De Mataclara al Caribe nodal: Procesos de resistencia y  
sincretismo afrodescendiente  
From Mataclara to the Nodal Caribbean: Processes of Afro-descendant  
Resistance and Syncretism  
Francisco González Clavijo  
Universidad Veracruzana  
Veracruz México  
Artículo recibido: 22 de diciembre de 2025. Aceptado para publicación: 27 de abril de 2026.  
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.  
Resumen  
Este ensayo es una reflexión sobre los conceptos de reparación histórica y visibilización de los  
pueblos negros en el marco de los estudios culturales, tomando como referencia la región del Caribe  
nodal, como espacio compuesto por países y pueblos que comparten no solo una frontera con el mar  
Caribe, sino prácticas sociales, culturales y religiosas que los hermanan. Para esta exploración, se  
emplean como ejes teóricos centrales la transculturación y el sincretismo cultural, como procesos de  
intercambio cultural que perdura hasta nuestros días. A partir de la metodología de etnografía crítica  
se visibilizan los procesos de desigualdad en las comunidades afro y de resistencia en ellas, con  
énfasis en las creaciones artísticas. En ese sentido, se toma como caso de estudio a la comunidad de  
Mataclara, Veracruz, donde se realizó por cinco años una etnografía crítica y el trabajo con obras  
artísticas. De esta manera, se analizan las condiciones de desigualdad de las poblaciones afro en  
América Latina, particularmente en el caso de Mataclara, a la luz de los sucesos que las mantuvieron  
subsumidas frente a la cultura dominante. Todo ello, a fin de contribuir a la formación especializada  
sobre los pueblos afrodescendientes desde el paradigma emergente en la construcción del derecho a  
la reparación histórica.  
Palabras clave: arte afromexicano, justicia restaurativa, reparación histórica, tercera raíz,  
sincretismo  
Abstract  
This essay offers a critical reflection on the concepts of historical reparation and the visibilization of  
Black peoples within the framework of Cultural Studies, focusing on the Nodal Caribbean. This region  
is conceptualized as a space comprising nations and peoples who share not only a coastline but also  
social, cultural, and religious practices that forge profound communal ties. For this exploration,  
transculturation and cultural syncretism serve as the central theoretical axes, understood as ongoing  
processes of cultural exchange that persist into the present day. Utilizing a critical ethnography  
methodology, this study highlights processes of systemic inequality and strategies of resistance within  
Afro-descendant communities, with a particular emphasis on artistic production. In this regard, the  
community of Mataclara, Veracruz, serves as the primary case study, following five years of sustained  
critical ethnographic fieldwork and engagement with artistic works. Consequently, the conditions of  
inequality facing Afro-Latin American populationsspecifically in Mataclaraare analyzed in light of  
the historical events that have kept them subsumed by the dominant culture. Ultimately, this work  
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2026, Volumen VII, Número 2 p 1774.  
seeks to contribute to specialized scholarship on Afro-descendant peoples through the emerging  
paradigm of the right to historical reparation.  
Keywords: afro-Mexican art, restorative justice, historical reparation, third root, syncretism  
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Cómo citar: González Clavijo, F. (2026). De Mataclara al Caribe nodal: Procesos de resistencia y  
sincretismo afrodescendiente. LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 7  
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INTRODUCCIÓN  
Los archivos municipales, nacionales y parroquiales están repletos de textos que hacen referencia a la  
persecución de los negros en el México colonial. En Veracruz, esta situación fue particularmente  
evidente, el Santo Oficio dejó múltiples evidencias, algunas de ellas en el municipio de Cuitláhuac hoy  
cabecera municipal junto a Yanga1. La población negra fue objeto una y otra vez de criminales  
persecuciones por sus actividades de resistencia, por ejemplo, los ataques a las caravanas que se  
dirigían a la Ciudad de México, pero, en especial, recibieron afrentas por los palenques que  
conformaron en la región de Altas Montañas2, lugar por donde pasaba el Camino Real, la ruta comercial  
y militar más importante durante el Virreinato de la Nueva España.  
Todo esto sucedía antes de la constitución del Estado-nación, y es que, de acuerdo con Fontana (1998):  
“Hablar de estado y de nación no es fácil, y lo es menos aun aclarar qué relación guardan uno y otra  
con la existencia previa o con la formación posterior de identidades colectivas” (p. 5).  
