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DOI: https://doi.org/10.56712/latam.v5i6.3247
La trágica existencia del cuerpo en la
producción de sentido
The tragic existence of the body in the production of sense
María
del Refugio Navarro Hernández
manher@uan.edu.mx
https://orcid.org/0000-0003-2312-7525
Universidad
Autónoma de Nayarit
México
Elizabeth
Trujillo Ubaldo
elizabeth.trubal@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-8534-7366
Universidad
Autónoma de Nayarit
México
Salvador
Vázquez Sánchez
salvador.vazquez@uan.edu.mx
https://orcid.org/0000- 0002-6194-1504
Universidad
Autónoma de Nayarit
México
María
del Carmen Hernández Cueto
https://orcid.org<=
/span>/0000-0002-6549-3833
Universidad
Autónoma de Nayarit
México
Artículo recibido: 17 de diciembre de 2024.
Aceptado para publicación: 03 de enero de 2025.
Conflictos de Interés: Ninguno que declarar.
Resumen
Estamos
acostumbrados a la visión cartesiana de separar el “cuerpo del alma”, como =
una
entidad existencial y ocultamos epistémicamente, que entre estas dos partes
está el viaje que realiza el sujeto a través de su historia personal y que =
va
edificando la estructura de la persona, o el rostro o la percepción de la f=
orma
que abandona la corporeidad en el trayecto de vida y la vinculación estricta
entre la realidad y su representación. Para este trabajo, entre otras hemos
recurrido a ciertas herramientas de las ciencias de la complejidad, para lo
cual se diseñó una excursión que va desentrañando algunos montajes de las
máquinas y aparatos de significantes que la génesis del signo va implantand=
o en
las vías de los interpretandos que hunden al su=
jeto
en las encrucijadas de las decisiones más importantes de sus relaciones con=
el
mundo, y consigo mismo.
Palabras clave: sentido, cuerpo,
existencia, viaje, corporeidad
Abstract
We are used to the Cartesian vision of separating the "body from
the soul", as an existential entity, and we hide epistemically that
between these two parts is the journey that the subject makes through his
personal history and that is building the structure of the person, or the f=
ace
or the perception of the form that corporeality leaves in the path of life =
and
the strict link between reality and its representation. For this work, among
others, we have resorted to certain tools of the complexity sciences, for w=
hich
an excursion was designed that unravels some assemblies of the machines and
devices of signifiers that the genesis of the sign implants in the pathways=
of
the interpreters. that plunge the subject at the crossroads of the most
important decisions of his relations with the world, and with himself.
Keywords: sense, body,
existence, travel, corporeality
<= o:p>
<= o:p>
<= o:p>
<= o:p>
T=
odo
el contenido de LATAM Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y
Humanidades, publicado en este sitio está disponibles bajo Licencia =
span>Creative
C=
ómo
citar: Navarro Hernández, M. del R., Trujillo Ubaldo, E., Vázquez Sánchez, =
S.,
& Hernández Cueto, M. del C. (2025). La trágica existencia del cuerpo e=
n la
producción de sentido. LATAM Revista
Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades 5 (6), 3360 – 3369.
https://doi.org/10.56712/latam.v5i6.3247
INTRODUCCIÓN
Trabajar sobre la relación cuerpo-representaci=
ón
es establecer un vector que se difunde a través del imaginario y que diseñan
una estructura que construye las modulaciones del montaje de la reflexión d=
el
sujeto. La interacción social es una transposición de desplazamientos del
cuerpo con referencia a los significados que el sujeto define, a partir de =
la
biografía individual, y forma los grupos semánticos que permiten establecer=
los
puentes entre los cuerpos en general y los objetos que conocemos como socia=
bilidad.
¿Dónde queda la voz del cuerpo cuando habla, “en el grano” (Barthes, 2013)?
¿simple textura o tejido de la interioridad? (Jung 1984), ¿es la voz la que
delata las formalidades ocultas del cuerpo que fundamenta los procesos
representativos del “sí mismo” del sujeto?
