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno,
fósforo y azufre (C, H, O, N, P y S), que representan 99%, mientras que el restante 1% lo conforman
los bioelementos calcio (Ca), potasio (K), sodio (Na), cloro (Cl), magnesio (Mg), hierro (Fe), cobre
(Cu), flúor (F), yodo (I), molibdeno (Mo), cobalto (Co), manganeso (Mn), zinc (Zn), aluminio (Al),
boro (B), vanadio (V), silicio (Si), estaño (Sn), níquel (Ni) y cromo (Cr) (Santiago et, al, 2020).