El concepto de Estado-nación se vincula con las reparaciones históricas. No solo por el reconocimiento,  
la visibilización y el reposicionamiento de los pueblos negros y en condiciones de vulnerabilidad, sino  
también como una manera de compensar ese mal que por más de 500 años se infringió a dichos  
grupos humanos, a partir de la llamada Conquista, de América. En ese sentido, se vuelve necesario el  
resarcimiento que la sociedad contemporánea tiene con los pueblos, las comunidades y las regiones  
vulneradas; en un primer momento, para reforzar y proteger las medidas aprobadas en los Congresos  
locales y nacionales que pongan su mirada sobre las personas más desfavorecidas: las de piel de  
ébano, las indígenas, así como los pueblos de origen asiático que fueron forzados a venir desde  
diferentes regiones del mundo a «nuestra América» como la definió José Martíen condición de  
esclavos, como mano de obra barata e incluso como sementales,3 lo mismo que ha sucedido con otros  
grupos culturales que han sido marginados e invisibilizados.  
Para que estas reparaciones sean efectivas, es fundamental una mirada sin prejuicios, dejar de lado  
las descalificaciones y las omisiones, así como poner el acento en las problemáticas demostradas por  
los trabajos etnográficos críticos. No se trata de manuales, leyes generales o nuevos estereotipos, ya  
que la cultura es un ente vivo en constante transformación. Se necesitan nuevas conceptualizaciones,  
categorías, teorías para enfrentar la complejidad que se vive en las comunidades; en los territorios que  
habitamos en el siglo XXI, donde los pueblos negros aún siguen segregados en la periferia, mientras el  
barrio es vendido a las grandes corporaciones para realizar edificios y alquilarlos temporalmente —  
bajo modelos de explotación intensiva turística mediante plataformas digitaleso ponerlos en venta,  
por tal motivo, en este contexto es necesario analizar nuestra realidad y entorno con todos los sentidos.  
En este trabajo, la reflexión está encaminada a pensar en la reparación y en la justicia restaurativa,  
porque, al ser de las acciones menos tratadas, es más difícil generar respuestas y ejecutar actividades  
concretas, debido a que los grandes oligopolios no están de acuerdo en ceder y modificar el campo  
cultural actual, sin embargo, en los procesos artísticos hay resquicios, grietas donde subsisten los  
elementos culturales de los pueblos oprimidos, tal como se advertirá en el caso de Mataclara.  
Así, a pesar de la hegemonía cultural imperialista, en México la milpa, los territorios llenos de historia,  
el maíz en sus 64 especies y nuestra cosmogonía, están más vivas y presentes que nunca con las  
1 Yanga, Veracruz, es conocido como el primer pueblo libre de América. En 1631, Gaspar Yanga y otros  
hombres esclavos lideraron una rebelión contra la Nueva España, fundando San Lorenzo de los Negros,  
actualmente conocido como Yanga.  
2 En décadas anteriores, esta zona era conocida como región de Córdoba.  
3 Situaciones de esta índole pueden advertirse en obras como El negrero de Lino Novás Calvo (1999), que Alejo  
Carpentier calificó como una «extraordinaria historia de aventuras verídicas», una historia de dolor y  
sufrimientos.  
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celebraciones de fiestas populares de raigambre comunitaria, incluso con la migración prolongada  
hacia grandes urbes. Porque, como diría Octavio Paz (1999) en su texto “Todos Santos, Día de Muertos”  
sobre la fiesta tradicional de noviembre:  
el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de la soledad que el resto del  
año lo incomunica. Todos están poseídos por la violencia y el frenesí. Las almas estallan como  
los colores, las voces, los sentimientos, ¿Se olvidan de sí mismos, muestran su verdadero  
rostro? Nadie lo sabe. Lo importante es salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente, de  
color. México está de fiesta. Y esa fiesta, cruzada por relámpagos y delirios, es como el revés  
brillante de nuestro silencio y apatía, de nuestra reserva y hosquedad (pp. 53-54).  