El análisis aquí realizado es un intento por
poner, en un solo plano, la tridimensionalidad del cuerpo, para desdoblar la
escenografía constitutiva de la representación y del potencial de la fuerza
comunicativa que hay entre la formación sígnica y el horizonte semántico, en
que la teatralidad del desplazamiento de la gestual del cuerpo puede expres=
ar
algo.
METODOLOGÍA
El problema del
método
En los últimos años, el valor del cuerpo human=
o se
ha visto reducido a, prácticamente, nada. ¿Qué valor tiene para el crimen
organizado, un cuerpo?, ¿a cuántos personas está dispuesto a matar el crimen
organizado a nivel mundial?, ¿los gobiernos, cuántos muertos, por causas no
naturales, está dispuesto a asumir como su responsabilidad?, en fin, una se=
rie
de preguntas derivadas de las anteriores nos presentan un problema de abord=
aje
metodológico; algo que vaya más allá de la recopilación de estadísticas, que
nos describan el comportamiento de la criminalidad salvaje u organizada y q=
ue
nos planteé formas de entender y comprender todo el fenómeno, bajo
teorizaciones que partan del sujeto o de una sociología del individuo hacia=
una
generalidad pragmática que nos haga sostener, con fuerza, conceptualizacion=
es y
vision holística, que abarque las redes fractal=
es de
las configuraciones sociales y, no solamente las macroestructuras de los da=
tos,
sino la articulación del sujeto con su red de relaciones.
Hemos entendido que no basta acercarnos
estadísticamente para comprender la problemática entre el cuerpo y el sujeto
que soporta, en que pueden ir, bajo ciertas circunstancias, a la deriva por
caminos diferentes y que, al generalizar bajo un número toda una realidad, =
en
la que se van tejiendo cada una de las vivencias no solamente físicas, sino,
sobre todo, la simbolización de los lenguajes con los que interpreta su
realidad. Tenemos que regresar al posicionamiento de lo físico con lo
intelectual, y establecer que el individuo es la relación simbiótica entre =
una
y otra dimensión. Para esto, la fractalidad nos=
lleva
de la mano al ir encontrando cada conexión que existe en la realidad simbió=
tica
que se va tejiendo bajo un concepto de red necesaria de causa/efecto entre =
un
elemento y otro; de tal forma, que nos permita afirmar conceptos generando =
una
epistemología social capaz de interpretar, comprender y exponer lo que
encontramos.
Aquí se ha realizado un esfuerzo reflexivo que
incorpora la negligencia de los Estados Nacionales que forman nuevas
globalidades y, por lo tanto, las teorizaciones obtenidas reflejen la conex=
ión entre
análisis-interpretación y sustentabilidad de la información con que contamo=
s;
huelga decir que la teoría de redes y el manejo de la =
fractalidad
han sido útiles como ciencias de la complejidad, que nos han abierto el cam=
ino
para el dominio de nuevas relaciones conceptuales y el establecimiento de
horizontes cognitivos más eficientes y operativos; por supuesto, estamos
revisando la puntualidad de nuestros procedimientos.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
La proyección d=
el
cuerpo como programa de sentido
Generalmente percibimos el cuerpo como algo
concreto, material y como la sustentabilidad de la vida personal; sin embar=
go,
en un primer análisis, sólo entendemos la función del cuerpo cuando intuimo=
s su
vinculación con lo social y establecemos las primeras relaciones con lo
simbólico; es decir, con el lenguaje. En este momento sentimos las operacio=
nes
del cuerpo como inmersas en el océano de la representación y es cuando
iniciamos un proceso muy largo de proyección de nuestras vivencias, en las =
que
fijamos los escenarios para intervenir como actantes en la espacialidad de =
la
personalidad propia y de la ubicación en el contexto social.
Es lo social, el entramado donde se atrapa el
cuerpo como personaje y entra en un proceso constructivista, va integrando =
el
tiempo como la dimensión que lo vuelve histórico y sujeto de sentido; esto =
es,
el cuerpo se constituye en portador de significado que introduce las catego=
rías
cognitivas respecto de la relación del ego con el alter. En la alteralidad se esconde el valor del cuerpo y se trasc=
iende
lo biológico con las tareas propias del ego y el trabajo (praxis) de defini=
rse
a sí mismo.
