Por otro lado, la cesárea iterativa (CI) se define como la programación de un nacimiento por vía alta
previo al inicio de la labor de parto, debido a la presencia de indicaciones para la misma durante el
embarazo. Entre estas, la más frecuente es el antecedente de cesárea previa (SOGIBA, 2019).
Selección de candidatas y criterios de inclusión
La realización exitosa de un parto vaginal posterior a cesárea se asocia con múltiples beneficios
maternos y fetales, lo cual resalta la importancia de promover su práctica en pacientes
cuidadosamente seleccionadas.
En concordancia con las guías del ACOG (2019), el principal beneficio materno del parto vaginal
posterior a cesárea se centra alrededor de la prevención de una cirugía abdominal mayor y de las
complicaciones inherentes a este tipo de intervención. Por ende, el PVDC implica una movilización
temprana y recuperación funcional posparto más rápida. En este sentido, la evidencia ha demostrado
una reducción significativa en las tasas de infecciones puerperales (incluyendo corioamnionitis,
infección de la herida quirúrgica y endometritis) y eventos tromboembólicos, los cuales representan
causas relevantes de complicaciones maternas en el posoperatorio de la cesárea.
Adicionalmente, se ha demostrado que la realización de cesáreas a repetición genera un incremento
progresivo del riesgo de complicaciones quirúrgicas y obstétricas, entre ellas la lesión vesical o
intestinal, la necesidad de histerectomía periparto, el requerimiento de transfusión sanguínea y una
mayor probabilidad de embarazo ectópico (ACOG, 2019). De igual manera, Nggada (2023) postula que
el antecedente de múltiples cesáreas se asocia con un riesgo sustancialmente mayor de trastornos de
la placentación, tales como placenta previa y placenta accreta.
En cuanto a la perspectiva neonatal, los beneficios del parto vaginal posterior a cesárea incluyen una
menor incidencia de taquipnea transitoria del recién nacido y de las lesiones accidentales relacionadas
con la incisión uterina durante la cesárea. Asimismo, el parto vaginal favorece una transición fisiológica
más adecuada a la vida extrauterina, al asociarse a una mayor probabilidad de realizar la “hora de oro”
(Nggada, 2023). Esto presenta implicaciones positivas para el recién nacido, como la fomentación del
inicio temprano de la lactancia materna, fortaleciendo el vínculo madre-hijo. Similarmente, garantiza
una estabilización cardiorrespiratoria óptima, mejor termorregulación, estabilización glicémica,
disminución del estrés neonatal y beneficios inmunes al exponer al recién nacido a la microbiota
materna (Sharma, 2017).
Lo anterior resalta la importancia de la educación de las pacientes con respecto a sus opciones y el
ofrecimiento de la PPDC y el PVDC. A continuación, se discutirán los diversos criterios de inclusión que
se deben valorar durante la selección de candidatas para PPDC y PVDC.
Determinantes maternos
Ahora bien, la evidencia publicada por el ACOG (2019) indica que la mayoría de las gestantes con
antecedente de una cesárea previa mediante incisión transversa baja son candidatas para un PVDC.
No obstante, la probabilidad de lograr un PVDC exitoso es multifactorial.
El índice de masa corporal (IMC) elevado ha demostrado de manera consistente el ser un factor
predictor de fracaso del parto vaginal posterior a cesárea. Diversos estudios han evidenciado que el
incremento progresivo del IMC se correlaciona con una disminución en las tasas de PVDC, así como
con una mayor incidencia de distocias del trabajo de parto y necesidad de intervenciones obstétricas.
De acuerdo con el ACOG (2019), aproximadamente el 85% de las mujeres con IMC dentro de rangos
normales (18.5–24.9 kg/m2) logran un PVDC exitoso; proporción que se reduce significativamente
hasta el 61% en gestantes con obesidad mórbida (IMC > 40 kg/m2).
LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, Asunción, Paraguay.
ISSN en línea: 2789-3855, marzo, 2026, Volumen VII, Número 1 p 2537.