Ese México en constante fiesta y frenesí, aún en las vicisitudes más grandes, está alerta de las  
intenciones perversas de los oligopolios en el continente americano, los cuales intentan imponer la  
entrada del maíz transgénico a nuestros pueblos, hecho que destruiría una parte esencial del legado  
histórico y cosmogónico milenario, ya que somos en esencia un pueblo del maíz. “Los roles que  
desempeña el maíz en los hogares no es solamente asegurar el alimento frente a actividades no  
agrícolas volátiles sino también se relaciona con la preferencia por las tortillas caseras” (Lerner et al.,  
2013; 2014, citado en Palacios Pola, 2022, p. 35).  
En ese sentido, en Mataclara, Veracruz, hemos hallado una cultura polifónica, con un orgullo enfático  
por ser un pueblo negro. Desde 2017, junto a un grupo de investigadores, hemos desarrollado un trabajo  
de etnografía crítica en esa comunidad. Parte de este trabajo ha consistido en visibilizar a la comunidad  
afromexicana, al mostrar sus condiciones a través de obras pictóricas y fotográficas en las que se  
reflejan su cultura, arte, cosmogonía, deportes y música. Dentro de estas exposiciones, destaca La  
sangre es un mar inmenso, de la artista plástica Dolores Medel,4 presentada durante el XIII Festival  
Internacional Afrocaribeño, la cual ha tenido una gran acogida (Imagen 1). En el texto de sala, González  
Clavijo (2019), señala que Mataclara constituye:  
uno de los sitios de memoria histórica de la negritud que se extiende por todo el territorio  
nacional; [con] un enfoque de la cultura nacional más amplio que el de la dicotomía español-  
indígena que hasta principios del siglo XX se planteaban como los dos componentes básicos  
de nuestra nación. Desde la llegada del negro al continente americano se produjeron complejos  
procesos de mestizaje, superposición de capas culturales y un proceso de transculturación y  
sincretismo que permitió que el negro mantuviera vivas sus creencias, su espiritualidad,  
primero a escondidas, después mediante el sincretismo de sus dioses, fiestas, bailes, ritmos  
sincopados, y mitos que fue forjando al integrarse con hombres de otras comunidades que  
sentían la misma necesidad de expresarse, en una lengua impuesta, pero con los matices  
propios de la identidad que se forjaba, resultado del patrimonio material e inmaterial que iban  
instituyendo, en un contexto desigual, conscientes de que, dadas las terribles condiciones en  
que se encontraban, solo quedaba defender sus costumbres (González Clavijo, 2019, párr. 1).  
La obra en comento está compuesta por retratos de personas que desarrollan roles característicos en  
la comunidad, labores en el campo como cañeros, las tareas domésticas y de cuidados, y que  
representan el fenotipo de la región (González Clavijo, 2018). A partir del trabajo de etnografía crítica  
realizado en Mataclara, los artistas plásticos que han acompañado el proceso registraron en obras  
4 "Originaria de San Andrés Tuxtla, Ver. Fotógrafa de profesión, sus temas de trabajo se anclan en historias de  
familia, naturaleza y emociones humanas. Se interesa por la historia, literatura y manifestaciones culturales que  
han forjado las identidades de los pueblos latinoamericanos. Desde hace dos años, [Dolores] ha sido parte de un  
grupo de investigadores que trabajan en un proyecto de visibilización de los Afrodescendientes en la comunidad  
de Mataclara en el municipio de Cuitláhuac, Veracruz” (González Clavijo, 2019, párr. 1).  
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pictóricas los aspectos sobresalientes encontrados, a partir de ello, surgió una exposición denominada  
“La tercera raíz”, presentada en Cuba y otras regiones (González Clavijo, 2018).  
Figura 1  
Dolores Medel, La sangre es un mar inmenso, 2019  
Figura 2  
Roxna Beverido, S.T. 2019  
Figura 4  
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Julio Torres, Ogun, 2019  
Estas obras forman parte de un legado que pervive hasta nuestros días, sea en las formas, los tonos,  
los elementos simbólicos en ellas, las representaciones, contribuyen a mostrar una historia otrora  
oculta, a recuperarla, a restituirla y revitalizarla. La memoria de Mataclara en Veracruz, que resuena y  
comparte con otras latitudes del Caribe.  