Las relaciones de la alte=
ralidad
atrapan la semántica que conduce al cuerpo a una trayectoria de vida y deli=
nean
las diversas opciones de intercambio entre las instancias de la subjetividad
con las oportunidades para establecer la evolución del sujeto, y el impacto=
que
se produce en el cuerpo y su propia evolución; es decir, se establece un
programa de la existencia propia del cuerpo y del sujeto con las bases en l=
as
que se edifican las diversas construcciones que se elaboran en el proceso d=
e la
arquitectura del personaje social; trayectoria y programa son inversiones
corporales básicamente de planificación del sujeto y la resultante de la
interacción entre éste y su contexto.
El cuerpo es una especie de ancla, pivote, que
encuadra la constructividad del género, que es =
un
producto social, puesto que corresponde a la percepción de sí mismos y la de
los demás. El cuerpo es inagotable, histórico, no somos únicos ni aislados,
sino somos parte de una serie que no conocemos todavía su finitud (Klossowski, 2008); pero, en tanto unidades, nos
constituimos como si fuéramos únicos; y la individualidad reconcilia estas
diferencias constitutivas.
El peso del
presente en la cotidianidad del cuerpo
Movilidad y gesto son condiciones inherentes a=
la
existencia del cuerpo y hay un proceso de realización enmarcado por el
presente, como la instancia en la que se dimensionan los elementos que se a=
rman
en los constructos de la definición del sujeto, lo que hace a su conciencia=
una
calidad de irreductible. El cuerpo siempre está en el presente, pero su
conciencia abarca los tres tiempos (presente, pasado y futuro) y hay un diá=
logo
entre el tormento del presente y la pasividad fantasiosa del pasado y el
futuro.
La realización de lo efectivo del cuerpo está =
en
moverse, en gesticular y en establecer los planos de una gramática que legi=
sla
sólo los valores de cada gesto y cada signo en el establecimiento de un sis=
tema
económico que establece la movilidad y la gestualidad como factores del
presente; como si se tratara de una política económica que respalda cada un=
idad
proxémica y le da el valor específico para establecer los intercambios con =
la
trama de la alteralidad y el potencial de los
significados que hagan funcionar el cuerpo como una entidad productiva. Sin
embargo, este planteamiento es necesario difundirlo a través del concepto de
ritual; es decir, sólo es posible entender cómo el cuerpo va dimensionando =
el
potencial en tanto signo y el impacto en las relaciones humanas cuando
construye primero los hábitos o las repeticiones de la conducta y traslada e
intercambia, incluso como mercancía, las representaciones de sí mismo y def=
ine
las implicaciones de la transitividad de la semántica de cada gesto, de cada
movimiento para formar el texto en conductas y estas en teatralidades o
espectáculos de la personalidad. Por supuesto, la teatralidad es una presen=
cia,
no se puede llevar ni al pasado ni al futuro, es un resultado marcado en el
presente por el peso de la realización del gesto.
La corporeidad es la realización gestual y teatralidad del signo. El
orden con que se delimita el espacio que se va articulando con la apropiaci=
ón
del tiempo es un lexema, o un logos, que se produce y reproduce en función =
del
sentido, y el proceso que cambia de materia y de representación. El cuerpo =
como
significante (Nancy, 2003) debe atravesar por el imaginario para construirse
como signo o como mercancía, en el mercado de los significados dónde se
valorizan los diversos planteamientos del teatro y de las máscaras, de tal
forma que el cuerpo soporta, bajo la presión constante del presente, los
estragos de las maquinaciones de la teatralidad en la consciencia del sujeto
que puede provocar desvinculación o demasiada aprensión, conduciendo a
patologías que rompen cualquier estructura lógica y envían al cuerpo a la
deriva del sinsentido.
Lo cotidiano es el espacio (khora)
que define el valor de cada gesto y de cada desplazamiento, especialmente si
nos referimos a los grandes contextos como la danza o el nomadismo que marc=
an
tipologías y categorías que hacen de la existencia del cuerpo la vida de lo
cotidiano. Es intransferible lo cotidiano como presente y como el teatro do=
nde
representamos la existencia, el estar-aquí, el ser-ahí o, el ser, simplemen=
te;
(Marcel, Heidegger) y con esto el borrar la presencia misma del cuerpo para
convertirlo en su sombra; es decir, en la virtualidad como sucede en las nu=
evas
tecnologías que dejan de lado la corporeidad para universalizar el vacío
significativo, como en una informática del ser.
La delimitación entre el cuerpo y su símbolo q=
ue
lo sustituye en el discurso del texto social, hace que la tortura del prese=
nte
haga operar al cuerpo como ausencia significativa y establece los parámetro=
s de
referencia para la validez del intercambio social y la cognición del saber
sobre la movilidad o la gestión; como en un programa que acota cada uno de =
los
signos y los operadores de las proposiciones de un lenguaje integral entre =
el
gesto y la palabra (Martinez, 2001). Es una mat=
riz
que contiene todos los datos que puede manejar el sujeto dentro de una
estrategia económica que le impone lo cotidiano y, en consecuencia, una
estructura del decir, hablar, oír, leer, interpretar y accionar.
El principio de realidad está vinculado a la
presión que ejerce de manera tormentosa el presente, sobre el cuerpo, y rige
los límites corporales en los que la movilidad se convierte en limitante de=
la
percepción del sujeto, de tal forma que cualquier desviación o alteración de
esta percepción se convierte en sujeto delirante y es sometido al rigor de =
la
verdad que impone lo real.
Las pretendidas fugas del sujeto hacia el futu=
ro o
al pasado son intentos por despojarse de la presión del presente, pero es
inútil mantenerse en esta pretensión porque, el presente, mantiene su
artillería acusando al sujeto de colocarse en los planos de la utopía y lo
somete de nuevo a los términos de la salud corporal o de los planos de la
realidad tanto física como intelectual.
La tríada del tiempo es en realidad un círculo en el cual no es pos=
ible
detener el giro del movimiento en el que se encierra la realidad del cuerpo,
como en una tómbola, los diferentes elementos a escoger en una lotería, sól=
o el
instante aparece en el momento en que se coge el elemento seleccionado. Tan=
to
el presente como el futuro son las ilusiones en las que el sujeto aprisiona=
el
instante del presente, como una constante del pasar, y este pasaje sólo lo
podemos vivir como cotidiano; es decir, como presencia y como realidad, lo =
que
constituye la cadena que aprisiona al sujeto en un sentimiento de estar sie=
mpre
en el pasado, como instancia de la reducción existencial del simulacro, en =
el
que se construye la teatralidad de la vinculación entre el sujeto y su
realidad.
La cotidianidad es el mundo de la simulación y=
del
montaje del teatro en la que el sujeto borda la danza en la que desenvuelve=
el
deseo de lo otro como objeto o como ser-alter, dónde invierte todos sus
recursos de que puede disponer para incorporar los satisfactores, dentro de=
un
proceso económico y de mercado. De ahí, la importancia que reviste la
programación del sentido que le da orden en tiempos, movimientos y recursos,
del que se puede disponer para enderezar las construcciones que el sujeto se
plantea como verosimilitud de sí mismo. El cuerpo es la corta distancia en =
la
que este esquema cobra vida dentro de una proyección que incorpora la vital=
idad
del sujeto y el medio en que se desenvuelve (Bréal,
2001).
Imaginario y co=
rporeidad
Habíamos indicado anteriormente el paso del
significante y el signo a través de las estructuras y canales del imaginari=
o,
por lo que es necesario completar la idea de que el cuerpo es el soporte qu=
e se
mueve como el recipiente de las transacciones entre el dato y sus relaciones
con el sistema, que la mentalidad hace predominar en las fuerzas del poder =
que
hacen decir o pronunciar el deseo del sujeto, el hablante, el dialogante, e=
l conflictuante, el disidente, el rebelde, el libertari=
o, el
revolucionario, el esclavo, el sumiso, etc.; esto es, el imaginario que se
extiende del individuo a la colectividad y, por lo tanto, a la extensión del
poder de la política, la economía, la cultura y la espiritualidad (Lizcano,
2006).