DESARROLLO  
Memoria viva a través del arte: lo caribeño y los procesos culturales  
La Historia de América no solo está relacionada con el hecho de la conquista española. A los primeros  
pasos de la ocupación de España de nuestras tierras siguió una relacionada con la llegada de  
colonialistas de otras regiones europeas Portugal, Francia, Holanda e Inglaterra, fundamentalmente—  
que propició la generación de culturas variadas dentro de un mismo continente. Aunque América —  
llámese Latina, Hispanoamericana o Iberoamericanaes una región donde los pilares fundamentales  
son el idioma español y la religión católica predominantemente, no se puede, bajo ningún concepto,  
obviar el resto de las nacionalidades que sirvieron de base para formar las modernas naciones.  
A partir del siglo XVII comenzó una triste etapa en la historia de América. Apenas desaparecidos o  
esclavizados las personas aborígenes o nativas americanas, las metrópolis decidieron iniciar otro  
capítulo gris: la trata de negros esclavos. Este proceso tuvo mayor auge en la zona conocida como el  
Caribe que, según la Real Academia Española, es “el pueblo que en otro tiempo dominó una parte de  
las Antillas y se extendió por el norte de América del Sur. Perteneciente o relativo a este pueblo”—,  
donde la influencia africana y la española propiciaron un proceso de transculturación que dio origen a  
un término conocido como “caribeño”. Y si bien esta nomenclatura se relaciona con los primeros  
pobladores de dicha región, al hablar de caribeños es preciso entender el término en un sentido más  
amplio, es decir, asociarlo no solo con una zona específica de las islas bañadas por el mar Caribe, sino  
con todas aquellas regiones con las que comparte folklore, cultura y formas de ser.  
En las obras plásticas de Dolores Medel, Rossana Beverido y Julio Torres que presentamos en páginas  
anteriores vemos representado Mataclara, pero también la zona fundamental del Caribe.  
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El Caribe como región no se puede ver como un área geográfica, sino como una zona nodal. La  
propuesta de estudios de la Tercera raíz, la negritud de estudios socioculturales y artísticos, es más  
amplia: unir todas aquellas naciones que tienen costas embebidas por el citado mar entiéndase  
México, Belice, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Panamá, Colombia, Venezuela, Perú y Surinamcon  
aquellas que históricamente se han llamado así, las islas del Caribe. Y, en un caso sui géneris, aunque  
alejado de las aguas azules universalmente conocidas, no debemos obviar a Brasil, el gran coloso,  
unido por costumbres, folklore y religión a estos pueblos. Esta delimitación implica reconocer valores  
identitarios similares en países que, vistos de forma superficial, parecen ser muy diferentes pero que  
en realidad comparten una marcada influencia española, africana y aborigen; fundamentalmente, la  
presencia negroide. Por consiguiente, todas tienen en común la necesidad de la reparación histórica  
que es imprescindible en el siglo XXI. No importa si lingüística o geográficamente están alejados, lo  
realmente primordial es que comparten el mismo cosmos. Se trata de una acepción más amplia, que  
logra reunir identidades similares de nuestros pueblos, más unidos que nunca en un fin conjunto:  
encontrar un camino para que no se sigan desmontando su herencia, cosmovisión, legado, territorio y  
se dé finalmente la reparación que se ha pospuesto por tantos siglos.  
Ribeiro (1992) identifica dos vías opuestas de procesos civilizatorios, dependiendo del rol que ocupe  
cada pueblo:  
Primero, la aceleración evolutiva, en el caso de las sociedades que, dominando  
autónomamente la nueva tecnología, progresan socialmente preservando su perfil étnico  
cultural y, a veces, expandiéndolo sobre otros pueblos, en forma de macro-etnias. Segundo, la  
actualización histórica, en el caso de los pueblos que, sufriendo el impacto de sociedades más  
desarrolladas, tecnológicamente, son subyugados por ellas perdiendo su autonomía y  
corriendo el riesgo de ver traumatizada su cultura y descaracterizado su perfil étnico (p. 25).  