El funcionamiento del imaginario nos orienta h=
acia
el manejo del cuerpo como antropología o como phisis=
span>
y pivote de las significaciones que recoge una lingüística extensa o la
semántica como cognosis que abarca lo singular,=
lo
plural, lo sincrónico, lo diacrónico y lo simultáneo de la movilidad en la
metaforización en que se convierte el teatro del símbolo y su estructura. E=
n el
imaginario encontramos el funcionalismo de los órganos del cuerpo como la v=
oz,
la temperatura, el dolor, el color de la piel, etc., que transmiten
directamente sin afectar la totalidad del cuerpo, una metonimia del discurso
que se fabrica o se monta en un andamiaje de la representación general (Dur=
and,
2004). Los significados se armonizan con los vacíos que dejan las máscaras =
de
los otros sujetos y se ordenan en conjuntos los elementos que pudieran haber
quedado sueltos en un sistema integral entre el sujeto y lo social; a veces,
resulta incongruente esta forma de integración porque no constituye una pla=
ncha
lisa de los significados sino una arquitectura, una construcción que edifica
los elementos para diseñar los volúmenes que reproducen la sombra del cuerp=
o. A
través de la historia de la representación hemos podido observar cómo el cu=
erpo
es tomado como “medida de todas las cosas” y, en un ambiente crítico, esta =
centralidad
métrica se proyecta en múltiplos del cuerpo y la hace magna o micro, dejand=
o a
los parámetros de la cultura los referentes para establecer las dimensiones=
de
la interpretación, y la función del cuerpo como una mística que trasciende =
la
corporeidad y define una metafísica de la vida cotidiana en tanto habitación
del espejo de lo social que atormenta y sacrifica cada gesto y cada indicio,
por bárbaro y sofisticado que sea.
Cuando tratamos de explicar el porqué del estar
aquí y hoy, nos referimos al movimiento que desplaza, de una manera permane=
nte,
los parámetros con los que medimos la acción, y el irse desgastando del
intervencionismo del sujeto como vida personal y única de sí mismo, ante la
concepción del tiempo vital con el tiempo trascendental; esto es, el montaje
teatral de la mística de la existencia Merlau-P=
onty
(2003).
La vida cotidiana es el espacio de la extinción
del sujeto cuando se destaca el gasto que el cuerpo invierte en la danza di=
aria
de sus desplazamientos y se resuelve la incógnita del para sí del sujeto y =
por
sí de los intercambios simbólicos de los demás sujetos. Tiempo y desgaste p=
ara
descifrar las máscaras y, sobre todo, las instancias en que el vacío del
rostro, que soporta la máscara, presiona sobre el sujeto en forma cotidiana=
y
pertinaz, como acción consustancial a la función hermenéutica y traza las r=
utas
diseñadas, por una parte, la teatralidad y, por otra, la vitalidad de los
deseos y los objetos, que el sujeto enfrenta como parte del mundo y de sí
mismo.
Montaje y motri=
cidad
del deseo
En condiciones de estabilidad del actante,
parecería que el sujeto es una entidad de tránsito perenne, sin que haya el
menor entorpecimiento y que sólo el-querer las-cosas del mundo se le den con
sólo estirar la mano. Pero, hemos venido planteando que esto implica un
desgaste tanto como cuerpo que se da a leer en lo social, como en sí mismo =
en
tanto accionar de sus aparatos y sus máquinas de sobrevivencia, lo que nos =
da
el horizonte completo entre lo físico y lo mental.