En este apartado se analizan algunas de las aportaciones que han tenido los negros llegados del  
continente africano y del Caribe insular a la cultura mexicana, en particular la veracruzana. Todo ello  
con el fin de examinar cómo superviven estas prácticas culturales en la región de Cuitláhuac, antiguo  
espacio del primer liberto en América Latina: Yanga. Es de especial importancia distinguir en qué  
medida el componente negro en el arte es una realidad, destacando las contribuciones de esta cultura  
a las distintas manifestaciones artísticas, desde lo local hasta lo universal; pero conscientes de las  
limitaciones del trabajo, por las pocas referencias que en el arte hemos encontrado y porque el éxodo  
forzado provocó que se perdieran en el tiempo muchas de sus expresiones culturales por falta de  
registros.  
Para tal fin, utilizaremos la categoría de transculturación, entendida como encuentro, inversión,  
concurrencia de culturas, donde se crea algo nuevo, “un toma y daca” que no impide que se puedan  
identificar orígenes y prestaciones después de haberse producido la convergencia, lo que se puede  
profundizar en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz (1940).  
Haciendo un recorrido por las investigaciones documentales que han dedicado un espacio a la  
interacción del negro en América Latina, hallamos una lista limitada de obras que ponderan esta  
incorporación cultural a través de sus manifestaciones socioculturales y artísticas. “Hay más trabajos  
dedicados a raza, lugar de procedencia, migración forzosa: [Hay] literatura abundante acerca de la  
esclavitud y de su abolición y mucha polémica en torno de ese trágico tema, pero embebida de odios,  
mitos, políticas, cálculos y romanticismos […]” (Ortiz, 1943, p. 258).  
Sin embargo, los nombres que incluyen son prominentes: de México, Gonzalo Aguirre Beltrán; de Cuba,  
Fernando Ortiz; de Brasil, Raimundo Nina Rodrigues; y de los Estados Unidos de Norteamérica, Melville  
J. Herskovits y U. B. Phillips. Estos investigadores, fundadores de los estudios de la raza negra en  
nuestro continente, presentan obras que hacen aportaciones al destacar la reinserción en la sociedad  
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americana de los negros que habían llegado como esclavos. Sin embargo, los autores mencionados  
tienen un perfil bien definido antropólogos, historiadores, psicoanalistas, etnólogos, entre otrosque,  
con una tendencia positivista propia de la época, no llegaron en sus presentaciones más allá del primer  
nivel en las indagaciones. Estas obras adolecen de posturas teóricas, interpretaciones hermenéuticas  
y análisis integral en grandes redes; sin embargo, dejan un legado extraordinario para las nuevas  
generaciones.  
Fernando Ortiz mencionaba que: “ninguna sociedad puede progresar sin producir una representación  
de ella misma en la cual se valoriza” (1987, p. 10). Con este planteamiento, se advierte la necesidad de  
buscar en el pasado, como una forma de sobrevivir en el presente:  
Sin el negro Cuba no sería Cuba. No podía, pues, ser ignorado. Era preciso estudiar ese factor  
integrante de Cuba; pero nadie lo había estudiado y hasta parecía como si nadie lo quisiera  
estudiar. Para unos ello no merecía la pena […] del negro como ser humano, de su espíritu, de  
su historia, de sus antepasados, de sus lenguajes, de sus artes, de sus valores positivos y de  
sus posibilidades sociales. Comencé a investigar, pero poco a poco comprendí que, como  
todos los cubanos, yo estaba confundido (Ortiz, 1987, p. 10).  
La obra Los negros esclavos (1987) de Fernando Ortiz es ejemplo del olvido que por años tuvieron los  
estudios socioculturales sobre la población negra en Cuba, escenario que se repitió en toda América  
Latina. Hemos tomado el ejemplo de Cuba porque lo tenemos a la mano y porque, junto a Veracruz, la  
isla antillana forma parte de la zona nodal del Caribe, donde existen rasgos comunes fáciles de  
identificar. La obra citada se remonta a 1916, las primeras décadas del siglo XIX, pero los elementos  
que contiene son imprescindibles para cualquier investigador que desee incursionar en la temática de  
la población negra y sus aportes, ya que hasta el día de hoy existen aspectos por tratar con mayor  
profundidad, como el tema que nos ocupa en este ensayo: la reparación histórica, el encuentro, la  
legitimidad y la oportunidad del perdón sin miramientos.  
Lo otro, el Otro, en América Latina siempre fue visto desde una mirada europea e incluso criolla,  
que se sentía descontenta y renegaba de su pasado; una mirada desconcertante, con olvidos  
voluntarios hacia las personas negras. En la conformación de la identidad de cada Estado-nación, es  
preciso tomar en cuenta que durante el periodo de permanente transformación, se dieron procesos de  
aculturación, deculturación, transculturación y sincretismo, entendiendo estos fenómenos como  
lógicos en todo choque cultural. El encuentro de culturas generó un sistema de descalificación  
marcado por la imposición de una cultura que se presentaba como dominante, superior: la del cosmo-  
tiempo. En ese sentido, se dio un proceso de aculturación, donde se intentó que las personas de los  
pueblos originarios del continente americano retomaran acríticamente las formas culturales de los  
conquistadores, renunciando a su pasado, su historia, sus luchas; en fin, que dejaran a un lado todas  
las prácticas formativas que los habían identificado durante años (Pérez-Brignoli, 2017).  
En sintonía con lo anterior, Fernando Ortiz (1987) propone la categoría de transculturación para analizar  
cómo se da el choque entre culturas. Aquí deja claro que, en el embate de culturas, no se da un proceso  
de aculturación, ni de deculturación, sino de transculturación porque toda cultura, al entrar en contacto  
con otra, aporta una parte sustancial; siempre se da algo a cambio de lo que se pierde: “un toma y  
daca”.  
Este tipo de proceso es el que sucedió en las expresiones que abordamos en Mataclara, municipio de  
Cuitláhuac ampliamente conocido por su cercanía al pueblo de Yanga, cuna del legendario cimarrón  
rebelde sobre el cual se tejen infinidades de leyendas, localidad multicultural por naturaleza. La fusión  
del componente indígena, el español y el africano fue crucial en su conformación.  
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En una cultura donde la lucha y el enfrentamiento se dan en condiciones extremas, como aconteció en  
nuestro continente con el arribo de los españoles, la cultura local tiende a mantener vivas sus  
creaciones artísticas, expresiones y su patrimonio tangible e intangible, a través de un proceso de  
resistencia que se ha llamado sincretismo cultural. Este fenómeno, que ha estado presente en el  
continente americano, se da en el momento en que la cultura sometida, para sobrevivir, fusiona sus  
manifestaciones más representativas con las del invasor, colonialista, o cultura hegemónica. Esta  
supervivencia de elementos culturales con el paso de los años, constituye una vía de resistencia, un  
resquicio de visibilidad para abonar a la necesidad de una justicia restaurativa y la reparación del daño.  
Al respecto, Ojulari Boaventura (2023), señala:  
Durante y en los años inmediatamente después de la abolición, las personas liberadas de las cadenas  
de la esclavitud reclamaban su derecho a la reparación (Coats, 2014). Sin embargo, mientras muchos  
de los perpetradoras [sic] del crimen recibieron indemnización por la pérdida de sus “bienes” con la  
abolición del sistema esclavista (Mason, 2015; Centre for the Study of the Legacies of British Slavery,  
2021), las víctimas en su gran mayoría fueron olvidadas, condenadas a sobrevivir no solamente con  
los trazos de los daños físicos, psicológicos y culturales en sus cuerpos y comunidades, sino también  
en una situación de desigualdad económica y social que aún hoy se vive (p. 45).  
La cita revela una distorsión histórica donde el Estado protegió el derecho a la propiedad privada por  
encima de los derechos humanos, la libertad se otorgó bajo una lógica mercantil. Al indemnizar a las  
personas perpetradoras, la reparación histórica sigue siendo un pendiente en el que se debe seguir  
insistiendo hasta que definitivamente se cumpla en cada pueblo, territorio y persona en particular.  
A partir del fenómeno del sincretismo cultural tan extendido en nuestro continente, por momentos se  
hace difícil distinguir una y otra aportación, sobre todo en la música, lírica, libre sin referentes literarios,  
sin ataduras a lo figurativo al espejo en que se mira, lo social. Sin embargo, hay instrumentos y  
sonoridades que revelan ciertas tendencias del otro lado del mundo. África. No dejamos de reconocer  
que en Veracruz la tercera raíz, la negra es la menos evidente y sin embargo está en la música, sus  
bailes, sus fiestas, comidas, décimas, poesía, en fin, en todas sus exposiciones de la vida cotidiana.  