La acción de lo social incorpora o elimina las
acciones del individuo, especialmente las del cuerpo, dejando a la mente la
disponibilidad de las acciones corporales como metáforas y artilugios en los
cuales poder invertir los tiempos que demandan el lapso del habla y del pro=
ceso
activo del desplazamiento del cuerpo, como en una industria de la simboliza=
ción
en la que cuerpo y la mentalidad son una unidad significativa. El cuerpo lu=
cha
contra la mentalidad bajo estrategias de cooperación y transferencia de
intereses, en los que hay una negociación respecto de las estrategias en la
creatividad o producción del símbolo, que nos va a sustituir una vez que el
motor que hace mover las instancias en las que la mentalidad defiende su po=
der
frente al cuerpo, y donde la corporeidad establece las condiciones de un tr=
ato
permanente de sus diferencias. Es una fabricación, es una industria en la q=
ue
las dos dimensiones (cuerpo y mentalidad) establecen sus campos de batalla y
resuelven bajo el poder que hace vencedores a unos o a otros y, sin embargo=
, es
un conflicto de ganar-ganar o perder-perder.
Religar el cuer=
po
A través de la historia del pensamiento religi=
oso,
podemos comprender la necesidad de establecer un vínculo permanente entre la
corporeidad con una entidad metafísica. En las religiones politeístas
-las primeras en aparecer en los comienzos de =
las
culturas- la vinculación entre la “carne” y el “Dios particular”, en tanto
percepción completa del Dios, se va convirtiendo en el dominio que es ejerc=
ido
por la mentalidad sobre la corporeidad y, de esta manera, surge el conflicto
que va adquiriendo diferentes formas de integrar un corpus propio al cuerpo
real, pero su representación es un imperio al establecer una metafísica
autónoma e independiente de lo personal y social; es decir, el cuerpo teoló=
gico
por excelencia.
En las religiones animistas se muestra clarame=
nte
el dominio prácticamente total de la mentalidad sobre el cuerpo (Lévy-Bruhl, 1986), y el poder de la mentalidad nulifica los
procesos de gestión de la vida corporal. Los dioses objetos se vuelven cont=
ra
el cuerpo que los ha creado, haciendo una plataforma de referencia para la
semántica del sujeto que lo crea y, después, la implantación de la mecánica=
de
la dominación del objeto sobre el sujeto, convirtiendo la relación del poder
del objeto en una nueva fundamentación de la existencia y el sistema de vid=
a de
una cultura o civilización determinadas.
En los procesos de sedentarización y fundación=
de
centros urbanos se señalan los espacios dedicados al ejercicio y reproducci=
ón
de las metafísicas en las que una civilización funda sus semánticas que
comprenden a la civilización que incluye la movilidad de los pueblos hacia
otras regiones o establecimientos de las guerras de apropiación de una
civilización por otra. Si en la antigüedad fue muy frecuente este fenómeno,=
a
partir del siglo XIX las guerras se presentaban como económicas y políticas=
a
través de regiones cuya geografía facilita o entorpece el flujo bélico que
hacía suponer la predominancia de una cultura sobre otra, donde los
imperialismos se convirtieron en forma de ser de grupos de países y marcaro=
n el
tiempo histórico del siglo XX; pero para el siglo XXI, la era digital, se ha
vuelto un campo de batalla cuyas características aún las estamos definiendo=
y
las predicciones apuntaladas por Toffler, entre otros futurólogos, han
confirmado algunas de sus predicciones y modificado otras. Estos fenómenos =
sólo
son posibles obedeciendo a esos principios de deificación de lo antropológi=
co a
lo teológico. Parecería que, a pesar del declive de la modernidad y los nue=
vos
planteamientos de la globalidad o mundialización, se han propiciado nuevas
formas de tratar al cuerpo humano de una manera más saludable que en otras
épocas; sin embargo, con el resurgimiento del nomadismo de pueblos enteros =
han
aparecido las formas monstruosas del primitivismo cultural y de la destrucc=
ión
física de los cuerpos, como lo vimos en la primera y segunda guerra mundial=
es
que, en menos de una década, hicieron desaparecer millones de personas. Cua=
ndo
nos enfrentamos a una yihad estamos en presencia de un proceder medieval y a
una crueldad ancestral de la humanidad, que nos hace pensar en un teatro de=
la
crueldad, del cual no podemos librarnos y donde se echa por tierra la prome=
sa o
la ensoñación del transhumanismo que ve, en la ciencia y la tecnología, la
salvación de todos los males del cuerpo.
De la extinción=
del
cuerpo a la diseminación de las partes
La importancia del cuerpo como unidad, como si=
gno,
desaparece a partir del momento en que toda presencia se vuelve negativa y
comienza un proceso de desaparición; dónde todo significado se pierde y se
empieza a construir una nueva semántica que corresponde a la ausencia, la
separación y la inexistencia, que termina por convertirse en recuerdo, memo=
ria,
historia y leyenda. Son las religiones las que mantienen una línea de
continuidad entre la extinción del proceso vital y la progresiva mitificaci=
ón
de la memoria y el recuerdo, antes de provocar el “silencio eterno” (Mainetty, 2004).
Históricamente, la muerte del cuerpo se vuelve
presencia en los relatos de la memoria que los rituales fúnebres han manten=
ido
a través de los siglos, creando una visión antropológica del sentido de la =
vida
humana; esta circunstancia reconstruye, rehabilita, “hecha andar” el cuerpo,
dotándolo de vitalidad y lo reviste de los atributos que lo mantuvieron dur=
ante
su existencia, por lo que, se cierra el círculo existencial del cuerpo, lo =
que
mantiene el discurso de la religiosidad. Por otra parte, la somatología y la
bioética profundizan sobre la problemática entre el cuerpo vivo, muerto, el
propio y los otros, como el espacio, volumen existencial, social e históric=
o,
la sincronicidad vital entre presencia y ausencia del sujeto.
Hasta ahora, parecería una simpleza establecer=
los
parámetros del cuerpo y su importancia como parte de la causalidad vivencia=
l de
las formas biológicas; sin embargo, el surgimiento de la trasplantología
que ofrece una esperanza transhumanista de sobrevivencia, no de la unidad d=
el
cuerpo, sino de sus partes, lo que renueva la promesa de supervivencia como
parte de otra unidad; ilusión que vía los trasplantes, hace realidad la
expansión del ciclo existencial preconizando que todo esfuerzo, en prolongar
los espacios vitales, es moralmente posible. No es extraño que el Estado, c=
omo
institución jurídica, se apodere del derecho de administrar los órganos de =
sus
ciudadanos para facilitar, obligatoriamente, el servicio de donación de órg=
anos
entre ellos. Es decir, que el Estado se convierte en “el dueño”, no de las
unidades del cuerpo, pero sí de sus partes, esto es, no es dueño del “cuerp=
o”
sino de sus órganos, lo que plantea una serie de problemáticas por resolver
culturalmente (hábitos, rituales, costumbres, folclor, etc.). La idea, vuel=
ta
principio doctrinal en la Ley de Salud (México) como “consentimiento supues=
to”
le da al estado la potestad para disponer de los órganos, tejidos, células y
otros elementos que la Secretaría de Salud considere útiles para ser
trasplantados.
En algunos países, el estado, ha irrumpido en =
el
espacio privado, de tal forma que le ha quitado una de las fortalezas que le
identificaban como un jus; esto es, que el esta=
do no
debería intervenir, por ser un derecho en sí mismo, intransferible e
inalienable, lo que cambia la conformación del derecho occidental contempor=
áneo
al destruir la estructura jurídica del derecho testamentario que defendía la
voluntad del fallecido como elemento a resguardar y hacer operativo todo el
peso de las leyes sobre el futuro del cuerpo muerto (Sagarna, 1996 y Ayala,
2006).
La trasplantología, por supuesto, está =
en
ciernes y aun no adquiere la madurez suficiente para convertirse en algo má=
s o
menos trivial y, con esto, que resuelva los problemas técnicos más generales
que le den viabilidad y volumen de éxitos para justificar cualquier gasto e=
n la
inversión compleja de los factores que intervienen en la funcionalidad de e=
sas
prácticas. Quizás podríamos considerar al cuerpo como un valor en sí mismo,=
que
concentra un significado de transferencia entre la extinción y la supervive=
ncia,
esto es, en el proceso de extinción del valor que se tenía cuando estaba en
plenitud de la vitalidad y se convierte en un producto o mercancía que es
intercambiado por otros valores del mercado y, en consecuencia, se transfor=
ma
en objeto de intercambio social que multiplica otros significados que no ti=
enen
nada que ver con la valoración o axiología de la vida propia, para
transfigurarse en una extensión del otro y adquirir una nueva dimensión como
parte de otra unidad corporal y, en el peor de los casos, en un “volumen” f=
uera
de toda consideración, es decir, como un desecho o despojo de la vitalidad,
dejando de lado la dignidad y reconocimiento como parte inherente de la
persona; destruyendo en el sujeto la psicosomatía que
le da significado y es, ahora, la masa, la sarx=
y no
el soma.