Sin embargo: [No] es posible comprender al individuo que hace música si no tomamos en  
consideración la comunidad social en que vive y la historia que desembocó en la sociedad actual  
(Reuter,1982, p. 9).  
Una de las manifestaciones artísticas de la comunidad de Mataclara, además de la plástica, es la  
música de raigambre comunitaria: el son jarocho, la más mestiza de las músicas locales de Veracruz,  
de gran influencia afroandaluz. Al observar el legado artístico de la población negra desde el momento  
del contacto cultural, encontramos que sus cantos, expresiones plásticas, decorativas y prácticas  
culturales han sido, en lo general, poco abordados en la comunidad de Mataclara. Con lo transmitido  
por la música africana o afroamericana, son pocos los vestigios que persisten en agrupaciones  
soneras contemporáneas, desproporción que no implica que se pueda menospreciar la herencia que  
tenemos de la cultura negra en la conformación de nuestra identidad nacional y musical en particular:  
[…] retrocediendo en el tiempo encontramos que, en el África negro del siglo XVI, la música  
desempeñaba un papel semejante al que había tenido en las sociedades indígenas: era ante todo  
ceremonial: Tanto en África como en América, los principales instrumentos eran idiófonos,  
membranófonos y aerófonos, o sea que había principalmente tambores de madera, de madera con  
unos dos parches, de barro con un parche, raspadores, sonajas, cascabeles y una gran variedad de  
silbatos, ocarinas y flautas (Reuter, 1982, p. 48).  
RESULTADOS Y COMENTARIOS FINALES  
AL BAJAR EL TELÓN.  
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La reparación histórica con los pueblos negros y las comunidades indígenas es impostergable. Han  
pasado 500 años y no es motivo de festejos el llamado “descubrimiento de América”, el “Día de la raza”.  
Mejor aún, el encuentro debe ser visto como un momento de respeto a la cultura que existía en nuestro  
lado del Atlántico, con una cosmogonía propia, arte, conocimientos matemáticos y astronómicos,  
saberes medicinales equiparables al nivel más alto de desarrollo de las culturas en el mundo.  
Las manifestaciones culturales como la santería, el vudú y el candomblé seguirán en nuestro  
imaginario colectivo en la medida en que les demos el significado real que nuestros antepasados le  
otorgaron. Para ello, es necesario evitar que se desvirtúen en prácticas mercantiles que los sacan de  
su contexto y los hacen parecer como manifestaciones de salvajes, estereotipadas y racistas.  
De igual manera, es preciso echar mano de la etnografía crítica, como en el caso presentado de  
Mataclara, Veracruz, a fin de continuar visibilizando procesos artísticos y culturales que persisten  
hasta nuestros díasde la población negra. Es necesario continuar destacando las creaciones y las  
acciones creativas donde el pueblo negro participó y dejó su impronta, en cada simposio y encuentro  
internacional. La música, los tejidos, los coloridos y la estética visual son únicos; por ello es  
imprescindible mostrar esa poliperspectiva como una aportación de África, de la cual se valieron las  
vanguardias europeas para crear el cubismo y tantos otros movimientos con mayor visibilidad y  
permanencia en el tiempo.  
Asimismo, es pertinente que las cátedras en universidades, los cursos y los diplomados, desarrollados  
en el continente americano, se realicen con la visión crítica y profundidad teórica necesarias para  
advertir estos procesos, traer a cuenta la discusión en torno a la categoría raza, poner en evidencia el  
racismo detrás de la invisibilización de la historia de los pueblos afrodescendientes, la nula reparación  
del daño después de la esclavitud. Adaptar e integrar estas posturas críticas en los niveles de  
licenciatura y bachillerato, hasta que puedan ser incorporados a los programas de estudios regulares.  
Todo ello como una forma de reparación histórica, una apuesta por la justicia restaurativa y la  
restitución de los derechos humanos de los pueblos históricamente vulnerados.  
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REFERENCIAS  
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Novás Calvo, L. (1999). El negrero: vida novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava. Tusquets  
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Ojulari Boaventura, E. (2023). La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos  
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LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.  
ISSN en línea: 2789-3855, abril, 2026, Volumen VII, Número 2 p 1784.