CONCLUSIÓN
El cuerpo es un referente ineludible, pero no
podemos emplearlo como soporte permanente sin la elaboración de una metafís=
ica
que sustente la integralidad de la persona.
La proyección del cuerpo sobre el significado =
del
mundo es el tránsito de la conversión de las funciones corporales hacia lo
simbólico que constituye el espejo en el que identificamos los elementos de
nuestra subjetividad y, por tanto, es al que identificamos como el “soporte
real” de nuestras inclinaciones corporales. El habla es un puente colgante
entre estas dos dimensiones (cuerpo y mente) y, transmite en ambas direccio=
nes,
el gesto del cuerpo con la voz y genera los sonidos de los fonemas de la
palabra que representa al sujeto en lo básico o fundamental de la personali=
dad.
Identidad y ser del sujeto son dos efectos del tránsito por este puente.
El sujeto monta, en una escenografía, sus posibilidades, su potenci=
al,
su fuerza, su poder, su visión, cuando le es posible programar los diversos
sentidos que va articulando y armando, en una arquitectura el sentirse en el
mundo y, como tal, diseñar las estrategias que le permiten caminar y
desplazarse, desde un paso, hasta una estética de la danza en la que estruc=
tura
un discurso de sí mismo, o la teatralidad que lo identifica y lo hace
intercambiar valores de sus propias concepciones con la de otros sujetos; es
decir, provocar los impactos de su personalidad en los demás sujetos que
definen una comunidad semántica o una civilización de multiplicidad de fact=
ores
que definen la vida cultural, educativa o moral de un grupo o series de gru=
pos,
etnias, tribus, naciones, etc.
¿Cómo funciona el imaginario frente a las
necesidades corporales? Esta pregunta problematiza la cuestión del espacio =
que
ocupa el imaginario en el proceso de significación e interviene en la
estructuración del signo, lo que podría lanzarnos a una explicación más pun=
tual
sobre lo fenoménico del paso del significante corporal hacia su representac=
ión
en tanto signo; pero, el funcionamiento del imaginario es mucho más complej=
o,
porque implica acomodar las representaciones corporales en una colección de
archivos que alimentan las múltiples posibilidades de armar la representaci=
ón
que identifica al signo con el significante corporal; sin embargo, esta
operación puede ser una aptitud innata del sujeto o una adquisición de la
experiencia cotidiana. Lo más obscuro de esta interpretación corresponde a =
los
archivos que consignan “los fantasmas” o fantasías que pueden convertir el
imaginario en un mundo feérico donde todo es posible, a través de mitología=
s,
ideologías, de magnas teorías, etc., y, en consecuencia, el imaginario puede
convertirse en pura imaginación.
Este señalamiento nos conduce a decir que la transitividad entre el
cuerpo y el imaginario es un paso peligroso, porque si no hemos tenido el
control suficiente de las diversas transformaciones que nos proporciona lo
imaginario, caemos al precipicio de las preconcepciones que desfiguran o
deforman las representaciones simples y las vuelve complejas, de tal forma,=
que
al momento de pasar hacia el campo semántico, proyectan el mito como
significado lo que trastoca la verdad del signo (representamen); es decir, =
se
abre el campo no de la semántica sino del simulacro que entroniza la repres=
entación
equivocada de la significación, a la que es necesario someterla a una
hermenéutica particular para restablecer los espacios analíticos, lógicos, y
abrir la posibilidad de una ciencia del discurso.=
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y Humanidades, Asunción, Paraguay. ISSN en línea: 2789-3855, agosto, 2022, Volume=
n 3,
Número 2, p. 1